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PRESIDENCIA DE LA NUEVA GRANADA. 1564 - 1739.
En el año de 1564, con Venero de Leyva se inició la serie de los presidentes, hasta don Francisco González Manrique en 1739, es decir, que durante 175 años fue gobernado el país bajo esta forma de mandato. El ensayo de catorce años de gobierno de la audiencia hizo sentir en la corte la necesidad de establecer una autoridad superior, con mayores poderes y más representación. El presidente, con funciones de gobernador y de capitán general y a la vez con cierto carácter de representante del rey, era una necesidad que impusieron los hechos y la importancia que iba adquiriendo la colonia del Nuevo Reino de Granada. ANDRÉS DÍAZ VENERO DE LEYVA. Uno de los mayores aciertos del gobierno de España en su colonia fue el nombramiento de este ilustre mandatario, cuyo nombre debe figurar como el más digno, el más capaz y el mejor administrador de cuantos tuvimos en el curso de tres siglos; y fue tanto mayor el beneficio que se obtuvo con su venida, cuanto que llegó tras de una época de desgobierno, cuando todo estaba por hacer en los diversos ramos de la administración y cuando perduraban las corruptelas y vicios que dejaron por herencia Alonso de Lugo y Montaño, cuyos inmediatos sucesores no pudieron corregir. Venero de Liyva es considerado como el verdadero artífice de la nacionalidad. Bajo su paternal y rígido gobierno se crearon los resguardos para reunir, mediante la asignación de terrenos de cultivo, a los indígenas dispersos en agrupaciones que vinieron a ser el origen de muchos municipios; se redujeron varias tribus, se fundaron escuelas y se aplicaron sin contemplación las leyes protectoras de su raza; la administración se moralizó, fueron creadas como treinta poblaciones, se abrieron caminos y se impulsó el comercio y la minería, ramo éste en el cual se llevaron a cabo realizaciones como la de comenzar la explotación de las minas de Muzo. Su administración, que duró diez años, ha sido justamente llamada El siglo de oro de la colonia y él mismo fue titulado Padre del Nuevo Reino. De la presidencia de Santafé fue promovido en 1574 al supremo consejo de Indias, en donde permaneció hasta su muerte. El terrible flagelo de viruela se presentó en 1566 por primera vez e hizo estragos entre los indios; en tal emergencia, el presidente prodigó cuantos recursos estuvo en capacidad de disponer e hizo tomar cuantas medidas era entonces posible para contener la epidemia. A tiempo con Venero llegó a Popayán, en calidad de gobernador de la provincia, el capitán Francisco Mosquera, muy digno de mención como gobernante de la misma talla del presidente. Dictó reglametos de protección a los indios, acabó con muchas corruptelas y abusos y mejoró el camino de Cali a Buenaventura. El mariscal Quesada emprendió por este tiempo una costosa expedición a los Llanos Orientales, en busca del fatídico El Dorado, de la cual resultó poco menos que arruinado. PERIODO DE 1575 A 1590: A Venero siguieron unos cuantos gobiernos cortos y mediocres que no dejaron huellas de significación. Don Francisco Briceño, el ex-oidor que ya conocemos, remitido a España como una de las tantas víctimas de la sevicia de Montaño, fue promovido del gobierno de Guatemala a la presidencia de Santafé. Parece que había comenzado su administración muy bien, cuando le sorprendió la muerte a los pocos días de llegado. Siguió un interregno a cargo de la audiencia, integrada entonces por los oidores Andrés Cortés de Mesa, Francisco de Anuncibay y Antonio de Cetina, cuyo gobierno se prolongó hasta 1578, sin otra cosa digna de mención que la obra del camellón que une a la ciudad con Fontibón --buena parte de este camellón ocupan hoy las avenidas de Colón y del Centenario, ya dentro del perímetro de la ciudad--, la cual acometió Anuncibay en obsequio de su amada doña Jerónima Orrego, hija del rico encomendero don Antón de Olaya, compañero de Quesada. Si el espíritu que persiguió esta obra no fue precisamente el de la utilidad pública, no por eso dejó de ser un positivo progreso, pues la ciudad quedaba incomunicada por el occidente con las