EL FARO DE
ALEJANDRÍA
El faro de Alejandría está considerado como uno de los grandes
avances técnicos de la Antigüedad.
Diseñado por el arquitecto griego Sóstrato
de Cnidos, fue construida entre los años 300 y 280 a.C, en una pequeña
isla ubicada frente a la ciudad de Alejandría, en la desembocadura del
Nilo, donde se encontraba el principal puerto de Egipto. Alrededor del año 285 a.C. el
rey Tolomeo Filadelfo ordenó a
Sóstrato la edificación de una torre en la isla con la finalidad de
servir de guía y señal a los navegantes. Dicha torre, construida en mármol blanco, estaba formada por una base
rectangular que soportaba una superestructura de 135 metros de alto.
Constaba de tres pisos: el
primero cuadrado, el segundo octogonal, y el tercero cilíndrico. Una amplia rampa en espiral conducía a la parte más alta, donde se
mantenía encendida una hoguera, alimentada por madera y resinas, cuyos
resplandores podían divisarse a gran distancia
(unos 50 kilometros), gracias
a que esta sección tenía un revestimiento metálico supuestamente diseñado
por Arquímedes, que hacía posible proyectar la luz a tanta distancia. El faro estaba coronado por una gran estatua que representaba
posiblemente a Alejandro Magno o a Tolomeo I, bajo la forma del dios
Helios (dios del Sol, entre
los griegos) La leyenda cuenta que Sóstrato buscó incansablemente durante
largo tiempo un material resistente al agua del mar, para utilizarlo en la
base, hasta que finalmente construyó la torre sobre un enorme cristal. En la Edad Media, los árabes lo convirtieron en mezquita, pero fue
destruido por un terremoto en 1375. En
1477 el sultán mameluco Qaitbey construyó una fortaleza en el lugar
donde se supone que estuvo ubicado. Su
nombre y fama permanecen aunque nunca se hayan encontrado sus ruinas. Este faro fue triunfo tecnológico que sirvió de modelo para la
construcción de todos los faros posteriores.
Aunque era muy conocido, el faro no apareció en ninguna lista de
las maravillas del mundo hasta el siglo VI d.C.
Las listas anteriores colocaban en su lugar a las murallas de
Babilonia. EL MAUSOLEO DE HALICARNASO Era un sepulcro monumental que mandó a construir Artemisa, reina de Caria, con el fin de que proclamara la fama de su
esposo, el cual había sido gobernador de la provincia persa de Caria
alrededor del 360 a.C. Se dice que tenía unos 50 metros de altura, y 36 columnas de estilo jónico
que sostenían una gran pirámide de 34 escalones coronada por una cuádriga.
Artemisa deseaba que esta tumba fuera la mejor que sus vastas
riquezas pudieran costear, y fue tanto el dinero invertido, que el filósofo
Anaxágoras exclamó: “Cuánto dinero se ha convertido en piedra”. La construcción de este monumento se inició en el año 352, meses después
del fallecimiento del rey, y fue terminada por Hídrico, hermano de Artemisa. En su construcción participaron los más célebres artistas de la
escuela jónica como los arquitectos
Fileas y Sátiros; los escultores Escopas, Timoteo, Briaxis y Leocares,
quienes esculpieron las cuatro fachadas, y el escultor
Pythis, autor de la cuádriga. El sepulcro permaneció intacto hasta el siglo IV d.C., y Plinio lo
describe minuciosamente. En
la Edad Media, época de las primeras invasiones turcas, fue destruido
junto con la ciudad de Halicarnaso; algunos dicen que lo derribó un
terremoto, mientras que otros aseguran que se destruyó debido a las
cruentas batallas que se desarrollaron.
