| Por Pablo Capanna Por alguna
extraña razón de la lógica castrense, los duelos y las
batallas deben hacerse al alba. Quizá matar después del
almuerzo sea indigesto, y de todos modo, nadie tendría
apetito estando en peligro de muerte. Aquella mañana de
mayo, en un campo de las afueras de París, iba a
realizarse un duelo. Era una de esas ordalías dónde dos
caballeros podían lavar su honor de un tiro de pistola,
según esa suerte de teología darwiniana que le daba la
razón a quien tuviera mejor puntería. La claridad de un
amanecer de primavera apenas comenzaba a dibujar la
silueta de los cipreses, que se erguían como negras
lanzas en el linde del campo de honor cuando llegaron los
duelistas.
El primero fue el caballero Pescheux d'Herbinville,
hombre maduro que venía acompañado por sus padrinos.
Era uno de los mejores tiradores de Francia, lo cual hacía
que el duelo se pareciera sospechosamente a una ejecución.
Luego llegó el contrincante. Era un jovencito esmirriado
con una gran cabeza de huevo y un ridículo jopo; sus
profundas ojeras daban cuenta de una noche pasada en
vela, y estaba muy pálido.
Los padrinos entregaron las armas, alineadas como bisturís
sobre una almohadilla de pana, y pregonaron las reglas.
Los duelistas comenzaron a caminar, de espaldas, los 25
pasos reglamentarios.
El tiro del jovencito fue a parar a la copa de un ciprés,
pero la bala del caballero se incrustó en su estómago.
El caballero se puso la levita, subió a su carruaje y se
fue a festejar con sus amigos. A pesar de los
reglamentos, no había médico. El muchacho quedó tirado
en el campo y estuvo todo el día desangrándose. Al
atardecer llegó su hermano, que acababa de enterarse del
duelo. Lo llevaron al hospital, pero la peritonitis fue
incontenible y murió al día siguiente.
Una sórdida intriga política, disfrazada de drama
pasional, acababa de llevarse una de las mentes más
brillantes que haya dado la historia de las Matemáticas.
Se llamaba Evaristo Galois, tenía veintiún años y para
nosotros sería un adolescente. La noche anterior había
garabateado unas notas que pasarían a la historia de la
ciencia, y hasta unos versos premonitorios: El
eterno ciprés me rodea/ Más pálido que el pálido otoño/
Me inclino hacia la tumba.
TIEMPOS DIFICILES
El cerebro privilegiado de Evaristo Galois, (181l-1832),
que se apagaba de modo tan violento y estúpido, había
comenzado a pensar en un pueblo de los alrededores de París
y había sufrido todos los avatares de una época políticamente
difícil: (¿Las habrá fáciles?) la Restauración.
Obligado a abdicar, Napoleón estaba confinado en la isla
de Elba. La Revolución había terminado por proclamar un
emperador y ahora Francia volvía a la monarquía con
Luis XVIII. El nuevo rey, como si no hubiera pasado nada,
iniciaba sus edictos con la frase en el año
diecisiete de mi reinado....
Cuando Napoleón se fugó de la isla toscana y volvió a
París en triunfo, era bastante más republicano
que antes, pero sólo alcanzó a gobernar cien días. La
derrota en Waterloo lo recluyó para siempre en Santa
Elena. En esos tres meses, Nicolás Galois, el padre de
Evaristo, fue elegido alcalde de su pueblo. Tan bien lo
hizo que aun con el retorno a la monarquía le pidieron
que se quedara. Cuando Evaristo tenía doce años, ganó
una beca y se fue a París a estudiar al Liceo Louis Le
Grand. Luis XVIII fue proclamado monarca constitucional
en 1821 y se rodeó de los elementos más reaccionarios.
Después de la Diosa Razón, venía el clericalismo: la
alianza del Trono y el Altar. Los católicos
democráticos, que seguían a Lamennais, recién aparecerían
hacia 1830.
Las cosas se agravaron con la llegada de Carlos X, el
otro hermano de Luis XVI, que asumió con un ritual tan
anacrónico como ridículo: se hizo consagrar en la
Catedral de Reims con el (falso) óleo de Clodoveo y la (falsa)
espada de Carlormagno. Promulgó una ley que permitía a
los ricos votar dos veces, impuso una rígida censura a
los diarios, anuló las elecciones que no lo favorecían,
clausuró algunas facultades y escuelas y entregó al
clero el control de las universidades.
Cuando Evaristo estaba en el Liceo se rumoreó que éste
volvería a manos de los jesuitas. Hubo agitación y el
director, un ferviente realista, expulsó a más de un
centenar de alumnos que se negaron a brindar por el rey.
