Brasil: una historia de pactos entre elites
Emir Sader*
(1999)Publicado en "Tiempos Violentos - Neoliberalismo, globalización y desigualdad en América Latina". Atilio Boron, Julio Gambina, Naun Minsburg (org.);
A l término del mandato presidencial para el cual fue electo
en 1994, Fernando Henrique Cardoso se transforma en el segundo presidente civil
brasileño que logra concluir su mandato en más de siete décadas. Ese déficit
democrático contrasta con el acelerado crecimiento económico del país,
especialmente el producido entre los año 1930 y 1950, que sitúa a la economía
brasileña como la que más creció en el mundo en el siglo veinte. Inclusive los
períodos de mayor crecimiento se produjeron durante dictaduras: la de Getulio
Vargas entre 1930 y 1945, y la de los militares entre 1964 y 1985. Entre esos
dos períodos hubo en el Brasil un presidente militar, un segundo mandato de
Vargas que terminó con su suicidio en 1954, un presidente civil, Juscelino
Kubitschek (1955-1960), que logró concluir su mandato, el efímero gobierno de
Janio Quadros (1961) que renunció al cabo de seis meses, y el gobierno de Joao
Goulart (1961-1964), derrocado por el golpe militar de 1964.
Terminada la dictadura militar, el presidente José Sarney fue electo por un
Colegio Electoral organizado por el régimen dictatorial saliente, en 1985, como
vicepresidente de Tancredo Neves, fallecido antes de tomar posesión. Fernando
Collor, primer presidente electo por sufragio universal en casi cuarenta años en
1989, fue destituido por un juicio político (impeachment) bajo acusaciones de
corrupción, completando su mandato el vicepresidente, Itamar Franco (1992-1994).
A continuación fue electo presidente el hasta poco antes ministro de Economía,
Fernando Henrique Cardoso, en 1994.
No resulta extraña esa evolución en un país que ha tenido una historia marcada
no por rupturas y afirmaciones de identidades y antagonismos, sino por los
pactos de elite. Mientras que los demás países del continente terminaron su
período colonial mediante la expulsión de sus invasores, a través de guerras de
independencia que dieron paso a la fundación de los respectivos estados
nacionales, en Brasil ese proceso fue sustituido por un pacto de elite, en el
que el rey de Portugal colocó la corona del nuevo estado brasileño en la cabeza
de su propio hijo en 1822 "antes que algún aventurero se haga con ella",
haciendo que Brasil pasase de colonia a monarquía al alcanzar la independencia
de este peculiar modo. Quedó instaurada una monarquía ligada a la metrópoli y se
postergó la instauración de la república (1889) y la libertad de los esclavos
(1888). El Brasil fue el país que más demoró en alcanzar esos logros en el
continente.
El movimiento político más importante de la historia del país, la llamada "revolución
de 1930", dirigida por Getulio Vargas, protagonista de la ruptura de la
hegemonía primario-exportadora y del inicio de la industrialización brasileña,
fue definido por uno de sus conductores con la afirmación: "Hacemos la
revolución, antes de que la haga el pueblo". Al finalizar el régimen dictatorial
de los años sesenta y setenta, la primera elección presidencial (1985) no se
hizo por el voto universal porque la oposición no consiguió los dos tercios de
votos necesarios en el Congreso. Fue un colegio Electoral el que se encargó de
designar a los nuevos integrantes del Poder Ejecutivo, y en ese ámbito la
victoria de la oposición sólo fue posible mediante la alianza con fuerzas
identificadas con el régimen que terminaba. El nuevo régimen nacía así de un
nuevo pacto de elite, hecho a imagen y semejanza del ilegítimo Colegio Electoral.
Se restablecieron los derechos civiles pero sin realizar ninguna reforma de las
estructuras económicas que sustentan el poder de las elites, tales como el
monopolio del capital financiero, la propiedad de las tierras, los grandes
medios de comunicación, los conglomerados industriales y comerciales. Fue un
proceso del tipo que Gramsci denominó "transformismo", en el que se altera la
forma de dominación política sin que se modifique su contenido.