Sobre sus ruinas, los caballeros de Rodas levantaron la fortaleza
de Budrún, con parte de los restos del mausoleo. En 1846, Inglaterra adquirió una docena de trozos del friso, los que se
conservan en el Museo Británico. Las excavaciones realizadas por Charles
Newton entre 1856 y 1859, dejaron descubierto el basamento, permitiendo
darse cuenta de su constitución real. El monumento constaba de tres cuerpos:
el basamento, que encerraba la cámara funeraria, sobre ésta, una
especie de templo rectangular rodeado poe las 36 columnas mencionadas
anteriormente, acompañadas de otras tantas estatuas de héroes y leones;
con pinturas al fresco y frisos esculpidos en las cuatro fachadas.
Sobre el templo se levantaba la pirámide rematada por la cuádriga,
que llevaba las estatuas de Mausolo y Artemisa. La construcción estaba ubicada en la ciudad de Halicarnaso, hoy
Turquía, en la falda de una colina semicircular y rodeada de una gran
explanada cuadrada, a la que se ascendía por escaleras y rampas, y desde
la que se dominaba el mar y el ágora de la ciudad. Por analogía, los romanos dieron el nombre de mausoleo a las sepulturas
suntuosas, pero el nombre de este magnífico sepulcro de orden jónico
erigido al rey de Caria, ha pasado a ser genérico para designar todo
monumento sepulcral, ya sea aislado y formando una construcción más o
menos importante, erigido en los cementerios, iglesias o vías públicas,
como a aquellos que están adosados a un muro, o al pórtico de una
capilla. Estos reproducen en
piedra, mármol o bronce la exposición del cadáver durante los
funerales, y se componen de un lecho fúnebre sobre un basamento, cubierto
por un dosel o baldaquino, y con estatuas, símbolos y decoraciones
arquitectónicas. EL COLOSO DE RODAS De acuerdo con los historiadores, hubo
una época en que la antigua Rodas, isla del mar Egeo, era un emporio de
riquezas. Como muestra de
ello, se calcula que había 3.000 estatuas, de las cuales unas cien eran
de gigantes proporciones. Sin
embargo, la más famosa de todas era la del Coloso de Rodas, la que según
se dice, tenía alrededor de 45 metros de alto
(algunos dicen que en realidad medía 320 metros)
y pesaba 70 toneladas aproximadamente. Esta enorme figura de bronce y hierro de un hombre joven, representaba al
dios Helios, divinidad
nacional de los rodios, quien sostenía en su mano derecha una
antorcha, permanentemente encendida; y sus pies, apoyados en dos enormes
pedestales construidos con barras de hierro, y con un peso de 7 toneladas
y media cada una, formaban la entrada del puerto de Rodas.
Se dice que por entre sus piernas, pasaban las naves. La tradición cuenta que los habitantes de Rodas decidieron construir
esta estatua del dios que los había protegido y guiado hasta obtener la
victoria en el siglo cuarto antes de Cristo, cuando lucharon contra
Demetrio Poliorcetes, rey de Macedonia.
Éste, tras un largo e infructuoso sitio de la isla, había sido
forzado a rendirse. Se dice también que los habitantes utilizaron armas obtenidas como botín
de guerra y todo lo que sus enemigos tenían de valor, con el fin de
construir la estatua. El escultor Cares de Lindo,
discípulo de Lisipo, comenzó el trabajo en el año 291, y doce años
después, el enorme proyecto estuvo terminado.
Sin embargo, sólo estuvo en pie durante cincuenta años, ya que un
terrible terremoto sacudió la isla y sepultó la colosal estatua en el océano,
dejando nada más algunas partes de los enormes pies sobre los pedestales. En el año 653 d.C., cuando los árabes conquistaron Rodas,
vendieron lo que quedaba de él como chatarra, la cual fue cargada en
novecientos camellos. Nadie sabe exactamente cómo lucía el coloso, pero según los
historiadores, tenía un porte agresivo, temible, con furia divina y exhibía
sus partes íntimas de una forma exageradamente ostensible, como símbolo
de poderío y fuerza. Ésta
ha sido una de las razones principales por la que no se ha conseguido la
autorización para reconstruir la estatua. Además de ser un elemento decorativo impresionante, la luz que emanaba
de la antorcha del coloso, indicaba a los marineros la cercanía de la
isla, por lo que hacía al
mismo tiempo las veces de faro. De
su nombre proviene la expresión popular colosal. LOS
JARDINES COLGANTES DE BABILONIA
Entre los años 605 y 562 a.C., Nabucodonosor,
rey de Babilonia, ordenó que construyeran unas enormes murallas que
resguardaran el palacio, edificadas de tal forma que parecieran montañas,
y ahí se plantaron todo tipo de árboles.
