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2 de Julio de 2001 SEMANA 13 DEL TIEMPO ORDINARIO Primera lectura Gn. 18, 16-23: Los hombres se levantaron y marcharon en dirección de Sodoma, mientras Abrahán los acompañaba para indicarles el camino. Y Yavé se preguntó: «¿Ocultaré a Abrahán lo que voy a hacer, cuando justamente quiero que salga de él una nación grande y poderosa, y que a través de él sean bendecidas todas las naciones de la tierra? Pues lo he escogido para que ordene a sus hijos y a los de su raza después de él, que guarden el camino de Yavé y vivan según la justicia y haciendo el bien, para que Yavé cumpla con Abrahán todo lo que le ha prometido.» Dijo entonces Yavé: «Las quejas contra Sodoma y Gomorra son enormes, y su pecado es en verdad muy grande. Voy a visitarlos, y comprobaré si han actuado según esas quejas que han llegado hasta mí. Si no es así, lo sabré.» Los hombres partieron y se dirigieron a Sodoma, mientras Yavé se quedaba de pie delante de Abrahán. Se acercó entonces Abrahán y le dijo: «¿Es cierto que vas a exterminar al justo junto con el malvado? Salmo Sal. 103, 1-4.8-11: ¡Bendice al Señor, alma mía! ¡Eres muy grande, oh Señor, mi Dios, vestido de gloria y majestad, envuelto de luz como de un manto. Tú despliegas los cielos como un toldo, construyes sobre las aguas tu piso alto. Tú haces tu carro de las nubes y avanzas en alas de los vientos. Tomas de mensajeros a los vientos y como servidores un fuego en llamas. Pusiste la tierra sobre sus bases, por siempre jamás es inamovible. La cubres con el manto de los océanos, las aguas se han detenido en las montañas. Ante tu amenaza emprenden la fuga, se precipitan a la voz de tu trueno; suben los montes, bajan por los valles hasta el lugar que tú les señalaste; pusiste un límite que no franquearán, para que no vuelvan a cubrir la tierra. Haces brotar vertientes en las quebradas, que corren por en medio de los montes, calman la sed de todos los animales; allí extinguen su sed los burros salvajes. Aves del cielo moran cerca de ellas, entremedio del follaje alzan sus trinos. De lo alto de tus moradas riegas los montes, sacias la tierra del fruto de tus obras; haces brotar el pasto para el ganado y las plantas que el hombre ha de cultivar, para que de la tierra saque el pan y el vino que alegra el corazón del hombre. El aceite le dará brillo a su rostro y el pan fortificará su corazón. Los árboles del Señor están colmados, los cedros del Líbano que plantó. Allí hacen sus nidos los pajaritos, en su copa tiene su casa la cigüeña; para las cabras son los altos montes, las rocas son escondrijo de los conejos. Pusiste la luna para el calendario y el sol que sabe a qué hora ha de ponerse. Tú traes las tinieblas y es de noche, en que rodan todas las fieras de la selva; rugen los leoncitos por su presa reclamando a Dios su alimento. Cuando el sol aparece, se retiran y vuelven a acostarse en sus guaridas; el hombre entonces sale a su trabajo, a su labor, hasta que entre la noche. ¡Señor, qué numerosas son tus obras! Todas las has hecho con sabiduría, de tus criaturas la tierra está repleta! Mira el gran mar, vasto en todo sentido, allí bullen en número incontable pequeños y grandes animales; por allí circulan los navíos y Leviatán que hiciste para entretenerte. Todas esas criaturas de ti esperan que les des a su tiempo el alimento; apenas se lo das, ellos lo toman, abres tu mano, y sacian su apetito. Si escondes tu cara, quedan anonadados, recoges su espíritu, expiran y retornan a su polvo. Si envías tu espíritu, son creados y así renuevas la faz de la tierra. ¡Que la gloria del Señor dure por siempre y en sus obras el Señor se regocije! él, que mira a la