EL VIRREINATO.--DE FLÓREZ A GIL Y LEMOS.--LOS COMUNEROS--

--LA EXPEDICIÓN BOTÁNICA. 1776  --  1789.

 

Este periodo colonial se caracteriza por la inquietud revolucionaria que invadió las esferas económicas con los comuneros, las educativas con la expedición botánica y las políticas con Nariño y Torres hasta culminar en el movimiento de julio de 1810, o para decirlo con más propiedad, en la emancipación hispano-americana. 

 

MANUEL ANTONIO FLÓREZ:  Recibió el poder en Cartagena de manos de Guirior en 1776, como ya se dijo, y siguió a Santafé por la vía del Opón, la ruta de Quesada, en busca del camino que evitara la peligrosa navegación del alto Magdalena.  Se inició como mandatario hábil con sus disposiciones sobre construcción de caminos en provincias, con el fomento de la agricultura, de la minería y del comercio; con la reorganización de las rentas y con su interés por la beneficencia.  Organizó los gremios de artesanos, propendiendo a la vez por su educación y por el desarrollo de todas las pequeñas industrias; dotó a Santafé de una imprenta oficial y terminó la biblioteca abriéndola al servicio público.  En 1778 se practicó el segundo censo del país con el resultado de 828.757 almas.

  Desgraciadamente para la colonia y para la administración Flórez, se encendió de nuevo la guerra entre España y la Gran Bretaña, y en la necesidad de dinero para hacer frente a los gastos que el estado de cosas demandaba, la corte envió a don Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres como visitador, con órdenes terminantes a Flórez para que se atuviera a las iniciativas de Piñeres en todo lo relacionado con la real hacienda.  Naturalmente, de ahí en adelante, Flórez, no obstante sus flamantes apellidos, sus condecoraciones de la orden de Calatrava y comendador de Lopera y su grado de teniente general de la real armada, se redujo a ser el simple firmón de las disposiciones del visitador Piñeres, cuya arbitrariedad llegó a exasperar a los pacíficos habitantes del reino.

  Flórez con mucho acierto había sostenido ante el ministro español, don José Gálvez, que el verdadero camino para aumentar la hacienda real estaba en estimular la economía privada, con disposiciones como las que había tomado sobre el comercio y sobre las industrias; pero tanto el ministro como el visitador no eran hombres de esperarse a tan lentos resultados, y acostumbrados a la política de  «la letra brava, que sólo busca el perfeccionamiento de los métodos feudales del tributo para presionar al indio sin compasión», preferían lo que ellos estimaban más cómodo y expedito, para extraer del pueblo la mayor suma posible de dinero, sin pararse en la consecuencias.  Gutiérrez de Piñeres era el hombre frío y calculador que el ministro Gálvez necesitaba, como una prolongación de su propia persona y de sus métodos en la colonia:  «puede estar moliendo la carne viva de los indios:  a él no le importa eso, ni lo averigua; lo esencial es estar moliendo»  (Germán Arciniegas).

  Siguiendo esa política, bautizada con mucho acierto de  «la letra brava», fue creado el impuesto llamado de la armada de Barlovento; el de la alcabala se hizo extensivo hasta sobre  «el hilo y los huevos», según lo relata un cronista, sin contar los pechos que ya existían del almojarifazgo, de la anata y de la media-anata; el precio de la sal, del aguardiente y del tabaco fue considerablemente elevado en los estancos, y se estableció un impuesto de guerra per cápita de dos pesos para las gentes ricas y de un peso para los pobres y los indios.  Tales medidas sobre un pueblo pobre y sin mayores actividades, unidas a la destrucción legal de los tabacales y a toda clase de atropellos que originaba el cobro de los impuestos, determinaron la insurrección general de la provincia del Socorro, que se extendió a otras poco tiempo después, y que hubiera podido tener las más graves consecuencias si los sublevados hubieran contado con hombre preparados.

