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EL
ZARAGOZA DA UNA MALA IMAGEN Y SIGUE EN PUESTOS DE DESCENSO
El
respetable se equivocó de campo. La tarde estaba para
ir al campo, sí, pero al campo rural y agrícola,
a merendar a base de bien, no al Bernabéu. Si Hierro
no llega a sacar a su equipo de la siesta, la tarde hubiera
acabado con setenta mil almas durmiendo en Chamartín.
Entre el calor, el ritmo y la pereza para meter el diente
a un pobre Zaragoza, el Madrid pudo batir el récord
de personas durmiendo en un mismo recinto. Pero estaba Hierro.
Hizo tres goles, enchufó el partido con el público
y, al menos, vimos un cuarto de hora final en condiciones.
Toda
la culpa no fue del Madrid. El Zaragoza apesta a Segunda.
No tiene nada. Le quedan los fantasmas del pasado. Milosevic
pareció un espectro de aquel delantero fulgurante del
1-5.
Había
morbo por ver qué pasaba con César y Morientes.
Al poco rato, lo de la portería estaba claro. El Zaragoza
no iba a tirar. Lo del nueve estaba más
difícil. Como el Madrid no llegaba, Morientes no tenía
trabajo. Aún así, se buscó la vida. Tocó
de espuela para Zidane, dejó de tacón para Macca,
remató al poste tras una arrancada excelente, Lainez
le sacó un buen cabezazo... En fin, todo muy aprovechable.
El
Madrid no anduvo bien pero es que la tarde estaba rara. No
había rival, un calorazo imponente, un césped
asqueroso, Zidane regateando a las palomas que estaban picando
semillas... El primer gol de Hierro también fue sucio.
Un remate con el pecho, cayéndose, que no tocó
ni la red porque Garitano la sacó de dentro. Los goles
que no tocan la red suelen ser espantosos.
El
gol no terminó de espabilar a un Real Madrid lento
y poco decidido. Del Bosque puso el rombo, con Makelele a
la derecha y Solari a la izquierda, para dar mayor fluidez,
pero no corrían ni el balón ni los tipos. Empujaban
Raúl y Zidane y el Zaragoza se escondía atrás,
esperando un chaparrón que no caía. Un tirazo
de Roberto Carlos clausuró la primera parte.
Bajó
el calor y subió un punto el ritmo. Sólo un
punto, lo justo para que la defensa de Zaragoza temblara con
cada arreón del Madrid por pequeño que fuera.
Así llegó un gol anulado a Raúl y el
penalti que transformó Hierro.
En
el guión no venía que los fantasmas tuvieran
vida y nadie esperaba que Milosevic hiciera lo que hizo. Marcó
un gol. El Zaragoza marcó un gol. Increíble.
El
Madrid no quería sustos. El equipo encontró
una velocidad adecuada y conectó el piloto automático.
Morientes remató al poste, Raúl también,
Lainez sacó un balón de gol y Hierro clavó
el tercero con un zurdazo inapelable. El capitán, con
la mejor tarjeta de la tarde, sacó al equipo de la
siesta y de ahí al final, el Madrid tuvo tiempo de
sobra para redondear un día que había empezado
como una digestión pesada y que empezaba a diluirse
con cierta ligereza.
El
Madrid encontró el camino pero no dio con el toque
final. El Zaragoza se quedó a vivir en su área
y alrededores. Guti, Macca y Savio aprovecharon los minutos
de la basura para meterle otro punto a la velocidad y el partido
acabó con el regusto de un equipo dinámico.
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