A petición de su esposa Anytis, también mandó a construir unos
jardines maravillosos porque ella extrañaba las montañas y el verdor de
Media, su país natal. Estos jardines, son los mismos que describe el escritor judío
Flavio Josefo (37-100 d.C.)
y que los llama: Jardines Colgantes de Semíramis.
Sin embargo, Semíramis, quien según los historiadores era una
mujer que poseía poderes sobrenaturales, nunca fue la esposa de
Nabucodonosor. Evidentemente, no fue hasta mucho tiempo después de construidos
los jardines, que la legendaria figura se Semíramis, reina de Asiria, y
no de Babilonia, fue conectada incidentalmente con esta construcción
planeada por la esposa de Nabucodonosor. Cuando el arqueólogo alemán Robert Koldewey comenzó a excavar
Babilonia en 1899, encontró en la esquina noreste de la ciudad, una
construcción en terrazas, tal como la describían los antepasados. Sin embargo, Koldewey nunca se tomó en serio la idea de que
estaba ante las bases de lo que había sido una de las más importantes
obras de la Antigüedad, y se obviaron las investigaciones; por esta
causa, nunca se pudo obtener información cierta y detallada de los
jardines, ya que la erosión y los restantes trabajos, borrarón los pocos
restos que quedaban. En realidad, los jardines nunca fueron colgantes, este nombre se les dio
debido a un error en la traducción de
la palabra latina penisilis, que
si bien es cierto significa colgante,
también significa similar a
balcones. Es fácil entender que un oasis florido en el clima desértico de Babilonia, causara una impresión tan grande, mucho más que la misma Torre de Babel, la cual nunca fue considerada como una maravilla, aunque arquitectónicamente debío haber sido más imponente que los jardines. Las primeras noticias de los famosísimos jardines, las encontramos
en los escritos de Beroso, quien los describe como enormes terrazas de
ladrillo de aproximadamente 120 metros cuadrados, y de 23 metros de alto.
La irrigación se hacía a través de una intrincada red que traía
el agua directamente desde el río Éufrates. Geográficamente, Babilonia estaba ubicada bastante cerca de la
moderna ciudad de Bagdad en la república de Iraq.
Según los relatos de infinidad de escritores, estos jardines
estaban dispuestos en cinco terrazas superpuestas, en forma de pirámide,
sostenidas por arcos, sembradas de árboles y flores de todo tipo. Las terrazas estaban techadas con materiales como carrizo, betún y
plomo, para impermeabilizarlas y que el agua del riego no se filtrara a
través de ellas. Las paredes
que las sostenían eran lo suficientemente anchas como para permitir que
dos coches de la época, circularan alrededor de todo el palacio. EL TEMPLO DE DIANA EN ÉFESO Esta magnífica obra del arte y la creación universal fue
construida en la ciudad griega de Éfeso, situada en la costa oriental de
la actual Turquía. Creso, rey de
Lidia del 560-546 a.C. ordenó su edificación hacia el año 550, y la
dedicó a la diosa Artemisa
(Diana para los romanos).
Plinio lo describe como un templo de 240 por 463 pies, con 127
pilares, de los cuales 36 estaban decorados con bajorrelieves. Por muchísimo tiempo, se pensó que esta
descripción de Plinio era una exageración.
Pero tras siete largos años de búsqueda, el ingeniero inglés J.T
Wood encontró el lugar donde se encontraba el templo, que es donde
actualmente se encuentra Ayasoluk. Este templo realmente debe haber sido una maravilla del mundo.
