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EL VIRREINATO. --DE EZPELETA A AMAR. 1789 a 1810. En esta última etapa del gobierno colonial se recrudece la agitación, como un reflejo de los vientos revolucionarios que soplan en Europa, a cuya influencia no puede España sustraer a su colonia, no obstante que para conseguirlo apela a remedios heróicos. La hora de la libertad suena ya en el reloj del destino. JOSÉ DE EZPELETA Y GALDEANO: Después de exhibirse en Cuba como un mandatario capaz, tomó aquí las riendas del gobierno en 31 de julio de 1789, el año memorable de la revolución francesa, cuyas repercuciones fueron inmediatas en nuestro suelo y que el virrey Ezpeleta fue el primero en sentir. La obra de gobernante realizada por Ezpeleta fue excelente. El real erario estaba gravemente afectado, con déficits de las administraciones anteriores, en cosa de dos millones de pesos, deuda que pronto quedó cancelada con el orden y la eficiencia que introdujo en todos los ramos de la administración, siendo tan notables los resultados obtenidos, que no solamente pudieron invertirse gruesas sumas en obras de grande aliento, como los puentes sobre el río Funza llamados Puente Grande y Puente del Común, y en la terminación de importantes obras de las fortificaciones de Cartagena, sino que la administración estuvo en capacidad de remitir a España, como hecho insólito, 400.000 pesos tomados de los fondos comunes, sin que renglón alguno del presupuesto virreinal se afectara visiblemente. De igual manera y con resultados análogos, llevó Ezpeleta el orden a las rentas de los establecimientos de beneficencia. El impulso que dio a las misiones se tradujo en al reducción de unos 20.000 indios a la vida civilizada, obra en la cual tuvo a los padres candelarios como colaboradores eficaces. En la instrucción pública llevó a cabo fundaciones de escuelas primarias en varias ciudades, siendo de tenerse en cuenta que el arzobispo Martínez Compañón tomó a su cargo personal el sostenimiento de las fundadas en Santafé. Con insistencia y contra la opinión de los dominicos, pidió a la corte autorizaciones para la creación de una universidad pública y con un plan de estudios que habría de calcarse sobre el de la mejor universidad española. Llevó también su actividad al desarrollo del colegio de La Enseñanza para señoritas, institución única por entonces en su género, que fundara años atrás la munificencia de doña Clemencia de Caicedo. En Cultura general, introdujo o patrocinó Ezpeleta dos grandes innovaciones: el periodismo y el teatro. La imprenta, cuyos servicios se concretaran hasta entonces a la impresión de novenas y otras obras sencillas y de los edictos famosos de Gutiérrez de Piñeres, comenzó a cumplir su verdadera misión educativa. El cubano don Manuel del Socorro Rodríguez, traído por Ezpeleta, sacó a la luz el primer periódico el 9 de febrero de 1781, bajo la égida de éste, con el nombre de Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, el cual alcanzó hasta el número 265, cuando cerró sus labores en 1797. Luego aparecieron sucesivamente: El Correo Curioso en 1801, El Redactor Americano, El Alternativo y finalmente El Semanario, famosa publicación del sabio Caldas en 1808. Desde luego que ni Socorro Rodríguez ni el virrey Ezpeleta se imaginaron siquiera por un momento que con tan inocente iniciativa, introducían al Nuevo Reino un instrumento revolucionario que habría de prestar tan grandes servicios a la causa de la libertad. A la incipiente publicación de Rodríguez podríamos aplicar las palabras de Víctor Hugo: «Como feto, monstruo; como germen, maravilla». En el lugar del actual teatro de Colón el teniente coronel de ingenieros don Domingo Esquiaqui, costructor del puente del Común, de sus calzadas y camellones y de otras varias obras que han perpetuado su nombre entre nosotros, edificó un teatro que se llamó El Coliseo, con capacidad para 1.200 espectadores, por la iniciativa de Ezpeleta y por cuenta del acaudalado comerciante don Tomás Ramírez. Se estrenó en 1793 con dramas y comedias de la época y naturalmente fue éste un nuevo aporte a la cultura colonial, cuyas proporciones eran ya muy apreciables y se manifestaba en las tertulias literarias llamadas La Eutropélica, organizada por Socorro Rodríguez en la misma biblioteca y El Buen Gusto, que reunía en su casa la ilustre dama doña Manuela Santamaría de Manrique, a las cuales concurrían asiduamente los hombres que más adelante fueron los autores de la revolución.
