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EL NUEVO MUNDO, -- LOS CONQUISTADORES, -- PRIMERAS FUNDACIONES. EL DESCUBRIDOR: Los tiempos históricos de la república de Colombia comienzan con la conquista de su terrirtorio por la monarquia española, hecho que se verificó como consecuencia del descubrimiento de América por Cristóbal Colón el 12 de octubre de 1492. Es cosa singular que la fecha y el lugar de nacimiento de Colón, cuya influencia en los destinos humanos fue trascendental, se haya tornado en nuestros días en un asunto poco menos que insoluble, dado que se disputan el honor de ser la patria del gran almirante, con razones poderosas: Génova, Savona, Cogoletto, Burgiasco, Finales, Quinto, Palestrella, Casseira, Val d' Oneglia, Castel de Cuccaro, Pradello, Placencia, Nervi, Arvizola y otros lugares en Italia; Calvi, en Córcega (en ese lugar el gobirno francés ha erigido una estatua de Colón); Extremadura, Galicia y Cataluña, en España, y hasta Inglaterra, Grecia y Portugal mantienen sus pretensiones. La tesis clásica del origen genovés de Colón se apoya en documentos tan serios, como el testamento del almirante, otorgado en Valladolid el 19 de mayo de 1506; en un acto de constitución de un mayorazgo el 22 de febrero de 1498, en el cual aparece como dicho por Colón: «Della quate citá di Génova io sono nato»; en lo aseverado por Fernando Colón, su hijo bastardo, publicado en una obra publicada después de la muerte de éste; y finalmente, en el testimonio del padre fray Bartolomé de Las Casas, compañero que fue de Colón en uno de sus viajes. Con todo, la crítica histórica encuentra hoy deficientes tales comprobantes. La tesis de un Colón gallego, natural Pontevedra, cuyo campeón es el erudito don Celso García de la Riega, sostiene que el descubridor de América nació en dicho lugar, con una documentación que comprende un periodo de un siglo largo --1413 a 1528-- y que no revela toda una generación de colones, con nombres de la familia del almirante: Domigo, Cristóbal, Bartolomé, Juan, Diego y Blanca, y a mayor abundamiento los apellidos de Colón y Fonterosa (Colombo y Fontanarosa en italiano) aparecen juntos en una libranza que data del 24 de julio de 1437, lo cual indicaría que las respectivas familias mantuvieron relaciones que pudieron culminar en el matrimonio de Domingo Colón y Susana Fonterosa, padres del almirante. La tesis catalana tiene por mantenedor al investigador y crítico don Luis de Ulloa, la cual, caso de prevalecer, contituirá toda una revolución de lo enseñado hasta el día. Su expositor la presenta con tal maestría, que poco faltaría para llevar al pleno convencimiento, y la enuncia más o menos así: Hubo un predescubrimiento de América, cuyo autor, llamado por algunos "Piloto Desconocido" y por otros Alonso Sánchez, fue el mismo Colón, quien lo llevó a cabo por la via Islandia-Groenlandia-Labrador, hacia el sur, en 1477. El supuesto danés Juan Scolvus (Juan de Kohno, segun otros autores, y piloto al servicio de Cristián de Dinamarca), a quien se atribuyó el mismo descubrimiento, y Colón, son un mismo personaje: «Scolvus no es sino la seudo-fonetización sincopada de Colubus» y la antinomia entre Juan Scolvus y el nombre de Cristóbal, desaparece en cuanto se sabe que el descubridor se llamó a sí mismo Xristo Ferens como firmaba, y no Cristóbal ni Cristóforo, y ese nombre equivale simbólicamente al de Juan Bautista, según Ulloa lo demuestra. Se tiene, pues, que fue Juan Bautista Colón el descubridor de América en 1477 primero y en 1492 después, y el tal señor, resulta ser un corsario llamado Juan Colom, con M, que estuvo un tiempo al servicio del conde de Provenza, y fue un catalán que se rebeló contra Juan II de Aragón, padre de Fernando el Católico. Es de suponer que las demás teorías que el autor desconoce abunden en poderosas razones, desde luego que se mantienen en pie; pero lo cierto es que la crítica histórica no podría pronunciar la última palabra, como tampoco puede hacerlo sobre los verdaderos planes del descubridor, pues no es fácil decidir si este efectivamente buscaba una ruta más corta por el occidente hacia el País de las especias --la India--, o si ello era solamente un pretexto para buscar tierras desconocidas cuya existencia sospechaba, o si simplemente trataba de aprovechar su predescubrimiento, de acuerdo con la tesis de Ulloa. Acogiéndonos