Fue diseñado por el arquitecto Jesifrón y su hijo Metagenes. Según Jacobo Bruckhardt, estaba orientado de Este a Oeste, y
su belleza no debe haber tenido paralelo en la historia. En el 356 a.C. fue incendiado por un fanático religioso llamado Eróstrato,
quien pretendía alcanzar fama inmortal.
Dinócrates mandó a reedificarlo, con el fin de continuar honrando
a la diosa en el mismo sitio donde lo habían hecho los antepasados, pero
en el 262 d.C., fue completamente saqueado y destruido por los godos, y
demolido en el siglo V. De estilo jónico, fue famoso no sólo por sus grandes dimensiones, sino
también por las magníficas obras de arte que lo adornaban.
La mayoría de los fragmentos que aún se conservan, se encuentran
en el Museo Británico de Londres. Las excavaciones han revelado trazas de ambos templos, el de Creso, y el
reconstruido en el siglo IV, además de tres templos anteriores más pequeños. Las copias que se han conservado de la famosa Estatua de Artemisa, muestran a la divinidad de pie, rígida y con
las manos extendidas. La
estatua original era de oro, plata y piedra negra; y tenía las piernas y
caderas recubiertas con un manto decorado con relieves de animales y
abejas, y la cabeza engalanada con un tocado de forma piramidal. Tenía 160 columnas de mármol de Paros, de 18 metros de alto, que sostenían
el techo, las cuales estaban colocadas en dos hileras, dejando un espacio
libre entre ellas. Excepto el
techo, que estaba cubierto por láminas de madera, toda la edificaión
estaba hecha de mármol. Dicho
templo guardaba algunas de las mejores muestras del arte griego, entre las
que se encontraban algunas obras de Fidias y Praxiteles, y pinturas de
Apeles y Parrasio. Definitivamente,
se trataba del más grande y complicado de los templos griegos y el de más
perfecto estilo jónico. ESTATUA DE ZEUS EN OLIMPIA
Muy poco se conoce acerca de la apariencia de la más famosa de las
estatuas de la Antigüedad:
la que representaba a Zeus y que
se encontraba en un templo construido en la ciudad griega de Olimpia,
situada al oeste de Grecia. La ropa y ornamentos eran de oro, la piel estaba tallada en marfil, y
contenía detalles realizados en ébano, y estaba ricamente decorada con
piedras preciosas. Se dice
que medía 14 metros de alto. En
la mano derecha sostenía una pequeña estatuilla de Niké
(la Victoria), su mensajera, y en la mono izquierda tenía un cetro
con un águila. La imagen aparecía sentada en
un trono de cedro, adornado con ébano, cristal y piedras preciosas.
Frente a ella y para evitar que las personas se acercaran
demasiado, había una enorme vasija de piedra de color azul profundo,
llena de aceite, que al mismo tiempo la protegía de la humedad del aire
de Olimpia. Los griegos consideraban una desgracia no haber visto esta
maravilla de su arte “Una visita a Zeus podía
transportar al paraíso a la más insensible de las criaturas”
dice Crisóstomo. La estatua de Zeus fue el último trabajo
del gran escultor griego Fidias,
y fue a su vez uno de los primeros trabajos elaborados en ese estilo, al
que pertenece también la Estatua de Atenea Parthenos, de la Acrópolis. La única referencia real que se tenía, era la reproducción de la
imagen en las monedas de la época, pero en 1955, se descubrieron algunos
de sus restos. Según la tradición, cuando la obra estuvo concluida, Zeus lanzó un
rayo desde el Monte Olimpo, como señal de aprobación por la calidad y
belleza del trabajo. La
estatua se hizo famosa en la Antigüedad por la majestuosidad y divinidad
que irradiaba. El descubrimiento, en 1950, del taller de Fidias cerca del recinto
sagrado de Zeus, confirmó la fecha de la construcción de la escultura,
