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16 de Junio de 2001

SEMANA 10 DEL TIEMPO ORDINARIO - Año impar
San Juan Francisco de Regis
Color verde

Primera lectura 2 Cor. 5, 14-21:
El amor de Cristo nos urge, y afirmamos que si él murió por todos, entonces todos han muerto. El murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para él, que por ellos murió y resucitó.
Así que nosotros no miramos ya a nadie con criterios humanos; aun en el caso de que hayamos conocido a Cristo personalmente, ahora debemos mirarlo de otra manera. Toda persona que está en Cristo es una creación nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha llegado. Todo eso es obra de Dios, que nos reconcilió con él en Cristo y que a nosotros nos encomienda el mensaje de la reconciliación.
Pues en Cristo Dios estaba reconciliando el mundo con él; ya no tomaba en cuenta los pecados de los hombres, sino que a nosotros nos entregaba el mensaje de la reconciliación. Nos presentamos, pues, como embajadores de Cristo, como si Dios mismo les exhortara por nuestra boca. En nombre de Cristo les rogamos: ¡déjense reconciliar con Dios! Dios hizo cargar con nuestro pecado al que no cometió pecado, para que así nosotros participáramos en él de la justicia y perfección de Dios.


Salmo Sal. 102, 1-12:
Bendice al Señor, alma mía,
alabe todo mi ser su santo Nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides ninguno de sus beneficios.
El perdona todas tus ofensas
y te cura de todas tus dolencias.
El rescata tu vida de la tumba,
te corona de amor y de ternura.
El colma de dicha tu existencia
y como el águila se renueva tu juventud.
El Señor obra en justicia
y a los oprimidos les da lo que es debido.
Reveló sus caminos a Moisés
y a los hijos de Israel sus proezas.
El Señor es ternura y compasión,
lento a la cólera y lleno de amor;
si se querella, no es para siempre,
si guarda rencor, es sólo por un rato.
No nos trata según nuestros pecados
ni nos paga según nuestras ofensas.
Cuanto se alzan los cielos sobre la tierra
tan alto es su amor con los que le temen.
Como el oriente está lejos del occidente
así aleja de nosotros nuestras culpas.
Como la ternura de un padre con sus hijos
es la ternura del Señor con los que le temen.
El sabe de qué fuimos formados,
se recuerda que sólo somos polvo.
El hombre: sus días son como la hierba,
él florece como la flor del campo;
un soplo pasa sobre él, y ya no existe
y nunca más se sabrá dónde estuvo.
Pero el amor del Señor con los que le temen
es desde siempre y para siempre;
defenderá a los hijos de sus hijos,
de aquellos que guardan su alianza
y se acuerdan de cumplir sus ordenanzas.
El Señor ha fijado su trono en los cielos
y su realeza todo lo domina.
Bendigan al Señor todos sus ángeles,
héroes poderosos, que ejecutan sus órdenes
apenas oyen el sonido de su palabra.
Bendigan al Señor todos sus ejércitos,
sus servidores, para hacer su voluntad.
Bendigan al Señor todas sus obras,
en todos los lugares de su dominio.
¡Bendice, alma mía, al Señor!


Evangelio Mt. 5, 33-37:
Ustedes han oído lo que se dijo a sus antepasados: «No jurarás en falso, y cumplirás lo que has jurado al Señor.» Pero yo les digo: ¡No juren! No juren por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, que es la tarima de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu propia cabeza, pues no puedes hacer blanco o negro ni uno solo de tus cabellos. Digan sí cuando es sí, y no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio.


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