 

REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS: El virrey se trasladó a Cartagena en la necesidad de atender a la defensa de la costa, y en Santafé quedó el visitador entregado a su ingrata tarea de crear y cobrar nuevos impuestos; entre tanto, la efervescencia popular en la provincia del Socorro comenzó a manifestarse con asonadas contra los guardas de las rentas, principalmente en Simacota, Mogotes, Charalá y Barichara, de octubre a diciembre de 1780, y en la ciudad del Socorro el 16 de marzo de 1781 asumió el motín carácteres de violencia desconocida hasta entonces en la pacífica colonia, cuando una partida de hombres resueltos, encabezados por una mujer más resuelta todavía, llamada Manuela Beltrán, se atrevió a despedazar los edictos que prescribían los impuestos, acto que vino a ser como la señal del levantamiento general en la provincia, que asumió enormes proporciones.

  Las turbas enfurecidas comenzaron por destruir las existencias de artículos estancados, como lo eran el aguardiente, el tabaco, el papel sellado y los naipes; un grupo se atrevió con el escudo real y lo despedazó y pisoteó; los representantes de la autoridad quisieron en un principio contener el furor popular, y a duras penas se salvaron protegidos por el cura, quien con la sagrada hostia bajo palio pudo conducirlos indemnes a la iglesia.

  Los insurrectos, con el nombre de Común, se organizaron militarmente y escogieron sus capitanes entre las personas de algunos conocimientos y de relativa buena posición, ya que las masas eran en su totalidad de gente más o menos ingorante.  Pero resultó que los escogidos, que lo fueron:  Juan Francisco Berbeo, Salvador Plata, Antonio Monsalve y Francisco Rosillo por la ciudad del Socorro, eran individuos menos que mediocres, a quienes encajaría muy bien el calificativo de traidores, si no hubiera sido por el compromiso en que  se vieron de aceptar el cargo para salvar tal vez la vida.  En todo caso, los tales capitanes resultaron demasiado inferiores a la misión que se les confiaba, por decir lo menos, siendo su primer cuidado prepararse la coartada, a cuyo efecto acudieron ante el escribano público y dejaron sentada y protocolizada una constancia, desde luego muy reservada, en la cual declaraban que solamente habían acupado los cargos  «cediendo a la amenaza de las plebes amotinadas».  Por tal acto, es fácil juzgar de la calidad de semejantes jefes; pero es que esta revolución comunera, como lo dice el historiador Arciniegas,  «parece una historia al revés», en donde el caudillo no se ve por parte alguna y todo es obra de la gran masa que impone y planta sus capitanes como  «mascarones de proa»  y los vigila estrechamente para que cumplan su cometido.

  La noticia produjo en Santafé, principalmente en los círculos del gobierno, la más honda inquietud, la cual no hizo sino aumentarse considerablemente cuando se supo de la circulación subrepticia de una hojita manuscrita que los comuneros llamaron Nuestra cédula y los elementos adictos al gobierno El Pasquín, escrito que salía de la capital de manera extrarrápida y llegaba a los revolucionarios con datos ciertos de las disposiciones que se tomaban en Santafé y hasta con copias y versos llenos de retruécanos que hacían las delicias de aquellos hombres sencillos  --El historiador Arciniegas refiere que el portero del convento de Santo Domingo, fray Ciríaco de Archila, uno de los primeros en conocer en Santafé el levantamiento, compuso y envió al Socorro algunos de dichos versos.  Tenemos, pues, que hasta dentro de los claustros tenía adictos la revolución.--.  Esto hizo pensar que en Santafé podría estar la directiva del movimiento.

  Por primera vez se dieron cuenta los dominadores de la ausencia del ejército  --como que solamente se contaba con una insignificante fuerza de alabarderos--  y procedieron a improvisarlo, llamando al servicio a todos aquello que les inspiraban plena confianza y a jóvenes de las ilustres familias santafereñas, entre los cuales formaban adolescentes como Antonio Nariño, los Ortegas, los Ricaurtes, los Caicedos y otros muchos que más tarde habían de ser próceres insignes de la independencia.