ubicándola en el año 430 a.C. Aproximadamente. El templo fue destruido en 426 d.C. y la estatua pudo haber desaparecido
entonces, o en un incendio ocurrido en Constantinopla cincuenta años
después. No se ha conservado
ninguna copia, y se conoce únicamente por las descripciones literarias y
por el grabado de las monedas. LAS PIRÁMIDES
DE EGIPTO
Hay un proverbio árabe que dice:
“El tiempo lo destruye
todo, pero las pirámides destruyen
el tiempo”. Y la más
antigua de las maravillas del mundo:
el conjunto de las tres pirámides de Giza, es la única que se
conserva íntegra. Hace aprox. 4.500 años se edificaron las tres grandes pirámides de
Giza. Su construcción demoró
100 años, entre el 2650 al 2550 a.C. y fueron mandadas a levantar por
tres reyes de la cuarta dinastía egipcia, que deseaban dejar su nombre
grabado para la posteridad. Ellos
fueron Keops, Kefrén y Micerinos,
y en su honor, cada una de las pirámides conserva el nombre de su gestor. Los más detallados informes acerca de cómo fue llevada a cabo esta
monumental obra proceden de
Herodoto “El Padre de la
Historia”. En el año
450 a.C. él visitó Egipto y aprendió de los sacerdotes, infinidad de
detalles que luego escribiría para la posteridad y que han influido en
gran medida en el desarrollo del pensamiento moderno. “Primero se construyó un camino”, escribió Herodoto cuando se refería
a la construcción de la pirámide de Keops,
“A través del cual se transportaron las enormes piedras desde
las montañas de Libia, hasta el Nilo”.
Este trabajo preparatorio tomó diez años.
Al mismo tiempo, se excavaba la cámara mortuoria. La actual pirámide de Keops, de acuerdo con Herodoto, fue
edificada en veinte años. Cien
mil personas trabajaron en la construcción, pero por un periodo de sólo
tres meses cada año, presumiblemente al mismo tiempo que las crecidas del
Nilo paralizaban los trabajos en las zonas bajas. Rampas de piedra suelta, troncos de árboles y un sistema de palancas y
poleas fueron utilizados par transportar más de dos millones de bloques
de piedra sólida. “La
cantidad pagada por rábanos, cebollas y ajos fue escrita para la
posteridad en las paredes de cada una de las pirámides, y si lo recuerdo
correctamente, vi escrito que el costo fue de 1.600 talentos”, añade
Herodoto. Paul Riepel, quien hizo un exhaustivo estudio acerca de las pirámides,
la historia de su construcción y el misticismo numérico asociado con
ellas, calculó que la fuerza de trabajo debió haber sido de cien mil
personas y el tiempo de construcción de veinte periodos de tres meses, ya
que con la ayuda de herramientas tan rudimentarias, el rendimiento
individual debía ser muy bajo. Esto
significa que Herodoto nunca exageró al narrar los hechos del Antiguo
Egipto. La idea popular de que la fuerza laboral estaba básicamente constituida
por esclavos ha perdido bastante credibilidad.
Es posible que tuvieran unos cuatro u ocho mil de ellos viviendo en
algún tipo de edificación cercana a la construcción, pero no más. De aquí de que la construcción
de las pirámides fue el marco donde se llevó a cao una de las más
grandes explotaciones laborales de la humanidad ha ido cambiando
gradualmente; y lo más probable es que los hombres que trabajaron en la
edificación fueran ciudadanos de todas las clases sociales que donaban su
tiempo y se sentían felices de participar en el levantamiento de un
templo de esas proporciones. El diseño se atribuye a Imothep,
el mejor arquitecto e ingeniero de
la época, y su ejecución manifiesta además que los egipcios tenían
profundos conocimientos matemáticos, con los que pudieron calcular a la
perfección la altura y el grado de inclinación de las pirámides. La gran pirámide de Keops es
la mayor de todas las construidas por los egipcios.