LOS DERECHOS DEL HOMBRE: Como ya se dijo, en los tiempos de Ezpeleta tuvo lugar el enorme sacudiemiento político-social que se llamó Revolución francesa, movimiento que no obstante la sangre y las lágrimas que costó, --ya lo dijo Lamartine: «Las ideas vegetan con sangre humana», vino a transformar al mundo. En lo culminante de este momento de la historia está la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, dictada por la asamblea nacional francesa, documento que es algo así como las nuevas tablas de la ley de los tiempos modernos. «Estas tres palabras, dijo Hernando Holguín Y Caro, compendían una de las mayores reivindicaciones de la dignidad humana». Con grande alarma del virrey, de la audiencia y de los españoles recidentes en Santafé, a quienes ya se venía dando despectivamente el apodo de chapetones, en oposición al de criollos, aplicado por los primeros a los americanos de sangre española, se tuvo noticia en el mes de agosto de haber circulado en los comienzos del año una hojita con la traducción de Los derechos del Hombre, editada por don Antonio Nariño en la imprenta de su propiedad. El caso era gravísimo, como que significaba la propagación de doctrinas muy peligrosas para la seguridad de España en sus colonias; además las diversas concunstancias que ocurrieron simultáneamente con este hecho no hicieron sino reagraviarlo y ocasionaron una serie de grandes infortunios y de tremendos castigos a Nariño. EL PRECURSOR: Está, pues, en al escena el hombre extraordinario, protomártir de nuestra emancipación, y debemos detenernos un momento para conocerlo y para apreciar las causas que obraron para que la historia le haya discernido este glorioso título. Don Antonio Nariño y Álvarez, hijo de Santafé y de pura y linajuda familia de origen español, contaba 26 años en 1791, cuando iniciaba en la capital del virreinato su labor de revolucionario. En 1789 había sido elegido por el cabildo alcalde de 2" voto, no obstante su juventud, y desempeñó el cargo con singulares brillo y competencia: más adelante, hasta 1793, tuvo el cargo honorífico de regidor alcalde mayor provincial del muy ilustre cabildo, como un tributo rendido a su personalidad. El virrey Gil y Lemos lo nombró interinamente tesorero de diezmos, contra la protesta del cabildo metropolitano de la arquidiócesis, que alegaba con razón ser de su incumbencia la provisión del cargo; empero el mismo cabildo lo confirmó después en él mediante la prestación de una cuantiosa fianza. Era entonces cosa corriente que el cargo permitía al responsable el uso de los dineros estancados en la caja de diezmos, como que para eso se otorgaba muy crecida fianza en un empleo de muy modestos emolumentos, y Nariño emprendió en negocios agrícolas en su hacienda de Sopó y de exportación en grande escala de quina, azúcar, cacao, etc., en los cuales obtuvo pronto los más pingües rendimientos. La holgura económica permitió a Nariño, entre otras satisfacciones, el lujo de una magnífica biblioteca, en cuyos estantes se alineaban obras de pensadores, poetas y oradores de todos los tiempos, sin que faltaran los enciclopedistas que por aquella época venían revolucionando al mundo. Naturalmente que estos últimos y todos los demás autores que estaban vetados por el tribunal de la inquisición, se guardaban en un lugar reservado de la biblioteca, sancta sanctorum, al cual solamente tenían acceso muy contados de sus íntimos, con quienes formó una tertulia, que se transformaba en club revolucionario, en cuanto se pasaban los umbrales del reservado, especie de sociedad secreta cuyos estatutos no es aventurado pensar que hubieran sido los de cierta sociedad llamada Arcano sublime de la filantropía, que mantenía en su poder don José Antonio Ricaurte. El prócer comenzó a ser mirado como sospechoso por el elemento español, a causa de su estrecha amistad con don Pedro Fermín Vargas y con el médico francés don Luis de Rieux, el primero de los cuales huyó al exterior, temeroso de los resultados que podrían traerle sus andanzas revolucionarias y el segundo fue denunciado al virrey por un tal Rangel como conspirador, en compañía de unos cuantos estudiantes rosaristas. Por el mimo tiempo, febrero de 1794, ocurrió la edición de Los Derechos del Hombre, que Nariño recogió luego por consejo de un prudente amigo y en los centros oficiales no se percataron del hecho. Empezaba a reinar de nuevo la tranquilidad, cuando la noticia de unos pasquines aparecidos en Cartagena y la delación de un criollo improtante, intranquilizó de nuevo a los chapetones. Don Joaquín Umaña, de Tunja, denunció al Virrey en sucesivas declaraciones que la conspiración era un hecho cierto, que los criollos preparaban un levantamiento general para sacudir el yugo español y establecer una república, que Antonio Nariño, José Caicedo Y José M. Lozano eran los gestores, y, por último, que el foco de la revolución estaba en el coelgio del Rosario. El débil señor Umaña lavó más tarde con su sangre vertida en el patíbulo de los pacificadores esta grave falta. Tomaba el virrey un descanso en la villa de Guaduas cuando aparecieron tembién en Santafé pasquines en que se ridiculizaba a los oidores y se