Mónica Bellucci y la metafísica de los patios
Sobre: “Canciones de un barrio en la frontera”

Por: Juan Manuel Camargo
Escritor bogotano – Premio Nacional de cuento Ciudad de Bogotá, 2002.
La carnadura de la memoria Héctor Rojas Herazo
Escritor y pintor colombiano:
Ciudad de adentro Jorge García Usta
Escritor e investigador
Sobre: Temeré por mí al final de estas líneas Por: Juan Gustavo Cobo Borda
Escritor e investigador colombiano
Por: Armando Rodríguez Ballesteros Armando Rodríguez Ballesteros
Revista de poesía Ulrika:
La obra de John Jairo Junieles:
Un hombre se mira y es sólo un recuerdo

Por: Frank Patiño
Lingüista y escritor
Universidad de Cartagena de Indias
En busca de la identidad perdida Gustavo Arango
Princeton University
The Path of a Disciplined Emerging Young Writer From: John C. Miller
Professor
University of Colorado, Colorado Springs,USA
Entrevista:
John Jairo Junieles:
“Las palabras son la morada del monstruo”

Por: Javier Ortiz Cassiani
La suma de los detalles Por: Ignacio Ramírez
Diario El Tiempo
Papeles para iniciar el juego y otros incendios Por: Rómulo Bustos Aguirre
Escritor - Investigador colombiano
Todo hombre tiene una historia que contar Por: Juan Carlos Urango
Lingüista
Universidad de Cartagena de Indias
J.J. Junieles: Retrato del artista sin patio Por : Osvaldo Rodríguez
Lingüista-Universidad de Cartagena de Indias
   
Mónica Bellucci y la metafísica de los patios
Sobre: “Canciones de un barrio en la frontera”


Por: Juan Manuel Camargo
Escritor bogotano – Premio Nacional de cuento Ciudad de Bogotá, 2002.


Si yo no tuviera un respeto casi fetichista por los libros, que me impide hacerles ningún daño, les propondría que deshojaran este y que pegaran cada hoja a lo largo de las paredes de su casa o de su apartamento. Estoy seguro que cualquier mañana, mientras están en el baño, en la cocina o mientras cierran la puerta del armario se detendrían en un verso y dirían: ¡carajo, así estoy yo!

Porque si alguien quiere averiguar en dónde está la frontera desde la que escribe John Jairo Junieles, tendrá que buscar primero en sí mismo. Luego en su niñez, en sus amores, en los patios de su barrio, en los horizontes a los que lo llevó la vida. A todos esos sitios nos lleva: Canciones de un barrio en la frontera, el libro ganador del Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá, 2002.

En uno de sus poemas, Junieles nos habla de la vida que pasa como un relámpago, "sin darme jamás tiempo para detallar los actos, como quien conduce cuesta abajo una bicicleta sin frenos". De esa manera nos pasa a todos. Necesitamos el arte para que nos recuerde, de cuando en cuando, las cosas buenas, las malas, las significativas que nos han pasado. Nos olvidamos por un momento que vamos desbocados, leemos un poema y recordamos. Así es, así me siento, así pasó.

Hay en este libro una excelente serie de poemas sobre la vida cotidiana, en los que la poesía está al alcance de la mano y sólo falta una linterna como este libro para verlas, porque son poemas que iluminan la memoria. Aunque es de Cartagena de Indias, no esperemos ver al mar como protagonista de su obra. Escribe más bien desde un lugar recóndito dentro de él, del que surge y al que se asoma. Porque los grandes escritores han descubierto que ningún hombre es un individuo, una unidad. Todos somos al menos dos, y a veces más de dos. Está la persona que se reconoce, que experimenta, que transcurre. Y está aquella otra persona desconocida que nos habla desde nuestro interior y a la que de vez en cuando echamos una mirada. El uno se siente falsamente libre, y el otro falsamente encadenado.

Junieles nos habla de los dos. Nos habla del pájaro enjaulado que gracias a un pedazo de espejo no intenta romperse la cabeza contra los alambres, y de los pájaros que no han vivido en jaulas y creen que el cielo es una enorme cárcel. En esta carrera delirante, porque recuerden que seguimos en una bicicleta sin frenos, nos hace pensar en el precipicio que nos aguarda más adelante. Pero también de otro abismo, uno que nos acompaña en la carrera. "Quién vive ahí adentro", pregunta John, "quién, en esos extraños lugares casi amenazadores". Pues bien, somos nosotros.

Naturalmente, está el amor. Los amores grandes y los triviales, los que se tapan con un tatuaje y los que se consiguen fumando un cigarro. El amor ideal, para el que se reservan los mejores besos, el amor frustrado, el amor abandonado. No hay rencor en estos poemas. Es posible que haya desilusión y hasta desesperanza. Su prosa es elegante, pero sin ostentaciones, dotada de una enorme lucidez. La lucidez tiene sus problemas, y por eso a todos nos gusta tanto emborracharnos. Junieles lo sabe y nos advierte: "La percepción es un arma de doble filo". Hacemos preguntas, pero de pronto no hay respuesta. "Entonces abrazas de nuevo la fe de la displicencia".

En este libro encontrarán retratos, evocaciones, instantes. Cosas sencillas, lo cual me parece fabuloso, porque yo nunca tengo la oportunidad de ver cumbres nevadas, ni me dicen nada, y en cambio aprecio la borra del café, la perra en el patio, la visión de Faulkner en el porche, Alejandro Durán, cantando a la vera del camino. Como buen cachaco que soy me sorprendo con la erótica de "una burra a la sombra de los mangos", y me sorprendo, pero de otro modo, porque en mi casa también hubo una estampa con los dos niños que recogen flores a la orilla de un despeñadero, mientras el ángel de la guarda conjura el peligro con su presencia.

Encontrarán reflexiones sobre Dios y sobre las piernas de Mónica Bellucci, lo cual es natural, porque la atracción de los hombres por la metafísica es recurrente, pero la visión de unas buenas piernas nos hace olvidarnos de Dios. O todo lo contrario, nos hacen darle las gracias.

En definitiva, volviendo al asteroide, desciendo como un avión, planto los pies sobre la tierra y les digo: Lean este libro. Vale la pena. Léanlo despacio, deténganse en las palabras; piensen sobre él. No digo piensen "en él", porque lo realmente interesante es ver qué cuestiones les suscitan las palabras de John Jairo Junieles, de qué modo los coloca en la frontera de ustedes mismos. Lleguen hasta el borde y miren hacia abajo.

