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Juan Rivera Saavedra Y Sus 40 Años De Escritor

Me dijeron: Habla de Juan Rivera Saavedra en sus cuarenta años de escritor. Toma tú la palabra y haznos una semblanza de J.R.S. Yo pensé enseguida: un estudio crítico no está a mi alcance. No me atrevo tampoco a interpretar su obra vasta, variada, miscelánea como un todo pues eso sería hallar el hilo de Ariadna y yo no me siento Teseo. Pero luego me dije: Una semblanza no es sino un bosquejo, de modo que unos cuantos rasgos característicos bastarán. Todo retrato finalmente tiene en cuenta tanto el retratado como el que retrata. Desde ese punto de partida, me puedo permitir cualquier licencia y hasta cometer embustes. Y este razonamiento – la cara de Rivera Saavedra que dibujo es la que yo veo con mis propios ojos – me dio el coraje necesario para lanzarme en esta aventura personal.

Se usa y se abusa en estos últimos tiempos de la “crítica del autor”. (Lo que defiere notablemente de la autocrítica). Parecería que dramaturgos  y grupos de teatro suben a la escena con el propósito más que de hacer teatro, de “interpretar” lo que han hecho. Hoy en día, un teatro que no va acompañado de debate, polémica o discusión, no merece la pena de acudir a verlo. Así, pues, la “Crítica del autor” deviene más importante que la “obra del autor”. Esto para resaltar la sana costumbre de las comedias de J.R.S. de no necesitar acabar más allá de la palabra “fin”. ¡Qué desorden en las ideas ha causado esa deformada interpretación de la dramaturgia del pobre B.B. (Bert Brecht) por convertir la sala de comedias en aula de clase! “Ojito”- como dice Juan -: Es la realidad la que debe ser interpretada. Si, en cambio, se trata de la obra, entonces, el autor simplemente no tiene las ideas claras.

Pero dejémonos ya de tanto circunloquio y vayamos al grano. Cuando mi intención es enseñarle a una o varias personas cómo es un amigo mío, parto siempre de la idea que este amigo no es conocido ni física ni intelectualmente por las personas a las que voy a hablar. Así, el trabajo obtiene mejores resultados. Y comienzo en la forma siguiente:

Estamos ante la presencia de un hombre grandullón, terrible, de los que sirven para asustar a los niños pequeñitos. El marco de su faz, barbas revueltas, cabellos alzados, es el de Neptuno : una de las doce grandes divinidades de la religión grecolatina, gobernante de las aguas que encierran mil monstruos y mil ninfas o sirenas, capaz de metamorfosear las cosas y los seres, dios henchido de leyendas e historias, Neptuno con escafandra. Acerquémonos a él y, hallarémonos con un rostro afable, sonriente, paternal. Ahora adentrémonos en él, en su corazón tierno como una alcachofa. Y empezaremos a saber quién es J.R.S. Porque estos rasgos físicos corresponden también a su lograda obra. Intimidante por aparentemente desbocada y extravagante, poblada por mil seres acuáticos que nos ofrecen incesantes anécdotas – otras tantas esperan aún su turno en la mente del autor para salir a las tablas, pero saludable, obra limpia de morbo, oreada de abstrusa literatura, obra buena en el sentido moral de la palabra, letra benéfica, teatro bonachón.

