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Posesi�n Uno de los principales s�ntomas de la sabidur�a es la comprensi�n de que nada podemos retener. Todo fluye. Todo est� siendo y dejando de ser al mismo tiempo. Todo es "prestado". Los que entienden eso viven plenamente y no le temen a la muerte. El af�n de retener al ser amado, de apropiarse de �l, de poseerlo, es tan nocivo para el amor como la rutina. Lo que sigue son dos ejemplos opuestos sobre el tema: 1- Un profesor de 50 a�os se enamora de Julieta, una alumna de la clase de Introducci�n a las letras que dicta en la universidad dos veces por semana...El es viudo. Ella tiene 25 a�os. Y un hijo de un a�o. El padre desapareci� con el embarazo. El profesor se enamora de ella y de su hijo. Se r�e cuando se entera de que el peque�o hijo de Julieta se llama Romeo. Se los lleva a vivir con �l a su casa en el Tigre. El profesor siente un amor tan grande que piensa que el d�a que ella se enamore de un hombre joven, les ceder� el cuarto principal de la casa. El se mudar� al cuarto de hu�spedes y se conformar� con saber que ella est� viviendo en la misma casa, en el mismo planeta. Le basta con amarla. No quiere nada a cambio. La �ltima vez que v� al profesor hab�an pasado dos a�os del comienzo de la historia. Llevaba de paseo a Romeo. "Este ni�o cambi� mi vida", me dijo. Estaba feliz. Lleno de amor. 2- Esto ocurri� en Par�s hace algunos a�os. Un joven ejecutivo de una multinacional japonesa se hab�a enamorado hasta los huesos de una azafata de Air France. Ella tambi�n lo am� mientras lo am�. Una ma�ana, el japon�s encontr� sobre la heladera de su departamento una nota que le pareci� desconcertante al principio. Cruel cuando entendi� que esas m�ximas orientales (justo a �l...) eran una carta de despedida. La nota dec�a: "Quien sea que est� presente es la persona correcta. Cuando sea que comience es la hora correcta. Lo que sea que suceda es lo �nico que pod�a suceder. Cuando ha terminado, ha terminado." Un d�a, los padres de la azafata denunciaron a la polic�a su desaparici�n. Casi un a�o despu�s, un desconcertado polic�a de guardia trataba de calmar el llanto de ese hombre que har�a una confesi�n horripilante. Hab�a matado a su amante. La hab�a descuartizado. Durante meses la hab�a ido cocinando de acuerdo con distintas recetas estra�das de un libro de cocina francesa que el homicida hab�a comprado a tal efecto. Cada comida era como una ceremonia con rituales de noches de amor. Candelabro encendido, fuente primorosamente decorada, botella de champagne, baladas de Brahms de fondo. Un ritual para estar con su amor, que no alcanzaban a empa�ar las l�grimas que al japon�s le costaba frenar despu�s de cada bocado. No era �sa la forma de estar con su amada que �l hubiera elegido y, sin embargo, la hab�a elegido. Freezer mediante, se la fue comiendo hasta no dejar de ella m�s que algunas u�as y una mata de pelo, restos que ahora entregaba para que la familia tuviera algo que despedir en las exequias. A �l no le quedaban m�s que el dolor de un amor nutritivo pero ef�mero. Una pasi�n que la enfermiza necesidad de retener al otro hiciera mudar del coraz�n a los intestinos, subrayando en ese cambio de �rganos el caracter pasajero y perecedero de todo en la vida. Busc� dentro suyo algo de consuelo. S�lo encontr� el recuerdo del final de la nota que ella le dejara: "Cuando haya terminado, ha terminado".
Juro que todav�a, a�o 2004, pasan estas cosas. Nan: quiero que leas esto con atenci�n y luego dediques unos minutos a reflexionar. Cuando nos veamos en estos d�as te comento lo que pens�, y espero podamos hablar sobre lo que vos pensaste tambien. Te quiero mucho, no lo olvides. Ju |
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