|
VIRREINATO. --DE ESLAVA A GUIRIOR. 1740 a 1776.
Conocidas ya las razones que determinaron el establecimiento del virreinato, a los dos siglos justos de la fundación de Santafé, resta decir que los últimos catorce años de régimen presidencial no hicieron sino confirmar la necesidad. La nueva forma de gobierno acrecentó naturalmente la importancia de la unidad colonial y le imprimió modalidades y características propias; además, la actividad creadora de España, justo es reconocerlo, fue más fecunda en esta época, como que preparó convenientemente el terreno para el advenimiento de Colombia al concierto de las naciones. DON SEBASTIÁN DE ESLAVA: Este personaje abre la lista de los trece mandatarios que durante setenta años, de 1740 a 1810, gobernaron el país con la investidura de virreyes. Ejerció en Cartagena, durante todo su periodo que duró diez años, pues la defensa de la costa así lo exigía, con motivo de la guerra declarada por Inglaterra a España en 1739. El virrey Eslava tenía el grado de teniente general de los ejércitos reales y el triunfo de las armas españolas, en el cual tuvo mucha parte, le fue recompensado con un título nobiliario y con su promoción al virreinato de Lima, honor que declinó. Por último, en 1749 regresó a España, después de firmada la paz y allí ocupó el cargo de capitán general de Andalucía. En 1753 ocurrieron dos infaustos sucesos: un terremoto que hizo graves destrozos en varias poblaciones, principalmente en Popayán, y un periodo de enorme escasez en las subsistencias, de hambre literalmente, ocasionado por el tiempo excesivamente seco que predominó en el año y que acabó con la mayor parte de las cosechas, siendo notorias la ineficacia y la abulia de la administración Eslava ante tal calamidad.
ATAQUE A CARTAGENA POR EL ALMIRANTE VERNÓN: En el año citado de 1739 tomó a Portobelo el almirante inglés Edward Vernón; en 1740 hizo una demostración sobre Cartagena, para volver en 1741, por el mes de marzo, con el ánimo decidido de tomar la plaza, al frente de una escuadra que fue la concentración naval más poderosa que no vieran hasta entonces los mares americanos, a bordo de la cual venían 28.000 hombres. Hay que saber que para esa época Cartagena era ya la primera plaza fuerte de las colonias españolas en América, pues su sistema de fortificaciones y armamentos había adelantado mucho, después de trabajar casi continuamente en él desde los tiempos del gobernador don Juan del Busto Villegas en 1557, y habiendo invertido una suma, fabulosa en la época, que sobrepasó al medio centenar de millones de pesos. Es fama que tan enorme costo hizo empinar en su trono a un rey de España, para comprobar si podían divisarse las famosas murallas desde Madrid. El almirante Vernón se estrelló literalmente contra la plaza, cuyo jefe, el general Blas de Lesso, héroe de cien combates -al frente de 3.000 hombres, hizo morder el polvo al orgulloso inglés--, a quien por anticipado se habían preparado en Inglaterra medallas conmemorativas de su triunfo, después de un asedio que duró dos largos meses y que se vio precisado a abandonar con la formidable pérdida del 65 por 100 de sus efectivos, como que en la empresa ayudaron a Lesso el clima y las epidemias. --Henao y Arrubla relatan el siguiente episodio, tan importante como poco conocido: «Un regimiento norteamericano formaba parte de las fuerzas invasoras de Vernón; se estrelló contra el castillo de San Felipe y en él venía el capitán Lawrence Washington, medio hermano del que fue libertador de los Estados Unidos de América, Jorge Washington».--. Poca significación hemos dado en nuestra historia a este gran suceso de las armas españolas, que pudo tener trascendentales consecuencias. Inglaterra veía en Cartagena y sus fortalezas una base naval de valor imponderable para su imperio, y si este general español, este medio-hombre --Henao y Arrubla dan a Lesso el título de medio-hombre por haber perdido en acciones de guerra anteriores al sitio de Cartagena y al servicio de su patria, un ojo, un brazo y una pierna-- no consigue detenerla, hoy contemplaríamos nuestra hermosa ciudad, «la de los muros de piedra y corazón de bronce» con la melancolía que se siente por una prenda amada pero irremisiblemente perdida, algo así como los españoles de hoy deben mirar a su Gibraltar, o como nosotros mismos contemplamos a Panamá. Hace falta el monumento que glorifique el general Lesso, a quien los colombianos deberíamos considerar como a uno de nuestros insignes precursores. JOSÉ ALFONSO PIZARRO: De manos de su antecesor Eslava, recibió el poder en Cartagena este marino español, escogido y enviado en previsión de que pudiera surgir un nuevo conflicto con Inglaterra. Hizo una buena