Cada uno de nosotros tiene su propio universo, pero tenemos la ventaja de ser esencialmente iguales. Escuchen las palabras de Junieles, los hombres son como ríos, "todas sus aguas vienen del mismo nido y esperan el mismo mar para su consuelo". Quizás sobra decir que muchas de las cosas que dije aquí las plagié impunemente del libro. Hago mío sus versos. Justamente, de eso se trata.



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La carnadura de la memoria


Por: Héctor Rojas Herazo
Escritor y pintor colombiano:


"Después de la visita a sus dos libros: Temeré por mí al final de estas líneas y Con la luz que me queda basta, he vuelto a regresar, como también le ocurrió a usted, a ese lugar de donde nunca me he ido. Sus dos libros, de ardida y entrañable poesía, conforman el documento de alguien que muerde (y hace sangrar) la carnadura de la memoria, paladeando la angustia de sus propios deseos.

Es el hombre solo --solo de verdad, como esencialmente se encuentra cada ser vivo--embistiéndose a sí mismo. El que ya se ha acostumbrado a oír sus furores inmutarse. El que sabe que siempre habrá un viento (a veces un murmullo, a veces una terrible voz) atravesando sus entrañas. Impresiona el coraje, casi la sevicia, que usted tiene para asumirse. En alguna forma, dura y profunda, lo que usted ha realizado nos sirve a todos sus lectores de compañía y nos obliga a aferrarnos más y más --y en alguna forma a tratar de descifrarla-- a nuestra atroz y zarandeada inocencia".



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Ciudad de adentro


Por: Jorge García Usta
Escritor e investigador

Hace ya muchos años --no lo parece pero ya son muchos-- conocimos a un muchacho de pocas palabras --a veces de pocas palabras pero en ráfagas-- que escribía cuentos, unos cuentos de estructura delgada y de personajes en tensión, que hablaban tan poco como su autor, y que vivían la mayor parte de su corta existencia ficticia hablando una especie de acusadora lengua interior.

Su primer libro, " Papeles para iniciar el fuego ", tiene mucho que ver con su segundo libro "Temeré por mí al final de estas líneas ". Son textos ambos en los que a pesar de la juventud del autor --y esta es una referencia común pero insalvable-- se adivina ya una cierta y sólida coherencia temática. No es que la unidad sea elemento indispensable de la poesía, no tiene por qué serlo. La unidad de un mundo es una creación continua, y, paradójicamente, fragmentaria. Y este mundo debe a muchas fuentes que el autor aprendió a unir, a encauzar, aún dentro de su misteriosa y cautivante heterogeneidad.

En este segundo libro "Temeré por mí al final de estas líneas", hay muchos elementos primordiales de lo que comienza a constituir un mundo literario; en primer lugar, tal vez la profundización esencial del desconcierto como una especie de estar-en-el-mundo. La existencia humana en la poesía de Junieles es postulada, o reseñada que es tal vez una palabra que preferiría el autor, como un enigma de culpabilidades incesantes, un ser confuso, que habita el caos y se alimenta de él, que hace del caos el impulso de su tránsito por el mundo, llega a revelarnos el único orden posible, lo único de qué agarrarse: la nostalgia.

La nostalgia, pues, ha sobrevivido como elemento rector del mundo, a las presencias de lo audiovisual, y por el contrario, alimentándose de ellas, se fortalece. Otra forma de la nostalgia emerge de ese choque entre una cultura pueblerina que encuentra su eje en el candor de la palabra oral y una cultura de lo aparente urbano que traslada el tiempo de sus emociones a la tecnología de la imagen.

Pero la poesía de Junieles trata de precisar los elementos en los que esa nostalgia, esa sensación de pérdida irreparable y sin embargo jubilosa, puede afianzarse, aspirar a seguir en expansión, ya sea en los dominios de la imaginación (que produce poemas tan reveladores como La criatura), ya sea en el círculo de las relaciones y las tensiones familiares (como en el poema Lo que nadie sabe o Summertime), ya sea en el espacio mudo de la soledad sentimental o en el espacio más conflictivo de todos, el del propio extrañamiento --cuando el hombre mira y vuelve a mirarse, y no se reconoce, o cuando el reconocimiento exige una disciplina memoriosa muy ardua--: en todos ellos la nostalgia flota y se mantiene como un camino de salvación.

Cuando Junieles descubrió que la desolación monosilábica de su abuelo o las ceremonias repetitivas de sus tías, tenían un poder lírico tan revelador como el de una frase de Carver, su poesía comenzó a apoderarse de un dominio personal verdadero. El artista que estaba en él, un poco cortado por dilemas secundarios cayó de bruces en la claridad de sus obsesiones. Entendió que el nacimiento de su palabra venía de una anterioridad sabia y que las obsesiones más fértiles suelen ser travesuras del origen. Vio que la sangre que impulsa al creador nunca es monorrítmica. Ya no volvió a recordar la dulce aspereza de su abuelo como un dato aldeano sino como un indicio, un abismo.

Poco a poco, sus versos se distanciaron, como de la peste, de una de las mayores y más cómicas supersticiones actuales del mundo literario actual: la de que hay realidades, objetos y hasta músicas y formas culturales más prestigiosas, por sí mismas, que otras, o que encarnan una extraña superioridad vivencial. Uno de los estragos indiscutibles en el campo de la producción literaria de los desvaríos de la frivolización audiovisual de lo contemporáneo, que usa las expresiones más epidérmicas del hoy no como urgencias centrales de la existencia o lenguajes imprescindibles, sino como piezas de mostrador en el mercado de la sugestión vitalista.

El qué debo parecer se volvió un profundo qué soy. Su propio lenguaje se rebeló con el “estar a tono con” y comenzó a adquirir una fuerza inesperada. Con el tiempo advirtió, por ejemplo, que el viejo Bukowski, más allá de su excremento al por mayor y de la estadística de sus coitos, era un artesano ferviente de la cultura viva, que, en su caso, encarnaba en un lenguaje desplantoso y esencial.

La poesía de Junieles adquirió, entonces, un tono melancólico más efusivo y más exacto, la pretensión actualista se trocó en exploración ansiosa de los componentes de su desconcierto personal, su palabra emparentada y enriquecida con modulaciones muy precisas del rock y del cine (e incluso con cierto dejo coloquial muy pueblerino que terminó saliendo, mezclado con otras velocidades narrativas contemporáneas) se despojó de la costra de lo inmediato y, sostenida ahora sí por una técnica íntima, más hallada en sí mismo que aprendida, alojada en el estilo tanto por su propia compulsión y su poder emocional, como por las ofertas de la cultura, se volvió desgarrada y diestra: versos largos, a veces discontinuos, aforismos flotantes, narraciones desoladas, que envolvían una certera descripción de su circunstancia y su perplejidad, de sus amores, humores y temores, de su ir y venir por la ciudad en la que ya no encontró sólo extravagancias de estrépito, sino agonías calladas que comprometían y reclamaban el sentido de su voz. Entendió que la ciudad no estaba sólo en el foquito de neón, en las ayudas alucinantes de la evolución material sino también en “el planeta con fiebre” que podía ser un hombre. O que las autopistas bien iluminadas no son sólo maravillas del progreso, sino maldiciones perfectas.