a la tesis clásica, Colón pasó los primeros años de su juventud dedicado al comercio de lanas al lado de su padre; parece ser también que hizo algunos estudios en la univesidad de Pavia y dedicado luego a la prefesión de marino, estuvo algún tiempo en Portugal, en donde contrajo matrimonio con una hija del gobernador de Porto Santo --isla de Madera--, Bernardo de Palestrello, de cuyos estudios, cartas náuticas e instrumentos vino a ser heredero, y de los cuales debió sacar gran provecho. Del matrimonio con doña Felipa de Palestrello, tuvo a su hijo Diego. Hacia 1473 realizó un viaje a Islandia y es de allí donde lo toma Ulloa, para hacerlo llegar a América, con el nombre de Juan Scolvus o Juan Colom. Es famosa su correspondencia con el geográfo Toscanelli, de gran renombre en su tiempo, sobre la forma esférica de la tierra y sobre sus cálculos de la ruta por el occidente al País de las especias, y desde entonces parece que datan sus intentos de una expedición en ese sentido. Al efecto, es cosa aceptada por unos, e infirmada por Ulloa, que Colón hizo gestiones infructuosas en Génova, en Venecia, en Portugal, en Inglaterra y en Francia -- en estos dos últimos países por medio de su hermano Bartolomé-- en busca del apoyo oficial para su idea. En españa y también en Portugal, países en donde logró despertar algún interés, fue perentoriamente desautorizado por juntas de sabios y de teólogos, quienes lo consideraron como un iluso, siendo de consiguiente desechadas sus proposiciones. Después de muchos insucesos, abandonaba ya a España en busca de otros horizontes, a pie y en la mayor pobreza, cuando la Providencia lo llevó al convento de dominicos, llamado de La Rábida, cercano al puerto de Palos de Moguer, en solicitud de hospitalidad. El porte y las distinción del peregrino llamaron desde el primer momento la atención del prior fray Juan Pérez, de alta influencia en la corte por su calidad de confesor que había sido de la reina Isabel, y pronto escuchó de los labios de Colón la exposición de sus ideas y el recuento de sus fracasos. Ulloa sostiene que fray Juan Pérez recibió entonces la noticia del anterior descubrimiento de 1477 con sus pruebas fehacientes, bajo el secreto de la confesión, ya que Colón muy prudentemente la guardaba como un tesoro que debía defender de intrusos y usurpadores. De una u otra manera, el monje acogió con calor las ideas de Colón, desde el primer momento, y sin más demora escribió a la reina, se ex-penitente, cuya respuesta apenas demoró 14 días y en ella llamaba al padre Pérez a Granada, sitiada a la sazón por los reyes católicos y próxima a caer en sus manos. Doña Isabel, reina de Castilla, era esposa de don Fernando, rey de Aragón, y sus respectivos dominios, confederados con motivo de tal matrimonio, conservaban sin mebargo la autonomía de sus gobiernos. El prior, muy bien acogido por la reina, bien pronto la convirtió a la causa de Colón, siendo entonces el momento culminante y decisivo para los planes de éste. Ulloa sugiere que entre el padre y la reina medió también el secreto de la confesión, por el cual quedó ésta informada del predescubrimiento. En todo caso la soberana acogió con tal calor los proyectos de Colón --a quien inmediatamente envió auxilios importantes en dinero e hizo venir a su presencia-- que, habiéndose encontrado con la avaricia y la renuencia de Fernando a secundarla, llegó un momento en que le dijo: «Pues bien: no expongáis el tesoro de vuestro reino de Aragón, yo tomaré esta empresa a cargo de mi corona de Castilla, y cuando esto no alcanzare, empeñaré mis alhajas para ocurrir a sus gastos». La idea de Colón se había salvado, y la reina adquiría así un puesto preponderante en la historia; no así don Fernando, cuya avaricia y cicatería de entonces y sus malas artes después, con quien le diera «el mayor tesoro de la tierra», no le ha castigado todavía la posteridad. Con Colón, con Isabel y con el monje de La Rábida, deben compartir su porción de gloria y la gratitud de la humanidad: Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, protector personal del descubridor y a quien, al decir de Ulloa, debe España el que Colón no hubiera llevado a Francia su proyecto y el que esta nación no le arrebatara así la gloria del descubrimiento: Luis Santángel, escribano de ración del rey de Aragón, cuya influencia sobre Fernando