IZNAGA 1420 - 2009
.Don Pedro Jos� de Iznaga y Borrell, que fue Cadete del Batall�n de Milicias de las Cuatro Villas, Regidor Perpetuo de Trinidad, Alcalde Ordinario y Diputado del Real Consulado, Caballero de la Orden de Carlos III y Cruz de la Flor de Lis de La Vend�e de Francia. Nombre completo es Pedro Jos� de Iznaga y Borrell, P�rez de Vargas-Sotomayor y Guzm�n y Padr�n.  El 19 de noviembre de 1816, rog� a Su Majestad se dignase concede el uso de uniforme a los se�ores regidores del Ayuntamiento de Trinidad, a lo que accedi� don Fernando VII por Real Orden de 17 de enero de 1817, "atendiendo a la antig�edad e importancia de Trinidad como ciudad y asiento de gobierno de las Cuatro Villas y que adem�s, en toda ocasi�n se ha distinguido en amor y lealtad a la Real Corona y m�s particularmente cuando los ingleses la acometieron frustrando sus intenciones con el m�s denodado valor sin perdonar fatiga ni riesgo a la conservaci�n de dicho territorio a la Corona de Espa�a". El uniform� consist�a: en casaca azul turqu�, cuello, vuelta y solapas, anteada y bordada de oro; chaleco anteado, bordado tambi�n de oro; calz�n azul turqu� y sombrero galoneado.
Dotado de gran talento y disposici�n para los negocios, don
Pedro Jos� de Iznaga y Borrell aument� considerablemente su fortuna, llegando a ser uno de los cubanos m�s ricos de su �poca. Antes de 1830, foment� en Trinidad el ingenio �Mahinic��, en un sitio de crianza perteneciente al hato San Pedro. Cuenta la tradici�n: �que con el objeto de recolectar fondos para fundir una campana para su referido ingenio, que fuera digna de su nombre y posici�n social, invit� a sus parientes y amigos a un almuerzo en su Palacio, (fabricado por �l en 1814, y el cual conservan sus descendientes). Una vez terminado el almuerzo, la concurrencia se traslad� en sus volantas y quitrines a la fundici�n, para echar en el fuego su contribuci�n, en oro y plata, comenzando por el propio don Pedro Jos�, que dej� caer mil onzas de oro. Una vez terminada la campana, pesaba cincuenta y seis quintales, pudi�ndose a�n leer en ella la siguiente inscripci�n: �Soy de don Pedro Iznaga�. �Ingenio Mahinic��. �A�o 1833�. Su sonoridad fue tal, que el toque de ella se o�a por todo el valle de Trinidad�.
Don
Pedro Jos� de Iznaga y Borrell, cas� el 4 de febrero de 1829 con su prima hermana do�a Mar�a Monserrate Fern�ndez de Lara y Borrell, y al morir �l, el 12 de febrero de 1841, hered� el ingenio �Mahinic�� su hija do�a B�rbara In�s de Iznaga y Fern�ndez de Lara, que cas� dos veces: la primera con el teniente general don Jos� Riquelme y G�mez, teniente gobernador pol�tico y militar de Trinidad, m�s tarde ministro de la Guerra; y la segunda, con el ilustre habanero don Sebasti�n Montalvo y Mantilla, miembro de la casa de los condes de Macuriges y de Casa Montalvo, marqueses de Casa Montalvo. El 6 de febrero de 1892, ya demolido el ingenio �Mahinic�� la referida do�a B�rbara In�s de Iznaga y Fern�ndez de Lara, hizo donaci�n de la campana a la parroquial mayor de la Sant�sima Trinidad, que estaba entonces en construcci�n, coloc�ndola interinamente en un horc�n de madera dura que estaba situado al costado de dicho templo. Pero viendo que los a�os transcurr�an y que la fabricaci�n de la iglesia no se terminaba, decidi� la donante, previa la autorizaci�n del entonces cura p�rroco, trasladar la campana a La Habana y ofrecerla al cabildo de la Catedral, que la acept� gustoso, dirigiendo con tal motivo una carta a do�a B�rbara In�s, d�ndole las gracias y cuya misiva conserva como reliquia muy preciada, su hija la se�ora Mar�a Montalvo de Iznaga de Soto Navarro.