  La alarma era cada día mayor en la apacible Santafé, y el visitador, que no se reponía de su asombro, ocasionado por una situación no contemplada en sus cálculos, lleno de consternación reunió a los no menos consternados oidores a fin de tomar las providencias que fueran de lugar, y como medida militar inmediata se despachó al oidor don José Osorio con una fuerza de 100 hombres y con armas y municiones para otros tantos, al comando del capitán don Joaquín de la Barrera y del improvisado teniente don Francisco Ponce, con orden de someter a los insurrectos.  En cuanto la columna llegó al Puente Real de Vélez, quiso el oidor Osorio ensayar los métodos conciliatorios con tan malos resultados, que en una conferencia celebrada con algunos cabecillas, éstos pidieron nada menos que la cabeza del visitador Piñeres, y al convencerse de que sus insinuaciones, casi suplicantes, no hallaban el menor eco en los revoltosos, pero ni aun siquiera en aquellas personas de quienes con razón podía esperar apoyo  --tal era el pánico dominante,-- se preparaba el oidor como podía con las medidas que creía oportunas, cuando invadida la población por las muchedumbres del común, los soldados comenzaron a arrojarles las armas por los balcones de la casa que ocupaban; De la Barrera se refugió en la habitación del oidor, y Ponce, el arrogante, por tapias y solares dio con su asustada humanidad en casa del cura primero, y en la iglesia después, mientras pudo preparar su huida hacia Santafé, disfrazado de fraile.

  Los comuneros al mando de Ignacio Calviño  (o Clavijo)  y de Antonio Araque, quedaron dueños de la ciudad y de las armas y municiones tomadas al oidor, y éste, que fue respetado, pudo regresar días después a Santafé para morir al poco tiempo a consecuencia de la aflicción que le produjo el triste insuceso.  Fue proclamado jefe de la plaza tomada don Pedro Antonio Prada.

  Adelantada en mayo la organización de unos 18.000 hombres, se dio la orden de marcha sobre Santafé.  A la expedición se agregó en Güepsa Ambrosio Pisco, quien como descendiente de los zipas en línea directa, asumió el título de señor de Chía  --En Chía existían hasta no hace todavía muchos años, Román Pisco y Pía Pisco, quienes se decían descendientes de los zipas y por lo que referían parece que el hecho era verdadero.  En el momento en que esto se escribe, existe Marco Antonio Pisco, hijo de Román, natural de Chía y vecino actual de La Vega;  es éste, pues, nada menos que un príncipe de la sangre-- y cacique de Bogotá, y su popularidad entre los indios se pudo apreciar cuando llegó a Nemocón, donde los indios lo aclamaron como a su libertador y besaban sus estribos reverentemente, a lo cual correspondió Pisco tomando posesión de la salina de ese pueblo, en nombre de sus súbditos; pero no había de pasar mucho tiempo sin que los pobres indios, que consideraban propia la mina, fueran desposeídos de nuevo, obligados por las balas del batallon fijo, que dieron cuenta de las vidas de unos cuantos.

  A la aproximación de los revolucionarios, una comisión de paz enviada por el visitador y por la audiencia, con la consigna de evitar a toda costa la para ellos tan indeseable visita a la capital, salió a Zipaquirá con el fin de parlamentar y negociar.  Integraban la comisión:  el señor Caballero y Góngora, arzobispo; don Eustaquio Galavis, alcalde de Santafé, y don Joaquin Vasco, oidor, quienes bien pronto se pusieron en contacto y entraron en conversaciones con el generalísimo Berbeo y sus capitanes.  Berbeo exigió previamente la presencia de cuatro santafereños, como representantes del común de Santafé, y al efecto concurrieron don José Sanz de Santamaría, el marqués de San Jorge, don Francisco Vergara y don Nicolás Bernal.  En poco tiempo se llegó a la firma de unas capitulaciones que en 35 artículos estipularon, entre otras cosas, el extrañamiento del visitador, la abolición de los nuevos impuestos, la rebaja de precios a los artícurlos estancados, la admisión preferente de los hijos del país en los cargos públicos, ya que la petulancia de los peninsulares se venía haciendo intolerable, la confirmación de los nombramientos de capitanes hechos por el común con la autorización necesaria para dar instrucción militar a las milicias populares y, finalmente, la amnistía completa por todo lo pasado.  La revolución obtenía así el triunfo completo de sus objetivos.

