Le he pedido a Diego Ruiz Cortés que me permitiera escribirle esas inútiles aunque inevitables palabras de todo catálogo bien nacido. Tenía mis razones para ello: la menos importante se refiere a lo del ejercicio crítico; la verdaderamente sustancial tiene que ver con el hecho de que yo he visto crecer, en la tierra suya y mía, a su juventud. Que se me perdone esa leve fuga cordial. Pero hay una tercera razón, esta ya de declarado egoísmo: la de que quiero ser de los primeros que saluden la aparición de un artista.
Conozco ese paisaje. No importa de donde sea, pero algo hay que delata determinados orígenes. Y lo conozco, a pesar de haberlo transfigurado mediante esa mirada nueva con que todo verdadero artista inaugura el mundo cada día en su retina. Incluso creo intuir algo de lo que él ha hecho para originalizarlo: lo ha reducido a esa sobriedad que a él es naturaleza. No se ha querido dejar seducir por su opulencia cromática ni se ha entregado a la furias de su elementalidad. Ved cómo, sin dejar de ser cromático, ha ensordecido los colores hasta ponerlos al servicio de un determinado clima emocional. Observad cómo ha renunciado a la dádiva de los tonos y las veladuras para extraer el matiz, no cualquiera de sus zonas parciales sino de la totalidad de la obra. Mirad por último cómo sus enérgicas y amplias masas de color están reducidas a un orden, aprisionadas en sus fronteras por una vigorosa lineación.
Digo que he visto crecer, relativamente paralela a la mía, la niñez de este artista. Y es gozo recuperar con el recuerdo de sus primeros balbuceos cuando, al cabo de un tiempo, uno puede verlo madurado en artista.
JOSÉ MĒ MORENO GALVÁN
Catálogo. Madrid. 1961