Del déficit social al déficit público
Llegados los años ochenta, existía un consenso de alcance
nacional que presidió las transformaciones políticas de aquellos años,
establecido acerca de que el núcleo de los problemas del país era el déficit
social. Esto equivalía al reconocimiento de que el crecimiento económico
conseguido por la dictadura no había sido acompañado por la distribución del
ingreso. En ese clima funcionó la Asamblea Constituyente (1987-1988), la cual,
luego de grandes movilizaciones de movimientos sociales a favor de sus
reivindicaciones, terminó aprobando lo que su presidente, Ulysses Guimaraes,
llamó la "Constitución ciudadana" en función de la amplia afirmación de derechos
que la caracterizaba..
Ese movimiento se daba a contramano de la hegemonía neoliberal que se expandía
en los otros países del continente y a escala mundial. Se inició al poco tiempo,
todavía con José Sarney como presidente, una campaña en torno al tema de la
ingobernabilidad, basada en la idea de que la nueva Constitución volvería
imposible de ser dirigido al Estado brasileño debido a la cantidad excesiva de
demandas que aprobaba. Esta posición tomaba fuerza frente a la crisis fiscal que
ya se había desencadenado en el país, a partir de que la crisis de la deuda
externa había hecho que ésta pasase a comandar las políticas económicas de
varios gobiernos. Fernando Collor llegó a hacer un discurso televisivo en el que
contaba el número de veces que la palabra 'derecho' aparecía en la nueva Carta,
en comparación con la menor aparición del término 'deber'.
El gobierno de Collor dio forma al primer proyecto neoliberal conscientemente
articulado, tomando el déficit estatal como el nudo de los problemas a ser
atacados si se pretendía que el país llegase a la modernidad. Fracasó (primero
su plan económico de confiscación indiscriminada del ahorro de la población, y
posteriormente el de su gobierno, con el juicio político votado por el Congreso
por delitos morales) después de haber sido elegido como candidato outsider en
las primeras elecciones presidenciales directas luego de la dictadura, con
pequeña ventaja sobre el candidato de la izquierda, Luis Ignácio Lula da Silva,
circunstancia que lo había presentado como el "angel salvador" de la burguesía
brasileña. Su destitución volvía a profundizar la crisis hegemónica que se
prolongaba desde el agotamiento político y económico del régimen militar.
La década del ochenta fue la primera de recesión para la economía brasileña
desde los años treinta, impulsada por la deuda externa y por su consecuencia, la
crisis fiscal. La indexación general de la economía encubría un proceso de
hiper-inflación, en el que se defendían con más éxito e inclusive obtenían
beneficios los sectores mejor posicionados en relación con los rendimientos del
capital financiero, el cual ya comenzaba a tornarse hegemónico.
Tras intentar algunas alternativas erráticas, el vicepresidente de Collor,
Itamar Franco, se decidió por el nombramiento como ministro de Economía del que
hasta entonces lo era de Relaciones Exteriores, Fernando Henrique Cardoso. El
nuevo ministro era sociólogo, se había formado en la principal universidad
brasileña, Sao Paulo, y allí, después de un estudio sobre temas raciales
brasileños, elaboró junto con su colega chileno Enzo Faletto una versión
alternativa a la marxista de la teoría de la dependencia.1 Posteriormente,
Cardoso formuló la llamada "teoría del autoritarismo" como tentativa de
explicación de la dictadura militar brasileña, a partir de las tesis del español
Juan Linz sobre la evolución del franquismo. Con esta teoría, Cardoso se
transformó en el principal teórico de matriz conservadora de la transición
democrática en Brasil, al hacer de la concentración del poder político y
económico en las manos del Estado la razón central de la dictadura, absolviendo
al capital privado nacional e internacional. Desembocaba así en una teoría
liberal de la reconstrucción democrática.2
Cardoso había ingresado en las filas de la oposición institucional a la dictadura en los años '70, y más tarde se convirtió en senador por el estado de San Pablo, mandato que estaba concluyendo cuando fue ascendido al ministerio de Economía. Había estado entre aquellos dirigentes de su partido, la Social Democracia Brasileña, que se manifestaron favorables a la participación en el gobierno Collor un mes antes de su destitución por el Congreso en consideración de la identificación del partido socialdemócrata con el programa de modernización liberal del entonces presidente de la república. Quedaba clara entonces la reconversión ideológica de Cardoso, acompañando el viraje de las corrientes mayoritarias de la socialdemocracia internacional desde la regulación económica al neoliberalismo.
