| La feria Rosario y Carme bajaron anteayer al pueblo. Era el d�a de la feria que se hace todos los jueves. Se fueron directas a la feria de las mujeres, ya que ten�an que comprar ajos, una ristra de cebollas, alguna berza para el caldo, un par de quesos y otras cosas menudas. Como estaban los huevos baratos, compraron tambi�n cuatro docenas y una pollada por cuarenta y nueve pesos. En ese momento, vieron venir por la plaza adelante a Mingos de Xan, que hab�a venido a vender un ternero de siete meses. Le pregunt� Rosario como le hab�a sido. El dijo que no muy bien, porque los negociantes de terneros se pusieron de acuerdo y hubo que vender por lo que ellos dijeron. Le echaba una p�rdida de cinco mil reales. Dijo tambi�n que ten�a gana de pasar por la feria de los cerdos, pues precisaba de un cerdo joven y dos lechones para ir prepar�ndolos para matar. Ahora era �l a quejarse de que no le quitaban un peso y hab�a que tratar por lo que ped�an. Al deshacerse de la feria, ya vendr�an a �l. Contra de las doce encontraron a Marica do Xurxo que ten�a en un cesto media docena de conejos, tres gallos y un rollo de mantequilla todo mezclado. Un perro almiar acechaba los bichos. Con dolor de coraz�n ve�a como una mujer andaba en comerciar las nabizas y los grelos se dispon�a a acabar el lote. �Mal haya quien la hizo! Como ya hab�an comprado todos los encargos subieron por la feria de las vacas. No estaba mal. Se vend�an bien las vacas de leche y tambi�n las de trabajo. Por lo contrario, becerros y terneras para criar andaban baratos. Pero a los bueyes nadie miraba. En un rinc�n contra el r�o estaba la feria de las bestias donde s�lo ten�an alguna salida los potros y los caballos. Los mulos se vendieron en el primer golpe de la feria a los tratantes de Carballo. Carme estaba cansada de tanto papar moscas y dijo que estaba dispuesta a desayunar una raci�n de pulpo con un litro de vino o un medio litro de ca�a, anque llegase a casa de Souto y lle gritasen sus padres. Carme a veces es impulsiva. |