Crítica del suplemento cultural del ABC
Arte
El artista silente
Iván de la Torre Amerighi

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Continúa Birimbao con la ardua tarea de rescatar y reivindicar una serie de figuras artísticas andaluzas de primer orden, cuya larga trayectoria estaba huérfana de un pequeño homenaje. Antes fueron Juan Romero o Pérez Aguilera; ahora Ruiz Cortés. Muchos podrán pensar que no es labor de una galería proyectar esta serie de exposiciones; otros, como el que escribe, quizás lancen una media sonrisa irónica pensando en el sonrojo de algunas instituciones que ven suplantadas sus incapacidades por propuestas privadas que terminan indicándoles cuál es el camino a seguir. Diego Ruiz Cortés (La Puebla de Cazalla, 1930) es un artista silente. Y eso, hoy, es un mérito. Rodeados de toda una cohorte de ciudadanos que ven en el arte un medio para alcanzar notoriedad y preeminencia, que continúan vendiendo humo sin demostrar nada, nos reconforta descubrir ejemplos en contrario. Hay artistas ­también jóvenes­ que no van a todas las exposiciones, ni están en todos los saraos, ni se encuentran en todos los medios, ni se dispersan en discusiones de prensa, ni se pavonean por circuitos y mercados. Aún hay artistas que, ajenos a los vaivenes de las modas y los modismos, ven en el arte un fin y no un medio, un producto de la investigación, un motivo de autosatisfacción. Ruiz Cortés presenta su producción última sobre distintos soportes, resultado de un camino iniciado a principios de los 60 cuando, junto a otros pocos ­hoy más famosos­, se inventaban la modernidad en la capital hispalense. Con la abstracción geométrica como marco de movimientos, el sevillano ha venido elaborando un lenguaje propio de tratamiento del espacio. Desde las influencias externas, de Josef Albers a Vasarely, a las experiencias nacionales de abstracción normativa ­ Equipo 57, por ejemplo­ o del arte cinético y Op-art, de Sempere, Alexanco, Barbadillo o Iturralde, contemporáneos suyos, ha tomado algo. Tres fundamentos circundan este idioma propio: color, luz y estructura. Es verdad que la simulación espacial está creada a partir del color, como bien señala Juan-Ramón Barbancho. Pero Ruiz Cortés obvia caer en la fácil planura del color, añadiendo la presencia de la luz mediante la factura pictórica, sin enmascarar recursos como la pincelada doble, contrapuesta y matérica. A todo ello suma unas estructuras matemáticas, donde combina simetrías y asimetrías, respaldadas últimamente por unas tenues retículas lineales. Tras la retrospectiva de 1995 en la Fundación Aparejadores de Sevilla, el artista viene a demostrar ahora que aún tiene algo que decir, sin exageraciones ni alharacas, aunque sea mediante un discurso silencioso, diario, susurrado al oído del espectador.
2002 |