inundaciones del río en la época de lluvias. En 1578 se posesionó Lope Díez Aux de Armendáriz, cuyos buenos propósitos encallaron ante la inexorabilidad del visitador don Juan Bautista Monzón, quien lo removió y lo encarceló hasta su muerte, ocurrida en Santafé en 1584. En febrero de 1579, cargado de años y de merecimientos, murió el ilustre fundador de Santafé, el mariscal y adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada. Al poco tiempo lo siguió su compañero, el fundador de Tunja, capitán Gonzalo Suárez Rendón, también de edad avanzada. Por el mismo tiempo tuvo lugar el famoso proceso del oidor Andrés Cortés de Mesa, quien fue ejecutado en la plaza mayor de Santafé, convicto del asesinato de Juan de los Ríos, sin que su calidad de gran señor, ni el alto cargo que ocupaba, fueran parte a librarlo del castigo. Juan Bautista Monzón gobernó hasta 1582 y fue víctima de una farsa urdida por el fiscal de la audiencia don Miguel de Orosco, quien lo acusó de una conspiración en la cual aparecían como protagonistas Monzón y su amigo el cacique de Turmequé don Diego de Torres, indio rico e inteligente, en combinación nada menos que con los ingleses, quienes debían de aparecer por Casanare; la intriga prosperó y dio con Monzón y con Torres en la cárcel, en la cual permaneció el primero hasta la llegada del nuevo visitador don Juan Prieto de Orellana, en el citado año de 1582, y el segundo pudo escapar, logrando ir a España y hacerse oír en la corte. Felipe II lo hizo su caballerizo mayor. Siguió luego una pugna entre Orellana y la audiencia, de la cual hacía parte el oidor Pérez de Salazar, hombre de crueles procederes y que no se andaba en papeleos, sino que impartía sumariamente la justicia e incontinenti aplicaba castigos atroces; pero habiendo dominado la situación Prieto de Orellana, el terrible oidor fue remitido a España. Ocupó luego el poder el oidor Francisco Guillén Chaparro, en cuyo ejercicio duró cinco años hasta 1590. En su tiempo, 1586, atacó y tomó a Cartagena el corsario inglés Francisco Drake, después de una desesperada defensa de la ciudad que hizo el gobernador don Pedro Vique. Drake sacó de botín más de 400.000 pesos, 80 piezas de artillería y hasta las campanas de las iglesias --Esto del botín de campanas y de cañones algunos historiadores lo achacan al barón de Pointis, de cuya incursión a Cartagena nos ocuparemos en su lugar, y esto parece más probable, dadas las necesidades de un jefe de escuadra como era éste, y desde luego que a un pirata quizás no convendría cargar con tal impedimenta.--. Diez años después el mismo pirata hizo sendos asaltos a Santa Marta y a Riohacha. El azote de la viruela se presentó por segunda vez en el Nuevo Reino de 1587 y en esta ocasión el apostol providencial fue el arzobispo Zapata de Cárdenas, prelado insigne que, a sus méritos personales, agregó el de ser el fundador del primer centro de estudios, el colegio-seminario de San Luis, que se extinguió a su muerte. ANTONIO GONZÁLEZ: Hizo una administración importante que duró siete años, hasta 1595, habiendo dedicado su preferente atención a la real hacienda. Estableció, no sin fuertes resistencias, el impuesto de la alcabala, consistente en cierto gravamen sobre toda clase de transacciones y declaró propiedad real (realengas se decía) todas las tierras de la colonia, desposeyendo a quienes las venían disfrutando desde la conquista y volviendo a cedérselas ya tituladas. Con tal operación hizo ingresar al fisco real más de 200.000 pesos, y así desde esa época data la titulación de la propiedad raiz en Colombia. Se preocupó también por la suerte de los indios, dictando al efecto disposiciones que los libertaban del trabajo personal que les exigían los encomenderos; delimitó los resguardos con reglamentos muy importantes y en ellos sentó la jurisprudencia de que en casos de conflictos de propiedad entre los indios y los encomenderos, los primeros debían ser preferidos. Con González vinieron los primeros jesuitas al Nuevo Reino. En la administración González fue gobernador de Santa Marta don Lope de Orosco. Otro mandatario ejemplar y progresista, que dio grande impulso