| La ciudad �Otra vez la ciudad! pensaba Henrique al cerrar la puerta del piso en que iba a vivir con su amigo Carlos todo este curso-. El regreso a Santiago supon�a un nuevo encuentro con las calles, con las losas y los soportales tan caracter�sticos de la construcci�n de esta ciudad. Carlos estaba ya esperando en el portal, junto al ascensor. Los dos iban a tener que acostumbrarse al tr�fico, a los coches, a los autobuses... Y una vida totalmente distinta la de la aldea a la de la capital. Aqu�, mayormente en el centro, todo va m�s aprisa. En los alrededores o en los arrabaldos hay una mezcla de ciudad y aldea. Se pusieron a andar juntos. - �Ad�nde vamos? -Podemos dar un paseo, si quieres, -contest� Carlos-. Ir despacio, viendo la gente, los comercios... Y, si est�s de acuerdo, llegar hasta la plaza del Ayuntamiento. -Vamos entonces. Las aceras estaban llenas de gente que iba y ven�a. En el fondo, a lo lejos, los �rboles del jard�n les recordaban los campos que acababan de dejar. Tuvieron que esperar en un paso de peatones. -�Ya pod�an poner sem� foros de una vez!, dijo Henrique tirando la colilla del " Celtas" por una cloaca. -Pres�ntate a concejal y haz t� la propuesta. Te lo habr�an de agradecer los guardias de tr�fico por el trabajo que les quitabas. Los dos se rieron. Cuando conseguieron llegar a la otra acera, se encontraron con dos extranjeros, turistas, que estaban preguntando por la salida de la ciudad. Se la indicaron haciendo se�as con las manos, porque eran suecos y ninguno de los dos sab�a hablar esa lengua. Caminando por debajo de los soportales, viendo los escaparates de tiendas y librer�as, mirando a las muchachas, se les pas� el tiempo. Hab�a sido, otra vez, el primer d�a de vida en la ciudad. Voltar ao texto A CIDADE |