Un neoliberalismo tardío
Como en todas sus versiones latinoamericanas, el programa
neoliberal brasileño tomó como centro el combate a la inflación y la
estabilización monetaria. Su carácter neoliberal está dado por responsabilizar
al Estado por el descontrol inflacionario y por las medidas de restricción del
gasto público, privatización de las empresas estatales, apertura de la economía
al exterior (supuestamente para abaratar los precios internos e incentivar la
competitividad) y desregulación general de la economía. Estos eran los rasgos
salientes del Plan Real de Cardoso, llamado así por la creación de una nueva
moneda, el Real, con valor a la par del dólar.
Como todo plan de ese tipo alcanzó éxitos inmediatos en el combate a la
inflación, mucho más por el ataque a la inercia inflacionaria que por la
disminución del déficit público, al que se apuntaba inicialmente como la causa
última de la inflación. Funcionó también perfectamente para elegir a Cardoso
presidente de la república en la primera vuelta, revirtiendo la ventaja inicial
de Lula, basada en un programa centrado en la justicia social y la moralidad
política, ausentes de las políticas de estabilización monetaria. El éxito de
Cardoso se dio también por la transferencia de ingresos producida en los dos
primeros años del plan desde la mitad de la pirámide social para abajo sin
afectar los beneficios de la cúpula. Los sectores de menor nivel de ingresos,
que no tenían defensa contra el desgaste inflacionario, recuperaron poder
adquisitivo, en tanto que los sectores medios, como resultado de la política de
contención salarial, aumento del desempleo y descontrol de precios de los
servicios personales, perdieron ingresos. El Plan constituyó así un nuevo pacto
de elite, basado en que un problema -la inflación- era resuelto transfiriendo su
carga a los sectores populares, sin que las elites pagasen el precio de un
proceso inflacionario producido por el financiamiento público de la inversión
privada.
El Plan de Cardoso se enfrentó mientras tanto a algunos obstáculos que
comprometieron rápidamente su capacidad de reactivar el dinamismo de la economía
brasileña. El primero fue la crisis mexicana, ocurrida pocos meses después del
lanzamiento del Plan, coincidiendo con el comienzo del gobierno de Cardoso y
haciendo que el proyecto neoliberal brasileño surgiese de forma tardía, cuando
el período de mayor auge de los planes de ajuste fiscal ya se estaba agotando.
El segundo fue la sobrevaluación de la moneda brasileña, que aceleró rápidamente
los efectos negativos del Plan. Los déficits de balanza comercial y de pagos se
volvieron más difíciles de corregir dentro de la lógica del Plan después de la
crisis mexicana.
Pero el principal problema del Plan estaba en el mecanismo de estabilización
monetaria, basado en la atracción de capitales externos mediante tasas de
interés elevadísimas. Si bien permitió el ingreso de grandes cantidades de
capitales, ese mecanismo consiguió atraer básicamente capitales especulativos o
aquello que llegaban para comprar a precios desvalorizados empresas privatizadas
por el gobierno sin aumentar significativamente el nivel de las inversiones
productivas. El tamaño de las reservas, de las que el gobierno se enorgullecía
(más de sesenta mil millones de dólares), da en realidad la dimensión de la
desconfianza del gobierno en relación al capital que ingresa al país, dispuesto
a retirarse, tal como los ciclos recientes de la crisis financiera actual lo
demuestran- a la menor señal de inestabilidad.
Por otro lado, las tasas de interés altas representan un freno a cualquier
recuperación del crecimiento económico, considerada siempre por las autoridades
económicas como una amenaza a la estabilidad monetaria. Las dificultades para el
acceso al crédito, tanto de las empresas como de los consumidores, se suman al
efecto de la deuda pública, que se multiplicó por cinco desde el inicio de la
ejecución del Plan de estabilización monetaria. Un equipo económico que sostenía
que el Estado gastaba mucho y mal, y que se proponía sanear las finanzas
públicas, provocó un proceso de endeudamiento estatal inédito en el país, que
llega al 8% del Producto Bruto Interno. El propio gobierno, al fijar las tasas
de interés para la atracción del capital externo, establece al mismo tiempo las
tasas con que pagará las deudas. Tal es el mecanismo perverso de la modalidad de
estabilidad monetaria escogida y puesta en práctica por el gobierno de Cardoso.