a las industrias pecuaria y agrícola. Especialmente benévolo con los indios, hizo reinar la paz y la tranquilidad en el territorio de su jurisdicción. DON FRANCISCO DE SANDE: Sucedió a González don Francisco de Sande, cuyo carácter violento le conquistó el apodo de doctor sangre. Vivió en constantes diferencias con la audiencia y con la curia, hasta que dio motivo a la llegada del visitador don Andrés Salierna de Mariaca para residenciarlo. Confinado Sande a la Villa de Leiva, mientras se le seguía el proceso, hizo correr la noticia de haber sobornado al visitador, lo que produjo en este tal impresión, que enfermó gravemente, y ya en trance de muerte, sabiendo que Sande se sostenía en su calumnia, lo emplazó con nueve días de término para ante el tribunal de Dios, cosa que vino a cumplirse, en medio del general asombro, al pie de la letra, pues Sande murió al noveno día de muerto Salierna de Mariaca, en 1602. De ahí le vino el otro apodo póstumo de El Emplazado. La audiencia gobernó en el interregno de 1602 a 1605, con su presidente don Nuño Núñez de Villavicencio a la cabeza, quien a la vez tenía el carácter de visitador. En su tiempo, como en el de Sande, los continuos ataques de los pijaos a los centros que rodeaban a su territorio, en el actual departamento del Tolima, habían creado una situación de verdadera angustia en Tocaima, Ibagué, Buga, Cartago, Cali, Roldanillo y Popayán, y sus comunicaciones con la capital estaban prácticamente cortadas. DON JUAN DE BORJA: los crímenes y atrocidades de Añasco y de Cabrera en el sur y la no muy benigna mano de Belalcázar por el oeste, no habían conseguido sino llenar de profunda saña a estos valientes y aguerridos indios, habiendo resultado inútiles cuantos intentos de pacificación se habían hecho hasta entonces. Para someterlos una vez por todas, fue enviado como presidente el capitán general don Juan de Borja, en 1605. Pronto abrió campaña contra los pijaos el nuevo presidente, situando su cuartel general en el sitio que hoy ocupa el Chaparral y necesitó de cuatro años de activas operaciones para dominarlos, hasta cuando el cacique Calarcá se decidió a presentar formal batalla, en la cual perdió la vida a manos de otro indio célebre llamado don Baltasar. Borja, digno precursor de Morillo, no supo hacer otra cosa sino exterminar por completo esta raza, cuya pujanza la distinguió como una de las más destacadas entre las pre-colombinas. Por lo demás, Borja se distinguió como buen administrador: fundó y fomentó centros de cultura en el país, impulsó la navegación del Magdalena y el comercio con España, favoreció las incipientes industrias e hizo fundar nuevas poblaciones. En tiempos del presidente Borja, se hicieron cuatro creaciones de importancia: --El tribunal de cuentas: impuesto por las necesidades del creciente aumento de las rentas de la colonia, fundado en 1605. --El colegio de San Bartolomé: en el mismo año; obra del virtuoso arzobispo fray Bartolomé Lobo Guerrero, quien lo entregó a los jesuitas, a cuya dirección estuvo hasta el reinado de Carlos III. --La santa Inquisición de Cartagena: tribunal que pasó aquí medio desapercibido y que en todo caso no llevó a cabo, a lo que se sabe, ninguno de los sombríos autos de fe, tan comunes en España. Se fundó en 1610 y tenía jurisdicción sobre las arquidiócesis de Santafé y Santo Domingo, y sobre las diócesis de Santa Marta, Cartagena, Popayán, Panamá, Caracas, Cuba y Puerto Rico. «Tuvo funciones meramente políticas, nos dicen Henao y Arrubla, y los comisarios se limitaban a velar por la no introducción de libros prohibidos»; sinembargo ya nos la encontraremos fulminando excomuniones por razón de los papeles procedentes de la junta revolucionaria de Quito. No nos detenemos a considerar la institución en sí misma, por cuanto es éste un asunto pesado ya en la balanza y hallado falto. --La casa de moneda: creación que tuvo lugar como consecuencia de una capitulación celebrada por el capitán Turillo de Hievra, con Felipe III en 1620. En 1622 hizo la primera emisión de moneda y el sistema monetario que comenzó a regir entonces se mantuvo durante todo el régimen colonial. BUCARAMANGA: