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29 de mayo de 2001
SEMANA 7 DE PASCUA
Color Blanco
Santa Hilda
Primera lectura Hech. 20, 17-27:
Debido a eso, desde Mileto Pablo envió un mensaje a Efeso para convocar a
los presbíteros de la Iglesia. Cuando ya estuvieron a su lado, les dijo:
«Ustedes han sido testigos de mi forma de actuar durante todo el tiempo que he
pasado entre ustedes, desde el primer día que llegué a Asia. He servido al Señor
con toda humildad, entre las lágrimas y las pruebas que me causaron las trampas
de los judíos. Saben que nunca me eché atrás cuando algo podía ser útil
para ustedes. Les prediqué y enseñé en público y en las casas, exhortando
con insistencia tanto a judíos como a griegos a la conversión a Dios y a la fe
en Jesús, nuestro Señor.
Ahora voy a Jerusalén, atado por el Espíritu sin saber lo que allí me sucederá;
solamente que en cada ciudad el Espíritu Santo me advierte que me esperan
prisiones y pruebas. Pero ya no me preocupo por mi vida, con tal de que pueda
terminar mi carrera y llevar a cabo la misión que he recibido del Señor Jesús:
anunciar la Buena Noticia de la gracia de Dios.
Ahora sé que ya no me volverán a ver todos ustedes, entre quienes pasé
predicando el Reino. Por eso hoy les quiero declarar que no me siento
culpable si ustedes se pierden, pues nunca ahorré esfuerzos para
anunciarles plenamente la voluntad de Dios.
Salmo Sal. 67, 10-21:
Que Dios se pare y sus enemigos se dispersen,
que huyan ante él los que lo odian.
Como humo al viento, así tú los disipas,
como cera en el fuego se deshacen.
En presencia de Dios los malos perecen,
mientras que los justos se regocijan,
y ante Dios saltan y gritan de alegría.
Canten a Dios y toquen a su Nombre,
abran camino al que cabalga en las nubes,
alégrense en Dios y bailen ante él.
Padre del huérfano, defensor de las viudas,
ese es Dios en su santa morada.
Al solitario le da el calor de hogar,
deja libre al preso encadenado,
a los rebeldes los deja en calabozos.
Oh Dios, cuando saliste al frente de tu pueblo,
para tomar el camino del desierto,
la tierra tembló y los cielos destilaron
en presencia de Dios, el Dios de Israel.
Esparciste una lluvia generosa
para reanimar a los tuyos extenuados,
tu familia encontró una morada,
la que en tu bondad destinabas a los pobres.
El Señor ha mandado una palabra,
y es buena noticia para el gran ejército:
¡Huyen, huyen los reyes con sus tropas!
Una sirvienta reparte el botín:
alas de paloma cubiertas de plata,
con sus plumas color de oro.
Mientras el Omnipotente vencía a los reyes,
caía nieve en el monte Salmón.
Montes de Dios, montes de Basán,
montes escarpados, montes de Basán:
¿por qué miran celosos, montes escarpados,
al monte que Dios quiso habitar?
Sepan que el Señor lo habita para siempre.
Los carros de Dios son miles y miles,
en ellos vino del Sinaí al Santuario.
Subiste a las alturas, tomaste cautivos,
y recibiste hombres en tributo.
Hasta los rebeldes se quedarán a tu lado.
¡Bendito sea el Señor día tras día!
El Dios que salva se encarga de nosotros.
Se hizo para nosotros un Dios que libera,
con Yahvé, el Señor, escapamos a la muerte.
Dios aplasta la cabeza de sus enemigos,
el cráneo de los habituados al crimen.
El Señor lo dijo: "Los traeré de Basán
y de las profundidades del mar,
para que hundas los pies en su sangre
y hasta la lengua de tus perros
reciba su parte de los enemigos."
He visto, oh Dios, tus procesiones,
las procesiones de mi Dios,
de mi rey, en el santuario.
Los cantores van delante, los músicos detrás,
en medio van las niñas tocando tamboriles.
¡Bendigan a Dios con coros,
bendigan al Señor en las fiestas de Israel!
Benjamín, el menor, abre el cortejo,
los príncipes de Judá con ropas bordadas,
los príncipes de Zabulón, los de Neftalí.
Oh Dios, habla con fuerza,
con la fuerza que manifestaste con nosotros.
Desde tu templo que domina Jerusalén,
donde los reyes te aportan sus ofrendas,
amenaza al monstruo de los cañaverales,
al tropel de toros, a los dueños de los pueblos
para que se sometan y te ofrezcan oro y plata.
Dispersa a los pueblos que aman la guerra.
Desde Egipto vendrán los más ricos,
Etiopía tenderá a Dios sus manos.
Reinos de la tierra, canten a Dios,
toquen para el Señor,
que cabalga por los cielos seculares.
¡Oigan su voz, su voz que es poderosa!
Reconozcan el poder de Dios,
él es grande en Israel, y en lo alto, poderoso.
Dios es terrible desde su santuario,
el, el Dios de Israel,
él da a su pueblo fuerza y poder.
Evangelio Jn. 17, 1-11:
Dicho esto, Jesús elevó los ojos al cielo y exclamó: «Padre, ha llegado
la
hora: ¡glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti!
Yú le diste poder sobre todos los mortales, y quieres que comunique la vida
eterna a todos aquellos que le encomendaste. Y ésta es la vida eterna:
conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesus, el
Cristo.
Yo te he glorificado en la tierra y he terminado la obra que me habías
encomendado. Ahora, Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu
lado antes que comenzara el mundo.
He manifestado tu Nombre a los hombres: hablo de los que me diste,
tomándolos del mundo. Eran tuyos, y tú me los diste y han guardado tu
Palabra. Ahora reconocen que todo aquello que me has dado viene de ti. El
mensaje que recibí se lo he entregado y ellos lo han recibido, y reconocen de
verdad que yo he salido de ti y creen que tú me has enviado.
Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que son tuyos y que
tú me diste -pues todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo mío-; yo ya he sido
glorificado a través de ellos.
Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos se quedan en el mundo, mientras yo
vuelvo a ti. Padre Santo, guárdalos en ese Nombre tuyo que a mí me diste, para
que sean uno como nosotros.
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