fue muy valiosa y quien, según el citado Ulloa, adelantó los fondos para preparar la expedición; los hermanos Martín Alonso Pinzón, Vicente Yáñez Pinzón y Francisco Pinzón, navegantes que prestaron a Colón una ayuda muy eficaz en la preparación de la expedición y en la expedición misma; Juan Coloma, secretario de la corona aragonesa; Gabriel Sánchez, tesorero de la misma; el cardenal-arzobispo de Toledo, Pedro González de Mendoza, llamado el tercer rey, que tal era su influencia en la corte; fray Diego de Deza, confesor del rey; doña Beatriz Fernández de Bobadilla, marquesa de Moya, y su esposo Andrés Cabrera, a quien doña Isabel quizás debiera la corona.
EL DESCUBRIMIENTO: Bajo tales auspicios se arregló todo y Colón pudo zarpar del pueto español de Palos de Moguer el 3 de agosto de 1492, al frente de una expedición compuesta de 3 caravelas: La Pinta, La Santa María y La niña, nombres que se han hecho imperecederos, y después de 71 días de navegación, durante la cual los tripulantes iban perdiendo la fe en el éxito, la primera tierra americana fue encontrada el 12 de octubre del mismo año; estaba a la vista de la expedición la isla nombrada Guanahaní o Guanamaní por los nativos, que Colón bautizó San Salvador (hoy Watling) del grupo de Las Lucayas. Uno de los acontecimientos trascendentales de la historia, quizás el que con más propiedad debiera marcar el término de la edad media y el principio de la moderna, se había realizado. Colón, luego de visitar otras islas, Cuba y Haití entre ellas, volvió a España llevando algunos indios y muestras de las riquezas y productos naturales de su descubrimiento, y más tarde realizó otros viajes que lo llevaron a las siguientes conclusiones: en el segundo comprobó la insularidad de Cuba; en el tercero descubrió las bocas del Orinoco, cuya magnitud comprendió, haciéndole concebir la idea de que la América del Sur debía ser un mundo nuevo (de él fueron estas palabras por primera vez), una masa continental desconocida y distinta de Norteamérica, a la cual siguió consederando hasta el fin de sus días como el extremo oriental del Asia. En el cuarto viaje sus esfuerzos tendieron a buscar un estrecho que, pensaba él, debía separar dichos dos continenentes y de ahí su expedición a las costas de Veraguas hasta el Darién siendo ésta la única ocasión en que el genial almirante pisara tierra colombiana. La felonía de los hombres, la ingratitud de Fernando que no supo agradecerle el don magnífico que le hizo y la muerte por último, concluyeron con sus investigaciones. A la noticia de éxito tan rotundo, los reyes católicos, con la idea de hacerse de alguna manera a títulos de dominio, se apresuraron a solicitar del papa Alejandro VI una bula en que se los otorgaba, lo que consiguieron con facilidad. Bien pronto se prepararon nuevas expediciones españolas que crearon una base importante, la ciudad de Santo Domingo, en la isla llamada por Colón La Española y por los indígenas Civao (los expedicionarios llegaron a pensar que Civao era el mismo Cipango, como entonces se denominaba en Europa al Japón), hoy Haití, y desde allí fueron saliendo, uno tras otro, diversos grupos expedicionarios que conquistaron y ocuparon el continente, a la par con Portugal (también provisto de su Bula), con Inglaterra y con Francia, y de esta manera comienza a figurar en la historia la América, por Américo Vespucio, el mercader florentino que despojara a Colón de una gloria de nuestra Colombia, con su nombre, en parte le ha reivindicado. De despojo se califica hoy la actuación de Vespucio por razones que la crítica histórica va poniendo en claro. El mercader, ni cartógrafo ni navegante, suministró al alemán Waldsemüller para un planisferio publicado en 1507, después de la muerte de Colón y hallado en 1901, los datos cartográficos del nuevo mundo, escamoteados al gran almirante los unos, cuando «tuvo sus libros» (palabras de Vespucio) como oficial a su servicio en Andalucia, y tomados los otros, según fuertes presunciones, en Lisboa a los navegantes portugueses, cuando Vespucio estuvo allí en su calidad de espión de Fernando el Católico. Lo cierto es que las obras de Vespucio, Mundus novus y Quattor Navigationes, no corresponden a ninguna realidad, ya que es un hecho históricamente comprobado, que Vespucio no hizo ninguno de los cuatro viajes, pero ni siquiera piso alguna vez el