Hacia el año de 1622, nació esta aldea de la provincia de Pamplona que, con el andar del tiempo, había de llegar a capital del departamento de Santander, nombre que nos recuerda la máxima personalidad de nuestra patria, salida de la entraña del noble pueblo del norte. Bucaramanga es por excelencia la ciudad-testigo de nuestras luchas fratricidas, en la última de las cuales vio correr torrentes de sangre colombiana por sus calles y collados, y a los cárdenos reflejos de la fragua de Palonegro, se iluminaron nuestras conciencias, comprendimos nuestra locura y se forjó la nueva Colombia, que cuenta ya más de un tercio de siglo de paz inalterable. BARRANQUILLA: Poco tiempo después, en 1629, surgió esta otra aldea que siglo y medio adelante ascendería a la categoría de villa, y en los últimos tiempos de la república a capital del departamento del Atlántico, y a ocupar el puesto de uno de los principales centros industriales y mercantiles del país. Esta ciudad, debido a su privilegiada situación, al espíritu comercial e inteligente de sus hijos y a la magna obra de la apertura a la navegación de las Bocas de Ceniza, recientemente llevada a cabo, es hoy ya el primer puerto marítimo y fluvial del país y está llamada a ocupar las más destacadas posiciones en el concierto colombiano. PERIODO DE 1629 A 1678: Cincuenta años de administración de muy escasa significación, con dos excepciones, ocupan este lapso de tiempo, así: Don Sancho Girón, marqués de Sofraga, de 1630 a 1637, y Don Martín Saavedra y Guzmán, barón de Prado, hasta 1645, ambos personajes fatuos e intolerantes, que malgastaron su tiempo en ridículas discusiones con la curia por asuntos de protocolo y apenas si dejaron huellas de su paso por la presidencia. El último vino a fallar el pleito entre los jesuitas, y los dominicos, que se disputaban la herencia de don Gaspar Núñez para la fundación de una universidad, resultando favorecidos los dominicos. Como compensación obtuvieron los jesuitas licencia de la corte para fundar la universidad javeriana. DON JUAN FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA Y COALLA: Marqués de Miranda, sucedió a Saavedra y gobernó hasta 1652. Fue un mandatario ecuánime que se preocupaba por igual de indios y españoles. Fomentó el comercio con Honda y la navegación del Magdalena; encargó a don Antonio Jimeno de los Ríos la reducción de los indios chinatos y lobateros y la fundación de San Faustino; finalmente, renunció la presidencia en 1652, sin que le hicieran desistir de su determinación los esfuerzos y peticiones a España de parte del cabildo y de particulares influyentes. En el gobierno siguiente de don Dionisio Pérez Manrique ocurrieron varias incursiones piráticas en la costa: Santa Marta resistió bien al pirata Cordello, pero en 1658 fue saqueada por Gauzón. Cartagena se vio amenazada por el mismo aunque sin consecuencias. Don Juan Cornejo residenció a Pérez Manrique y lo confinó a Leiva, pero éste supo sacar partido de las diferencias de Cornejo con la autoridad eclesiástica, depuso al visitador y lo confinó a Cartagena. Este acto motivó la censura de la corte y su reemplazo, pero el proceso se archivó debido a las influencias de su familia en España, y así continuó Perez viviendo en el Nuevo Reino hasta su muerte. El general y almirante español don Diego Egües y Beaumont, cuya administración apenas duró dos años, hizo decir a los santafereños en la hora de su fallecimiento, que había muerto su padre. Llevó a cabo en la ciudad algunas obras locales y también el llamado Puente grande, sobre el río Funza. Los piratas Morgan, Ducan y Cos, hicieron en su tiempo varias incursiones en la costa, principalmente en Santa Marta. Tres gobiernos igualmente inocuos se sucedieron hasta 1678: don Diego del Corro y Carrascal, 1666 a 1667; don Diego de Villalba y Toledo, hasta 1671, y finalmente, el obispo de Popayán don Melchor Liñán y Cisneros, hasta 1674. Vino después un interregno de la real audiencia durante el cual la justicia estuvo en almoneda, los empleos se otorgaban al mejor postor y la inmoralidad en todos los órdenes invadió la administración. «Dios, decían los