LOCURA MATEMATICA
Evaristo era muy chico para participar de las luchas
estudiantiles, pero ya discutía de política. Hasta que
cumplió los dieciséis años no tuvo cursos de matemática,
pero a los trece leyó la Geometría de Legendre y quedó
fascinado. Se precipitó sobre el álgebra, pero el libro
que le ofrecieron no lo conformó, de manera que prefirió
leer directamente a Lagrange.
Los informes de sus profesores decían: es dulce,
lleno de candor y de buenas cualidades, pero hay algo
raro en él. Otro decía que no era travieso sino
razonador y original. Un tercero escribía: Hay
algo oculto en su carácter. Afecta ambición y
originalidad. Odia perder el tiempo en redactar los
deberes literarios. El más explícito de todos era
el profesor Vernier: sólo se interesa por los
estratos más altos de la matemática. La locura matemática
lo domina. Aquí pierde el tiempo; todo lo que hace es
atormentar a sus profesores, y atormentarse a sí mismo.
Expulsado del Liceo tras su primera intervención política,
Galois siguió siendo amigo de Vernier, quien se
esforzaba en inculcarle algo de método. Sin embargo, su
locura matemática no era tan aguda como se
decía, ni su mente tan unilateral. Evaristo leía mucho
más sobre literatura y arte que cualquier adolescente de
hoy. Cuando quiso ingresar a la Escuela Normal Superior,
el examinador informó que no sabía nada de
literatura y puso en duda que tuviese predisposición
para las matemáticas, como decían sus colegas.
Pero Evaristo leía a los autores que hoy llamamos románticos,
como Lamartine y Víctor Hugo, y no se interesaba por los
clásicos. Asistía a las reuniones del Cenáculo de Hugo
y seguramente el 25 de febrero de 1830 estuvo presente en
la famosa batalla de Hernani, donde nació el
romanticismo. Ese día se estrenaba el drama de Hugo, que
violaba las reglas aristotélicas de tiempo, lugar y acción,
y mezclaba alegremente la tragedia con la comedia. El
estreno fue una verdadera batalla campal en la cual
forcejearon clásicos y románticos, y sobrevino cuando
Galois acababa de ingresar a la Escuela Normal.
Las polémicas artísticas y literarias de entonces
estaban estrechamente vinculadas con la política. En
pintura, Galois ya había tomado partido por Delacroix
contra el académico Ingrès. Delacroix luego pintaría
el famoso cuadro La Libertad guiando al pueblo, que
celebraba las barricadas de julio de 1830.
El joven Galois ya era un decidido militante liberal:
odiaba a los bonapartistas y a los partidarios de la
Restauración, que respaldaban a Carlos X.
UN CHICO DIFÍCIL
En 1827 Galois se presentó al examen de ingreso de la
famosa Escuela Politécnica, donde enseñaban las
luminarias científicas de su tiempo. Fue rechazado,
porque los profesores lo encontraron demasiado heterodoxo.
Hacía cálculos mentales que no se dignaba poner por
escrito, con lo cual dejaba a todos perplejos.
Volvió a presentarse al año siguiente, pero cuando se
vio perdido discutió con los examinadores, se negó a
responder una pregunta que consideraba estúpida,
le tiró un borrador a la cabeza del profesor Dinet y se
marchó dando un portazo. El clima reinante en la Politécnica
se había espesado con los cambios políticos, y Galois
era mal visto no tanto por su heterodoxia matemática
sino por su militancia republicana.
Como suele ocurrir, a la caída de Napoleón, Monge (el
padre de la geometría descriptiva) fue echado y la cátedra
la ocupó Cauchy. Pero a la caída de Carlos X en 1830,
fue Cauchy quien se tuvo que ir, y volvió Monge. Cauchy
era un realista borbónico y un sectario religioso. Ya
había escamoteado un valioso trabajo de otro jóven
genial, el noruego Abel, cuando Galois le presentó los
suyos. Evaristo tenía diecisiete años y ya tenía una
publicación.
No está claro quién fue el responsable, pero el hecho
es que el artículo que Galois le entregó a Cauchy se
traspapeló para siempre. Parecía evidente que lo
estaban discriminando por sus ideas políticas. Galois
estaba preocupado por demostrar en qué caso son válidas
las ecuaciones de quinto grado. De hecho, existían
recetas para averiguarlo, por lo menos para las cúbicas
y las cuárticas. Pero si las recetas pueden ser utilísimas
en manos de quienes hacen ciencia aplicada, un matemático
no descansará hasta encontrar la demostración lógica.
Galois presentó dos trabajos; si bien no resolvía el
problema de las ecuaciones de quinto grado, daba
importantes pasos para lograrlo. El propio Cauchy juzgó
sus trabajos merecedores del Premio Nacional de la
Academia de Ciencias, con la única condición de que los
unificara.
