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Este es un texto que un amigo encontró en Internet y puede darnos
un enfoque de lo que pasa o hay en el periodismo en América Latina. Chequenlo a ver que les parece, abajo viene el correo y
la página de donde fue extraído.
Un pensador es, además de aquel que presenta una cuestión
capital, la trata, en extensión y hondura, rigurosa e intensamente, aquel que
promueve, desde una acción cotidiana y permanente, coherente y comprometida,
entre el pensar y el hacer, la reflexión. |
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Periodismo y filosofía
Un ejemplo latinoamericano
(...)... Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo.
Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos
en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño,
en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad.
Jorge
Luis Borges
La música, interpretada con criterio y sensibilidad, a
la vez que percibida con atención y apertura espiritual, favorece el diálogo,
en diversos y sutiles planos, entre la persona y su momento de vida.
Así, un réquiem es, al tiempo que una música especialmente dedicada al
recuerdo, con respeto y nobleza de sentimiento, por lo ido, la renovación de un
espíritu que busca en el acto mismo, tanto el evocar como el preparar, tanto a
sí mismo como al otro, para que lo humano en el hombre, como es este el caso,
cobre mayor jerarquía y espacio en el diario existir de nuestros pueblos.
Por ende, el comentar la obra “Réquiem por un país perdido” , del escritor
argentino Tomás Eloy Martínez, la cual recopila artículos, ensayos y
conferencias, publicados y dictadas entre los años 1984 y 2003, se inscribe, y
cobra trascendencia, en el tuteo de dos actividades esenciales al espíritu: el
periodismo y la filosofía.
Un pensador es, además de aquel que presenta una cuestión capital, la trata, en
extensión y hondura, rigurosa e intensamente, aquel que promueve, desde una
acción cotidiana y permanente, coherente y comprometida, entre el pensar y el
hacer, la reflexión. Aquel quien, asimismo, invita a la modestia y abunda en
consideraciones existenciales que realzan lo humano en el hombre, aquello que
lo diferencia, para bien, de su animalidad. Luego, el señor Tomás Eloy Martínez
es un pensador. Y, además, latinoamericano, lo que hace de su pensar, un pensar
sobre lo concreto. Reflexión que se nutre, en tanto toma para sí, la
consideración de los grandes problemas del diario vivir de nuestras gentes,
como ya hemos expuesto desde este mismo ámbito de difusión de las ideas .
I – El lugar y la mirada
(...) Y en esta insistencia se nos ofrece una filosofía,
tal y como la proponía Alberdi,
si no ya de nuestra industria y riqueza, sí de nuestra política.
Leopoldo Zea
A lo largo de la obra, reafirma tanto su condición de argentino cuanto su
origen tucumano sin que por ello no se permita ver y explicar el mundo en lo
abierto de la consideración humana desde una vertiente americanista proclive a
la consideración del otro desde la asunción de una responsabilidad personal y
colectiva, a todas luces ineludible (extremo que es dable constartar,
por ejemplo, en La luz y la oscuridad, Pág. 213).
Prosiguiendo nuestro estudio, hallamos en El país imaginario (Pág. 27), cómo
deja en claro lo último, al advertir que el hombre sigue estando en el centro
de toda ilusión geográfica, pero es una figura excluida, una vez que toda
ilusión geográfica, toda demarcación del hombre, basada en el expansionismo de
su pretendida propiedad –otro nombre del etnocentrismo de quien lo promueve-,
que no se asiente en una construcción histórica coherente y consensuada con los
otros, puede ser, a no dudar, patética.
Si bien, no por ello excluye -todo lo contrario, reafirma- su propia
pertenencia a una tierra y a su gente, desde el llamado “Jardín de la Patria”,
esa ciudad de Tucumán que visitáramos en nuestra temprana adolescencia y que,
además de su gente, hospitalaria, y de su tierra, plena de paisajes y aromas
envolventes, traza una profunda huella americanista de la mano de prohombres
como, por ejemplo, el constructor cívico Juan Bautista Alberdi.