¿Tercera vía o nueva derecha?
En el momento de la destitución de Fernando Collor, un
importante prócer de la elite brasileña afirmó que aquella era la última
posibilidad de elegir a alguien de derecha como presidente de Brasil. Se abría
la posibilidad de un triunfo de la izquierda, o de un nuevo triunfo de la
derecha cooptando a alguien originario de la izquierda.
La particularidad de la experiencia neoliberal en Brasil no radica en la
aplicación de ese programa por parte de una fuerza política que se reivindica
como socialdemócrata. Esto se había dado ya con Mitterrand en Francia o con
Felipe González en España, y algo semejante ocurrió con el PRI en México, con
Menem en Argentina o con el Partido Socialista en Chile, entre otros. La
peculiaridad es que Cardoso no derrotó a una fuerza de derecha, como en los
casos de Francia, España, Inglaterra y Chile, sino que rearticula a la derecha
unificando a todos sus sectores, y teniendo solamente a la izquierda como fuerza
opositora. En las elecciones de 1994, por ejemplo, no hay otro candidato de
derecha tradicional, porque todas las fuerzas conservadoras apoyaron a Cardoso,
mientras que los candidatos alternativos fueron Lula por la izquierda y Ciro
Gómez, un sucesor de Cardoso en el Ministerio de Economía que hoy se reivindica
como la versión brasileña de la tercera vía.
Cardoso reunificó a la derecha brasileña y renovó su discurso, dándole un barniz
de modernización liberal como cobertura para las viejas prácticas de
privatización del Estado. Asumió además el papel de combate a la izquierda: a
los partidos de izquierda, a los sindicatos, a los movimientos sociales, al
Movimiento Sin Tierra. Adoptó el discurso de la ineluctabilidad de la
globalización, cuyas consecuencias sería imposible evitar.
En la práctica desmontó gran parte de la capacidad de planeamiento del Estado
brasileño, que fue responsable tanto de la integración del enorme territorio
nacional como de la competitividad de la economía del país. A causa del
deterioro de la balanza comercial, resultado de la sobrevaluación de la moneda
brasileña y de la ausencia de políticas industriales, el Brasil volvió a tener
sus exportaciones compuestas básicamente por bienes primarios, como el café y la
soja, al mismo tiempo que dejó de ser un gran exportador de automóviles para, a
partir de 1994, importar más autos que los que exporta.
En el plano social, después de afirmar que iba a "dar vuelta la página del
varguismo en la historia brasileña", lo hizo por el lado positivo de las
conquistas del período de Getulio Vargas. La mayoría de los brasileños dejó de
tener libreta de trabajo oficial, deambulando en la economía informal, como
parte del mayor proceso de abrogación de derechos sociales que el país ha
conocido.
Aunque incluido por Tony Blair en el grupo de los mandatarios autodenominados de
"tercera vía", Cardoso tiene dificultades para situarse en una posición de
equidistancia entre dos fuerzas, dado que el cuadro político e ideológico
brasileño está fuertemente polarizado entre derecha e izquierda. En caso de que
Fernando Collor hubiese cumplido una función equivalente a la de Thatcher y
Reagan en el Brasil, Cardoso podría aparecer como una especie de "tercera vía".
En cambio, el "trabajo sucio" del neoliberalismo apenas fue iniciado por Collor,
y es ahora Cardoso el que personifica la desregulación de la economía, el
desmonte del Estado regulador, el debilitamiento de las políticas sociales, la
desarticulación de la industria nacional, la privatización de las empresas
estatales, la apertura indiscriminada de la economía, la política de tasas de
interés estratosféricas, la elevación del desempleo a niveles próximos al 20%, e
índices de crecimiento aun menores que los de la "década perdida" de los ochenta.