  Una vez que la audiencia hubo aprobado las capitulaciones,  --ya que el visitador Piñeres, a quien correspondía hacerlo, había huido precipitadamente a la costa por Honda, bajo una fuerte impresión de miedo,--  el 8 de junio de 1771 se juraron solemnemente sobre los santos evangelios ante el sacrametno descubierto en la iglesia de Zipaquirá, y los comuneros, muy satisfechos y confiados en la palabra oficial, respaldada por la eclesiástica,  --como que el arzobispo fue el alma de la negociación--, se disolvieron portando copias del famoso tratado, sin sospechar siquiera el proceder villano del alcalde Galavis, cuyo pudor no se sobrecogió cuando de antemano había hecho su declaración ante el escribano de Zipaquirá, en la cual protestaba la nulidad de todo lo que se viera en la obligación de firmar y jurar, como que lo haría  «precisado por la fuerza y por ceder a la necesidad».

  El virrey, aconsejado por el visitador, improbó escandalosamente las capitulaciones desde Cartagena, cuando ya había hecho llegar a Santafé el batallón fijo, de 500 plazas, y sucedió lo que tenía que suceder:  la medida desgraciada tuvo su natural reacción, y no ya en los hombres que actuaron como jefes, cuyos carácteres nos son ya conocidos, pero sí en los subalternos como Antonio Galán, Lorenzo Alcantuz, Isidro Molina, Manuel Ortiz y Ambrosio Pisco, quienes con justicia merecen encabezar la lista de nuestros inmortales.  Los cuatro primeros entregaron sus vidas al verdugo en la plaza de Santafé el 1" de febrero de 1782, por sus actos de protesta valerosa ente el miserable engaño, y el último pagó con veinte años de presidio en Bocachica el crimen de que por sus venas corriera la sangre noble de los zipas, sin que para nada se tuviera en cuenta el hecho de haberse acogido a las capitulaciones.

  Galán que había sido destacado por Berbeo desde Zipaquirá, dados sus entecendentes de valor y de entereza de alma, para cortar la retirada del odiado visitador, no pudo impedir la fuga de éste, pero hizo una corta y hermosa campaña hasta Mariquita y Ambalema acompañado de unos pocos hombres; logrando revolucionar varias poblaciones, desde Tocaima hasta Neiva y haciendo repercutir  la conmoción en Pasto, en Antioquia y aun en Venezuela, lugares en los cuales hubo movimientos más o menos violentos; sometido después en fuerza de las capitulaciones y vuelto a Charalá, su tierra, quiso levantarse en armas de nuevo cuando supo la improbación de éstas, pero aprehendido en Onzaga por Salvador Plata,  --ese sí un clásico traidor--, fue entregado a sus sacrificadores.

  La figura de Galán se relieva en la revolución comunera con rasgos de verdadero caudillo;  en el reducido escenario en que alcanzó a actuar, mostró capacidades y dotes de hombre superior; fue de los primeros en lanzar el grito de rebelión en Charalá, meses antes de los socorranos, y el último en callar al rendir su hermosa vida; hermosa decimos, como lo había ecreditado desde su juventud cuando defendía a los indios guanes de los menguados que hacían un comercio infame con ellos, cazándolos y entregándolos amarrados al tiranuelo de la provincia.  En suma, como dice Arciniegas,  «es el primero en la generación de los libertadores, y no tiene sino un solo ideal para su vida:  sacar a los pueblos del vasallaje español».