continente que lleva su nombre. En suma, si Waldsemüller elevó de buena fe a este falsario a la categoría de un Tolomeo, con el retrato de Vespucio y el mote que puso a su famoso planisferio: Universalis cosmographie secundum Ptolomei traditionem et Americi Vesputti lustrationes, se debió a los ardides de Vespucio y probablemente a las recomendaciones de Fernando El Católico cerca del duque de Lorena. Así se consumó, dice el crítico don Luis de Ulloa, «esa obra de despojo, mucho mayor de lo que se ha creído hasta ahora». LOS CONQUISTADORES: Pasaron siete años después del descubrimiento de Colón antes de que la primera expedición española pisara tierra colombiana, lo que se verificó en 1499 en un punto de la península de la Guajira que fue llamado Cabo de la Vela. Desde entonces siguieron llegando unas tras otras muchas expediciones, militares unas, de aventureros otras, que ocuparon poco a poco nuestro suelo en nombre de los reyes de España y dominaron los pueblos indígenas mediante el empleo de la fuerza, de la violencia y del despojo con muy contadas excepciones que supieron emplear métodos más humanos. Con las expediciones llegaron también muchos misioneros católicos a quienes debe Colombia el inmenso beneficio de la propagación del cristianismo entre los natuales y, justo es reconocerlo, no pocos de tales misioneros trabajaron intensamente por suavizar la dura carga que resultó para los indios la conquistta. Entre esos misioneros sobresale la personalidad de fray Bartolomé de Las Casas, obispo de Chiapas (México), quien munca vino a nuestro suelo, pero con sus escritos y representaciones ante el gobierno español en favor de todos los oprimidos de América, se ganó el hermoso título de Protector de los indios, por las disposiciones que consiguió en defensa de ellos, cuya condición se dulcificó así, hasta donde esto fue posible. España, prevía la labor devastadora de los conquistadores en la cual perseguían, por sobre todo, incautarse las riquezas y bienes que podían alcanzar, después de haber aniquilado las más o menos incipientes organizaciones autóctonas, comenzó la creación de un nuevo país sobre los escombros del antiguo. Esta obra de los conquistadores que va a estudiarse, no se puede juzgar a primera vista; «es menester --dice nuestro gran pensador Guillermo Valencia-- situarse en el preciso punto en que actuaron Cortés, Balboa, Pizarro, Quesada y Belalcázar. A estos próceres todo les era hostil en tan extraño medio, y a cada momento del día y de la noche veían colgada la muerte delante se sus ojos....... A tal punto era desproporcionada la empresa, que la curia de España cerró los ojos en la primera época a los imprescindibles desmanes de los héroes». Si el pensador hubiera dicho la incuria, habría expresado más exactamente la realidad histórica, porque en esto estuvo precisamente la falta. España tenía todas las capacidades, todo el poder, todos los medios para organizar técnicamente una conquista humanitaria y civilizadora, y optó sencillamente por la política del avestruz: cerró los ojos de manera evidente, hasta cuando la obra de devastación se había consumado. Los conquistadores hicieron lo que pudieron; los gobiernos fueron los responsables. Nos consideramos distanciados del «jacobinismo reacio e incompresivo que sigue negando pleitesía a nuestros mayores coloniales, olvidando cuánto costárales plantar el árbol en que se mecen nuestros nidos......» como califica el mismo pensador al prurito de negar a España sus grandes merecimientos. Pero nuestro amor a la madre patria no ha de impedirnos reconocer sus grandes errores, sus grandes equivocaciones. Vamos a ver, pues, como fueron surgiendo a la vida, una a una, nuestras ciudades y núcleos de población, las provincias que formaron el Nuevo Reino de Granada, la Colombia de hoy en fin, en cuyo proceso de formanción y crecimiento se impuso definitivamente la sangre española sobre la indígena, pasando ésta del primer puesto que ocupaba, a un término inferior, muy próximo al que ocupa la raza negra, cazada y traída posteriormente del África como esclava. Con la mezcla se ha venido formando lentamente --como son los procesos raciales-- el tipo sudamericano del día, todavía en etapa de gestación, pero siendo siempre la raza blanca la dominante y la dominadora. ALONSO DE OJEDA: Fue el jefe de la primera expedición que en 1499 