Nafta, Mercosur, Alca
El Brasil dejó así de ser considerado una "potencia
intermedia emergente", como era clasificado en los años setenta junto con la
India, Africa del Sur, Pakistán, México, Indonesia e Israel entre otros, para
quedar reducido a un "mercado emergente", una economía en relación a la cual
todos buscan las facilidades para obtener superávits comerciales. El Brasil es
el país con el cual EE.UU tiene el mayor superávit comercial, ocupando el
extremo opuesto respecto de China y Japón, responsables de los mayores déficits
norteamericanos.
En el plano internacional Brasil amoldó su política externa a la línea de
Washington, abandonando los restos de su independencia externa. La adhesión
reciente a la amenaza de los EE.UU de volver a bombardear a Irak, significó la
sustitución de la tradicional posición autónoma del país en relación con los
EEUU y Oriente Medio mediante el apoyo automático a las posiciones
norteamericanas. Prueba de eso la constituye la adhesión brasileña a la posición
de EEUU en cuanto a someter la reincorporación de Cuba a las instituciones
continentales a reformas del sistema político cubano, manifestada por el
canciller brasileño en la última reunión de la OEA en Venezuela.
Frente a la constitución de los tres mega-mercados mundiales, que excluyen al
Hemisferio Sur, la organización del Mercosur por parte de Brasil, Argentina,
Uruguay y Paraguay, representó inicialmente un simple mecanismo de defensa en el
extremo sur del continente. Sus perspectivas no parecían muy favorables frente a
la política de EEUU de integrar selectivamente a los países del continente al
Nafta, comenzando por Chile.
La crisis mexicana, entretanto, cambió la situación, permitiendo al Mercosur
ganar tiempo para consolidar su espacio y extenderse. Aún Chile, viendo que el
Congreso norteamericano no concedería la "vía rápida" al presidente
norteamericano para nuevos acuerdos comerciales, se integró al Mercosur. Algo
semejante ocurrió con Bolivia, y posteriormente, en vista de los impasses del
Pacto Andino, hubo acuerdos con Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú,
posibilitando la aparición de un espacio de integración de todo el
sub-continente. Incluso fueron establecidos con los países del Mercado Común
Centroamericano.
Anclados en ese fortalecimiento y expansión, los países del Mercosur, liderados
por Brasil, pudieron resistir la ofensiva norteamericana de extensión del área
de Libre Comercio de América (ALCA), nueva estrategia de los EEUU frente a la
estagnación del NAFTA. La fecha de inicio del ALCA quedó postergada hasta el año
2005, ningún acuerdo será puesto en práctica sin que todos los demás estén
listos, y los países del Mercosur actúan como bloque. Esas tres decisiones
cruciales representan un revés para los EEUU.
Los límites del Mercosur están dados por las políticas económicas que se siguen
en Brasil y Argentina. El argumento de que sus economías no estarían aún en
condiciones de integrarse con los EE.UU. se choca con el hecho de que la
competitividad de esos países empeora cada vez más como producto de las
políticas económicas de sus gobiernos, que conducen al debilitamiento del poder
de competitividad de sus economías, especialmente de sus productos industriales.
De persistir esas políticas, la llegada del 2005 encontrará una distancia mucho
mayor aún que la actual entre la economía más poderosa del planeta y las
debilitadas economías de países como Brasil y Argentina.
¿Qué futuro para Brasil?
El período de distribución del ingreso quedó lejos en el
tiempo para Brasil. Todo el esfuerzo del gobierno de Cardoso pasó a ser el de
mantener la estabilidad monetaria a cualquier precio, a conciencia de que la
legitimidad que posee proviene de ésta. La crisis iniciada en Asia llevó a que
el gobierno brasileño doblase las tasas de interés, provocando las previsiones
de crecimiento cero, esto es, de estancamiento, cuando el país ya ha exhibido
con anterioridad los peores índices de crecimiento a pesar del potencial
económico acumulado en décadas anteriores. Para el Brasil el horizonte se reduce
hoy a dos posibilidades: conseguir administrar la estabilidad monetaria en el
marco actual, condenando por lo tanto al país a un estancamiento prolongado, o
ver una explosión de su modelo a partir de un ataque especulativo externo.
