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LAS PROVINCIAS DE POPAYÁN Y DEL RÍO DE SAN JUAN 1536 - 1553 El tríptico de ciudades, gala y blazón de Colombia, que la enmarcan por el occidente y por el sur, formado por Cali la altiva, que de su fundador heredara «su carácter y su genio», capital del departamento del Valle del Cauca; por Popayán la fecunda, madre de próceres y de sabios, de héroes y de presidentes, capital del departamento del Cauca; por Pasto la austera, centinela de Colombia en el sur y cabeza del departamento de Nariño, nombre que evoca las gestas y las desgracias del Precursor; nació a la vida en los días de la epopeya que fueron las campañas de uno de los grandes tenientes del conquistador Pizarro. A tales creaciones debe agregarse Neiva la virtuosa, cabeza del departamento del Huila, que quiso vivir ignorada y consagrada al surco, hasta cuando en reciente emergencia nos hizo saber de su amor a la patria grande y de la energía de sus hijos, algunos de los cuales, no por humildes menos grandes, se hicieron acreedores al bronce que en no lejano día habrá de inmortalizarlos. SEBASTIÁN BELALCÁZAR: El oscuro soldado Sebastián Moyano, inculto hasta el analfabetismo, salido de España en la expedición de Nicuesa e incorporado más adelante en la de Pedrarias, de quien recibiera el sobrenombre de Benalcázar o Belalcázar --no obstante que en la discusión académica sobre el nombre de Benalcázar o Belalcázar, parece que etimológicamente debiera adoptarse la primera forma, nosotros emplearemos la segunda, por que tal fue la que llevó el conquistador por sobrenombre, según todas las probabilidades--, por el lugar de su nacimiento, llegó a figurar entre los más notables conquistadores del Nuevo Mundo, por la extensión de conquistas y por sus épicas hazañas. Asistió a las campañas del Darién, de Panamá y de Nicaragua; figuró entre los fundadores de Nombre de Dios, de la ciudad de Panamá y de Leos (Nicaragua); acompañó a Pizarro y a Almagro en la conquista del imperio de los incas, tomando parte muy principal en las acciones de Puná y de Cajamarca, sometió a las tribus pre-ecuatorianas de los soyus y fundó en esos dominios a San Francisco de Quito y a Santiago de Guayaquil. De Quito destacó a sus tenientes Juan de Ampudia y Pedro de Añasco hacia tierras colombianas. El primero, sanguinario y feroz, acuchilló a los indios pastos, y su paso por el sur, dice el historiador Tamayo, «puede compararse al de Atila». Juntos, atropellando de paso al cacique Pubén en su hermoso dominio, avanzaron hasta el Valle del Cauca y allí los siguió Belalcázar al poco tiempo, una vez que hubo asegurado la autorización de Pizarro, y su marcha fue una serie de Triunfos, de sometimiento de indios y de proezas legendarias. El 25 de julio de 1536 fundó a Santiago de Cali, en las tierras de los indios que los españoles llamaban gorrones, en alguna de las vertientes que forman la cuenca hidrográfica del río Calyma, cerca de Roldanillo, pero su exacto emplazamiento no se conoce. En 1536 la trasladó el capitán Miguel Muñoz al lugar actual. Fue su primer alcalde don Pedro de Ayala. En el mes de diciembre del citado año de la fundación de Cali, regresó Belalcázar con su ejército a las tierras del cacique Pubén, y después de librar rudos combates con los indios fundó a Popayán. La población consistió al principio en unas pocas chozas, rodeadas de estacadas para defensa de los sorpresivos ataques de los indios y no fue sino hasta el 15 de agosto de 1537 cuando Belalcázar hizo la fundación solemne de la ciudad, dándole el nombre de Asunción de Popayán, previa demarcación de calles y solares, después de haberse posesionado de ella en nombre del monarca español. Se instaló el primer cabildo y Pedro de Añasco fue su primer alcalde. Habiendo recibido Belalcázar cartas de la misma reina que lo animaban a seguir en sus empresas, no obstante las pretensiones de Pizarro, cuya elástica concesión le daba derecho a lo conseguido por su teniente, marchó a Quito para informar al