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.Juan
Rivera Saavedra Versus César Vallejo El propio
poeta tenía su apuesta por una estética teatral que no complaciera fácilmente
el gusto esnobista del público cosmopolita, tanto de Lima como
posteriormente de Europa, donde se nutrió de los comienzos del teatro
irracionalista que desembocaría en el boom del teatro del absurdo. En
esos inicios sentaba sus predios intelectuales el propio César Vallejo. Rivera
Saavedra, en Me moriré en París, título de su pieza teatral, extrae
un Vallejo humano y cotidiano, pero sin banalizarlo, sin quitarle los
ribetes de leyenda en la que a fuerza de etiquetarlo lo hemos llegado a
convertir. Esta última versión de su obra la actúa Mary Oscátegui.
Los personajes de la obra fluyen de su inventiva corporal y casi
atiborran el escenario de imágenes y posturas que no necesariamente
hacen abuso de la “espectacularidad”. La sobriedad de la Oscátegui
es su opción frente al patetismo que ha querido evitar para
presentarnos una visión desapasionada de Vallejo.
Es
imposible separar a Vallejo de una pasión. Su vida entera ha demostrado
ser un revertero de pasiones en cada etapa por la que ha transcurrido.
Sus amistades literarias, su apuesta política que lo llevó a la cárcel
tempranamente (hecho que aparece en su poesía demostrando la honda
huella que dejó), sus amores, sus compromisos con los movimientos de
izquierda en Europa y otros sucesos. Nada de esto estuvo exento de pasión
en el poeta. Empero, Rivera
Saavedra es respetuoso con el avatar del poeta. Lo trata como a un
hermano mayor en desgracia, que en el fondo lo comprende y procura no
ser demasiado sarcástico con él. Vallejo se nos proyecta a través de
la visión un tanto alucinada de Georgette Philippart, mujer y compañera
que vino al Perú, al decir de ella misma, a limpiar la imagen de sus
marido, al que cierta prensa lo pretendía tratar como oportunista y
mercenario de la intelectualidad de izquierda europea. El Cristal por
el que podemos atisbar la vida de Vallejo es demasiado denso para estar
de acuerdo con estas vivencias transpuestas a la escena. La experiencia
vallejana se empaña de una mujeril jerigonza. Pero la veracidad de las
referencias del personaje riverasaavedreano es limpia e intacta, amén
de una honestidad cabal. El personaje tiene vida propia más allá de la
representación, responde con verdad a la encrucijada que representa la
opacidad de la biografía de Vallejo, frente a la cual vemos gran acopio
de datos relevantes. Me moriré en
París es una obra de teatro insular en la experiencia dramatúrgica del
autor, porque no registra el humor corrosivo que suele esgrimir en la
mayoría de sus piezas. El saldo interesante de esta obra de JRS es
indudablemente el chispazo de verdad que contagia a su público, desde
una vida tan hermética como fue la de Vallejo. El Peruano, Setiembre de 1997. |