Desde el punto de vista político, el gobierno de Cardoso siguió todos los
patrones de conducta de gobiernos similares: ejercido por medio de medidas
provisorias (iniciativas del ejecutivo que no requieren aprobación del Congreso)
a un promedio de 1.6 por día desde 1994, debilitando más aún al Congreso y al
Poder Judicial. Batalló por la reforma constitucional que le posibilitase la
reelección, e hizo una campaña presidencial basada en abultados recursos de los
bancos, grandes contratistas y otras grandes empresas beneficiadas por su
gobierno. Destinó 20 mil millones de dólares para la reestructuración de los
bancos, ya favorecidos por su política económica, que consolidó la hegemonía del
capital financiero en Brasil, al mismo tiempo que suprimió recursos del Estado
para políticas sociales y pago de funcionarios. En su carácter de gobierno de la
clase dominante brasileña dejó impunes las matanzas cometidas contra los pueblos
indígenas de Amazonia, a causa de la complicidad de los gobernadores de los
estados de la región con los latifundistas y la policía local.
La superación del neoliberalismo requiere un período de transición, con
políticas que ya no pueden recomponer el cuadro político y económico anterior,
sino que deben recuperar la capacidad de regulación estatal, esencial para el
refortalecimiento de la democracia y el combate contra el indecoroso título de
país con la mayor injusticia social del mundo, en el marco internacional. Esto
se tiene que dar a través de una política de alianzas dirigida a los otros
países del hemisferio sur, tendiente a su profundización en los planos social,
tecnológico, cultural y político. Por otro lado, en lo interno, requiere una
des-privatización del Estado, creando una verdadera esfera pública que avance en
dirección a la socialización del poder.
El Brasil dio pasos en esa dirección en estos años, a contramano del
neoliberalismo, por la fuerza del movimiento social e intelectual. Esos pasos se
reflejaron en el Movimiento de los Sin Tierra y sus asentamientos, que organizan
a casi un millón de personas en comunidades económicamente autosuficientes donde
todos los niños van a la escuela y reina un clima de armonía y solidaridad.
Se proyecta también en la política del presupuesto participativo3, así como en
la mejor creación de los medios de comunicación brasileños, la TV Cultura, TV
pública de San Pablo que presenta las mejores programaciones culturales e
infantiles además de informativos más profundos y pluralistas y los mejores
programas de debate público de la televisión brasileña, con significativa
audiencia.
Electo para un segundo mandato, Cardoso administrará, en el mejor de los casos,
la estabilidad monetaria frente a las tormentas internacionales, los
desequilibrios internos y la profundización aún mayor de las desigualdades
sociales, provocadas por la política económica del gobierno. Su impulso inicial
está agotado. De ese modo, la izquierda brasileña tendrá una nueva oportunidad
histórica. Su derrota durante la dictadura militar ha quedado mucho más lejana
en el tiempo que las ocurridas en Argentina y Chile, donde las consecuencias se
hacen aún presentes con fuerza.
Cuando el entonces presidente norteamericano Richard Nixon decía que "para donde
vaya Brasil, irá América Latina", pensaba en otro plan. Sin embargo, dado el
peso del país en el continente y dada la fuerza social y política que continúa
teniendo la oposición de izquierda, el Brasil continuará siendo uno de los
principales campos de enfrentamiento al neoliberalismo, pudiendo generar las
mejores condiciones para el surgimiento de un gobierno pos-neoliberal.
El acuerdo Cardoso-FMI
La crisis económica internacional, iniciada a mediados del '97 en el sudeste
asiático y extendida a la golbalidad del sistema a lo largo del '98, es una
crisis cíclica típica del capitalismo. El hecho de que tenga en el capital
financiero su eje es consecuencia de que ese capital se ha vuelto hegemónico
como resultado de las políticas de desregulación económica llevadas a cabo por
el neoliberalismo.
Brasil se ha vuelto uno de los epicentros de la crisis, junto con Rusia, debido
a la particular fragilidad de su economía, como fruto de las políticas de los
gobiernos de Collor y Cardoso. Después de haber logrado grados de competitividad
relativamente altos para una país en la periferia del capitalismo, la economía
brasileña fue sometida a un proceso de regresión acelerada por la rápida
apertura de su economía, la desregulación y la hegemonía del capital financiero,
y la sobrevalorización cambiaria, pilar de la política de estabilidad monetaria
del gobierno de Cardoso.