cabildo de esa ciudad sobre su obra y también para enviar informes a Pizarro. Regresó luego con una nueva expedición provista de toda clase de recursos y hasta con ganados de cría, trayendo planes muy vastos; a poco de estar en Popayán, emprendió hacia el nordeste, a través del Páramo de Guanacas --ruta que parece la más probable-- y cayó al valle del actual departamento del Huila; iba en busca del reino de Cundinamarca --nombre que daban los indios del sur a la nación de los chibchas--, sobre el cual, desde antes de acometer sus campañas en tierras colombianas, tenía los más atractivos informes, naturalmente exagerados por la fantasía de indios y españoles, cosa que Belalcázar supo aprovechar maravillosamente para animar a sus gentes con el señuelo de El Dorado. En los comienzos del año de 1539, en el valle de Neiva, bautizado por el conquistador, tuvo la enorme contrariedad de saber que ya Cundinamarca había sido ocupada por otra expedición y, sin que sus arrestos menguaran, resolvió seguir adelante confiado en su estrella, después de protestar a Hernán Pérez de Quesada, quien salió a encontrarlo al río Sabandijas, que solamente trataba de seguir en busca de El Dorado. Llegó tarde sinembargo y muy a su pesar, se vio obligado a reconocer a don Gonzalo Jiménez de Quesada su conquista del imperio chibcha, verificado lo cual de acuerdo con las capitulaciones a que este hecho dio lugar, Belalcázar siguió a España en compañía de Quesada, para dirimir ante la corte el pleito de sus respectivos derechos. En la determinación de este imprevisto viaje obró definitivamente en el ánimo del conquistador la noticia de haber llegado a Popayán Lorenzo de Aldana, comisionado por Pizarro para residenciarlo y remitirlo a Quito. Aldana había asumido el gobierno de Popayán, reemplazando él mismo al Gobernador Francisco García Tovar que había dejado Belalcázar; luego autorizó en Cali a Jorge Robledo para ocupar la provincia de Anserma y cuando consideró asegurada para Pizarro la conquista de Belalcázar, regresó a Quito, fundando de paso a Pasto en el valle de Yacuanquer, sobre el Guáitara, con el fin de asegurar las comunicaciones de Popayán con Quito. Así nació Pasto, en julio de 1539, trasladada al año siguiente a su actual asiento, en las faldas del volcán Galeras. Antes de la salida de Belalcázar a España, ordenó al capitán Juan de Cabrera siguiese a fundar una villa en el valle de Neiva. Ya en 1538, Pedro de Añasco había fundado a Timaná y en esta vez el capitán Cabrera sentó la primitiva Neiva sobre las orillas del río Campoalegre en 1539, para ser trasladada en 1551 al lugar llamado hoy Villa Vieja y allí subsistió hasta 1569, cuando sus vecinos la abandonaron, presionados por los belicosos indios de los alrededores. La ciudad reapareció solamente hasta 1612, cuando la construyó Diego de Ospina en el lugar donde la conocemos. La desafortunada comarca tuvo que sufrir la calamidad que fue para ella la presencia de tres hombres funestos y de los más sanguinarios entre los conquistadores: Ampudia, Añasco y Cabrera; sobre todo los dos primeros, por dondequiera que pasaron, dejaron un rastro de sangre y de crímenes atroces. Añasco en Timaná se inició con la iniquidad de hacer quemar vivo a un indio principal que se resistía a dejarse empadronar en las encomiendas, lo que produjo un levantamiento de los indios yalcones, capitaneados por la madre de la víctima y 5.000 de ellos asaltaron y capturaron a Añasco, a quien dicha india, llamada por los españoles La Gaitana, le hizo sacar los ojos y lo sometió a torturas que en poco tiempo acabaron con su vida. Envalentonados los yalcones con sus éxitos, atacaron dos veces a Timaná, en número de 10.000 primero y de 15.000 después --indudablemente estas cifras son exageradas por la imaginación de cronistas e historiadores--, siendo derrotados en ambas ocasiones por Juan del Río, quien con unos cien hombres hizo verdaderos prodigios y dejó el campo sembrado de cadáveres. El mismo Del Río sugirió a los timaneses que llamaran al