Casi sin darse cuenta, en su poesía fueron apareciendo las imágenes esenciales de sus insistentes trasmundos: El Sincé de los misterios familiares que desplegaban ante él todos los coros de su congoja, la Cartagena que no entrega a todo mundo sus secretos nocturnos más severos, y alguna otra ciudad que podía ser cualquier otra ciudad del mundo en la que casi flotara un hombre solitario encerrado en un cuarto, oyendo una canción sobre una muchacha a la que se le iba a partir el corazón.

Aún en el trance de pasajero que admira el vértigo de la urbe reclinada en la tapa de la revista, se encontró con su ciudad de adentro, la que pisa y sufre y goza todos los días, y cuyos habitantes le enseñan que también hay vida mucha vida, fuera de las películas. El poeta ya no solo nos da su última información sino que nos lastima, nos suscita necesarios padeceres, nos hunde otra vez en la indecisión sentimental o nos acompaña con intensidad y hasta con indeterminación. Ya su clarividencia proviene de la vida y trae cicatrices.

Junieles inició así una etapa fundamental de su trabajo, dejó de preocuparse por gustarle a los demás, por su información puntual, y se hundió en el conocimiento de lo mejor y lo peor de sí, entendió el peso -el asedio- de su hibridez sentimental y cultural, se aventuró por casi todos los códigos de su incertidumbre, sin temor a las delaciones de la geografía y catapultó en sus versos su inconsecuencia y su plenitud humanas. Ahora que lo leemos entramos en un reino de soledades y silencios que sugieren que el hombre, en la ciudad o en la brisa, no necesita espejos sino abrazos. Vocero del pesar nocturno, ha hecho, otra vez, con versos ofendidos por los antiguos desamparos, la reinvención de lo indecible.

La obra de Junieles se destaca notablemente por varias características: un lenguaje maduro, apoyado en un sentido narrativo, que aprovecha referencias de la sensibilidad contemporánea, pero es capaz de proporcionar una manera nueva de concebir las marcas de la nostalgia familiar, los secretos domésticos, el dilema del amor y el espacio urbano. No falta el ingenio apoyando el concepto lírico en el humor, trocado por cierta melancolía. Un aire de desencanto que no lastima al tono de lo cantado. Se advierte un sentido cuidadoso de la responsabilidad verbal, que revela poesía.

Así, pues, se hace posible que en estos poemas subsista una sabiduría silenciosa, una especie de sucesión de planos cortos intimistas, de planos generales y secuencias que tratan de hacernos creer que leemos pequeñas historias urbanas, cuando en realidad estamos leyendo y nos estamos sorprendiendo con un maduro acercamiento a las formas de la desolación contemporánea.

Una poética de la imagen

Fácilmente se podría decir que es una poesía unida al cine pero una aseveración de esta clase no dice nada ni constituye a estas alturas del siglo veinte ningún dato especial. Por el contrario, una alusión de ese tipo, sin mayores explicaciones, si algo despierta de entrada es sospecha. Pero en la poesía de Junieles el cine está ya como debería estar: como un dinamizador de imágenes y de ritmos narrativos, que establecen una atmósfera muy especial a partir de la propia sintaxis; a veces el cine se cuela como una referencia autónoma, pero ya este es otro desafío que el autor necesita resolver de acuerdo con sus propios intereses poéticos. Es también evidente que el cine es una parte verdadera de la cultura personal del autor, como pueden serlo para otros autores la mitología antigua o los caballos de carrera."

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Sobre: Temeré por mí al final de estas líneas


Por: Juan Gustavo Cobo Borda
Escritor e investigador colombiano

"En Temeré por mí al final de estas líneas, se mezclan con habilidad cortas viñetas narrativas con ajustadas visiones cinematográficas de una Cartagena nocturna de travestidos y prostitutas, jóvenes vendedores de drogas y parejas que no tienen el dinero suficiente para el motel. Pero lo que unifica este sombrío recuento --no exento, por cierto, de la escueta dureza de una visión minimalista del mundo-- es la conmovedora figura del poeta adolescente.

Poemas como "Muchacha ojos de cebolla" --"ella se entrega a ti como una raíz a la humedad"-- demuestran cómo ha sabido impregnar sus versos con la emotiva delicadeza de un auténtico encuentro, tanto humano como poético.

Pero, en realidad, la variedad de propuesta del libro --Parábolas fantásticas, inmersiones en la familia y la infancia, autoironía, y un leve, humorístico, reconfortante soplo de ligero lirismo--- hace de estas "prosas poéticas", como las denomina el autor, una incitación hacia razonables expectativas sobre su futuro trabajo. En todo caso, el narrador que asoma en la composición y estructura de sus textos ha demostrado el eje poético de su visión".


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Armando Rodríguez Ballesteros
Revista de poesía Ulrika:

"Se dice que las vivencias personales y las anécdotas, en general no revisten interés especial, salvo para los contertulios que se conocen de antemano. En el caso de Junieles la tendencia autobiográfica que se advierte en Temeré por mí al final de estas líneas adquiere un gran significado, gracias a que su temática está presentada con un lenguaje depurado, sensiblemente lírico y desprovisto de ostentación.

En el caso de “Temeré por mí al final de estas líneas” es una caja de Pandora que recoge poemas de talante fresco y sorprendente merced al adecuado tratamiento que el autor da a situaciones obligadamente recurrentes, como son las alusiones a la niñez, los sueños secretos, cosas simples, situaciones citadinas de la vida que permiten descubrir expectativas del hombre contemporáneo conjugadas con elementos existenciales como la soledad, el amor, el desarraigo y al muerte".



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La obra de John Jairo Junieles:
Un hombre se mira y es sólo un recuerdo


Por: Frank Patiño
Lingüista y escritor
Universidad de Cartagena de Indias


Una extraña criatura flotaba sobre las aguas de un lago, una barcaza se acercó y la criatura preguntó al de la barcaza quién era, “un hombre”, respondió y devolvió la misma pregunta, recibiendo la misma respuesta, después empieza “una agria, larga y bastante absurda discusión”. Ese es el hombre para John Jairo Junieles: una extraña criatura que camina sin arraigos, sin razones, buscando un lugar al que ya no pertenece y que, tal vez, ya no existe o nunca existió.