concusionarios oidores Juan Larrea y Mateo Ibáñez, está muy arriba y el rey está muy lejos». Ya podrá juzgarse por esto de la calidad de tales mandatarios y de las arbitrariedades y fechorías que cometieron. En todo el periodo que se acaba de relatar, ocurrieron como dignos de mención dos sucesos importantes y se llevaron a cabo dos obras famosas: --La peste de Santos Gil: En el tiempo del marqués de Sofraga, una virulenta epidemia de tifo (tabardillo lo llamaban), diezmó literalmente la población urbana y la de los campos, en términos que muchas familias se extinguieron tan completamente que no teniedo a quien dejar sus haberes, se los testaban al escribano público don Santos Gil, quien por tal circunstancia dio su nombre a la peste. --Terremoto de Pamplona: En 1544 un terremoto sacudió a esta ciudad y dio en tierra con los principales edificios; pereció alguna gente y mucha quedó arruinada. --El canal del Dique: En tiempo, del barón de Prado, en 1650, tuvo Cartagena un magnífico gobernador, don Pedro Zapata de Cárdenas --de la familia del arzobispo de Santafé en el siglo anterior-- a cuya iniciativa y grandes esfuerzos, hábilmente secundados por el ayuntamiento, se debió la construcción de esa obra gigantesca para la época y de manifiesta utilidad para el comercio del país, el cual se hacía en su casi totalidad por ese puerto. En el corto término de cinco meses, habiendo trabajado hasta 2.000 hombres y con un costo que apenas sobrepasó de 30.000 pesos, el gobernador Zapata y el ingeniero Juan de Semovilla y Tejada, pudieron construir y dar al servicio el canal. Desgraciadamente la obra la «dexó zegar» el eterno tropiezo de los intereses creados, o sea el interés de «algunos particulares que tenían aziendas y recuas para el trasporte a los precios que les dictava su codicia» y solamente se pudo restablecer el tráfico, cuando en 1724 don Francisco Cornejo, comandante de galeones y don Juan de Heredia, ingeniero militar, planearon y ejecutaron las rectificaciones necesarias al antiguo trazado, con éxito tan completo, que hoy mismo el canal nos presta servicios muy apreciados. --El colegio del Rosario: A tiempo con la administración Córdoba y Coalla, gobernó la arquidiócesis un varón de eminentes virtudes, de sabiduría que hoy mismo llama la atención por lo adelantado a su época y por sus condiciones cívicas relevantes: fray Cristóbal de Torres, fundador del colegio de Nuestra Señora del Rosario. Este instituto comparte con el de San Bartolomé la gloria de haber formado la gran mayoría de los hombres que nos dieron vida de nación libre y soberana y los que fueron dispués preciados varones de la república. Fray Cristóbal, a sus expensas, fundó y dotó con rentas propias a este colegio famoso y le dio instituciones que perduran y que son el alma-mater de su grandeza. Hacer el elogio de esta obra de fray Cristóbal, es hacer el elogio de Colombia; tan compenetradas están la una con la otra. En un principio entregó el fundador el plantel a los dominicos, pero en cuanto se apercibió de que éstos se proponían incorporarlo a su universidad, revocó la donación y secularizó el colegio en la forma en que hoy lo tenemos para bien de la patria. DON FRANCISCO DEL CASTILLO Y DE LA CONCHA: 1679 a 1685. Fue el reverso de sus antecesores los inmorales oidores; «siguiendo los consejos de don Quijote, dice un popular y atildado publicista, no dejaba que la vara de la justicia se doblara con las lágrimas de la viuda, ni con el peso de la dádiva». Fue también un enérgico defensor de los indios y un perseguidor de los empleados poco escrupulosos. Enjuició a Larrea y a Ibáñez, quienes lograron escapar del merecido castigo, éste por la muerte que lo sorprendió durante el preceso y aquél por la fuga; removió y sancionó al gobernador de Popayán don Francisco Martínez y Fresneda y al de Panamá don Pedro Llerena. En su tiempo se presentó en Cartagena un conflicto muy curioso, característico de la época, que duró tres años. Las monjas de Santa Clara quisieron emanciparse de la tutela de los frailes de San Francisco y éstos en manera alguna querían consentirlo. Intervino de parte de las monjas el obipo