capitán Cabrera y se le encargara del mando y los neivanos se fueron todos con él, por razón de la inseguridad en que se sentían. Este otro criminal, después de hacer las paces con los indios y cuando éstos se encontraban ocupados en las edificaciones de la villa, cayó de improviso sobre ellos e hizo una horrible carnicería. Ampudia, finalmente, fue derrotado y muerto por los paeces y la región de Neiva quedó desolada. En España Belalcázar, más hábil o más afortunado que Quesada, logró antes que éste el reconocimiento de sus servicios y el nombramiento de gobernador de la provincia de Popayán, junto con el grado de mariscal de campo, título con los cuales se presentó en su provincia por la vía de Buenaventura, hacia 1540. Allí encontró que le disputaba su conquista don Pascual de Andagoya, a quien puso preso y remitió a Quito. Pero el descanso a que le dieran derecho sus vastas campañas no lo consiguió con los honores que le dispensaron en la corte; a la lucha con los paeces, a su empeño en abrirse una salida al Pacífico, a su disputa con Andagoya, a sus campañas en tierras antioqueñas y a su constante batallar con las tribus caucanas, se vino a agregar el llamamiento que le hizo el virrey del Perú, Vaca de Castro, para que interviniera en la sangrienta lucha de Pizarro y Almagro, llamamiento al cual acudió Belalcázar, pero apenas llegado al Perú recibió orden de inmediato regreso, por haberse resuelto el conflicto con la muerte de Almagro. Esta nueva ausencia le proporcionó otro conflicto de mayor gravedad, pues encontró que el conquistador de Antioquia, mariscal Jorge Robledo, se apropiaba de conquistas que estimaba Belalcázar como suyas; sabido lo cual por éste y emprender campaña contra aquél, todo fue uno. Robledo perdió la partida y Belalcázar manchó su hermosa carrera, haciendo quitar la vida a su competidor. Un nuevo conflicto en el Perú, motivado por la rebelión de Gonzalo Pizarro, volvió a llevarle a aquella tierra, comprometido por el virrey Vasco Núñez Vela; asistió a la batalla de Iñaquito en la cual murió el virrey y Belalcázar estuvo en peligro de correr igual suerte. Comisionado más tarde don Pedro de la Gasca, para someter a Gonzalo Pizarro, el vencedor de Iñaquito, solicitó también los servicios de Belalcázar, quien por tercera vez acudió a la cita; en el campo de Jaquijaguana tuvo el mando de caballería y allí quedó aplastado el insurrecto Pizarro. Después de haber recorrido 800 leguas en este último viaje, se encontró de nuevo en Popayán, a donde no obstante sus enormes servicios a la corona, llegó a residenciarlo don Francisco Briceño. Acusado por la muerte de Robledo y por otros verdaderos o supuestos delitos, fue condenado muerte. Belalcázar apeló ante el rey, haciendo valer su título de adelantado, lo que le fue concedido y puesto en camino pobre, enfermo y triste, le sorprendió la muerte en Cartagena. PASCUAL DE ANDAGOYA: Para explicar la intervención que acabamos de ver, de este aventurero, hay que saber que, siendo regidor de Panamá en 1522, dirigió una expedición después de la muerte de Balboa por la costa del Pacífico hasta el río San Juan. Con este sólo hecho se hizo dar en la corte el título de Adelantodo del río San Juan, y en 1539 fondeó en la bahía de Buenaventura con una expedición bien equipada. Dejando en dicho lugar a su teniente Ladrillero, hizo la difícil travesía a Cali, llegando allí en momentos en que se contemplaba una situación de emergencia que él supo explotar admirablemente. Era el año 1540 cuando Belalcázar estaba todavía en España, Aldana había regresado ya al sur y Robledo se ocupaba en la conquista de los quimbayas. Andagoya traía toda clase de recursos, a tiempo en que en Cali y en Popayán había la mayor escasez en la subsistencias; de otro lado los indios paeces, envalentonados con la muerte de Ampudia, amenazaban a Cali, a la sazón casi desguarnecida. En tales circunstancias fue fácil para Andagoya hacerse reconocer como gobernador de la provincia, y en ese carácter ordenó al teniente