Así lo atestigua en diversos pasajes, pudiendo citar, por ejemplo, La sangre menemista (Pág. 159), como, y especialmente, Tucumán arde
(Pág. 219) donde establece cuánta disparidad hubo y hay a lo largo de la
historia entre el norte argentino, que comprende a Tucumán, con la pampa
húmeda, a saber, y en particular, la propia Buenos Aires, sin que por ello
desconozca, e incluso denuncie fuertemente, las miserias también presentes en
algunas figuras, o debiera decir: figurones, incluso de su tierra natal;
recordando las peripecias de un siniestro capitoste lugareño cuyo nombre
mancharía esta salutación al espíritu libre del hombre pero que Martínez, una y
otra vez, denuncia, marca y demuestra como claro ejemplo de lo que no debe
progresar en la persona humana. Y lo hace con brillantez no exenta de
compromiso que, en este momento, agosto de 2005, lo tiene por tribunales al
denunciarlo tal sujeto en una extrema forma de debilidad al no poder
contraponer con nuestro pensador razones ética e históricamente valederas.
O incluso, cuando en Un país sin guettos (Pág. 245),
además de recordar que la Argentina se fundó como un acto de fe en el hombre,
para lo cual ofrece una admirable frase del propio Alberdi (La riqueza no
reside en el suelo ni en el clima. El territorio de la riqueza es el hombre
mismo) denuncia los actos de segregación, a los que denomina, con razón, las
semillas de una barbarie que se asientan entre las gentes y van
empobreciéndolas, al enquistarse hasta producir una irrealidad que luego
deviene en la no aceptación ni comprensión, digámoslo, de la propia realidad
que les –nos- rodea.
No quiero dejar de mencionar, en esta síntesis de lo que a historia y
geografía, refiere la obra estudiada, marca, Tomás Eloy Martínez, con acento,
cual es la marca, dolorosa y aun abierta que deja la pobreza en la propia
cultura de los pueblos.
Así, en el magistral ensayo Una civilización de la barbarie (Pág. 57), al que
volveremos más adelante, nos dice que esta misma “pobreza ha engendrado también
una provincianización de la cultura” (Pág, 73) Y agrega: “Al anestesiar durante décadas la
sensibilidad cultural del país, los regímenes militares produjeron también un
raro proceso de aislamiento mental” (Pág. 74).
Nuestra América Latina, tantas veces negada, incluso en la pertenencia de los
nuestros, desde sus orígenes, a la misma; algo que se puede percibir en países
como el Uruguay y la Argentina, lugares que, convengamos que antes más que
ahora, creían ciertas personas que éramos la “Europa trasplantada”, negando –
que en sí es renegar- tanto la historia como el propio origen, marcado, por
ejemplo, en la sangre de nuestros pueblos.
Hablo de nuestra condición amerindia. Hoy, se sabe, fehaciente y
científicamente que, por ejemplo, la Argentina, como presumiblemente también el
Uruguay -recordando la prédica del pedagogo y pensador uruguayo Amílcar Vasconcellos-, tiene en
su gente, la presencia de un 60 por ciento de antecedentes indígenas,
comprobado desde la técnica de la “genética de poblaciones”
II – Oficio y sentido
La libertad es la condición ontológica de la ética.
Pero la ética es la forma reflexiva que adopta la libertad.
Michel Foucault
Todo hombre que se precie de ser libre, y esto un periodista debiera saberlo
bien, debe estar al descampado para poder denunciar, con propiedad moral, sobre
la obsecuencia de unos y la prepotencia de otros.