Está formada por 2.300.000 bloque de piedra caliza que pesan cerca
de dos toneladas y media cada una, y se encuentra ubicada al norte de las
otras. La longitud de cada
uno de los lados de su base es de 230 metros, y originalmente tenía una
altura de 160 metros, aunque debido a la erosión, actualmente mide sólo
146 metros. En el interior del monumento hay una galería de 52 metros que conduce a
las llamadas “cámaras
sepulcrales”, la cual también fue cerrada con grandes bloques de
piedra. En su origen, todas
las pirámides tenían un pulido revestimiento exterior que hoy ha
desaparecido casi por completo. La pirámide situada al medio fue construida por Kefrén, cuarto rey de
la misma dinastía, y la que está más al sur es la de Micerinos, el
sexto rey de la cuarta dinastía. Ésta
conserva aún un hermoso revestimiento de piedra dura. Las tres pirámides fueron saqueadas en la Antigüedad y la mayor parte
de su contenido se ha perdido. Cada
una de ellas contaba con un templo anexo para el culto del monarca
divinizado, y una avenida monumental que conducía a otro templo público
situado en el cercano valle del Nilo. Al lado de cada pirámide había una o más pirámides de pequeñas
dimensiones para enterrar allí a los miembros de la familia real. Al sur de la gran pirámide de Keops se encuentra la famosa Esfinge. Tallada en un bloque de piedra caliza, tiene los rasgos
faciales del rey Kefrén, y el cuerpo de un león recostado. Alrededor de las tres pirámides se extienden campos inmensos
de túmulos, en forma de pirámide trunca, llamados mastabas, que utilizaban para enterrar a los altos funcionarios del
Estado. Hoy toda la zona monumental de Giza aparece ante la vista de los
visitantes completamente al descubierto, como en la época de los faraones
de la cuarta y quinta dinastía. Sin
embargo, hasta hace poco tiempo relativamente, las caravanas de beduinos y
mercaderes árabes que recorrían el desierto acompañados de los camellos
de carga, sólo veían la inmensa cabeza de la Esfinge y las puntas de las
pirámides que se marcaban en el cielo como si nacieran de la misma arena. Este paisaje tan excepcional sirvió de inspiración para infinidad
de leyendas que aparecen en libros de todas las culturas, y sobre todo en Las
mil y una noches. El mérito del descubrimiento y
de la revalorización de los monumentos del Antiguo Egipto se debe a los
arqueólogos franceses, que llegaron a Egipto en 1798 con el ejército
napoleónico. Tiempo atrás,
se creía que dentro y fuera de
las pirámides no había ninguna inscripción; pero entre 1880 y 1881, las
excavaciones llevadas a cabo por el arqueólogo francés Mariette,
pusieron al descubierto que en el interior de éstas, existen grabaciones
de breves fórmulas fragmentarias de carácter mágico-religioso, llamadas
textos de las pirámides, y que debían servir al difunto para conquistar
un lugar entre los dioses. Los templos y la pirámide de Micerinos son de dimensiones mucho menores
que las de Keops y Kefrén. La
altura de la pirámide es de 65 metros y cada lado de la base mide 105
metros aproximadamente. Pero
mientras los otros se habían conformado con utilizar piedra calcárea en
la construcción, este soberano prefirió utilizar granito rojo traído
desde Assuán, con el que construyó toda la estructura y el
revestimiento. Pero su muerte prematura abligó a sus súbditos a terminar la pirámide con ladrillos crudos. Su esposa, Khamereznethy, tuvo también su propia pirámide revestida en granito, además de un pequeño pero bello templo funerario. Las tres grandes pirámides y la Esfinge han revelado muchos de sus
secretos, pero aún los estudiosos tienen por delante una ardua tarea para
terminar de descifrar todos los simbolismos encerrados en estas imponentes
construcciones. Lo poco que
queda de los tesoros que acumulaban, se encuentra en el Museo de El Cairo,
que encierra además de las escasas riquezas de los faraones, sus cuerpos
momificados. En Giza sólo queda un pálido vestigio de un pasado impresionante, y despojadas de sus valores, las tres grandes pirámides que fueron y continúan siendo una de las Siete maravillas del mundo. . |