administración, aunque un tanto opaca, en la cual dedicó preferente atención a crear la renta de aguardientes, medida hasta cierto punto funesta, pues abrió el camino al estímulo oficial del alcoholismo, estableciendo una fuente de rentas de la cual no hemos podido prescindir en la república. Pizarro comunicó cierto impulso a las misiones y apoyó al obispo de Panamá, señor Luna Victoria, en la fundación allí de una universidad que dirigieron los jesuitas. En lo material llevó a cabo mejoras en el camellón occidental de Santafé, la obra de Anuncibay, y dispuso la creación de algunos poblados en la hoya del Magdalena y en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Ninguno de los cuales subsistió. JOSÉ SOLÍS FOLCH DE CARDONA: Por reiterada renuncia de Pizarro, en 1753, llegó a Santafé este joven aristócrata, cuya entrada en la ciudad se hizo con una solemnidad desacostumbrada y previamente ordenada por la corte, bajo el más riguroso protocolo, fue un buen administrador que se preocupó de la instrucción pública, de las misiones y de las vías de comunicación. En la capital realizó obras como el acueducto de La Agua Nueva y un edificio para oficinas de gobierno en la plaza mayor; reconstruyó, además, la casa de moneda. En su época la primera comisión de límites hispano-portuguesa inició trabajos de demarcación de las fronteras entre las colonias de una y otra nación, en virtud de un tratado celebrado en 1750, y después de algunos años de trabajos se disolvió sin dejar concluida su misión. El virrey Solís es famoso por las legendarias aventuras de desenfadado galán que se le atribuyen, las cuales le valieron una acusación de la audiencia ante el rey, que no prosperó, como que para algo habían de servirle su parentesco y su estrecha amistad con el monarca. Tales aventuras fueron ruidosamente coronadas con su inesperado ingreso a la Recoleta de San Diego, como humilde fraile, en febrero de 1761, después de repartir su fortuna a los pobres y a la beneficencia. PEDRO MESÍA DE LA CERDA: Este hacendista hábil y administrador escrupuloso, se posesionó en el mismo día del ingreso al convento del virrey-fraile y se mantuvo en el gobierno durante doce años, en los cuales trazó honda huella con sus actos. Creo la renta de tabaco y reorganizó la de aguardientes, que encontró pésimamente administrada; hizo importantes sugestiones a la corte sobre asuntos fiscales, sobre comercio y sobre minería, si bien con tales iniciativas el virrey no hizo sino llover sobre mojado, desde luego que todas ellas tenían necesariamente que encallar ante la política de la puerta cerrada en el comercio para el exclusivo beneficio de España, y ante la economía colonial que se apoyaba solamente en «las dos pilastras del vicio» (Germán Arciniegas); el tabaco y el aguardiente, sin que se tuviera para nada en cuenta el robustecer la economía particular, base de la nacional. Mesía de la Cerda favoreció en cuanto pudo la industria. Con obreros especializados estableció una fábrica de salitre en Tunja y otra de pólvora en Santafé, complementada ésta con una fábrica de loza torneada y vidriada para empaque del peligroso producto; llevó a cabo sendos puentes sobre los ríos Bosa y Sopó en la sabana de Santafé y, finalmente, la muy importante obra del cierre de Bocagrande, complemento indispensable en las fortificaciones de Cartagena. Estableció un servicio regular de correos, el cual hasta entonces no había pasado del estado embrionario. LA REAL PRAGMÁTICA SANCIÓN: Correspondió a Mesía de la Cerda ejecutar en el virreinato de la Nueva Granada la disposición así llamada de Carlos III y su ministro don Pedro Pablo Abarca de Bolea, conde de Aranda, dictada el 27 de febrero de 1767 y cuyos efectos debían surtir en Santafé a fines de julio del mismo año, por la cual se desterraba a los jesuitas de todos los dominios españoles y se confiscaban sus bienes cuantiosos. El estrañamiento de esta comunidad, obra más de los tiempos que de los hombres, cuando comenzaban las reacciones de la libertad --y sabido es que toda reacción viene siempre con su cotejo de violencias--, es un tema de suyo delicado, que corresponde por igual a la historia de la iglesia y a la historia universal, como que la empresa --o conjura según los parciales-- en que se empeñaron Choiseul, en francia; Pombal, en Portugal; Tanuchi, en Nápoles, y Aranda en España, y que culminó en la bula de Clemente XIV que declaró extinguida la compañía de jesus, fue el natural resultado de las luchas por el movimiento que comenzaba a plantearse por entonces en el mundo con la enciclopedia y que debía triunfar con la consagración de los principios proclamados por la revolución francesa.. carlos III y su famoso ministro figuran sin lugar