Cuando en el citado ensayo Una civilización de la barbarie, Martínez manifiesta
que a la salida de la última dictadura argentina e “instaurarse la democracia,
prosperó la idea de que toda la comunidad era inocente porque, para sobrevivir,
no tuvo otro recurso que asentir, callar y, en algunos casos ser cómplice del
régimen” (Pág.65). Denunciando luego, la complacencia, a veces por la propia
inacción, es decir, la autocensura, desde la queda de una responsabildad
inherente a la condición humana, de algunos. Dice, así que: “Todos los medios
fueron sometidos a censura previa. Ninguno, ni aun los más liberales,
protestaron por eso ante la Sociedad Interamericana de Prensa u otros canales
establecidos para la protección de los empresarios” (Pág. 66). Grave denuncia
que lejos de perderse en el texto, se comprende con otras manifestaciones que
acrecientan a la vez que robustecen la prédica de un hombre digno que a su vez,
sufrió persecución y debió exiliarse ante la amenaza, cierta, de muerte, por
parte de lo oscuro de aquel entonces en su país- en su caso, la AAA-, que poco a poco seguiría propagándose, con otros
signos, con otras vestimentas, pero con igual intención necrofílica
y siniestra, por la región.
Dice, a renglón seguido, que: “La prensa cayó en una terrible trampa al admitir
que la Junta Militar, oficialmente constituida para reprimir, le dictara lo que
debía o no debía informar a la comunidad civil. Los voceros de la civilización
aceptaron desde el principio dictámenes que correspondían a la barbarie.”
Periodismo que, admitámoslo, da ejemplos de dignidad, como el aquí tratado, y
de genuflexión y demagogia, en otros casos, como, por ejemplo, en aquel joven
que, amparado en el esquema de gobierno de una dictadura, impartiera discursos
a los estudiantes y gremialistas presos, en la década de los 60. Hablamos, claro
está, de la Argentina, en la época del tristemente recordado Onganía, y que luego, ya mayorcito, pretendiera ser, y
continúa bregando en tal sentido, portavoz de la conciencia cuando tan solo
proyecta el sentir de la sin razón junto con la miseria del corporativismo
ramplón, tan presente, aunque duela decirlo, en nuestras sociedades.
Así, pues, cara y contracara de una acción que, como
la del periodista, dice relación del grado de dignidad que un pueblo se da a sí
mismo, toda vez que la voz de la conciencia, aquí recordada, desde una base
argumental sustentada en la experiencia, comprobada y aquilatada de un
ciudadano de nuestra América, cobra sentido y trascendencia en la vida de
nuestras gentes.
Ese hombre y esa mujer de a pie, para quienes, recordémoslo, no hay extranjeros
y sí, como suele decirse por estos lares, “el recién
llegado”. Gentes que enseñan, desde una hospitalidad que dice de lo abierto de
su espíritu, cuán digna y hermosa puede ser la vida en tanto se viva con altura
humana en defensa del otro, del diferente, comprendiéndolo en nuestra
circunstancia de vida.
Esa gente, tantas veces denostada, esos que unos llaman “oscuritos” y vaya uno
a saber cuántos motes más emplean para denostarlos, olvidándose, a su vez, de
cuán mestiza es la tan ansiada Europa.
Esos, hombres y esas mujeres que, en verdad, y desde la lacerante realidad de
sus vidas cotidianas son quienes demuestran que la ética es posible. Porque en
tanto haya voluntad de dar y escuchar, las miserias de nuestra condición humana
irán perdiendo lugar y sustancia donde cobijarse.
III- Odio, desarraigo e impunidad
(...) La esperanza que atribuyo al testigo moral es más bien sobria:
la esperanza en que, en otro lugar y en otro tiempo,
existirá una comunidad moral que prestará oídos a su testimonio.
Avishai Margalit
“No somos inocentes”, manifiesta Tomás Eloy Martínez en el artículo Por una
país sin guettos (Pág. 245), en una cuestión que, de
una u otra forma, está presente en toda la obra siendo ésta, entonces, la de
una conciencia que pide ser escuchada.