pisó tierra colombiana en el que llamó Cabo de la Vela. En 1502, en un segundo viaje, vino a la Guajira con nombramiento de gobernador, pero habiendo pretendido incautarse los quintos reales --se llamaban así los derechos del rey en los repartos de los tesoros conquistados-- sus compañeros lo apresaron y lo llevaron a Santo Domingo, en la isla La Española. En su tercer viaje, efectuado en 1509, llegó directamente al puerto de Calamary (el cangrejo), en el país de los taironas --bahía de Cartagena-- en donde atacó y venció a los naturales que salieron a impedir su desembarco y los persiguió hasta Turbaco o Yurbaco (reunión); pero los indios le infringieron allí una grave derrota, de la que milagrosamente salió con vida, aunque perdió a Juan de la Cosa, su amigo y compañero de muchas empresas. Repuesto al poco tiempo con los auxilios que le prestó Diego Nicuesa, atacó de nuevo a Turbaco e incendió el poblado, perdiendo la batalla los indios, después de una resistencia heróica, en la cual se batieron hasta las mujeres. Luego de esta acción abandonó el campo de operaciones para seguir a Urabá. Allí procedió a fundar la primera población que llamó San Sebastián y la hizo centro de su concesión, la cual llegaba más o menos hasta el río Atrato, con el nombre de Nueva Andalucía. Al poco tiempo se vio forzado Ojeda a trasladarse a Santo Domingo para conseguir recursos que escaseaban mucho en su fundación, encargando entre tanto del mando a Francisco Pizarro, pero habiéndose demorado más de lo convenido, los expedicionarios abandonaron a San Sebastián y se hicieron al mar, en donde a poco andar se encontraron al bachiller Martín Fernández de Enciso, quien traía los esperados recursos y no sin gran trabajo logró hacerlos regresar. Al llegar a San Sebastián, en vista de que la colonia había sido destruida por los indios, el bachiller Fernández, siguiendo los consejos de Vasco Núñez de Balboa, determinó cambiar el emplazamiento del poblado, y al efecto fundó a Santa María la Antigua, en tierras del cacique Cemaco, dentro de la concesión de Nicuesa, que partía de la banda occidental del golfo hacia Panamá. Una revuelta en la colonia puso el poder al poco tiempo en manos de Balboa, quedando destituido el bachiller Enciso. Ojeda no regresó. Murió pobre en Santo Domingo. Vespucio en sus obras dice haber formado parte de dos de las expediciones de Ojeda, lo cual es históricamente inexacto, pues se comprueba con las listas de embarque y de las tripulaciones que Vespucio no figuró en ellas, ni de sus hechos quedó más noticia que la dada por él. «Los pretendidos viajes del audaz florentino, dice Ulloa, no son sino groseras invenciones, respecto de las cuales lo que solamente puede llamar la atención es el éxito que encontraron». VASCO NÚÑEZ DE BALBOA: Vino en 1500 a las Indias --así se llamaba entonces el mundo de Colón-- como oscuro tripulante de la expedición Bastidas, y lo tenemos ya al frente del gobierno de Santa María la Antigua, después del movimiento que dio en tierra con el bachiller Fernández de Enciso, en cuya expedición había logrado fugarse de Santo Domingo, donde lo tenían arraigado sus numerosos acreedores. Habiendo quedado la Antigua asentada dentro de la concesión de Diego Nicuesa --Castilla de Oro--, los amigos de éste alegaban esta circunstancia para que se le reconociese como gobernador. Al efecto, fueron en su busca algunos de ellos, pero Balboa, avisado con tiempo, no permitió el arribo de Nicuesa a la población, y este conquistador, que sólo desgracias había cosechado en sus tierras de Panamá, tuvo que seguir adelante con algunos de sus fieles y se perdió en el mar. Desembarazado Balboa de su imcómodo rival, Nicuesa, lo hizo también del bachiller Enciso, enviándolo preso a España, a donde, al propio tiempo, mandó a un comisionado con oro suficiente para conseguirle un mandato sobre las tierras que ocupaba. Emprendió luego una serie de campañas sobre los cacicazgos vecinos, en tierras de panamá, comenzando por el cacique Careta o Carreto y terminando con éste de aliado contra sus vecinos, se hizo a toda clase de recursos. Estas campañas de Balboa, como las otras que llevó a cabo hasta descubrir el océano Pacífico, pertenecen a la historia de Panamá. De vuelta de su primera campaña panameña, emprendió otra por el río Atrato, penetrando probablemente por la boca de Tarena y