Iniciando el último decenio del Siglo XX, en 1993, conocimos ese librito negro que parecía no pertenecer a un escritor de estas tierras. James Dean camina con un cigarrillo entre los labios bajo una lluvia fría que ha convertido la acera en un espejo de su propia soledad. Era Papeles para iniciar el fuego , un poemario que indaga en el desconcierto de una generación que creció bajo los cantos de sirena de los desencantados, bajo las ruinas del Muro de Berlín y en el advenimiento de un siglo sin ninguna promesa pero con demasiados afanes de llegar al fin de la historia.

Tres años después llegaría Temeré por mí al final de estas líneas, prosas poéticas que afirman la visión del mundo que se insinuaba en su primer libro, donde nos muestra esa criatura incapaz de comunicarse con sus semejantes, encerrada en sus recuerdos y perdida en medio de sus aspiraciones y confusiones.

Con Canciones de un barrio en la frontera, Junieles muestra todo el esplendor del desarraigo, la ciudad se vuelve apenas pretexto para evocar el barrio, el patio, en suma: la infancia. Junieles nos hace entender que somos de las fronteras, que apenas podemos asomarnos y que tenemos derecho a no entender.

Esa extraña criatura a la que nos acercaremos desde nuestra barcaza es John Jairo Junieles, escritor y periodista, también abogado, nacido en Sincé, Sucre, en 1970. Entre las cosas que ha hecho para ganar y perder la vida (para ganarse y perderse en ella) se suma la coordinación de la revista Solar de El Periódico de Cartagena, la reportería en los diarios El Universal de Cartagena y La República y la corresponsalía de El Mundo de Madrid. Además es miembro del consejo editorial de la revista cultural Noventaynueve de Cartagena y colaborador de la revista Víacuarenta, de Barranquilla.

En Cartagena, ciudad donde se gastó los bluyines de su adolescencia, se cansó de ganar concursos literarios y ahora desde Bogotá nos llegan noticias suyas. El año anterior fue ganador de la Beca de Creación con el proyecto de novela: Nosotros, los siervos de Nueva Escocia; y del Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá con: Canciones de un barrio en la frontera. Ha publicado, además de los tres poemarios referenciados el libro de cuentos: Con la luz que me queda basta, en 1997.

De sus dos primeros poemarios comentó el escritor Héctor Rojas Herazo:

“Después de la visita a sus dos libros: Temeré por mí al final de estas líneas y Con la luz que me queda basta he vuelto a regresar, como también le ocurrió a usted, a ese lugar de donde nunca me he ido. Sus dos libros, de ardida y entrañable poesía, conforman el documento de alguien que muerde (y hace sangrar) la carnadura de la memoria, paladeando la angustia de sus propios deseos. Es el hombre solo, solo de verdad, como esencialmente se encuentra cada ser vivo, embistiéndose a sí mismo. El que ya se ha acostumbrado a oír sus furores sin inmutarse. El que sabe que siempre habrá un viento (a veces un murmullo, a veces una terrible voz) atravesando sus entrañas... En alguna forma, dura y profunda, lo que usted ha realizado nos sirve a todos sus lectores de compañía y nos obliga a aferrarnos más y más -y en alguna forma a tratar de descifrarla- a nuestra atroz y zarandeada inocencia”.

Caminemos, pues, por estos tres poemarios, recorramos esos papeles iniciales que encendieron el fuego, miremos la criatura humana, a veces como dios, a veces como el diablo, en su soledad, en su imposibilidad de asir el presente e indaguemos en el caos los misterios de un siglo que ha muerto dejándonos al margen de la historia.

El Otro Junieles

Papeles para iniciar el fuego es, como todo inicio de una gran obra, el poemario fundacional de un mundo. Y el mundo de Junieles es el mundo de los hombres solitarios que arrastran por la ciudad sus recuerdos, que ocultan sus verdades y que apenas las sacan como pañuelos de la nostalgia.

En Por quién ladran los perros se inicia la vieja historia de un hermano que no llegó a nacer y que fue enterrado en el patio:

Luego vine yo y caí en la trampa/ y me llamaron como a él/ condenado a saber que cada gesto/ y acto mío es inferior a él/ que hubiera sido capaz de volar/ yo que apenas camino tropiezo/ vestido de gris por la ciudad/ ocupando el espacio suyo/ sus palabras/ todo eso que me queda grande.

La historia de ese Otro Junieles profundiza el desarraigo del poeta, como si él no fuera él sino su imagen frente al espejo, separada de su propia existencia, apenas aspirando a imitar los gestos de un ser que ya no existe, del que sólo es una versión.

En Para una sombra cualquiera aparece otra vez esa fragmentación de sus vivencias, la sombra del Otro, la profundización de su angustia:

Cuando todavía no era dueño de Junieles/ y ya él era mi nombre y mi señal/ me llevaba por sitios donde los pájaros/ eran sombra y canción.

El Otro incluso es dueño de su infancia, de sus recuerdos de pájaros y árboles, como si sus buenos recuerdos no pertenecieran a él, que de él sólo fuera el vacío, la pervivencia. En Como se va la vida de lo que se va del tiempo es el poeta el que se vuelve el Otro:

el muchacho de la foto parece reprochar/ al agua mansa que es el hombre de hoy/ Yo ya no soy yo.../ es como si un día despiertas/ y descubres alguien que ya estaba adentro/ pero sólo hasta entonces reconocías/ El otro/ allí donde empieza un descenso en lo oscuro/ donde cada paso me aleja de mí/ de este poco de mí que me queda.

Y en El siempre abrazo encontramos la imagen en su plenitud, las piezas que faltan, la fotografía del más trágico de los desarraigos, el de ti mismo:

No espero que puedan entender/ por qué inútilmente debo ser Junieles/ por qué tomo a veces el teléfono me llamo/ y no me encuentro/

Para cerrar este recorrido por el poemario inicial de Junieles una imagen que nos recuerda esa delgada nube que pasa por la luna llena en el filme de Buñuel y que se convierte en una filosa cuchilla que corta un ojo abierto. En Aun cuando todavía, toda la inutilidad de la existencia, todas las cargas, aun las sonrisas, son como esa nube y no sabemos cuando se convertirá en cuchilla y llenará de sombras nuestra pobre luz:

Lo terrible/ es que a punta de sonrisas/ y prisas inventadas/ estemos limando tiempo/ haciendo más filoso el momento/ del adiós

Al final de la línea

Al principio, comentamos la historia de la extraña criatura: el hombre. Una criatura que con la infancia pierde el rumbo, que inventa la historia, que hace igual ciudades, guerras y besos, lo mismo va a cine o se encierra en su habitación mirando una fotografía de New York, una frágil criatura dotada de uñas y dientes, que perdió algo y que buscándolo se pierde aún más:

Es la infancia también un domingo rojo con tigres de Bengala y un payaso que me pegaba con un garrote de hule./ Había plumas,/ algodón de azúcar,/ barriletes/ y la risa de mamá era un cascabel./ Luego llegó el lunes con el abuelo lejos/ y nunca más he oído la risa de mi madre./ Ella se ríe a veces pero yo sé que esa no es su risa,/ sino como un recuerdo,/ como un barrilete con el hilo roto,/ algo lejano y que se pierde al tratar de encontrarse.