Ladrillero que fundara a Buenaventura y también ratificó a Robledo los poderes que éste recibiera de Aldana, creyendo así mantenerse en el poder. Todo iba muy bien para Andagoya, cuando se presentó Belalcázar y ya se sabe la suerte que le cupo. La provincia del río de San Juan no prosperó: se extinguió de hecho con la caída de su flamante adelantado. FRANCISCO BRICEÑO: Desempeñó la gobernación durante dos años, después de haber residenciado a Belalcázar hasta 1553, año en que pasó a Santafé a ocupar su puesto en la real audiencia. No dejó mayor huella en su gobierno de Popayán, y en el juicio contra Belalcázar se le ha señalado como parcial e influenciado por la viuda de Robledo, a quien poco tiempo después hizo su esposa. DIÓCESIS DE POPAYÁN: Creado por Pablo III, administró el nuevo obispado el maestro Juan del Valle, iniciando labores en 1548. Adaptó a catedral la iglesia de la fundación y trabajó infatigablemente por la difusión del cristianismo, dando impulso a las misiones de los padres mercedarios, llegados a Popayán en 1514. SANTAFÉ DE ANTIOQUIA: Surgió a la vida esta ciudad como resultado de la fuerza expansiva de las provincias de Cartagena y Popayán y fue el primer núcleo de ese vigoroso pueblo, de esa raza fuerte de la cual se ufana Colombia y que se forma, podría decirse, un grupo étnico de perfiles definidos, en los actuales departamentos de Antioquia y Caldas; raza ésta que por su capacidad y energía singulares, bien podría ser el modelo o el tipo del pueblo luchador a la moderna en la nación y aun en el continente. Fundó a Santafé de Antioquia Jorge Robledo el 12 de noviembre de 1541, en el valle de Ebéjico, y al año siguiente el capitán Juan de Cabrera la trasladó al valle de Tonusco; disputada tesoneramente por Heredia y Belalcázar, siempre fue el eje de la colonización de esos territorios. FRANCISCO CÉSAR: Uno de los conquistadores que pecó por modesto, pues habiendo podido figurar en primera línea, dados su valor y sus capacidades, se contentó con actuar en puestos de segundo y hasta de tercer orden, como lo vimos en la conquista de la provincia de Cartagena. Conocemos su intervención en aquellas campañas como subalterno de don Pedro de Heredia, a cuya expedición se incorporó en Puerto Rico en 1532. En el curso de dichas operaciones fue el primero en pisar territorio antioqueño en 1536, cuando se internó por la serranía de Abibe al valle de Guaca en tierras de los catíos, cacicazgo de Nutibara. Este cacique le salió al encuentro con 2.000 indios y César lo derrotó, después de haber dado cuenta de la vida de Quimunchú, hermano de Nutibara. En dicho valle de Guaca hizo hallazgos de muy importantes tesoros escondidos, y de ahí parece provenir el provincialismo de guaca, muy generalizado hoy, con el cual se designa a todo tesoro que se encuentre en iguales condiciones. Avisado César de la movilización de toda la región, emprendió prudentemente la retirada, no considerándose con fuerzas para resistir, pero con el propósito de volver más tarde, en mejores condiciones. JUAN BADILLO: Se vio ya como este aventurero huyendo del juicio de residencia y con el ánimo de probar fortuna en el sur, salió de Cartagena por los años de 1537 o 1538 con una expedición de cuatrocientos españoles y muchos indios, suficientemente provista y con Francisco César como uno de sus tenientes. Siguiendo el camino de éste, después de pasar la serranía de Abibe, desvió un poco dicha ruta y entró en tierras de los catíos, por el valle llamado de los Pitos, en donde Nutibara le infrigió una grave derrota, de la cual solamente pudo salvarlo el valor y la pericia de César. Dejando a un lado a Nutibara, siguió al través de las tribus catías de los caciques de Tuatoque y Nabuco que lo recibieron en paz, para caer sobre el Buriticá, a quien Badillo venció, tomó prisionero y terminó por hacerlo quemar vivo, por el delito de haber intentado fugarse arrojándose a un precipicio. Siguió luego por la banda izquierda del río Cauca, venciendo enormes dificultades hasta que