de la diócesis don Antonio Benavides y Piédrola y de parte de los frailes el gobernador de la provincia don Rafael Capsir, llegando la disputa a tomar los más violentos carácteres. El gobernador declaró la sede vacante y el obispo lanzó la excomunión contra el gobernador. Terciaron en la contienda el obispo de Santa Marta, invadiendo éste ajena jurisdicción, y la santa inquisición, y a su turno excomulgaron al señor Benavides. Los frailes salieron y tomaron por asalto el convento de las monjas, como si se tratara de una fortaleza, y las monjas se defendieron «a silletazos», como gráficamente lo refiere un historiador. Pusieron fin al conflicto una bula del pontifíce y una real cédula que decretaron en favor de las monjas. Murió Castillo de la Concha en 1685 y fue el último de los presidentes de algún valer; siguió luego otra serie de mandatarios cuyos nombres apenas conserva la historia; ellos fueron don Sebastián Alfonso de Velasco, hasta 1686; don Gil de Cabrera y Dávalos, hasta 1703; interregno de la real audiencia hasta 1708 y en esa época se repitieron los abusos y escándalos de los tiempos de Larrea e Ibáñez --Henao y Arrubla colocan este interregno en 1711 a 1713; el general de artillería don Diego de Córdoba y Lasso de la Vega, hasta 1710, o propiamente hasta 1712, pues pasó los dos últimos años en Cartagena como titular; el arzobispo de Santafé don Francisco de Cossio y Otero, ejerció interinamente, en la ausencia de Lasso de la Vega; don Fracisco de Meneses Bravo de Saravia, desde 1713 hasta 1715. Este presidente fue víctima de una conjuración de los oidores, quienes lo enjuiciaron, lo robaron lo remitieron a Bocachica de manera afrentosa, y cuando intentó regresar, restablecido en su empleo por la corte, murió repentinamente en alcosta, corriendo la voz de que había sido víctima de los oidores, sus enemigos gratuitos. Siguió la real audiencia hasta 1717; don Nicolás Infante Vanegas, que influyó poderosamente para que la audiencia de Panamá fuera eliminada; finalmente el arzobispo don Francisco del Rincón, quien con sus informes contribuyó a la creación del virreinato. Durante la administración de Cabrera y Dávalos dos escuadras francesas al mando del corsario Juan Bautista Ducasse la una y de Juan Bernardo Desjeans, barón de Pointis la otra, asaltaron sucesivamente a Cartagena en 1695 y 1697. El primero, entre un cuantioso botín, se llevó un sepulcro muy valioso de plata cincelada, de propiedad de la catedral, el cual devolvió Luis XIV de Francia más tarde, y durane el sitio de Morillo a Cartagena, en 1815, fue transformado en moneda para ración de las tropas independientes; el segundo, De Pointis, permaneció en la ciudad cosa de un mes y se llevó 10.000.000 de pesos; pero para tomar la ciudad tuvo que vencer la heróica resitencia del fuerte de Bocachica, en cuya defensa se cubrió de gloria don Sancho Jimeno, haciendo frente por muchos días a 5.000 hombres, solamente con 73 valientes. DOS VIRREYES: La necesidad creciente de la colonia venía exigiendo un mayor vigor, una mayor autoridad, que acercara, por decirlo así, la persona del rey, puesto que tan «lejos» estaba, según lo decían con cierta propiedad Larrea e Ibáñez; de otro lado, la autoridad presidencial iba perdiendo prestigio, hasta el punto de que dos gobernantes de Cartagena llegaron a declararse en rebeldía contra la autoridad de Santafé; lo que unido a continuas disputas de jurisdicción con las vecinas colonias, hacían indispensable una reorganización fundamental en el gobierno. De ahí que en 1717 decretara la corte la creación del virreinato de la Nueva Granada, con jurisdicción sobre todos los territorios que más tarde formaron la Gran Colombia, por real decreto de 20 de abril del año citado, desarrollado por real cédula de 27 de mayo del mismo año. Fue el primer virrey don Antonio Ignacio de la Pedrosa y Guerrero --No obstante que De la Pedrosa usó el título de virrey con el asentimiento de la real audiencia, tácito o expreso, el nombramiento que recibió de Felipe V, el primer Borbón, sucesor en el trono de los austrias, solamente le otorgaba el cargo de gobernador, capitán general y presidente de la real audiencia, ni más ni menos, como a sus antecesores. Para titularse virrey, pues, debió basarse en algún documento no conocido hasta hoy, distinto del primer nombramiento.