En este fragmento del texto ¿Por qué canta el pájaro enjaulado? Del segundo poemario de Junieles, Temeré por mí al final de estas líneas, el poeta se sumerge más en el barro: no es Junieles el único que no se pertenece, que no se encuentra, es el ser humano, como especie, el que pierde algo, el que se va desdibujando con el advenimiento del lunes, perdiendo la risa del domingo.

En El cuarto de san Alejo, nos va afirmar esta idea: la vida como algo que no nos viene, que no es nuestra, que sólo existe como pasado, porque es presente es etéreo:
Mi vida ha sido como unos zapatos perdidos y olvidados que una tarde encuentras en el sótano y lo traes a tu habitación, tratas de meter el pie y ya no cabe.

Y, para cerrar este segundo libro en el que ya está iniciado el fuego, Temeré por mí al final de estas líneas nos rebela la criatura, el último hombre, como un simple mamífero que en la soledad de un hospital se enfrenta a su tragedia:

Sé que está solo/ no como el primer hombre,/ sino como el último./ Sabe que es feo,/ que cada noche será peor y/ que no hay nada por hacer.../ Sabe... que los mamíferos no se aman para siempre/ y sé que le duele.

Al final de esas líneas, Junieles nos ha dejado al borde del abismo, con unas cuantas plumas en las manos, como vestigios de una alas que perdimos, como extrañas criaturas que nos vemos y no nos reconocemos.

Al margen

Junieles sabe de dónde viene, es la única certidumbre que persiste. Trae sus sabios: la madre, el abuelo; sus sueños: la ciudad, ganar otra pelea; su origen: una animal triste que contempla su decadencia. No dejes los espejos boca arriba es el consejo del anciano que instala en él el misterio como tradición milenaria y ese mito retorna al poeta como otra incertidumbre, como otra ausencia:

Vengo de un cuarto,/ de un rincón,/ de un baúl sobre el que reposa siempre el almanaque Bristol./ Vengo de una hamaca donde el abuelo me da su primer consejo:/ No dejes los espejos boca arriba,/ nunca sabes lo que puede salir de ellos.

Los hombres de hoy, en cambio, desconocen esos misterios, acuden a ellos y los encuentran vacíos, sólo les queda indagar en esos secretos (como en Poema madre) a quienes pueden poseer las piezas que faltan:

¿De qué madera está hecha esta canoa que lleva medio río sin quejas, y piensa que todo mal lleva el bien amarrado en la cola?.../Dime madre con tus ojos el secreto,/ dime cómo se llega alegre hasta el final, a pesar de los abismos,/ dímelo a mí,/ que soy la única pluma sucia de tus alas.

Sin embargo, en El animal que olvidó Noé, el pasado se vuelve también sombra a la vista de los hombres que hoy sólo miramos antenas en el cielo:

Saber que el pasado es una sombra, que el patio está vencido y mi mirada hoy sólo descubre antenas en el cielo.../ Parezco un animal que olvidó Noé./ Siento un vacío sin culpables,/ como el bolsillo de un espantapájaros/ en el centro de un baldío.

No hay culpables, sólo seres solitarios que perviven en el caos que es la historia, Una música que persiste, una suerte de cambalache, como el de Santos Discépolo, en el que todos estamos como el espantapájaros en el baldío, en la aridez del desierto. Una historia que nos deja al margen, una puerta por la que no podemos entrar, donde sólo podemos asomarnos:

Moisés, Cristo, Mahoma y Buda en el desierto. La ceguera de Milton, la cárcel de Dostoievski, la prisión de Cervantes, el destierro de Dante, Nietzsche abrazado llorando el dolor de un caballo y pidiendo a gritos un espejo.

Ahora todos precisamos de un espejo para encontrar esa otra mitad perdida, para salvarnos del caos, en un mundo donde Los cigarros salvan más que las plegarias:

Me pregunto: ‘¿Si por fin fuera Dios que pregunta/ por el hombre al otro lado de la línea?’/ Me respondo: ‘Demasiado tarde’/ Aspiro mi cigarro,/ y sigo mi camino.

Los golpes del viento

Ese es el mundo de John Jairo Junieles, un mundo que en apariencia ocurre en las calles de una ciudad, con un hombre solitario que fuma como si ya nada tuviera importancia, pero que es una criatura angustiada por la soledad, evocando los recuerdos de un pasado inasible y sin fe en el porvenir.

La visión del mundo de Junieles es la de una generación acusada de no soñar, sin nombre. En Oscuro es el canto de la lluvia, antología de poesía joven en la que aparece Junieles, sostiene el compilador Federico Díaz-Granados: ...en la agonía de una centuria difícil para la humanidad, tal vez anclando en el silencio de la memoria para construir la historia de nuestros días, eso sí fieles a la premisa de Jim Morrison que ‘sólo la poesía sobrevivirá al holocausto por estar hecha de música y palabras’, esas dos materias tan fugaces y eternas por medio de las cuales podemos conocer el universo.

Y no fue casual que Junieles publicara sus primeros poemas en la revista Candil de la Universidad de Cartagena, pues si bien no hizo parte del taller literario, sí podemos decir que existen vasos comunicantes con esta generación a la cual pertenece. En ellos se imponía una evasión ante una realidad que se leía como inhumana, sucumbían por entonces los paradigmas y las posibilidades de una sociedad alternativa al capitalismo y eso se reflejaba en las ideas de la revista, no se pregonaba un arte por el arte ciego pero sí una necesidad de tener la palabra como centro de sus preocupaciones en el sentido de su pureza, es decir, en un mundo que se desmorona, levantar la palabra como reivindicación era un ejercicio de fe el hombre, en la humanidad, en un editorial sostenían:

Es posible que nuestros poetas jóvenes, sumergidos como están en el fondo del drama nacional, se sientan abatidos e inermes ante una pesadilla cuya trama se pierde en el subsuelo de la nacionalidad preñado de injusticias, atropellos, abandono y egoísmo ciego. Ellos, nuestros poetas y narradores jóvenes observan el drama y presienten que los ríos de la tragedia nacional traen el germen de inhumanidad desde los pliegues más oscuros de la madre tierra y que algo muy vago e indefinible anida en la naturaleza del hombre que lo pierde y destruye de un modo fatal .