después de un año de dura campaña, en la cual perdió al esforzado César, salió a Cali, en tiempo del gobierno transitorio de Aldana. La expedición no dio los resultados que Badillo perseguía, pues su gente se resistió a seguir bajo sus órdenes, a la vez que se veía seriamente requerido por Aldana por invadirle los territorios de su jurisdicción. Ante el fracaso de sus planes, no tuvo más camino que salir solo por la vía de Buenaventura a Panamá, en donde fue aprehendido y llevado a España. La campaña sirvió sinembargo, para llamar la atención de los conquistadores hacia las tierras antioqueñas y para señalarles el camino. JORGE ROBLEDO: Fue el seguno alcalde de Popayán y como tal actuó bajo el gobierno de Aldana. Queriendo éste seguir adelante con la obra de Belalcázar, despachó a Robledo hacia el norte para que fundara a Santa Ana de los Caballeros --después Anserma-- en 1539. Robledo cumplió su misión y procedió al reparto de las encomiendas. Destacó comisiones a Caramanta, al Chocó y a tierras de los Supías, sin resultado; siguió adelante y en un serio encuentro con los indios pozos, recibió dos heridas. Entró pacíficamente a Arma, despachó una columna que debía explorar el río Cauca hasta su desembocadura y, queriendo los indios aprovechar la momentánea división de los expedicionarios, atacaron a Robledo en buen orden militar, portando banderas, brazaletes y petos de oro, lo que les valió el nombre de armados que les diera el conquistador, y de ahí Arma el nombre de su poblado. Robledo aplastó el levantamiento y se vengó echando sus perros de presa sobre los infelices indios, en quienes hicieron verdaderos estragos; hecho insólito en este caudillo, que venía observando hasta entonces una conducta suave y humana con los nativos. Habiendo encontrado demasiado difícil el avance por las encarpadas breñas del río Cauca, contramarchó Robledo al país de los quimbayas a quienes sometió con facilidad y allí fundó a San Jorge de Cartago a orillas del Otún, actual emplazamiento de Pereira, siendo trasladada más adelante al lugar en que hoy está sobre el rio de la Vieja. Ocurrió por este tiempo la efímera administración de Andagoya, a quien Robledo se apresuró a reconocer, verificándose luego una entrevista muy cordial en la cual Andagoya confirmó a Robledo en las órdenes que recibiera de Aldana. Robledo prestó a Andagoya una importante suma de dinero y regresó luego al teatro de sus conquistas, después de hacer el reparto de las encomiendas de Cartago. Por entonces regresó Belalcázar de España y Robledo, después de demorar cuanto le fue posible el reconocerlo, dado que lo consideraba sin derecho a sus conquistas, se allanó a jurarle obediencia por intermedio de don Pedro de Ayala, representante de Belalcázar. El adelantado --ya Belalcázar tenía este título-- a su vez le envió armas y recursos, después de haberlo confirmado en su mando. Continuando sus empresas, Robledo destacó una columna exploradora al valle de Arby (Herveo) y siguió hacia Arma, a tiempo en que el capitán Jerónimo luis Tejelo visitó por vez primera el lugar que debía ocupar Medellín un siglo más tarde, el valle del Aburrá, que los conquistadores llamaron de San Bartolomé. Robledo pasó por allí días después «en medio del terror de los indios que se ahorcaban para escapar», dicen Henao y Arrubla, pero parece que esto de los suicidios en masa de los nativos no tuvo lugar entonces sino más adelante, cuando como una protesta reaccionaron los indios contra los abusos de los encomenderos. Visitó después Robledo otras regiones, como la llamada hoy Heliconia, en donde encontró ricas fuentes de sal; otra, que le proporcionó abundante provisión de telas de algodón bien trabajadas y estampadas que le sirvieron para vestir a su gente; la hoya del río Porce tan rica en oro, y finalmente, el valle de Ebéjico, en donde fundó a Santafé de Antioquia en 1541, según ya se ha dicho. --La colonia de Antioquia no pasaba originariamente de unos 600 españoles, integrados por 100 que llegaron con Robledo, 200 