Quiero aclarar que al decir “mil seres acuáticos” no he hecho una simple frase retórica. Distribuyo las obras de literatura y arte en cuatro grandes grupos, de acuerdo a la nomenclatura griega de los elementos, es decir: en tierra, fuego, agua y aire. Y parece, pues, que la obra de Rivera, es obra de agua. Por eliminación, no lo es de tierra, por sólida incomovible, telúrgica; ni lo es de fuego por violenta, abrasadora, terrible; ni, por último, de aire, por alada, liviana, ilimitada. Es más bien, inasible, resbaladiza, movediza, informe. Como son, y de ahí su parentesco, las comedias de Ionesco, algunas de Beckett; las de Arrabal, especialmente. Pero es muy poco a poco como Juan fue tomando ese camino. Lo fue a partir de “Los Ruperto” – año 1965 con el grupo Histrión. Puesto que en verdad y aunque parezca tan increíble, sus primeras piezas teatrales se remontan a los años cincuenta con dos, escritos para nuestro más importante comediante que hiciera carrera en Chile y muriera allí rodeado del cariño y el homenaje de todos los chilenos. Me refiero a Lucho Córdova. Para él fueron: “Negrito pero decente” y “Mi tío burlón”. ¿Cómo era aquellas comedias? No lo hemos sabido, pero colegimos que al ser creadas para Lucho Córdova debieron ser del estilo Lucho Córdova más que, del de Rivera Saavedra. En consecuencia es a partir de “Los Ruperto” que se iniciará el estilo del dramaturgo Rivera. En esta obra, dividida en tres actos tradicionales, la situación dramática lo determina todo. Esa situación hiperbólica de una familia que tiene 384 hijos. Y, a partir de eso, la acción, o más bien dicho, el juego lúdico correrá buceando, se deslizará sinuoso, sin mayores sobresaltos. La situación se basta por sí misma. Nada nuevo puede aportarse ni tampoco sería necesario pues se perdería el nexo con el arranque y se arriesgaría la fábula por caminos que podrían conducirla al disloque. Se trata de agotar el argumento en todo su rigor. Porque dentro de la convención de la pieza, la situación es normal. Para los personajes no hay mayor drama que el de una familia que quiere aumentar su presupuesto económico. Superar el hambre, reducir el número de bocas que alimentar. Y dentro de ese juego lúdico ya caben la hija que seguirá el camino de los partos incansables de la madre hiperfecunda y la viejita que con setenta años va a tener un hijo con el padre. Hay felicidad, o, por lo menos, alegría a través de la desgracia. Porque no saben, “no sabemos” que tenemos que alimentarnos”.

Dentro de esa década debemos recordar “1999”, que abrirá uno de los temas del teatro de J.R.S. el de la ficción científica. Y también recordemos una de sus piezas de mayor éxito: “¿Por qué la vaca tiene los ojos tristes?. En “Los Ruperto”, la inspiración se encontraba a un paso del teatro llamado del absurdo. Era necesario pues un paso más para alcanzar la etapa de la traslación. Que no nos extrañe que las obras más interesantes del T. del A. francés hayan pasado a ser obra de Rivera. Dicha traslación no implica calco, sino copia del modelo. Y la diferencia fundamental la establece un ingrediente limeño por antonomasia: el sainete. Con estos dos factores, Rivera construye gran parte de su producción teatral, la que pertenece al absurdo. Porque no se crea que toda la obra de J.R.S. adopte una forma única. Allí están para probarlo las comedias que escribiera para el grupo Alondra y que son cuatro: “Amén”, “Medio kilo de pueblo”, “Dos mañanas” y “Ya viene Pancho Villa”. En las que demuestra su versatilidad. Volvamos ahora a “La vaca tiene los ojos tristes”. Lo primero de que nos percatamos es de procedencia: “Final de partida” de Samuel Beckett. Aquí, dos ancianos metidos en sendos tachos de basura; allá, un hombre y una mujer encerrados en un baúl. El símbolo, análogo. El título tan alejado del contenido como en el caso de “La cantante calva” de Ionesco. Pero el parecido entre Beckett y Rivera acaba allí. Pues aquél es un desarrollo trágico y éste es cómico. Con un lenguaje que podría firmar cualquier sainetero de la Lima del 900. Sólo que el de Rivera es moderno y original.

El marido encerrado en un baúl se las agencia para meter otra mujer en el mismo baúl. Pero muere, porque al final que domina siempre es su mujer. Esta obra de varios personajes devino en monólogo. Pero conservando la individualidad del único presente: la mujer. Enseguida, el autor va a intentar un juego más peligroso y de mayor novedad: un actor interpretando varios personajes sin adoptar ninguno. Lo hace en su primera colaboración con el grupo Alondra. La pieza se llama “¿Amén”?, y en ella, dos actores recitan  los roles de 23 personajes en un argumento ambivalente de historia bíblica  y lucha subversiva política. Una experiencia sumamente interesante formalmente con un tema de mucha actualidad. Esta técnica liberó al dramaturgo en delante de la necesidad de contar con un numeroso elenco. Y así continuó con “Medio kilo de pueblo”, “Dos mañanas” y “Ya viene Pancho Villa”, que fue la culminación del binomio Rivera – Alondra, y el fin también. El resultado, a mi entender, favoreció generosamente al grupo más no, al escritor que tuvo que desviarse de su estilo para cubrir los requerimientos de grupo y elenco. Pero supongo que eso ocurre en el caso de recreación colectiva con autor. Y digo que favoreció a Alondra, porque J.R.S. demostró a los escépticos y a los contrarios que él es capaz de cambiar su estilo cuando lo desea y con éxito. Y que si escribe como lo hace es por la plena conciencia que tiene de su propia personalidad. Felizmente, la experiencia buena en sí no alejó sino ocasionalmente al dramaturgo de ese, su estilo personal. Y ahí lo tuvimos nuevamente con “La joroba”, “La anciana y la solterona”, etc. En el año 1986, J.R.S. escribe “Napoleona”,  que será representada ante ustedes esta tarde. La reminiscencia inmediata la constituyen ciertas piezas de Dario Fo, ciertos personajes. Con diferencia, me parece, a favor de nuestro compatriota. Y con una desventaja. Lo primero hace que el personaje único de Napoleona sea una luchadora social además de una mujer que sufre la pobreza. No es solamente sojuzgada, no es sólo víctima. Se alza a símbolo de combate. Y, en ese sentido, se hace libre, con la libertad que otorga la acción política. Y el autor no pierde su estilo de sainete para caer en el panfleto o en el melodrama. Goza el espectador del humor y la gracia del diálogo. Y si acaso peca de algo la obra, es justamente del pecado de J.R.S.; su exceso insobornable. Este está también presente en “Napoleona”, según me parece. Lo que el personaje nos dice no necesita completarse con la respuesta del interlocutor. Napoleona se basta sola sin tener que acudir a interpretar otros personajes.