Así, al contrario de países como China e India, que se mantienen mucho menos
afectados por la crisis, Brasil ve agotarse su modelo económico, no sólo por la
salida sistemática de capitales, que hizo que sus reservas se redujeran a la
mitad en tres meses, sino especialmente porque los capitales especulativos ya no
entran, aún con la tasa de interés real mas alta del mundo. Aun con la
reelección de cardoso, con la manutención de una holgada mayoría en el Congreso
y con el préstamo del FMI, Brasil sigue siendo el eslabón mas débil de la crisis
hoy en día.
Con las reservas mermándose, con el déficit público, comercial y en la balanza
de pagos muy altos y sin señales de que vayan a ser revertidos, Brasil ingresa a
la más prolongada y profunda recesión que la generación actual ha conocido.
Después de haber crecido a míseros 2% en la década bajó a cero en 1998, y el
pronóstico es que tendrá índices negativos en 1999. Así, en el cierre del
principal siglo de su historia, después que el país habia logrado niveles de
crecimiento acelerados de 1930 a 1980 -con dictadura o con democracia, con
distribución o con concentración de renta-, el país cierra melacólicamente el
siglo XX, con los primeros años del próximo ya comprometidos.
El segundo mandato de Cardoso está absolutamente comprometido con la
administración de la crisis. El gobierno accionó el piloto automático del
acuerdo con el FMI, aún a sabiendas de que no podrá cumplir con las metas
definidas. Los gobiernos provinciales ven empujadas hacia sí los costos
políticos de la política recesiva. La industria cierra miles de puestos de
trabajo, mientras que el desempleo se expande a ritmos aterradores. El país es
invitado a durísimos esfuerzos, para que, en el mejor de los casos, la economía
pueda recuperar sus niveles de fragilidad de ayer. El país no saldría más justo
ni más democrático, y menos todavía más soberanos, sino todo lo contrario. A eso
se invita a los brasileños, como forma de capear una crisis frente a la cual
Brasil se ve fragilizado por las mismas políticas de su gobierno.
Mientras Corea del Sur, sometida a durísimos criterios del FMI, ya empieza a
demostrar capacidad de reacción por la existencia de una industria nacional con
competitividad externa y a costas de la superexplotación del trabajo, Brasil es
uno de los países que más duramente va a pagar el precio de la crisis
capitalista actual. En el caso de que el gobierno de Cardoso logre hacer cumplir
los objetivos de su acuerdo con el FMI, los costos sociales y económicos serán
gravísimos, sacando a Brasil de la lista de economías con capacidad de definir
sus propios rumbos de forma mínimamente soberana. De la derrota del acuerdo
entre Cardoso y el FMI depende que Brasil pueda salir de la crisis en
condiciones de recomponer su economía, reequilibrar sus relaciones sociales y
asumir un proyecto de desarrollo soberano.
Notas
* El autor es profesor de Sociología de la Universidad de San
Pablo y de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, en Brasil.
Este artículo se publicó originalmente en Le Monde Diplomatique, en el mes de
octubre de 1998. Fue traducido del portugués por Daniel Campione.
1. La versión marxista de esa teoría tuvo en André Gunder Frank- ver
especialmente El desarrollo del sub-desarrollo, Máspero, 1987- su formulador
inicial, y en el científico social brasileño Ruy Mauro Marini -ver en especial
Dialéctica de la Dependencia, Era, México, 1974, sus principales exponentes.
2. Ver al respecto Sader, Emir, "Nosotros que amábamos tanto "El Capital" en El
poder ¿Dónde está el poder?, Ed. Boitempo, Sao Paulo, Brasil, 1996.
Se refiere el autor al Movimiento Democrático Brasileño, único partido legal de
oposición en el Brasil dictatorial, dentro de un sistema bipartidista construido
desde el Estado, que fue progresivamente liberalizado mediante la inclusión de
otros partidos al iniciarse el declive de la dictadura. A posteriori, ya en
democracia, Cardoso participó con Mario Covas y otros dirigentes en la formación
del PSDB, mencionado a renglón seguido por Sader (N. del T.).
Recuérdese aquí que el artículo de Emir Sader es anterior a enero de 1999,
cuando se produce la devaluación del real (N. del T.).
3. Veáse el artículo de Bernard Cassen en Le Monde Diplomatique de agosto de
1998.