--, quien en su corta permanencia en el gobierno apenas tuvo tiempo de ocuparse en el implantamiento de la nueva organización. Este señor, como fiscal del Supremo Consejo de Indias, había hecho patente la necesidad de robustecer el poder central, limitando a la vez las atribuciones de los gobernadores. Le siguió don Jorge de Villalonga hasta 1724, «hombre de pocos alcances y de estupenda ignorancia en todos los ramos de la administración de nuestro país, que ni conoció, ni se tomó el trabajo de estudiar»; en suma, Villalonga no comprendió su misión e intrigó torpemente para que se restableciera la presidencia en el citado año de 1724. PERIODO FINAL DE LOS PRESIDENTES: Por 14 años más funcionaron cuatro administraciones, que tampoco realizaron cosa digna de mención, ni se destacaron por motivo alguno. Tales fueron: el mariscal don Antonio Manso y Maldonado, 1724 a 1731; don Rafael Eslava, 1733 a 1737; en su tiempo llegó a Cartagena y siguió al valle del Cauca, a Popayán y a Quito, una comisión científica de franceses y españoles, que integraban: Le Bourgeur, La Condamine, Godín, Ulloa y Jorge Juan, con el objeto de practicar la mensura de un grado terrestre; Antonio González Manrique, que murió a los once días de su llegada, en septiembre de 1738 y Francisco González Manrique, que gobernó desde 1739 hasta 1740, y que fue el último de los presidentes. PROVINCIA DE ANTIOQUIA: Para explicar la formación de este núcleo, parte importante de nuestra nacionalidad, debemos retrotraer nuestra relación a los tiempos inmediatamente posteriores a la muerte de Robledo. El capitán Gaspar de Rodas, después de este suceso infausto, quedó con el mando de la provincia hasta 1549, bajo la dependencia de Popayán; lo reemplazó el capitán Mauro de Carvajal, nombrado por Francisco Briceño. En este tiempo los indios catíos se insurreccionaron y la real audiencia de Santafé, justamente alarmada, envió nuevamente a Rodas para que se pusiera al frente del gobierno de Antioquia, sin quitarle la jurisdicción a Popayán; así siguió la ciudad su normal desarrollo, desde luego muy lento, hasta 1572, cuando se presentó Andrés Valdivia con el nombramiento de la corte para gobernador de una provincia segregada de Antioquia, que debía llamarse Dos Ríos, por su situación entre el Magdalena y el Cauca, pero que no incluia a Santafé de Antioquia, ni a ninguno de los otros centros ya establecidos en aquella época. Así, procedió Valdivia a la creación de un centro para su provincia y fundó a Ubeda, sobre la orilla derecha del Cauca, que no subsistió, y el mismo Valdivia pereció a manos de los catíos y de los nutabes, nuevamente insurreccionados. El gobernador de Popayán, en tal emergencia, declaró que le era en extremo difícil atender al gobierno de una ciudad tan lejana y la audiencia, con tal motivo, optó por formar una sola provincia de Santafé de Antioquia y Dos Ríos, discerniendo a Gaspar de Rodas el gobierno de la nueva entidad, la cual se llamó desde entonces Provincia de Antioquia. Dicho nombramiento fue aprobado por el Supremo Consejo de Indias, el cual además otorgó a Rodas la merced del gobierno por dos vidas, como galardón por sus muchos servicios. A Rodas, o quizás a su hijo, sucedió en 1590 don Bartolomé Suarez de Alarcón, quien gobernó hasta su muerte, ocurrida a fines del siglo. Con tal motivo , la real audiencia envió como visitador de la provincia a don Francisco de Herrera Campuzano, cuyo informe resultó muy desconsolador, no obstante que convenía en la facilidad y abundancia como se encontraba el oro en la región. El atraso de Antioquia era en efecto muy notorio, no siendo muy llamativa para los colonos una región cuasi perdida entre riscos inaccesibles y selvas extensísimas, con dos únicas vías posibles: la que, partiendo de Cartagena, por San Sebastián de Buenavista, llegaba a Santafé de Antioquia, y la que convergía a esta misma ciudad desde la lejana Popayán, por la hoya del Cauca, una y otra infestadas