amenazaba al régimen, y al día siguiente el joven español José Fernández de Arellano se presentó al señor Chávez de Mendoza, regente en ausencia de Ezpeleta, y a condición de su perdón, confesó ser uno de los autores, complicando además al socorrano José María Durán, al sangileño Pablo Uribe y al cartagenero Luis Gómez, todos estudiantes. Otro delator, el español Francisco Carrasco, denunció a su turno la circulación, sucedida en febrero anterior, de los Derechos del Hombre y a Nariño como editor. Las delaciones continuaron y el terror de los peninsulares llegó hasta la locura con la noticia de que se preparaba una San Bartolomé para la noche del 24 de agosto, día del santo de este nombre. Avisado Ezpeleta, regresó a Santafé a marchas forzadas; ordenó inmediatamente misiones capuchinas (supremo recurso policivo) a diversos lugares, con el fin de que recogieran los impresos de Los Derechos del Hombre, que suponía dibían circular profusamente en provincias; dispuso que todos los predicadores tronaran en los púlpitos contra las ideas revolucionarias, tomó toda clase de medidas militares y finalmente ordenó abrir tres sumarios por conspiración, por pasquines y por impresión y difusión de ideas revolucionarias; de los primeros se encargaron los oidores Juan Hernández de Alba y Joaquín de Inclán y del último don Joaquín Mosquera y Figueroa, enemigo personal de Nariño; ya puede calcularse cuál resultarían tales procesos, con jueces arbitrarios y apasionados como De Alba y Mosquera. El proceso por conspiración, después de muchos esfuerzos que se hicieron para comprobarla, se suspendió en vista de que no aparecieron pruebas suficientes; con el de pasquines se empapeló debidamente a diez sindicados, hasta donde la sevicia de los oidores pudo hacerlo, pero el temor a represalias lo hizo dejar para ser sentenciado en España, por cuya virtud fueron remitidos a la corte: Francisco Antonio Zea, José de Ayala, José María Cabal, Sinforoso Mutis, Ignacio Sandino, Pedro Pradilla, Bernardo Cifuentes, Enrique Umaña, Luis de Rieux y Manuel Froes, médico portugués; todos los cuales sufrieron allí penas más o menos largas y últimamente fueron indultados. Nariño sí fue sentenciado en Santafé y cupo al implacable oidor Mosquera y Figueroa --Raro contraste el de este oidor con su hermano don José María Mosquera, padre de cuartro grandes republicanos, de quien Bolívar dijo que si le hubiese sido dado escoger un padre, distinto del suyo, él hubiera escogido a don José María. El oidor don joaquín llegó en cambio en su pasión hasta someter a tortura al prócer José María Durán para arrancarle la deseada confesión, sin conseguir del espartano valor del torturado otra cosa que el baldón eterno por semejante acto de salvajismo-- conseguir de la audiencia el fallo cruel de 10 años en los presidios de África, extrañamiento perpetuo de la tierra americana y la confiscación de los bienes del reo, lo que naturalmente le ocasionó la falla de sus cuentas con la tesorería de diezmos de que nos ocuparamos más adelante. Como si no fuera bastante, su defensor el doctor José Antonio Ricaurte, sin la menor fórmula de juicio, fue castigado con la prisión hasta su muerte en los baluartes de Cartagena, por el delito de haber firmado una magnífica defensa de Nariño. El cabildo sinembargo estuvo a la altura de su deber, pues protestó tesoneramentte ante la audiencia, ante el virrey y aun ante la corte, por el arbitrario despojo de su derecho a intervenir en los procesos y en el deseo de arrancar a los sindicados de las garras de los inicuos jueces, sin que fueran parte a impedir tan justo reclamo ni las sistemáticas e irrazonadas negativas que siempre obtuvo, ni el peligro que su actitud aparejaba a los cabildantes. El cabildo al menos ensayó así sus energías para la actitud que habría de asumir más tarde, en julio de 1810. A fines de 1795 se efectuó el viaje de los procesados a España y el reo Nariño era conducido juntamente con ellos al lugar de su destino, cuando en Cádiz logró evadir la tremenda condena con una fuga audaz. Permaneció de incógnito algún tiempo en España, haciendo toda clase de esfuerzos para obtener la revisión de su sentencia y para que se lograra el sobreseimiento en el proceso de sus compañeros, hasta que, perdida toda esperanza, siguió a Francia e Inglaterra en actividades entonces sí verdaderamente graves para España, a la vez que en París y en Londres templaba su alma y preparaba su mente para asumir las responsabilidades que la patria habría de pedirle en no lejano día. En Europa tuvo entrevistas y adquirió compromisos con ese otro precursor de la independencia que fue el general Francisco Miranda, en connivencia con el acaudalado peruano don José Caro, y aun parece que se entendió con Puyredón, con Rivadavia, con O'Higgins y con Cortés de Madariaga, todos próceres de