  La revolución de los comuneros tuvo un carácter esencialmente económico, según se desprende de los actos que se llevaron a cabo y de los documentos que quedaron; con Galán, sin embargo, las cosas se iban encaminando hacia el campo político, no bien precisado ni manisfestado, dada la escasísima preparación de los hombres y el breve tiempo de que se dispuso; en todo caso, como ejemplo, fue grave para la causa de España, como que dejó comprender a los hijos del país de lo que eran capaces y bajo este aspecto se puede considerar el movimiento como de alta importancia en la génesis de nuestra emancipación.  Por lo demás, fue muy flaco el servicio que prestaron a España los sacrificadores de Galán y los violadores de las capitulaciones, pues indudablemente ésta debió ser una de las causas primeras que trabajaron el ánimo de los hombres que más tarde dieron al traste con el dominio de España en estos países.

  Algunos autores han querido concatenar esta revolución y el movimiento que terminó en el Cuzco hacia 1780 con la ejecución de Tupac Amarú, cuando este descendiente de los incas quiso restablecer en el Perú el imperio de sus mayores.  Concurrieron efectivamente algunas circunstancias que dan relativa, pero no definitiva fuerza a esta tesis, tales como los papeles encontrados al platero limeño Melchor de Guzmán que vivía en Santafé, la presencia y actuación de Ambrosio Pisco en las filas del común, ciertas declaraciones de Tupac en el proceso que se le siguió y los pronunciamientos de Silos, de Pore y de algún otro lugar, en donde se tomó el nombre del caudillo inca como bandera.  No obstante que el asunto no deja de ser sugestivo, y que éstas y otras circunstancias inducen a pensar que algo debió tramarse al respecto, hay que convenir en que si ello existió, debió ser un asunto específicamente distinto de nuestra revolución comunera, entre otras razones por la definitiva de haber tenido ésta lugar un año después de la ejecución de Tupac Amarú.

 

 

JUAN DE TORREZAR DÍAZ PIMIENTA:  Era gobernador de Cartagena cuando en 1782, con motivo de la promoción de Flórez al virreinato de México, fue nombrado para sucederle.  Al efecto se posesionó y salió pronto para Santafé, a donde llegó gravemente enfermo y murió cuatro días después, el 11 de julio del mismo año.

 

ANTONIO CABALLERO Y GÓNGORA: Mientras se puso en claro, con el pliego Futura, que este prelado era quien debía reemplazar al extinto virrey, durante tres días ejerció el poder el célebre visitador Gutiérrez Piñeres.

  Comenzó el virrey-arzobispo decretando un indulto general cuyo texto, aunque ingenuamente redactado y si se quiere lleno de la mejor intención, resulta cínico y hasta escandaloso, pues no hay que perder de vista que el arzobispo, como ya lo dijimos fue el alma de la negociación de Zipaquirá y quien sin duda debió influir porderosamente en la disolución del ejército revolucionario, obra que perfeccionó con su visita pastoral a la diócesis del Socorro acompañado de unos frailes capuchinos.  Decía el arzobispo:  «Concédemos desde ahora para siempre un indulto.....» es decir, que el indulto anterior, jurado sobre los evangelios, juramento que el tomó pero parece que no prestó, nada significaba en su virreinal ánimo;  «...... y perdón general....»  el cual nada valía ya, desde luego que Galán y compañeros habían sido bárbaramente sacrificados;  «.... y declaramos indultados y enteramente perdonados de sus delitos a todos los comprometidos en la horrible y escandalosa revolución acaecida en estos dominios.....»  y lo decía cuando Ambrosio Pisco gemía ya y continuó gimiendo por veinte años más en las mazmorras de Cartagena, sin que de tal atrocidad tomara nota el magnánimo indultador.  No!  La historia no podría cancelar la responsabilidad del señor Caballero y Góngora en esta tragicomedia de la cual fue actor principal.