Para terminar, dejemos escuchar los golpes del viento en Canción de un barrio en la frontera, versos que resumen este recorrido: la infancia como patria abandonada hacia un exilio eterno; el descubrimiento de la soledad frente al espejo, tu propio desconocimiento; la fe como último recurso, como una fría moneda en el bolsillo roto; el ser humano al margen de su propia historia, viviendo –apenas– de sus recuerdos, buscando ese lugar donde golpea el viento:

De la calle vienen ruidos naturales, te asomas por la ventana y ves la escena: la lluvia cayendo y las risas de los niños bañándose en los chorros y haciendo barcos de papel. Se ven felices, como animales enjaulados que descubren el verdadero tamaño del mundo.

Ahora estás en el baño, te asomas al espejo: la nariz está en su sitio, los anteojos, el niño a escondidas jugando a afeitarse con las cuchillas de su padre.

De pronto, y sin razón, los niños te dan qué pensar, te preguntas qué distancia existirá a pesar de todo el camino recorrido. Qué Dios será este, más viejo que los volcanes, que da la fruta y también el gusano, este Dios de Palestina de Colombia y Sarajevo, este Dios que invita a tirarse a tierra, masticas raíces y morder piedras.

Los niños siguen bañándose en las calles bajo los chorros. Más allá los tejados, las antenas de televisión, mientras la lluvia sigue cayendo sobre este barrio de frontera. Sientes cuán difícil parece ahora una oración, y sin embargo comienza a mover los labios:
¿Háblame señor con la voz de mis hermanos!, ¿Háblame tú que cuando cantas revives los muertos!

El viento golpea una ventana abierta en alguna parte.


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En busca de la identidad perdida

Por: Gustavo Arango
Princeton University

En mi condición de editor del suplemento literario del diario El Universal, de Cartagena, entre 1992 y 1998, y posteriormente como investigador y docente de literatura en las universidades de Rutgers y Princeton, en Estados Unidos, he tenido la oportunidad de seguir muy de cerca el destacado trabajo creativo e intelectual adelantado por Joan Jairo Junieles.

Su entrega a la vocación literaria, desde temprana edad, tiene muy pocos émulos en el contexto de la literatura colombiana. En su primer libro de poemas, Papeles para iniciar el fuego (1993), ganador de una convocatoria distrital en Cartagena, Junieles mostró un estilo formado, lleno de resonancias, donde dialogan lo mejor de la tradición clásica, la literatura norteamericana del siglo XX y la cultura caribeña donde el autor se ha formado.

Sus publicaciones posteriores Temeré por mí al final de estas líneas (1996), Con la luz que me queda basta (1997) y Canciones de un barrio en la frontera (2002), han mostrado la evolución de una obra cada vez más consolidada, donde los géneros pierden sus fronteras, para ganar expresividad. John Jairo ha desarrrollado también una importante labor como crítico y como periodista y es quizá esta última perspectiva, la de un cronista nutrido por las mejores tradiciones literarias, la que predomina en todas sus obras, incluida su novela inédita: Hombres solos en la cola del cine.

La reivindicación de la nostalgia, el camino entre el mundo semi-rural y el mundo urbano, la identidad perdida y encontrada en ese viaje, son algunos de los temas centrales de una obra que sin duda tiene mucho para ofrecer en el futuro.


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The Path of a Disciplined Emerging Young Writer

From: John C. Miller
Professor
University of Colorado, Colorado Springs,USA

I first met and received the early work of John Jairo Junieles when I was a Fulbright exchange Professor at the University of Cartagena. This young journalist and lawyer shared his work requesting a critical eye on both his poetry and prose. I read his work well and have continued this important task during almost eight years. We continue a serious literary dialogue.

In his early poetry and prose, Junieles showed the marked influences of writers from the United States: the classics, Faulkner and Hemingway as well as the modern, McNerney and Auster. At times his work was clearly reflective and imitative. We discussed his hommage to these writers and the clear necessity to recognize and discover his own voice, to open his literary expression to humor and sensuality.

I write criticism about Latin American and US Latino literature. I see in the work and in the literary trajectory of John Jairo Junieles the emergence of a major writer.


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Entrevista:
John Jairo Junieles:
“Las palabras son la morada del monstruo”


El año anterior John Junieles obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá, con el libro Canciones de un barrio en la frontera, y la Beca Nacional de Novela del Ministerio de Cultura, con el proyecto Nosotros, los siervos de Nueva Escocia, sobre los tres mil escoceses que intentaron colonizar el Darién colombiano en el siglo XVII.

Aquí un diálogo con este escritor sucreño de formación cartagenera.

Por: Javier Ortiz Cassiani

A John Jairo Junieles, el autor de Papeles para iniciar el fuego (poesía, 1993), Temeré por mí al final de estas líneas (prosa poética, 1996), y Con la luz que me queda basta (cuentos, 1997) sus noches de largos trasnochos y de cafés amargos lo han convertido en un escritor reconocido más allá del patio. Sabe que el difícil ejercicio de la escritura, al margen de presuntuosos derroches de inspiración, requiere el mismo empeño y la paciencia del buscador de oro de aluvión. Esa misma escritura le permite salir airoso en su peregrinar como profesional del derecho, una de las tribus que lo habita, no en vano Kafka, tanto por su estética como por su ética, es un referente obligado en su formación como escritor.

En su poesía transita absorto por calles sórdidas de ciudades populosas mientras el peligro acecha; por bares de música ligera y personajes decadentes. Pero no se olvida que habita un barrio en la frontera, a donde siempre regresa a entonarle su mejor canción, para descubrir en la cocina de su madre y en sus consejos de inocente apariencia su lugar más cierto.

Junieles recuerda una historia que una amiga le contó: Un payaso está agachado en la calle bajo un poste de luz buscando desesperadamente algo. Al verlo, un caminante le pregunta: ¿haz perdido algo? Mis llaves, responde el payaso. ¿Y no las encuentras?, pregunta el caminante. Es que las perdí más allá, dice el payaso. Y entonces por qué las buscas ahí?, pregunta el otro. “Porque aquí es donde hay luz”, dice el payaso.

A veces es necesario alejarse de la luz, para internarnos en la oscuridad, porque es ahí donde están las cosas que buscamos. Eso parece decirnos John Jairo Junieles con esa historia, que sirve de introducción al diálogo:

—¿Quién es usted en esa historia, el payaso, o el caminante ?