remontándolo en una grande extensión, en junio de 1510, con resultado satisfactorio por el oro y recursos que consiguió. De vuelta a la Antigua, tuvo que hacer frente a nuevas luchas con los nativos encabezados por Cemaco, lo mismo que a disturbios entre los mismos conquistadores, siempre acompañado por la fortuna. Con recursos que hizo venir de Santo Domingo y provisto ya de su despacho de capitán y administrador de la corona en Santa María, emprendio el 1` de septiembre de 1513 la campaña que lo llevó al descubrimiento del mar del sur, proeza realizada en un mes, desembarcando en Acla --hoy Carreto como designan los actuales indios cunas a ese lugar-- con 190 españoles y 600 indios, siguiendo la travesía del istmo en medio de penalidades y luchas sin cuento. Al llegar al mar, tomó posesion de él solemnemente en nombre de los reyes de España. Su primer cuidado al regresar a la Antigua fue enviar un nuevo comisionado a España, con la noticia del hallazgo y el oro de los quintos en abundancia, pero no le fue fiel la suerte esta vez, pues antes de la llegada del comisionado, ya había salido en dirección a la Antigua una lujosa expedición de 2.000 hombres comandada por Pedro Árias Dávila (Pedrarias), con poderes suficientes para reprimir los abusos de que acusara a Balboa ante la Corte el bachiller Enciso. Tan mala atmósfera contra Balboa se corrigió en parte con la noticia del descubrimiento del nuevo mar y con el oro de los quintos, y fue así como el comisionado consiguió para su jefe el título vitalicio de Adelantado del Mar del Sur. PEDRO ÁRIAS DÁVILA: Con la natural sorpresa en la Antigua, se presentó la expedición Pedrarias el 29 de junio de 1514 y Balboa salió a recibirla con todo el cabildo. Juntamente con el jefe venían: su esposa doña Isabel de Bobadilla, el primer obispo fray Juan de Quevedo y varios capitanes que tuvieron después importante participación en la colonización de Panamá y de la América Central. Bien pronto se dejó traslucir la animosidad de Pedrarias contra Balboa, de quien hizo poca cuenta en un principio, pero después se vio precisado a ocuparlo en una expedición al Atrato que resultó desastrosa. La tirantez de las relaciones entre los dos caudillos siguió tomando cuerpo, hasta que la intervención del obispo señor Quevedo pareció terminarla, con el matrimonio que logró concertar de Balboa con la hija de Pedrarias, a la sazón en España. Vuelto Balboa al pacífico en su calidad de subalterno de Pedrarias, se ocupó en establecer la navegación en ese mar y logró construir dos bergantines, con los cuales viajó del golfo de San Miguel o Darién del Sur al archipiélago de Las Perlas. Entre tanto Pedrarias resolvió acabar con su aborrecido rival, llamándolo al efecto a Acla para conferenciar. Balboa cayó en la celada y fue villanamente sacrificado en dicho lugar --parece ser que un bello y sencillo monumento de mosaico que existe en Carreto sin inscripciones, conmemora este acontecimiento-- . la numerosa y lujosa expedición Pedrarias, apenas si dejó huellas de su mala y sanguinaria actuación en tierras de Colombia. Muerto Lope de Sosa, nombrado para recidenciarlo y reemplazarlo, Pedrarias resolvió abandonar a la Antigua y trasladarla al istmo para fundar allí la ciudad de Panamá. La Antigua quedó definitivamente perdida para la colonia poco tiempo después. Con la pronta desaparición de los dos primeros centros, el gobierno español hubiera debido darse cuenta de las graves deficiencias del sistema adoptado para establecer el imperio de España en nuestro suelo. Los indios del Darién, ascendientes de los actuales cunas, resultaron ser muy aguerridos y valientes, y como los procedimientos de los conquistadores no eran los más adecuados para atraerlos, ni mucho menos, bien pronto impusieron el abandono de dichos establecimientos, de los cuales no quedó huella alguna, con excepción de un pequeño tajamar que une un islote al continente, en lo que parece fue el emplazamiento de la Antigua. FRANCISCO PIZARRO: Como sucesor de Balboa, descubrió toda la costa colombiana del Pacífico. Atraído luego por las noticias de la existencia de un gran país en el sur, siguió en compañía de Diego de Almagro hacia el Perú, llegando a ser el conquistador del famoso imperio de los incas. Su vida y sus hazañas, que son verdaderamente legendarias, pertenecen a la historia de aquella nación. . |