  Por lo demás, el arzobispo hizo un gobierno paternal, ecuánime y, si se quiere, hasta revolucionario; tan importante y tan fecundo, que casi obliga a echar un velo sobre su actuación con los comuneros.  Intervino eficazmente en el desarrollo de Antioquia, estimuló la minería, se interesó vivamente por las misiones, apoyó la beneficencia con el establecimiento de una contribución sobre las rentas de los obispados y atendió solícitamente a todos los ramos de la administración.  Su obra renovadora resalta especialmete en la reforma inteligente del arcaico plan de estudios, en la cual implantó las ciencias exactas con preferencia a las especulativas, sintetizando admirablemente su pensamiento con estas palabras:  «Un reino lleno de producciones que utilizar, de montes que allanar, de caminos que abrir, de pantanos y minas que desecar, ciertamente necesita más sujetos que sepan conocer y observar la naturaleza y manejar el cálculo, el compás y la regla, que de quienes entiendan y discutan del ente, de la razón, la primera materia y la forma sustancial».  Hay que pensar en el tiempo en que esto se decía para medir en su justo valor estas palabras que hacen de este virrey un vidente y un revolucionario.  Su amor a la instrucción corría parejas con su desprendimiento, pues habiendo sufrido graves daños el edificio del Rosario con fuerte temblor de 1785, ordenó a sus expensas la reparación.  El censo del Nuevo reino, que hizo practicar por tercera vez, acusó una población de 1.046.641 habitantes.

 

LA EXPEDICIÓN BOTÁNICA: La obra cumbre del virrey-arzobispo fue su famosa creación del instituto científico que se llamó la Expedición Botánica, el cual llegó a ser como un fanal que iluminó muchos horizontes, quizás hasta el de la emancipación.  Puesto en buena hora bajo la sabia dirección del naturalista, médico y sacerdote, don José Celestino Mutis, a quien ya conocemos, con eminentes granadinos formados por él como colaboradores, sus programas comprendían el estudio de toda la zona de la América del sur, al norte de la linea ecuatorial, bajo los aspectos relacionados con las ciencias naturales:  la botánica, la minerología, la geografía y hasta la astronomía; mas si el tiempo y los recursos no permitieron el desarrollo completo de tan vastas proyecciones, con todo fue muy grande la labor realizada y provechosísima para la ciencia, según lo comprobaron sabios de fama mundial como Linneo, con quien Mutis mantenía correspondencia, y como Humboldt y Bompland, cuando visitaron la expedición en 1801  --En España se están editando lujosamente, y quizás por primera vez, los trabajos completos de la expedición.--  y como aparece en la obra que podríamos llamar filial, del observatorio astronómico que perdura.  La patria recibió gran provecho material con hallazgos como la quina, que vino a alimentar por mucho tiempo un renglón importantísimo de la exportación; pero sobre todo, la expedición nos es especialmente cara a los colombianos, porque la causa de sabios, de estadistas y de militares que directa o indirectamente nos legó, con las consiguientes consecuencias políticas y sociales que de ese hecho se desprendieron.

 

PROYECTO DE IMPERIO: En los comienzos del mandato de Caballero y Góngora, cuando se  firmaba la paz entre Inglaterra y España en 1783, dándose cuenta el conde de Aranda de lo que sucedería fatalmente con las colonias hispanas de América, dado el ejemplo de las británicas que se libertaban y engrandecían a ojos vistas, declaró sin rodeos sus temores al rey y le propuso anticiparse a los acontecimientos para sacar de ellos el mejor resultado posible.  Al efecto, aconsejó que España se desprendería de sus colonias, a reserva de Cuba y Puerto Rico, que constituirían puntos de escala o factorías, y que se colocaran príncipes de la sangre en cada uno de los virreinatos de México, de Santafé y del Perú, como reyes vasallos del emperador, que lo sería el monarca español.  El ministro no pudo sacar adelante su idea, la que de realizarse, evitara a España días amargos y en todo caso, hubiera sido muy otra su suerte en América.  ¡Rara coincidencia!  En el mismo año venía al mundo el hombre que sacaría valederas las profecías del vidente ministro:  Simón Bolívar nacía en Caracas el 24 de julio de 1783.

 

FRANCISCO GIL Y LEMOS: Por renuncia de sus cargos en lo civil y en lo eclesiástico, y para seguir a la sede de Córdoba en España. El señor Caballero y Góngora resignó en manos de don Francisco Gil y Lemos en enero de 1789, pero la administración de éste apenas duró siete meses escasos, sin dejar huella digna de mención.  Paso al virreinato del Perú.

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