Juan Rivera, ama la literatura de ficción científica y naturalmente cómo iba a dejar de practicarla en algún momento. Pues allí tenemos ya desde 1963 una comedia como “1999”, en que el relato propone un futuro dominado por la técnica. Tema tratado desde los primeros lustros de este siglo pero siempre vigente.

- Recordemos “Tiempos modernos” de Charlie Chaplin -, mientras el maquinismo y la ciencia no sirvan sino para el enriquecimiento de unos cuantos. Y ahora detengámonos un momento ante una de las comedias de Juan mejor escritas y estructuradas, la titulada “La mosca doméstica”, donde el transcurso de la acción  va introduciendo al espectador insensiblemente en un engaño tan bien dispuesto como lo es la revelación, imprevista y desconcernante, de estar ante la presencia de robots. Un mundo de robots humano, lo que equivale a decir que el mundo de los humanos ha devenido mecanizado, sin calor, sin vida. Imagen y significado, forman un todo coherente y fantástico.

Ultimamente me he interesado por “Paraíso encontrado”, aunque la tesis allí planteada no sea de mi agrado, tal como yo entiendo el asunto. La solidaridad entre enemigos trastorna el orden de la Historia de los pueblos, conduce las cosas hacia una indefinición de la vida y el amor verdaderos. Un hombre malo no puede hacerse bueno, ni por amor, entre comillas. Los “cobras” no pueden hacerse bueno, ni por amor, entre comillas. Los “Cobras” no pueden amar a los revoltosos ni lo han hecho jamás. Pese a que el final de la pieza así lo indique. Pero teatralmente y literariamente, la obra es de las mejoras de estos últimos años.

Finalmente nos detendremos a examinar una obra aún no estrenada. Se trata de “Me moriré en París”. Para J.R.S. el estímulo de la inspiración surge del reto, el desafío que él mismo se plantea ante un cuento, drama o artículo que hay leído, ante un espectáculo que haya visto. Es un literato de espíritu agonal, de pelea, de contienda. Así es como se explica que cada una de sus obras esté emparentada con un antecedente inmediato ubicado en la dramaturgia, sea de vanguardia europea, sea del sainete tradicional limeño. A veces, el estímulo, la competencia que, de ninguna manera actúa como rivalidad – se produce a partir de la necesidad que experimenta de tratar el mismo tema “a su manera”. Este es el caso de “Me moriré en París”, que hace aparecer como protagonista a César Vallejo y su vida, o, más bien diría yo, su muerte. Nada de reconstrucción histórica sino la plena libertad del escritor para con dos o tres datos hacer de Vallejo un personaje de ficción, un personaje teatral.

Pienso que cada época tiene su dramaturgo, el que es capaz de recoger y transformar todos los posibles aspectos de la realidad para llevarlos a representaciones escénicas, siempre y cuando sus obras sean recibidas con aplauso por el público y se mantengan e el primer puesto en la producción teatral de su país. Si alguno no está conforme con ello, échele la culpa al público de hoy, que indudablemente no es el refinado y exiguo de los años cincuenta. Pero que es un público numeroso para el cual, Juan Rivera Saavedra es, el dramaturgo de nuestro tiempo.

Hernando Cortés

1990

 

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