a duda entre las personalidades más salientes de su tiempo y entre los hombres de Estado más grandes de España. Su obra de gobernantes, su visión política, su energía en la acción, hicieron del reinado de este monarca uno de los más brillantes de la España absolutista y que, paradójicamente, vino a ser también el primer gobierno liberal. Pero llegando al punto concreto de la pragmática sanción, considerada nada más que por su aplicación en el virreinato, tenemos que convenir en que fue una medida inconsulta y precipitada que ocasionó graves perjuicios a la colonia, puesto que de hecho quedaron extinguidos trece establecimientos educativos en donde se formaban algunos miles de jóvenes, y las misiones a cargo de la compañía, que eran de las más florecientes, sufrieron grave quebranto, ya que los expulsados padres nunca fueron ventajosos ni debidamente reemplazados, hasta el punto de que algunas fundaciones de prosperidad indiscutible se perdieron irremisiblemente, como aconteció con las misiones de las bocas del Guaviare, en el Orinoco, en donde los varios kilómetros cuadrados de cacaotales de la colonia que se llamo Guanayana que, por un milagro de la naturaleza, se han conservado casi intactos hasta nuestros días, estan pregonando la tremenda equivocación del goberino español --Cabe observar que los gobiernos de la república no se han dado quizás cuenta del tesoro que dichas plantaciones representan, seguramente por la circunstancia de que los territorios en donde estan ubicados eran hasta no hace mucho tiempo motivo de litigio entre Colombia y Venezuela. En dicha colonia de Guanayana todavía se ven varios fragmentos de patios en donde los jesuitas hacían secar el cacao. (Dato de don Luis Quintero Ortega, quien habitó largos años en esas regiones). De otro lado, la seguridad de España en la posesión de su colonia sufrió un serio descalabro, pues es notorio que el orden establecido tenía en la compañía de Jesús uno de sus más firmes baluartes y que con ella aquí nuestra independencia hubiera encontrado seguramente un formidable obstáculo más, entre los muchos que tuvo que vencer. Carlos III al dictar su famosa disposición declaró que se reservaba los motivos que lo determinaron a expedirla, y parece que se quedaron reservados, como que todavía no se conocen en los tiempos que alcanzamos, siempre que tales motivos hubieran sido distintos de la sorda lucha entablada por ese tiempo entre las nuevas y las viejas ideas sociales, políticas y filosóficas. Empero, no es circunstancia que favorezca a los jesuitas el hecho de que su extrañador hubiera sido un monarca de gran talla, inteligente y dinámico hombre de Estado, de conducta privada irreprochable, como lo fue Carlos III, al paso que quien vino a restablecerlos fue Fernando VII, cuyo carácter, inteligencia y rectitud, no fueron precisamente sus distintivos. MANUEL DE GUIRIOR: En abril de 1773 se posesionó este virrey, a quien llegó aquí más tarde el despacho de teniente general, en reemplazo de Mesía de la Cerda, cuyo periodo ya había expirado. Guirior inicia la serie de los llamados, con justa razón en casi todos los casos, grandes virreyes, o también virreyes liberales, como reflejos que fueron del monarca que representaban, Carlos III. Fue un gobernante progresista en la amplia acepción de la palabra; hábilmente secundado por el fiscal de la audiencia, don Francisco Antonio Moreno y Escandón, figura paradójica bajo ciertos aspectos, implantó una reforma fundamental en los estudios de segunda enseñanza, concretados hasta entonces a una rutina hecha sobre medidas, como propia para evitar la entrada al país de las ideas renovadoras, y al mismo tiempo propuso a la corte la fundación de una universidad, encontrándose en este camino con la obstinada oposición de los dominicos, monopolizadores de hecho del campo educativo desde el extrañamiento de los jusuitas, de lo cual resultó naturalmente la improbación del proyecto de Guirior y el fracaso de la reforma en los estudios; sinembargo la semilla quedó sembrada, pues la dicha reforma alcanzó a funcionar algún tiempo y no tardó mucho en producir sus frutos. Con el mismo Moreno como auxiliar, fundó la biblioteca pública, aprovechando como base los libros confiscados a los jesuitas y abrió además dos cátedras públicas en San Bartolomé y el Rosario; fundó asilos para pobres de ambos sexos, fomentó la agricultura librando al comercio interior de los impuestos y trabas que lo obstaculizaban y propuso a la corte medidas tendientes a la desamortización de ciertos predios que permanecían improductivos: en suma, procedió en todo como un gobernante de visión y de capacidades poco comunes. Por primera vez se llevó a cabo el censo de Santafé, con el siguiente resultado, casi a los dos siglos de fundada: habitantes 20.000, en gran mayoría blancos --criollos o europeos.