.Juan Rivera Saavedra Versus César Vallejo

  César Vallejo (1892 – 1938), el poeta emblemático por antonomasia, ha sido motivado de una obra teatral de Juan Rivera Saavedra. El trabajo escénico tiene sus propios derroteros, pero el vínculo entre la poesía de Vallejo y el teatro ha sido siempre una cantera interminable de visiones polémicas.

El propio poeta tenía su apuesta por una estética teatral que no complaciera fácilmente el gusto esnobista del público cosmopolita, tanto de Lima como posteriormente de Europa, donde se nutrió de los comienzos del teatro irracionalista que desembocaría en el boom del teatro del absurdo. En esos inicios sentaba sus predios intelectuales el propio César Vallejo.

Rivera Saavedra, en Me moriré en París, título de su pieza teatral, extrae un Vallejo humano y cotidiano, pero sin banalizarlo, sin quitarle los ribetes de leyenda en la que a fuerza de etiquetarlo lo hemos llegado a convertir. Esta última versión de su obra la actúa Mary Oscátegui. Los personajes de la obra fluyen de su inventiva corporal y casi atiborran el escenario de imágenes y posturas que no necesariamente hacen abuso de la “espectacularidad”. La sobriedad de la Oscátegui es su opción frente al patetismo que ha querido evitar para presentarnos una visión desapasionada de Vallejo.  

Es imposible separar a Vallejo de una pasión. Su vida entera ha demostrado ser un revertero de pasiones en cada etapa por la que ha transcurrido. Sus amistades literarias, su apuesta política que lo llevó a la cárcel tempranamente (hecho que aparece en su poesía demostrando la honda huella que dejó), sus amores, sus compromisos con los movimientos de izquierda en Europa y otros sucesos. Nada de esto estuvo exento de pasión en el poeta.

Empero, Rivera Saavedra es respetuoso con el avatar del poeta. Lo trata como a un hermano mayor en desgracia, que en el fondo lo comprende y procura no ser demasiado sarcástico con él. Vallejo se nos proyecta a través de la visión un tanto alucinada de Georgette Philippart, mujer y compañera que vino al Perú, al decir de ella misma, a limpiar la imagen de sus marido, al que cierta prensa lo pretendía tratar como oportunista y mercenario de la intelectualidad de izquierda europea.

El Cristal por el que podemos atisbar la vida de Vallejo es demasiado denso para estar de acuerdo con estas vivencias transpuestas a la escena. La experiencia vallejana se empaña de una mujeril jerigonza. Pero la veracidad de las referencias del personaje riverasaavedreano es limpia e intacta, amén de una honestidad cabal. El personaje tiene vida propia más allá de la representación, responde con verdad a la encrucijada que representa la opacidad de la biografía de Vallejo, frente a la cual vemos gran acopio de datos relevantes.

Me moriré en París es una obra de teatro insular en la experiencia dramatúrgica del autor, porque no registra el humor corrosivo que suele esgrimir en la mayoría de sus piezas. El saldo interesante de esta obra de JRS es indudablemente el chispazo de verdad que contagia a su público, desde una vida tan hermética como fue la de Vallejo.

  Luis Paredes

El Peruano, Setiembre de 1997.

 

Arriba

 

Hosted by www.Geocities.ws

1