—Creo que todos hemos actuado, durante mucho tiempo, como el payaso de ese cuento. No sé donde leí que el hombre primitivo al principio devoraba como una hiena los restos de los animales que encontraba, y que habían sido cazados a su vez por otros animales, sólo se volvió cazador cuando inventó lanzas y cuchillos. Después de la muerte de Dios, proclamada por Nietzsche, el hombre no ha inventado las armas espirituales que lo conviertan en una cosa distinta a la hiena que es hoy. De qué sirve el progreso tecnológico, si hemos sido incapaces de asumir formas más humanas de entendernos con el mundo, de llenar la ausencia de Dios. Entre los animales no hay una violencia consciente, matan por comer, por necesidad, no matan por deseo, con plena conciencia, como sí lo hacen los seres humanos. Por ejemplo, hoy, mientras lean esto, decenas de niños mueren de hambre en Argentina, mientras que millones de cabezas de ganado son vigiladas con rifles. Que ocurra eso a tan solo cinco décadas después del holocausto, de los campos de exterminio nazi, después de Hiroshima, o de Bosnia, o las hambrunas africanas: es una vergüenza. Significa que no hemos aprendido nada, absolutamente nada como especie, sigue campeando la indiferencia, el egoísmo humano en todo su esplendor. Particularmente, soy un escéptico de la raza humana, creo que mucho antes de que el sol se enfríe habremos acabado con la civilización que conocemos, los seres que queden escondidos entre los escombros ojalá aprendan la lección. A pesar de esa visión, creo que es un deber moral mantener la esperanza, a pesar de los cuadros de horror que vemos en la tele y que muchos creen que son otra película de Rambo. Mantener la esperanza, incluso por aquellos que no la tienen.

Roberto Rossellini, nos decía: “el hombre ha perdido todo sentimiento heroico de la vida. Es preciso devolvérselo, porque el hombre es un héroe. Cada hombre es un héroe. La lucha cotidiana es una lucha heroica”.

—¿Qué significa escribir para usted? ¿Cómo entiende la literatura? ¿Qué busca con el acto de escribir?

—Siempre que me pregunto eso, no sé por qué pienso en Franz Kafka, en ese monótono y oscuro abogado de una compañía de seguros que trabajaba todo el día en una oficina, luego llegaba a casa y se dedicaba a escribir, casi de una manera secreta, hasta altas horas de la noche o de la madrugada. Presiento que ahí hay una enseñanza. El trabajo del escritor no alcanza a transformar al mundo ni al lector, tanto como él quisiera, pero le recuerda a ese lector que existen valores sin los cuales el mundo sería más absurdo de lo que hoy es, valores sin los que el hombre dejaría de ser una criatura digna: el amor, la fraternidad, la solidaridad.
La literatura, hoy y siempre, no hace ni más felices, ni más buenos, ni más malos, a los lectores. Eso sí, los hace más lúcidos, más conscientes de lo que son, de lo que tienen, de lo que necesitan para lograr sus sueños. Los vuelve más rebeldes contra su propia condición. Los seres humanos tenemos un arma maravillosa para sobrevivir a nuestras frustraciones, enfrentar los reveses continuos que nos infringe la vida, esa arma es la imaginación: reinventarnos.

—¿Cómo fue su acercamiento a la escritura?

—Llegué a Cartagena en los ochenta, a estudiar en el Colegio Central, en Getsemaní, a un paso del Parque Centenario. Vivíamos en el Edificio Puerta del Sol, al lado de los viejos cines: Calamarí, Bucanero, Colón, Cartagena; esas leyendas urbanas de muchas generaciones que hoy se caen frente a nosotros. Por eso mi primer acercamiento fue al cine y no a los libros, eso fue después, cuando entré a estudiar Derecho a la Universidad de Cartagena, allí el maestro Felipe Santiago Colorado, coordinaba el taller Candil de literatura, guió una inquietud que tenía desde siempre: escribir.

Luego vinieron los maravillosos talleres de periodismo de Jorge García Usta, Alberto Salcedo Ramos, y Gustavo Arango, en la Biblioteca Bartolomé Calvo; que sigue siendo un santuario de lectura en la ciudad. Cuando tenía diecisiete devoraba a Milán Kundera, lo discutía en el parque Bolívar con el profesor Enrique Muñoz y Fredy Muñoz. Para entonces envié mi primer cuento a Gustavo Tatis Guerra, a quien no conocía, me lo publicó en el magazín de El Universal, más por apoyarme que por la calidad del cuento, que era malísimo.

Participé en el taller que dictó Raúl Gómez Jattin en la universidad, milité en el cine club, realicé cursos en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, trabajé en el Festival Internacional de Cine, en El Periódico de Cartagena, en El Universal. En medio de todo eso se leía, se descubrían autores, veíamos cine, muchos amigos sin distingo de edad conversábamos en las bancas de la U, o en cafeterías cercanas: Carlos Curi, Franklin Patiño, Juan Carlos Díaz, Juan Carlos Gossaín, Rómulo Bustos, Fredy Machado, René Arrieta, Ricardo Vélez, Argemiro Menco. Adquiríamos herramientas académicas útiles, pero lo real e imprescindible estaba en la soledad de la habitación: leyendo, escribiendo y tachando, entre el desespero, la impaciencia, la insatisfacción; sin prisa pero sin pausa, rompiendo hojas, sacándole callos a las nalgas y pestañas a los ojos.

Luego nos mudamos a Lo Amador, ahí descubrí la otra Cartagena, de la que me hablaban los poetas Pedro Blas Julio, Jorge García Usta, Rubén Darío Álvarez, la que leía en Roberto Burgos Cantor; la de los boxeadores del Gimnasio Chico de Hierro en el Pie del Cerro, los peloteros del playón del blanco, y muchas cosas más.

—Me dice que para usted fue muy significativo conocer a Mario Vargas Llosa, aquí en Cartagena, hace algunos años.