-- . Casas 1.770. El censo del virreinato dio la cifra de 806.641 habitantes. La corte negó también a Guirior su proyecto de libre navegación del Atrato, con la cual quizás perseguía la colonización de la hoya de este río, ya que todos los intentos anteriores, desde los tiempos de Balboa y Pedrarias, habían fracasado; en todo caso hizo presente en su propuesta la bondad de la medida, como una nueva fuente de entradas al fisco. Tomó Guirior también empeño en la reducida de los salvajes, en lo cual fue eficazmente secundado por el arzobispo fray Agustín Camacho y por los frailes capuchinos. Don Sebastián Guillén dirigió la empresa sobre los motilones, que venían entrabando, hasta hacerlo imposible, el comercio con San Faustino, Mérida y Maracaibo, pero la obra se vio intempestivamente interrumpida por la complicación de Guillén en el asesinato de un tal Armezta; un coronel Arévalo, empleando métodos suaves, pacífico a los guagiros y cozimas, insurreccionados de tiempo atrás; don Agustín Sierra trabajó con éxito en la reducción de los chimilaes o chimilas (hoya del Magdalena), y don Andrés Ariza en la de los indios del Darién. En el orden eclesiástico, intervino el virrey decisivamente en la reorganización de los conventos cuya disciplina se había relajado; secundó al arzobispo en la fundación de un seminario para secularizar el clero, y finalmente estimuló la reunión de un concilio provincial, del cual emanaron importantes disposiciones. Promovido al virreinato del Perú, el gran virrey Guirior entregó el mando a su sucesor en Cartagena, a principios de 1776. ASOMA LA REVOLUCIÓN: En los gobiernos de Mesía de la Cerda y de Guirior, o para decirlo con más propiedad, en los primeros tiempos del reinado de Carlos III, se llega a un momento en que la época colonial se parte en dos. Hasta Fernando VI la cultura permitida por España a su colonia apenas si consentía la formación de hombres para la carrera eclesiástica, al paso que para otras actividades era prácticamente nula; con Carlos III las cosas comenzaron a cambiar fundamentalmente y una auténtica cultura hizo su entrada en Santafé con dos hombres que llegaron casi simultáneamente. El sabio naturalista español hijo de Cádiz, don José Celestino Mutis, comenzó el dictado de clases de matemáticas y cosmografía en el colegio del Rosario, hacia el año de 1762, y la iniciación de su obra revolucionaria en la instrucción puede apreciarse por el asombro cómo fueron recibidas las teorías de Copérnico y de Galileo, sobre el movimiento de la tierra al rededor del sol, las cuales los dominicos se apresuraron a combatir como heréticas. Mutis, sinembargo, continuó imperturbable en la tarea de llevar sus luces a nuestra juventud, hasta conseguir la formación de una generación de hombres que, a su vez, vinieron a ser los maestros y hasta los compañeros de los que lucharon por nuestra emancipación y formaron nuestra nacionalidad. En lo que sigue, tendremos muchas ocasiones de encontrarnos con la obra de este hombre ilustre, a quien bien pudiéramos llamar el Padre de los Padres de la Patria. El otro hombre, un criollo cultísimo, natural de Mariquita, formado en España, de la escuela del conde de Aranda, y que llegó al puesto de fiscal de la real audiencia, fue don Francisco Antonio Moreno y Escandón. Como comisionado de Mesía de la Cerda, tuvo que vigilar y hacer cumplir la pragmática sanción y como brazo derecho de Guirior, en la obra revolucionaria de este perspicaz mandatario, preparó el plan de estudios de segunda enseñanza y llevó a cabo la fundación de la biblioteca, todo lo cual supo hacerlo con criterio muy adelantado a su época. Pero el juicio sobre este último personaje tiene sus puntos negros, como los tienen los grandes virreyes, de Guirior a Ezpeleta y en general los hombres de la época de Carlos III, sin excluir a este monarca; proque Moreno y Escandón fue una viviente contradicción entre lo viejo y lo nuevo; en cuanto consideraba que el poder de España sufría la menor mengua, --y así lo creía cuando se trataba de aplicar mano fuerte en los asuntos del gobierno--se tornaba un ultra-reaccionario. Su obra en la fiscalía de la real audiencia, no obstante su condición de criollo, lo coloca al lado de ese gran extorsionador que fue el visitador de administración siguiente del virrey Flórez y que determinó el levantamiento de los comuneros, como vamos a verlo. Moreno y Escandón acabó aquí por ser profundamente odiado de las clases populares. Promovido a la audiencia del Perú y después a Chile, perdimos en él a un revolucionario eficaz a la vez que a un terrible oidor. . |