la emancipación americana, y quizás así contribuyó en la preparación del movimiento que, de manera más o menos simultánea, estalló más tarde en todo el continente. Hizo también gestiones con los gobiernos francés e inglés, sin obtener sino vagas promesas de apoyo para la independencia. Seguiremos encontrando en lo que sigue a esta excelsa cuanto infortunada figura del Precursor, cuyo martirio en esta vez se había de prolongar hasta 1810 con pocos intervalos. MON Y VELARDE EN ANTIOQUIA: Hasta los tiempos de Ezpeleta había sido casi nulo el desarrollo del territorio de lo que hoy constituyen los departamentos de Antioquia y Caldas, no obstante la riqueza de sus suelo y subsuelo, debido entre otras causas a la adjudicación que del dicho territorio se había hecho a unos pocos privilegiados, de lo cual resultaba que nadie quería trabajar ni edificar en terrenos ajenos, prefiriendo los colonos vegetar en la inacción y hasta en la indigencia, estados con lo cuales los habitantes se habían familiarizado; pero llegó el oidor don Juan Antonio Mon y Velarde, enviado por la real audiencia como visitador; con certera vision localizó pronto las causas de la miseria y atraso en que encontró la provincia y sin contemplaciones puso remedio al mal. Al efecto autorizó la ocupación de tierras ya adjudicadas por funcionarios anteriores, movió por todos los medios posibles las fuerzas dormidas de los colonos, les repartió tierras y criaderos de oro, les inculcó el sentido y el amor al trabajo, estimuló la fundación de nuevas poblaciones, creó juntas de agricultura, dotó a los míseros labriegos de herramientas, les repartió semillas introducidas a sus expensas y los puso a trabajar; expidió al mismo tiempo ordenanzas de minería calcadas sobre las mexicanas; sentó el principio que se ha conservado en Antioquia al través del tiempo, que se mirara como delincuente a la persona que no fuera útil a la patria, o que no fuera capaz de procurarse a sí misma la subsistencia. En suma: Mon y Velarde fue creador de la Antioquia actual; lástima grande que su hermosa carrera tuviera la mancha de haber firmado la inicua y atroz sentencia contra Antonio Galán y compañeros. No se hicieron esperar los resultados; con la subdivisión de tierras hasta entonces incultas y montañosas, y de su explotación intensa, surgió una industria agrícola de gran valor, la explotación de yacimientos auríferos se multiplicó y la industria minera ocupó desde entonces el puesto de la primera del país. HUMBOLDT Y BOMPLAND: La situación mediterránea de Santafé, su alejamiento del mar y las dificultades de la navegación del Magdalena, hacían de nuestra capital un lugar de muy difícil acceso para los viajeros; de ahí que revistiera en Santafé el carácter de un acontecimiento notable la llegada de dos hombres de ciencia, de reputación universal; el alemán barón Alejandro de Humboldt y el francés Amadeo Bompland, quienes en viaje de estudios científicos por el continente suramericano, vinieron a Santafé con el fin de conocer a Mutis y visitar la expedición botánica, cuyos trabajos supieron apreciar en su alto valor y sin duda fueron un precioso elemento en los que ellos venían haciendo. Los dos distinguidos viajeros fueron objeto de grandes atenciones de parte de las autoridades y de la sociedad, y después de una permanencia de pocos meses en la ciudad, siguieron a la presidencia de Quito. ANTONIO AMAR Y BORBÓN: Como sucesor de Mendinueta se encargó del gobierno en 1803 y su recepción en Santafé fue hecha con boato inuscitado. Ningún acto suyo lo distinguió como gobernante de importancia, debido sin duda a la grande agitación de la época así en España como en las colonias. Todas las actividades de Amar debieron concretarse al orden público y a mantener para España, durante la crisis que estaba pasando, la posesión y dominio del Nuevo Reino, empresa de suyo difícil en una época en que el mismo monarca no supo conservar el trono. Su conducta observada en el movimiento de julio de 1810 no revela en este mandatario cortedad de ánimo, ni ausencia de carácter, como se ha afirmado siempre por amigos y enemigos como un hecho inconcuso: pues si bien es cierto que Amar no se distinguió precisamente por su energía, hoy se ve claro que en esos días memorables demostró menos miopía que sus sanguinarios coterráneos. Si Morillo hubiera seguido su política, es seguro que España no se viera arrojada tan violentamente del suelo americano. Cupo en suerte a Amar cerrar la lista de los mandatarios coloniales, puesto que ni don Benito Pérez, ni don Juan Montalvo, ni don Juan Sámano, que vinieron después con el título de virreyes, ni morillo mismo, pudieron en ningún momento decir que gobernaban sobre la totalidad del territorio, y el gobierno que ejercieron fue prácticamente como un acto esporádico del expirante poder español. . |