Galois preparó una nueva demostración y se la entregó
a Joseph Fourier. Cuando se conocieron los resultados,
Galois no estaba entre los ganadores porque Fourier se
había olvidado de inscribirlo. Mientras
tanto, había logrado ingresar a la Escuela Normal
Superior.
DE PROFUNDIS
En 1829 comenzaron las desgracias de Evaristo. Su padre
había sido respetado como alcalde de Bourg La Reine
desde los Cien Días de Napoleón.
Sólo tenía una manía inocente, típica de su tiempo:
escribir sátiras dirigidas a sus opositores. Se vio
envuelto en las polémicas que enfrentaban a liberales y
clericales y un cura realista lo difamó haciendo
circular octavillas apócrifas. El padre de Evaristo cayó
en la depresión y acabó por suicidarse. El entierro fue
una batahola con heridos y contusos.
Evaristo había perdido su principal apoyo. Profundamente
herido, buscó refugio en el activismo político. En 1830,
cuando estalló la revolución de julio, se unió a la
Guardia Nacional y estuvo arengando al pueblo en una
barricada del Hotel de Ville. Acusó de cobardía al
director de la Escuela por haber impedido que sus alumnos
ganaran la calle y fue expulsado.
La gran matemática Sophie Germain, preocupada por
Evaristo, escribía: Ha sido expulsado de la
escuela, no tiene dinero, su madre tiene muy poco, y él
continúa con el hábito del insulto. Dicen que se va a
volver completamente loco. Me temo que sea cierto.
La victoria popular fue escamoteada por quienes menos habían
participado en ella, y las Cámaras terminaron por
ofrecerle el trono a Luis Felipe de Orléans. Una noche,
los jóvenes republicanos estaban reunidos en un
restaurante de Belleville y Galois fue visto levantando
la copa y empuñando un cuchillo, mientras gritaba
¡Para Luis Felipe!. El alboroto no permitió
escuchar el fin de la frase: ... si traiciona a la
patria. Alejandro Dumas, que estaba en otra mesa,
tuvo que huir por la puerta trasera, mientras que el
grupo de exaltados salió a la calle e improvisó un
baile, cantando consignas contrarias a la monarquía.
Evaristo fue detenido y condenado a un mes de prisión en
la cárcel de Santa Pelagia. Sin embargo, al año
siguiente, salió a festejar el 14 de julio vestido con
el uniforme de la artillería, disuelta por Luis Felipe.
Esta vez, le dieron seis meses.
En la cárcel estuvo con los delincuentes comunes, que lo
obligaban a emborracharse y lo humillaban. Un día,
alguien le disparó desde la calle e hirió a otro preso.
Cuando estalló una epidemia de cólera, los presos
fueron liberados, menos Evaristo, que fue enviado a un
sanatorio bajo vigilancia. Sus enemigos urdieron la forma
de sacárselo de encima y, como se diría en el barrio,
le hicieron la cama. Le enviaron a una tal Stéphanie
que lo sedujo en el sanatorio, y en cuanto los dos fueron
sorprendidos apareció el novio celoso, que desafió a
Evaristo a un duelo: una buena manera de sacárselo de
encima.
Para entonces, Evaristo se había quebrado. Sufría una
profunda depresión y escribía: La ola putrefacta
de un mundo podrido ensucia mi corazón ( ... ) ¡detesto
al mundo!. Una frase típica de un adolescente romántico,
que hoy se diría punk o dark, pero que
en labios de Galois era el fruto de una destrucción
premeditada.
La noche antes del duelo, Evaristo tenía la certeza de
que iba a morir. Tomó papel y comenzó a escribir su
prematuro testamento científico. En esas hojas llenas de
tachaduras puso sus últimas deducciones, que no sólo
resolvían el problema de las ecuaciones de quinto grado,
sino que también formulaban conceptos de enorme
fecundidad, que otros iban a desarrollar.
En esa febril escritura, mientras su mente lógica
desgranaba sutiles razonamientos, la angustia le
recordaba que estaba al límite de su existencia. Cada
tanto, entre las fórmulas aparecían palabras sueltas:
Stéphanie, una mujer, ¡no
tengo tiempo!, la vida se extingue como un
miserable cancán...
También dejó una carta en la que pedía que Gauss y
Jacobi se expidieran sobre la validez de su trabajo.
Durante una década fue ignorado, hasta que Joseph
Liouville lo descubrió y dio a conocer.
La bala de aquella madrugada apagó una mente que recién
estaba comenzando a dar frutos. La estupidez y el odio
pudieron más que él y nunca llegó a recibir ninguno de
esos premios que otros obtienen con menos esfuerzo.
El historiador de la matemática Eric Temple Bell le puso
este epitafio: Las desgracias de Galois deberían
ser conmemoradas en un monumento siniestro erigido por
todos los educadores seguros de sí mismos, por todos los
políticos inescrupulosos, y por todos los académicos
hinchados de su saber.
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