La campana mayor que en la actualidad existe en la Catedral de La Habana, fue fundida y donada en el a�o 1762, por el Ilustr�simo se�or don
Pedro Agust�n Morell de Santa Cruz y Lora, obispo de esta di�cesis, pero la de mayor sonoridad y riqueza es la Trinidad, raz�n por lo que todos los d�as al amanecer, al mediod�a y al ponerse el sol, deja o�r su voz de oro llamando a la m�s bella oraci�n de la cristiandad, el toque del �ngelus. 24 Abril 1949
Mansiones de Trinidad
�Adem�s, siempre ha existido en Trinidad -que alguna vez se imagin� llamada a ser la ciudad principal de la Siempre Fiel Isla de Cuba- cierto rencor contra la Habana. �Por qu�, entonces, no usar el oro, que yace in�til en ocultos rincones, para abatir el orgullo de la capital? �Por qu� no dotar a Trinidad de palacios m�s suntuosos que los de la ciudad aborrecida? Y una noche, una calurosa noche de verano, en que bostezan, m�s aburridos que nunca, tres potentados deciden realizar aquel prop�sito. Son Don
Pedro Iznaga, Don Jos� Mariano Borrell y Don Juan Guillermo B�cquer. Don Pedro Iznaga es un esp�ritu apacible, que gusta de rincones recoletos, de balcones floridos y de arcos de medio punto, que son, en arquitectura, los m�s arm�nicos. Don Jos� Mariano Borrell es un hombre de acci�n, amigo de la pompa y el boato, pero tambi�n admirador de las artes bellas. Y Don Juan Guillermo B�cquer, que, venido de tierras extra�as, ha logrado amasar cuantiosa fortuna, es un car�cter emprendedor, con el genio vivo y una soberbia fuera de medida. �Los tres se�ores son por igual pr�digos y vanidosos. Y la edificaci�n de los palacios, ideada con el prop�sito de parangonar a Trinidad con la Habana, deviene por �ltimo en hiperestesiada cuesti�n personal. Cada uno afirma que su f�brica ha de ser superior a las de los otros. Y para hacer v�lidas sus palabras, derrochan energ�as y dinero. Los edificios se van r�pidamente levantando. Y, antes de concluidos, se advierte ya que el de Don Juan Guillermo B�cquer ser�, entre los tres, el m�s fastuoso y acaso el de m�s belleza. �Se habla de los palacios de Trinidad, se encarece el m�rito de sus pinturas, se alaba fervorosamente su belleza arquitect�nica. Son los hijos mimados, por bonitos, que la familia exhibe con embobada ufan�a. Apenas llegado un viajero, se le hace visitar el Palacio de Borrell, el Palacio de Iznaga, el Palacio de Don Justo Cantero, el Palacio del Conde de Brunet; se le recuerda el Palacio de B�cquer, que tuvo en Samuel Hazard un comentarista apasionado. So f�a, casi exclusivamente, en la suntuosidad de las grandes f�bricas para captar la admiraci�n del forastero. Y, no obstante, lo que aporta una fisonom�a peculiar y �nica a la ciudad, no son las fastuosas mansiones se�oriales, sino los edificios de mediana amplitud y las casas peque�as, centenarias algunas, que se admiran por todas partes. Esas longevas construcciones de la Calle de la Amargura y de la Calle del Cristo, del caser�o de La Popa y del callej�n de Gald�s, son las que, en definitiva, crean una atm�sfera de encanto y arca�smo.
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PRINCIPIO GENERATION 12 CONTD.
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