que acompañaron a Heredia, los 150 de Juan Cabrera y el resto, formado por los grupos de colonos llegados después y que fijaron su residencia en la nueva colonia, y además no es dado admitir que hubiesen podido llegar mujeres españolas durante esa época a la colonia de Antioquia--. Con la mira de independizarse de Belalcázar, Robledo con doce compañeros salió de Antioquia, pretextando una conferencia con aquél, pero realmente en vía para España; pretendía hecer valer allí sus derechos a la tierra conquistada por él, ni más ni menos, lo mismo que Belalcázar hizo con Pizarro. Siguió en dirección a San Sebastián --San Sebastián de Buenavista, lugar cercano a San Sebastián de Urabá, fundado por Alonso de Heredia, tampoco subsistió-- pero allí el adelantado Heredia lo aprehendió, lo despojó de cuanto llevaba y, acusándolo como usurpador, lo remitió a España, al propio tiempo en que Belalcázar, informado de su viaje, lo declaraba desertor. A poco de fundada Santafé de Antioquia, se presentó en ella don Pedro de Heredia con 200 hombres e intimó al alcalde Pimentel la entrega de la ciudad, pero éste se denegó alegando la condición de subalterno de Belalcázar, lo que motivó la posesión de Heredia por la fuerza. Pasados unos meses, otra expedición de 150 hombres al mando del capitán Juan de Cabrera, que venía en persecucion de Robledo, sorprendió a Heredia, con su gente muy dividida en varias comisiones, logró aprehenderlo como ya se ha visto y lo remitió a Cali. Fue entonces cuando Cabrera trasladó la ciudad al valle de Tonusco en 1542. En 1544 volvió Heredia a ocupar la ciudad, pero se vio obligado a entregar el mando al capitán Juan Gallegos, para acudir al llamamiento al juicio de residencia, que de Cartagena le hacía el visitador Armendáriz, Gallegos perdió de nuevo la ciudad, desalojado por el bachiller Francisco Madroñeros, subalterno de Belalcázar, y así quedaron las cosas hasta que la corte decidió el pleito en favor de este último. En el año citado de 1544, regresó de España Robledo con el visitador Díaz de Armendáriz, sin haber conseguido mayores ventajas en la corte, como no fuera la absolución de las acusaciones que pesaban sobre él y el título de mariscal que Armendáriz le reconoció, nombrándolo a la vez su teniente en el gobierno de los territorios antioqueños. En el desempeño de esta misión, Robledo, como primera medida, se apoderó de la ciudad de Antioquia con 60 hombres, después ocupó a Arma y luego a Anserma, tomando allí 3.000 castellanos de oro de las arcas reales. Entonces Belalcázar abrió campaña contra él desde cali, sin que fueran parte a detenerlo las terminantes órdenes de Armendáriz que Robledo le remitió; antes bien, por respuesta a Robledo, le envió formal intimación para que desocupara el territorio y pusiera en libertad a los prisioneros. A una nueva intimación de Robledo, que se había retirado a Arma, respondió Belalcázar con mayor energía y entonces Robledo le hizo proposiciones de reconciliacion que Belalcázar fingió convenir. De Loma de Pozo, Robledo le envió sus parlamentarios; Belalcázar los retuvo y tras una marcha forzada sorpredió y capturó a Robledo. Un consejo de guerra que Belalcázar le siguió inmediatamente lo condenó a muerte, la que sufrió valerosamente con tres de sus tenientes. Este crimen, como el cometido con Balboa y como todos los que perpetraron en desleal competencia entre los mismos conquistadores, no fue sino resultado de haber permitido el gobierno de España que la conquista se llevara a cabo por la iniciativa particular, abandonando así una función mucho más importante que la de «desespañolizar a España» con el destierrro de moros y judíos y tan trascendente por lo menos, como la de detener a los turcos en Lepanto, puesto que se trataba de organizar todo un mundo y de prepararlo para el cristianismo. Belalcázar, un último análisis, no hizo sino defender lo que a costa de tan duros sacrificios había alcanzado. Cúlpese, pues, a los gobiernos que no pudieron o no supieron comprender su misión. . |