Un Teatro De La Esperanza:Juan Rivera SaavedraSi en pocas palabras tuviera que definir el conjunto de la obra dramática de éste tan prolífico y ecléctico creador que es Juan Rivera Saavedra, diría sin vacilación alguna que se trata de un teatro de la esperanza. Un teatro que, a través del humor y la ironía, del sarcasmo o la risa, muestra que incluso en las situaciones más feas o absurdas de nuestro mundo miserable siempre hay, para quien sabe verla, una lucesita que le está alumbrando al Hombre el camino de su redención. El dolor y el sufrimiento, la violencia y la muerte terminan siempre en las piezas de Juan Rivera Saavedra en una dimensión esperanzada de alegría y bienestar, de paz y vida. Recordemos en "¿Amén?" (1981) estas hermosas palabras de la esposa de Pedro en el velatorio del marido: Pedro, mi dulce esposo... ¿a todo eso tendremos que decir amén? ¡No! Simón continuará la tarea. Tu muerte no ha sido en vano, Pedro..." Cuando Dios se ha olvidado de los hombres, cuando en lugar del hermoso paraíso prometido no se encuentra más que el infierno de la violencia y la destrucción, ¿se puede decir Amén? No, responde categóricamente el dramaturgo invirtiendo en la oración final los valores cristianos de los que la pieza hace burla en un tono muy serio : "Amado carpintero: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos... Bienaventurados los que no se deprimen, no desmayan frente a los embates de la vida, porque de ellos depende la libertad de su pueblo... Bienaventurados los perseguidos por ser justos, porque ellos serán ensalzados... Bienaventurados los que luchan, porque sus hijos heredarán la tierra... Bienaventurados seréis si os odian los gobernantes, si os insultan, os destierran o quitan la nacionalidad, por causa de su justa rebeldía... Bienaventurados los que caen... porque ellos alcanzarán la gloria eterna...!" En realidad Juan Rivera Saavedra se vale en esta obra del pasado para hablar del presente con miras a construir el futuro. Lo interesante de esta singular escritura dramática no es tan sólo el tratamiento del tiempo portador de los procesos históricos y como tal concebido como un permanente continum, sino la. trasmutación de los espacios. Todo ello le concede a la obra un carácter a la vez particular y universal. El teatro de Juan Rivera Saavedra, es un teatro vigoroso y dinámico donde prevalece la acción sobre la contemplación, un teatro de corte social y político pero que nada tiene que ver con el panfleto, un teatro de denuncia del orden burgués y de propuesta de un nuevo orden de justicia y solidaridad, un teatro siempre atento al porvenir del hombre; es decir un teatro revolucionario en el mejor sentido de la palabra; revolucionario desde el punto de vista del contenido, pero también desde el punto de vista de la forma que el autor varía en función de las obras utilizando tanto las técnicas tradicionales del drama clásico de un Shakespeare por ejemplo, como las técnicas de vanguardia de un Brecht y las más recientes del cine o de la televisión. Tal vez lo más sugerente de estas últimas sea la reversibilidad del tiempo y del espacio. En muchas piezas de Juan Rivera Saavedra el pasado se torna futuro y viceversa , y el aquí se vuelve allá al revés. Es decir que tenemos una visión circular de la historia en su doble dimensión temporal y espacial. Estos juegos teatrales sobre el tiempo y el espacio, como también la fantasía e imaginación de las que hace gala el escritor, tendrán sin duda algo que ver con la afición de Rivera Saavedra a la literatura de ciencia-ficción de la que es uno de los más remarcables exponentes en el Perú a través de sus cuentos. La extrema variedad de los temas abordados que intentan dar la vuelta a las esperanzas y frustraciones, amores y odios, quietud y violencia, riqueza y pobreza del habitante de este mundo en su paso por una tierra hostil que quisiera convertir en paraíso, es el más elocuente testimonio de la preocupación humana y social del dramaturgo. Como no ha dejado de reiterar obsesivamente desde sus primeras obras dramáticas como "Los Ruperto" (1960) hasta sus más recientes como "El paraíso encontrado" (1987) y "Las armas de Dios" (1989), Juan Rivera Saavedra está persuadido de que sólo el amor total, pleno y cabal, puede salvar la humanidad de sus vilezas y mezquindades. El paraíso, no el hipotético paraíso de la eternidad cristiana sino nuestro terrenal paraíso aunque no sea más que un rinconcito de nuestra frágil y efímera vida, no nos viene dado de una vez para siempre sino que debemos conquistarlo y, luego de conquistarlo, tenemos que defenderlo. En una palabra nuestra felicidad y plenitud son obra propia y colectiva de cada uno de nosotros y el resultado de una lucha de todos los instantes. Entre la sequía de "Las armas de Dios" que se expande por todas partes -con excepción del único hogar donde reina una paz bucólica alejada de las perversiones traídas por el progreso visto en términos de catástrofe- como un castigo inmanente al orden natural del cosmo contra la envidia, la soberbia, la ambición y el desamor, y el hambre de "El paraíso encontrado" que produce a los revoltosos, Rivera Saavedra deja definitivamente sentado el principio de la necesaria y urgente edificación de una nueva estructura de relaciones económicas y sociales. Estas vendrían regidas por valores auténticamente humanos de libertad y solidaridad, de justicia y amor que negarían los valores falsos -para emplear la expresión de Geor Lukács- de alienación a individualismo, de caos y destrucción de la sociedad burguesa reconciliando por lo mismo trabajo y moral. Rivera Saavedra elabora un teatro en el que se dibuja muchas veces una fina sicología de los personajes, sean buenos o malos, héroes o villanos, o las dos cosas a la vez. Un teatro de la ambigüedad que refleja perfectamente la ambivalencia o duplicidad del hombre y del mundo moderno; un teatro al mismo tiempo tierno y desgarrador, sosegado e inquietante construido en una forma dialéctica que explícita o implícitamente siempre apunta a la superación de los contrarios en un mundo futuro no visto como un lejano espejismo sino como una realidad efectiva y cercana. Pues Juan Rivera Saavedra parece tener una inquebrantable fe en el hombre y en su posibilidad de cambio, en el futuro de su país y del mundo. Bien podría hacer suyas estas bellas palabra de la Madre Coraje de Bertholt Brecht: "Con su alegría y sus penas la carreta está de pie". Y sin duda podría reivindicar también mejor que cualquier otro de sus compatriotas creadores o artistas estos hermosos y patéticos versos de su ilustre predecesor en el campo del teatro popular Sebastián Salazar Bondy: "Mi país, ahora lo comprendo, es amargo y dulce,/ mi país es una intensa pasión, un triste piélago, un incansable manantial,/ de razas y mitos que fermentan" Con su extensa y ya larga labor de creador dramático, Juan Rivera Saavedra es un bello y vivo ejemplo de la constancia en la persecución de los valores excelsos de nuestra condición humana y de los ideales que constituyen el fondo común de nuestra especie, momentáneamente hundidos en las tinieblas de un universo en plena mutación. Dr. ROLAND FORGUES Universidad de Pau (FRANCIA) |