Negar la violencia como un momento en la lucha por el cambio esta lejos del
anarquismo. En algún momento la pasión destructiva que ella conlleva es
necesaria, pero también insuficiente y de ninguna manera es la que comanda la
acción del movimiento. El anarquismo pretende un cambio total en la organización
social y económica de los hombres. Este cambio radical no puede de ninguna
manera ser el resultado de una revolución puntual y catastrófica, que a lo mas
podría alcanzar a dominar el poder político, algo contradictorio con la
esencia del movimiento anarquista pues el objetivo precisamente es destruirlo.
Esta totalmente fuera de la tradición anarquista pensar que una algarada
callejera, así logre tomar la Bastilla o el Palacio de Invierno, consiga
transformar la sociedad de la manera que deseamos. La pretensión no es sólo la
socialización de la economía o la adquisición del poder en alguna de sus
formas. Lo que pretendemos los anarquistas es modificar las relaciones entre los
hombres fundándolas en la libertad, la igualdad y la solidaridad, lo que hace
que nuestra revolución se extienda a todos los aspectos de la vida de cada uno
y encierre tanto un cambio de las relaciones comunitarias como un cambio
personal.
No es por tanto que el anarquismo niegue la violencia, sino que rechaza esa
violencia que es únicamente la manifestación de la pasión destructiva y no
esta subordinada a la acción constructiva, y que no siquiera sirve de detonante
de un vasto movimiento popular revolucionario. No es la violencia de un grupo de
donde ha de surgir la creación de un mundo nuevo, sino de la participación e
incorporación de todos y cada uno en esa tarea. La violencia como momento
destructivo es un punto de un proceso constructivo mucho mas largo y amplio.
No negamos que entre fines del S. XIX y comienzos del XX un numero importante
de anarquistas apoyo la propaganda por la violencia pero, sin entrar a analizar
este hecho que puede ser justificable, eso no es suficiente para asociar anarquía
y violencia de manera tan directa como se pretende en nuestra sociedad, cuando
lo cierto es que la represión de cualquiera de los gobiernos de la democracia
representativa criolla ha matado mas gente que la que murio en el gran
movimiento filo-anarquista del mayo francés de 1968, y en ningún caso el
alcance y magnitud de los hechos es comparable. Tampoco se puede negar que los
anarquistas han soportado mas violencia que la que pueden haber ocasionado.
Nuestros muertos se cuentan por miles, muy pocos por la violencia ciega, la
mayoría por la violencia que es defender - frente a los explotadores y
opresores - ideas que son capaces de elevar a la humanidad a un nuevo estadio de
dignidad.