Así y en ese mismo escrito, alega que “la Argentina lleva sobre las espaldas
una larga historia de espantos antisemitas que no está de más evocar” Previo a
esto, refiriéndose al atentado perpetrado a la AMIA, aun hoy sin esclarecer,
afirma que: “Hay entre nosotros una larga historia de silencios, una tenaz
resignación ante fatalidades inaceptables que desembocan, como ya nos ha
sucedido, en dictaduras de pesadilla o en atentados abominables”.
Pero dice más y, entiéndaseme, mejor, puesto que si bien tal atentado fue
horrible, inexcusable y mayúsculo, es, también y especialmente, consecuencia de
una larga cadena de manifestaciones racistas que, como denuncia Martínez,
“además de esclarecer el inmenso crimen del 18 de julio de 1994, hace falta
esclarecer los pequeños crímenes de omisión o los silencios de conciencia en
los que incurrimos todos los días”.
Cita, a continuación, a Emmanuel Levinas, principal
exponente de la filosofía de la alteridad que, desde su obra mayor Totalidad e
infinito, por ejemplo, enseñara tanto y tan bien sobre el compromiso y la
responsabilidad inherentes a nuestra esencia humana que debe ser convalidado en
las pequeñas acciones de nuestro existir. Y lo menciona, para recordar, y
recordarnos, que “el hombre es hombre (y no animal u oscura especie
desconocida) porque tiene conciencia de la muerte y porque no puede anular su
responsabilidad por el prójimo. Sin esa responsabilidad no somos personas. Sin
esa responsabilidad no hay ser.” A lo que, poco después, añade: “Sobre nuestra
historia reciente pesan ya demasiadas cicatrices como para admitir otra. Una
nación donde hay sectores de la sociedad que deben vivir en ghettos para
protegerse o para salvarse, no es una nación en serio: delata un Estado
impotente, una población cómplice o insensible, una inseguridad asesina”. Sin
más, Martínez, en este como en otros pasajes de la obra aquí tratada, expone
las heces de una comunidad –podría yo decir, por extensión, de toda comunidad,
sea esta argentina, como uruguaya o la que fuere- en busca de una cura o, si lo
prefieren, de una adecuación a condiciones de existencia donde impere el
respeto al otro, que sólo vendrá cuando nos animemos a asumir nuestras propias
e inocultables miserias. Y las superemos.
Quiero aquí recordar al filósofo Theodor Wiesengrund Adorno, con su imperativo categórico: “Nunca
más Auschwitz”, que desde entonces ha pasado a ser
nuestro, de cada uno de nosotros. Deber y meta de toda persona humana.
IV –Las líneas de nuestro rostro
(...) Yo parto al encuentro del que soy,del
que ya empieza a ser,
mi descendiente y antepasado, mi padre y mi hijo,mi
desemejante.
El hombre empieza donde muere. Voy a mi nacimiento.
Octavio Paz
Pero, ¿cómo somos en verdad? Se cuestiona Tomás Eloy Martínez, específica, pero
no únicamente, en el artículo In fraganti (Pág.371) con esta frase inicial:
“Rara vez somos ante la gente lo que de verdad somos. Nos representamos, de
modo parecido a como las ropas representan nuestro cuerpo.”
Martínez, más adelante, menciona que por el año 1978, los comandantes de la
dictadura, “encarcelaban a quienes traían el libreto musical en sus valijas”,
refiriéndose al musical de Broadway “Evita”, en un
artículo escrito en el año 1996, “y que, desde entonces, el temor no se ha
disipado. Ni siquiera ante sí mismos los hombres son lo que son”, reflexiona el
pensador argentino. “Tienen las profundidades llenas de pensamientos que nunca
se atreverán a expresar, de ideas que quisieran llevar adelante pero dejan para
otro día, de historias que hubieran querido vivir y no supieron.”
