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En Las Antípodas
Del
Clown JUAN RIVERA SAAVEDRA es un escritor satírico
que recibe la mejore herencia de Leonidas Yerovi, Juan Espinoza Medrano, el
Ciego de La Merced, entre otros más modernos. Dramaturgo, desde muy joven,
acaba de cumplir 50 años de teatro. Ruth Escudero, directora del Teatro
Nacional le rinde homenaje poniendo en escena Los Ruperto, su obra más
punzante. Escrita hace 40 años, mantiene
vigencia por su estilo y temática. En esta obra el grotesco, el humor negro y
el teatro del absurdo, se dan la mano para mostrar una visión descarnada de la
sociedad peruana; pasada por el tamiz de la cultura limeña, la escultura de los
cinturones de miseria y la de los tradicionales “callejones”. Este registro
es el centro de su exploración verbal, que tanto éxito ha tenido en anteriores
puestas. Una de las más memorables se realizó en los comienzos de los ochenta
por el grupo Ollanta de la Universidad Villarreal dirigido por César Ureta,
donde el personaje de Salle lo interpretaba el actor Segundo Vara. Recientemente
la Universidad Garcilaso de la Vega ha tenido premiso por su puesta de los
Ruperto dirigida por Raúl Vásquez. La obra relata la vida de una fantástica
familia de 354 hijos, que vive literalmente “de milagro” y el autor le da el
poder de evocación de especulaciones sobre la política, el (des) control de la
natalidad, la religión, el amor y mil temas. Obviamente la miseria y el hambre
rodean a esta familia y en muchos casos la hacen desvariar, construyendo una
serie de mitos y fabulaciones muy propias de personas hambrientas. Incluso
Rivera Saavedra centra en el hecho que padezcan hambre su excesivo apego por lo
sexual: el padre y la madre se la pasan fornicando durante toda la obra. Este
hecho es tan memorable como el famoso ¡Meirdre! de Alfred Jarry. La fornicación permanente y las
referencias al sexo son el pan de la obra de Rivera Saavedra, incluso en la obra
original hasta el abuelo entra en ejercitaciones sexuales con la abuela, un
personaje –este último- que muestra una condición física envidiable, por
ello pensamos que la sugerencia de Maggi Vega es más que pertinente en este
montaje. Lo grotesco ha dado pie a Ruth Escudero para la confección de un clown
muy especial. Tratando –en lo posible- que no pierda la fuerza del humor
negro. Sin embargo, en lo que se refiere a la estética el teatro del absurdo,
el clown rompe de algún modo con esta posibilidad. El actor del absurdo asume a
cabalidad su absurdo hasta las últimas consecuencias, y crea una
“normalidad” dentro de esta formulación disparatada de su accionar. Mueve a
risa, pero más a reflexión. La artificialidad del clown deshumaniza a los
personajes. Rivera Saavedra parte de lo humano para elaborar su humor. El humor
de Ruth, resulta un tanto artificial, técnico, lo cual nos permite ver cierto
cinismo escondido. La riqueza de los textos de Rivera
proviene de la honestidad con que han sido tomados del entorno, retratando una
fauna limeña que hasta hoy supervive y ha volatizado sus defectos hacia otras
clases. Ha producido engendros sociales como la lumpenburguesía que en cierto
modo padece la política peruana de hoy. Pero lo especial de estos clowns es que
puede leerse como una invitación a la democrátización de los momentos
esperanzadores de la propuesta de Rivera. La idea que un nacimiento puede ser
también la posibilidad de salir del hoyo. La ternura que enfrenta ese gran último
momento en que el papá se reencuentra con la mamá, una anagnórisis muy
especial que nos devuelve, después de tanto sarcasmo, la fe en el hombre. Como resultante de todo lo que hemos
visto, observamos lo medido y rítmico
de la dirección de Ruth, que pese a la abundancia de elementos de su montaje,
no se emborrona en ningún momento. Mantiene una limpieza y una unidad de
comienzo a fin lo que también merece por parte de los actores un cuidado
extremo en la formulación de sus personajes. El abuelo (Fernando Fernández) es
evocador, pero quizá le falta ser más gruñón; la abuela muestra una energía
y un humor desbordante, además de mucho ritmo y formas excitantes. Salle que es
el oráculo de la obra; Ruth los resuelve con dos eficientes interpretaciones de
Ana Pfeiffer y José Luis Ruíz. Magistral interpretación cómica de Lily
Urbina. Nadina (María Laura Vélez) que juega con la impronta del ballet, llega
a obtener un apoyo que le sirve y dinamiza la acción. Santiago Abadía,
completa los elementos del clown y comic que tiñe la propuesta, juega bien con
su Iván. Lo importante es que la dinámica de estos
actores los va a llevar a crecer en precisión y en evocaciones. Bien por el
teatro peruano.
Diciembre
2,000 |