de antropófagos o de indios muy peligrosos en todo caso; no hubiera sido, pues, dable predecir, ni imaginar siquiera, la importancia que había de tener Antioquia en los tiempos adelante como unidad preponderante en los destinos nacionales. Hacia 1600 --presidencia de Sande-- Santafé de Antioquia, Zaragoza y Cáceres, únicos centros por entonces existentes, contaban con unos 8.000 habitantes, entre los cuales unos 2.000 eran hijos de españoles y el resto eran mestizos o inios sometidos. La explotación del oro de aluvión fue la primera ocupación de los antioqueños en los tres núcleos dichos, pero la necesidad del aprovisionamiento de la población hizo nacer la agricultura hacia climas más benignos y así fueron surgiendo a la vida: Sopetrán, en 1615; Marinilla, en 1618, Santa Rosa de Osos, en 1624; Medellín, en 1630, además de unas cuantas poblaciones de menor importancia. MEDELLÍN: La ciudad capital del departamento de Antioquia, rica, bella y próspera como muy pocas; genitora de tantos hombres ilustres de la república, con un porvenir de día en día más prometedor, figura hoy como uno de los centros culturales y directivos más importantes de Colombia, no obstante su relativa juventud, como que su importancia data de los primeros tiempos de la república. Se presentó en la historia con el nombre de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín el 2 de noviembre de 1675, día en que fue erigida como villa, con las solemnidades de estilo, por el gobernador de la provincia don Miguel de Anguinaga, en virtud de real cédula de doña Mariana de Austria, regente por la muerte de su esposo don Felipe IV. Pero hay que saber que desde 1630 se establecieron ya algunos colonos en el sitio preciso de la ciudad, y que cuarenta años más tarde, cuando se trató de la creación de la villa, el núcleo colonizador era ya numeroso. Como consecuencia de las necesidades creadas por los nuevos centros de población, se fueron buscando salidas al Magdalena por los ríos Nare, Cauca y Nechí, hacia Mompós, y por río de La Miel y las montañas de Samaná y Chumurro hacia Mariquita y Honda, vías por las cuales se fue abriendo paso un comercio pequeño en sus comienzos, con Mompós, Popayán, Pasto y Santafé, que había de tener gran desrrollo en los tiempos del virreinato, cuando la región recibiera la visita de un sabio y prudente oidor. EL RÉGIMEN EXPIRADO: Durante el largo periodo de los presidentes, las provincias tuvieron un lento desarrollo, de acuerdo con los tiempos y las instituciones; con todo, la obra iba en marcha y una vez pasada la conquista con su cortejo de arbitrariedades y violencias, se operó bajo una forma más humana la unidad política del país, a la par con la unidad religiosa y la unidad del idioma, en forma que la naiconalidad comenzó a perfilarse nítidamente. Importantes centros de cultura como los colegios de San Bartolomé y del Rosario en la capital y otros que funcionaban ya en provincias, habían iniciado su obra de formación de nuestros propios hombres y entre los primeros frutos se destacaban varones insignes, como el arzobispo don Hernando Árias de Ugarte; el historiador de nuestros primeros tiempos, obispo de Santa Marta y de Panamá, don Lucas Fernández de Piedrahita, y el genial pintor don Gregorio Vazquez Arce y Ceballos, quien no obstante la carencia de grandes maestros, nos dejó una gran cantidad de obras de mérito indiscutible. De otro lado, las industrias pecuaria y agrícola iban tomando algún desarrollo, de manera que habiendo partido de cero, bastaban ya a las necesidades del país y aun comenzaban a alimentar algunos renglones de la exportación, como el azúcar y el cacao. La minería, en cambio, «no se emcaminó --en el primer tiempo-- a las vetas, sino a recoger lo que ya estaba listo para fundirse en barras o estamparse en petacones», y así, «cuando la mina abierta se agotó, América dejó de ser para España un Dorado y más que las minas, produjeron entonces los estancos», como lo apunta uno de nuestros historiógrafos de la hora presente (Germán Arciniegas). Con todo, mirando por encima de las naturales pequeñeces, el balance comenzaba a ser favorable a España. . |