Atreverse. Ni más ni menos, un desafío para toda persona que pretenda llevar
una existencia digna y plena de sentido.
En El próximo tren se ha ido (Pág.393), narra la historia de una familia y sus
vicisitudes, afincados en un asentamiento, el hombre con su mujer y sus dos
hijos, historia que fuera divulgada en la revista The
Atlantic –quiero mencionar que tal artículo fue
escrito en un inglés erudito y claro- y que mereciera toda una investigación
posterior, habida cuenta del interés de los lectores a la par que el
descreimiento que la narración no fuera producto de su imaginación
. Historia ésta que es un ejemplo más, en una época tan tumultuosa como
la de la hiperinflación en la Argentina, de la desesperanza que se instala en
el ser humano cuando se ve, sistemáticamente, despojado de todo atisbo tanto de
realización cuanto de respeto y consideración.
V – Un presente activo
No es en las tablas de la fórmula, no es en las ceremonias del rito,
Ni en la letra del programa, ni en la tela de la bandera, ni en las piedras del
templo, ni en los preceptos de la cátedra, donde la idea está viva y da su flor
y su fruto. Vive, florece y fructifica la idea, realiza la fuerza y virtud que
tiene en sí, desempeña su ley, llega a su término y se transforma y da de sí
nuevas ideas, mientras se nutre en la profundidad de la conciencia individual;
expuesta, como la nave lo está al golpe de las olas, a los embates de la vida
interior de cada uno: libremente entregada a las operaciones de nuestro entendimiento,
a los hervores de nuestro corazón, a los filos de nuestra experiencia; como
entretejida e identificada con la viva urdimbre del alma.
José Enrique Rodó
En suma, ya próximo al final de esta pretendida síntesis de una obra que,
indudablemente, debe merecer la atención serena de todo aquel que esté
interesado por la cuestión de la dignidad humana, incursionaré en unos pocos
ejemplos más de tal testimonio de vida.
Dice Tomás Eloy Martínez en Los nuevos mesías (Pág. 203) que: “Siempre a la especie humana le ha
costado mucho admitir que también adentro, en la propia familia, puede estar el
infierno”. Algo que, si nos atrevemos -vuelta a conjugar un verbo esencial-
habremos de hallar, ciertamente, en nuestra personal como colectiva
circunstancia de vida.
Y añade, poco después: “Estamos rodeados de falsos mesías
y no los vemos. Como no los vemos, no sabemos cómo defendernos de sus
agresiones fanáticas y ciegas. ¿Qué quiere un mesías?
En última instancia, lo único que quiere es sentir su poder”. Y en nosotros está,
en mí como en usted, el precavernos de estos agoreros de lo oscuro. Y el modo
más certero de hacerlo es, una vez más sea dicho, el asumir nuestra propia
responsabilidad en el concierto de esta vida que no admite dar vuelta la cara
ni menos aun silenciar nuestra conciencia, toda vez que nos permitamos, en el
ejercicio permanente de un diálogo enriquecedor que se produce en nuestra
interioridad entre conciencia psicológica y conciencia moral, es decir, entre
el intelecto y el discernimiento, ser personas y no tan solo, bípedos sin
criterio humano.
Luego, nuestro pensador, se cuestiona y responde hacia el final del artículo
Diálogo de sordos (Pág. 251): “¿Para qué sirve un intelectual ahora, entonces,
en medio de tanto páramo?”, pregunta, en un contexto como el de la Argentina de
1997, y la caída ostensible y alarmante en el nivel de lectura, habida cuenta
de la “discusión frívola” impuesta, en los hechos, por el ex presidente Carlos Menem.
A lo que responde: “Sirve de mucho. Sirve para que los argentinos”, si ustedes
prefieren coloquen aquí sus respectivas nacionalidades o, quizá, coloquemos
todos juntos: los americanos del Sur –como nos llamara aquel hombre preclaro,
llamado José Gervasio Artigas, que supo atisbar la Patria Grande, desde su
concepción en aquella hora en la génesis de nuestros pueblos.