tierra y ésta tiembla, y si toca a los montes, echan humo. Al Señor quiero cantar toda mi vida, salmodiar para mi Dios mientras yo exista. Ojalá que le agrade mi poema, yo, como sea, me alegro en el Señor. ¡Desaparezcan de la tierra los pecadores y que no existan más los malvados! ¡Alma mía, bendice al Señor! ¡Bendice al Señor, alma mía! ¡Eres muy grande, oh Señor, mi Dios, vestido de gloria y majestad, envuelto de luz como de un manto. Tú despliegas los cielos como un toldo, construyes sobre las aguas tu piso alto. Tú haces tu carro de las nubes y avanzas en alas de los vientos. Tomas de mensajeros a los vientos y como servidores un fuego en llamas. Pusiste la tierra sobre sus bases, por siempre jamás es inamovible. La cubres con el manto de los océanos, las aguas se han detenido en las montañas. Ante tu amenaza emprenden la fuga, se precipitan a la voz de tu trueno; suben los montes, bajan por los valles hasta el lugar que tú les señalaste; pusiste un límite que no franquearán, para que no vuelvan a cubrir la tierra. Haces brotar vertientes en las quebradas, que corren por en medio de los montes, calman la sed de todos los animales; allí extinguen su sed los burros salvajes. Aves del cielo moran cerca de ellas, entremedio del follaje alzan sus trinos. De lo alto de tus moradas riegas los montes, sacias la tierra del fruto de tus obras; haces brotar el pasto para el ganado y las plantas que el hombre ha de cultivar, para que de la tierra saque el pan y el vino que alegra el corazón del hombre. El aceite le dará brillo a su rostro y el pan fortificará su corazón. Los árboles del Señor están colmados, los cedros del Líbano que plantó. Allí hacen sus nidos los pajaritos, en su copa tiene su casa la cigüeña; para las cabras son los altos montes, las rocas son escondrijo de los conejos. Pusiste la luna para el calendario y el sol que sabe a qué hora ha de ponerse. Tú traes las tinieblas y es de noche, en que rodan todas las fieras de la selva; rugen los leoncitos por su presa reclamando a Dios su alimento. Cuando el sol aparece, se retiran y vuelven a acostarse en sus guaridas; el hombre entonces sale a su trabajo, a su labor, hasta que entre la noche. ¡Señor, qué numerosas son tus obras! Todas las has hecho con sabiduría, de tus criaturas la tierra está repleta! Mira el gran mar, vasto en todo sentido, allí bullen en número incontable pequeños y grandes animales; por allí circulan los navíos y Leviatán que hiciste para entretenerte. Todas esas criaturas de ti esperan que les des a su tiempo el alimento; apenas se lo das, ellos lo toman, abres tu mano, y sacian su apetito. Si escondes tu cara, quedan anonadados, recoges su espíritu, expiran y retornan a su polvo. Si envías tu espíritu, son creados y así renuevas la faz de la tierra. ¡Que la gloria del Señor dure por siempre y en sus obras el Señor se regocije! él, que mira a la tierra y ésta tiembla, y si toca a los montes, echan humo. Al Señor quiero cantar toda mi vida, salmodiar para mi Dios mientras yo exista. Ojalá que le agrade mi poema, yo, como sea, me alegro en el Señor. ¡Desaparezcan de la tierra los pecadores y que no existan más los malvados! ¡Alma mía, bendice al Señor! Evangelio Mt. 8, 18-22: Jesús, al verse rodeado por la multitud, dio orden de cruzar a la otra orilla. Entonces se le acercó un maestro de la Ley y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.» Jesús le contestó: «Los zorros tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre ni siquiera tiene dónde recostar la cabeza.» Otro de sus discípulos le dijo: «Señor, deja que me vaya y pueda primero enterrar a mi padre.» Jesús le contestó: «Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos.» |