A lo que añade: “sigamos pensándonos como proyecto, como utopía, como comunidad
que puede construirse y organizarse aun a espaldas del poder, contra la ceguera
y la sordera del poder.” Y, por favor, prestemos especial atención a esta
frase: “Aunque nadie oiga, el deber del intelectual es pensar y hablar. Para
hablar hace falta valor, y para tener valor hace falta tener valores. En todas
las sociedades, la función del intelectual es navegar contra la corriente,
cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptible e insumiso cuando a su
alrededor todos callan, se someten y se corrompen. Parecería poco y, sin
embargo, en estos tiempos es casi todo lo que necesitamos.”
Terminaré con una cita que encierra una denuncia aun no merecedora de justicia,
de reparación como de escarmiento, en los ámbitos que la democracia y las
instituciones dan a tales efectos. Hablo de aquellos que, acurrucados en una
caseta de madera, vistiendo hábito, hicieron de conciencia, lavando la
inmundicia, a quienes vejaron, toruraron,
corrompieron y asesinaron, también sistemáticamente, pero desde el Estado,
prepotente pero practicando la tan temida “Razón de Estado”, aduciendo una
supuesta representatividad divina como de los otros en sus diversos lugares y
posiciones que actuaron cobarde y vilmente en contra del otro.
Vayamos, pues, nuevamente a Una civilización de la barbarie donde afirma que:
“Desde que el Mal fue instalado en los dos extremos del espectro ideológico,
todo lo que estaba en el medio –o se situaba en el medio- contó con la
absolución y el olvido de la comunidad. Así como en 1976 el vicario castrense
decidió que la guerra del Estado contra los sospechosos de subversión era una
guerra santa y que tanto los campos de concentración como los tormentos
inquisitoriales eran justos, así también el sector dominante de la comunidad
(incluyendo el peronismo tradicional, el ala tecnocrática
del gobierno e incluyendo, sobre todo, la prensa acomodaticia y los
intelectuales ávidos de remuneración estatal y de prestigio) estableció que la
hora del olvido y de la convivencia en paz había llegado. Que los cómplices del
terror de ayer no tenían por qué desocupar las tribunas en la televión, las columnas de los diarios o las cátedras
universitarias, y que los revoltosos radicalizados de ayer podían también
regresar. (...) La voz de orden es negar el pasado para que haya futuro. No es
así, sin embargo. Lo que se vive es sólo un paréntesis de conciliación, cuyo
único valor perdurable es la democracia. Lo demás son ruinas: morales,
económicas, políticas, sindicales.” (Pág.77)
Finalmente, afirmo que no está en mí el ir en contra ni de uno ni de dos o
todos los credos religiosos, como así también a diferentes organizaciones
sociales y políticas, ni tampoco advertir que sólo impera el Mal sobre la faz
de la Tierra. Pero, ciertamente, concédanme, como debe concedérsele a este
Maestro del Periodismo, este testigo moral y pensador, latinoamericano, que es
Tomás Eloy Martínez, que la denuncia de nuestras miserias que son también las
de los otros, como las arriba descritas, están hoy y estarán mañana en nuestra
hoja de ruta.
Porque al fin y al cabo, somos tan solo americanos del Sur que buscamos, desde
nuestra faena del pensar, con llaneza y sin grandilocuencia, junto al resto de
nuestras gentes, con sus creencias, entre las que también hallamos al
sincretismo como a otras manifestaciones de lo trascendente en el hombre, a la
par que sus naturales y merecidas aspiraciones a una vida digna junto con la de
los otros, sus semejantes, la aspiración primera que nos motiva a ejercer
nuestro rol de testigos de nuestro tiempo. Y, igualmente, hacedores de nuestro
presente activo. Junto con el otro. Siempre.
Héctor Valle
[email protected]
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