—Realmente no lo conocí, sólo hablamos algunas cosas. A finales de los noventa, Vargas estuvo unos días en Cartagena en el lanzamiento de su libro Los cuadernos de Don Rigoberto. Para un muchacho impresionable como yo, que había leído Los cachorros, La ciudad y los perros, que empezaba a escribir mientras estudiaba Derecho, tener la oportunidad de conversar con un monstruo literario como Vargas Llosa, fue una especie de Epifanía. Uno se miente, magnifica señales del destino para aferrarse a la fe en lo que se hace. Conversamos varias veces durante esos días, me habló de aspectos sobre el proceso creativo, dijo varias cosas que luego encontré ampliadas en una entrevista. Consejos que voy a recordar por si le sirven a alguien, tanto como me sirvieron a mí, y que son más importantes que cualquier tontería que yo pueda decir. Dice Vargas: “Escribir es un trabajo, fundamentalmente una disciplina, una continuidad, una obstinación. Bueno, primero es un fantaseo, una especie de especulación en torno a ciertos personajes o cierta situación, algo que ocurre sólo en la mente. Después empiezo a tomar notas, hago fichas, trayectorias anecdóticas: un personaje comienza aquí, termina aquí, hace esto y lo otro. Luego cuando ya voy a empezar a trabajar el libro, hago un esquema general de la historia... que nunca respeto; lo cambio por completo, pero eso sirve para empezar a trabajar, redacto muy deprisa, casi sin detenerme, sin ninguna preocupación por el estilo, repitiendo episodios, narrando situaciones contradictorias... Es algo muy caótico, que sólo para mí tiene sentido. Pero la historia está allí. Hay que buscarla, hay que limpiarla, y es la parte del trabajo más agradable para mí. Creo que lo que a mí me gusta es no tanto escribir como reescribir, cortar, editar, corregir. Esta es para mí la parte más creativa del trabajo. Hay días creativos y días que no son creativos. Ahora, días de trabajo son todos, porque cuando no tengo ideas nuevas, de todas maneras corrijo, rehago, tomo notas y a veces simplemente vuelvo a reescribir lo que tengo hecho, aunque sólo sea para cambiar la puntuación”.

—¿Cuál es su percepción de la literatura originaria de Cartagena y el Caribe?

—Cada escritor tiene su modo de ver el mundo y de interpretarlo. Cada cual tiene sus mitos personales, sus certezas, sus fobias y afinidades, todo eso hace un carácter: un estilo. Unos estilos son más atractivos que otros para esta época, el deber del escritor en el Caribe, y en el mundo, debería ser esforzarse en enriquecer día a día su estilo. Uno parte de la certeza de que la vida ya nos ganó, es más rápida que las palabras, más veloz que las ideas. El gran juez es el tiempo, todo escritor lo sabe.

En nuestras sociedades todavía algunos ven al escritor como un monstruo, un raro, porque se detiene a mirar el mundo que vive, intentando descifrar qué hay detrás de los actos y de las palabras; ellas, las palabras, son la morada del monstruo.

Hoy leemos a narradores londinenses, iraníes, niuyorquinos, hindúes, mientras caminamos por Lo Amador en Cartagena, o por la Murillo en Barranquilla. Eso enriquece la forma de ver nuestro mundo y de narrarlo. Hoy más que nunca es real la idea de que el mundo es un pañuelo, por ejemplo, el último descubrimiento interesante que he hecho, es un escritor de cuentos de República Dominicana, se llama Junot Díaz, una amiga de Santo Domingo me ha obsequiado su primer libro de cuentos: Negocios, se llama. Díaz vive en Nueva York, pero pocas veces el Caribe moderno, la riqueza múltiple de su realidad cultural, ha sido representada con tanta armonía. Basta cambiar los nombres de los barrios en sus cuentos, para describir a cualquiera de los nuestros.

—Qué nos dice de su último libro: Canciones de un barrio en la frontera, y de la novela que se anuncia.

—Creo que todo libro es un libro de formación, cuando uno ha leído en poesía a Vallejo, Borges, Quevedo, Gelman, Pizarnic, Quessep, Rojas Herazo; lo único medio serio que uno puede hacer es seguir leyendo, escribiendo, corrigiendo y quedarse callado. Canciones... es un libro diverso, donde quería abordar sobre todo el escenario del barrio popular, un espacio que me parece desaprovechado, abundante en historias y formas de vida. También es un homenaje a varios creadores, a su actitud estética, como Rojas Herazo, Faulkner, a figuras del cine como Buster Keaton, Tod Browning.

Siempre he creído que la novela es un género bastardo, mestizo, que admite muchos malabares, del que tengo que aprender todo aún. Hay que leer con lápiz y papel en mano a Onetti, Paul Auster, Richard Ford, Vargas Llosa: Conversación en la catedral, La casa verde; Georges Perec: La vida instrucciones de uso; Laurence Sterne, y su: Tristram Shandy, Joao Guimaraes Rosa, con: Gran sertón veredas, Faulkner: Luz de agosto. Leerlos para aprender todo. Sobre mi primera novela: Hombres solos en la fila del cine, sólo quisiera decir que es un ejercicio de aprendizaje, está ambientada en Cartagena, creo que ante todo es una crónica íntima de escenarios y actitudes urbanas.

—Finalmente: Colombia es una sociedad en guerra, ¿ qué función cumple, o debiera cumplir la literatura frente a esta realidad?

—Toda época difícil es también una época de esperanza. Vivimos una democracia donde los partidos tradicionales, de tanta injerencia histórica, son fantasmas a quienes no beneficia reconocer el fin de su representatividad. La paz difícilmente puede conseguirse en países como este, con enormes desigualdades sociales y económicas, que originan falta de libertad política y legitimidad. Estamos fracturados por abismos de inequidad social y económica. Si esas espinas siguen en el talón, el tigre seguirá rugiendo. Por otra parte está la intensificación del conflicto: Los actos de barbarie de la subversión y el paramilitarismo contra la sociedad civil, el secuestro, las violaciones al Derecho Internacional Humanitario, todo eso debe ser condenado. En esta guerra, hace rato los medios sustituyeron el fin. El otro lado de la moneda es la falta de compromiso histórico de las elites políticas y económicas del país, como si la corrupción no fuera también un acto de terrorismo, detonante de vastas e imprevisibles tragedias sociales. Esa clase dirigente colombiana que siempre ha ejercitado muy bien ese exquisito maquiavelismo de simular la idiotez. La lucha de clases sigue vigente: mientras los que tengan más quieran más, y lo que tienen menos tengan menos, no habrá paz en este país. ¿Simplista?, ¿conceptos devaluados por corrientes económicas de moda?, tal vez, pero ¿falso?... No creo. Las pulseritas patrióticas del tricolor nacional no ayudan mucho a cambiar la realidad.

Tal vez es muy temprano para que la literatura refleje lo que está pasando en Colombia. El exceso de luz también causa ceguera. Es posible que sea necesario esperar un poco, no se sabe cuánto, cinco, diez, cincuenta años... para narrar con conocimiento, y altura estética, lo que está ocurriendo. La literatura necesita madurar las respuestas a las preguntas del presente. Sin embargo hay novelas interesantes: El cielo que perdimos, de Juan José Hoyos, La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, esfuerzos por explorar el mundo emocional ciudadano de un país en guerra. Por otra parte están: No nacimos para semilla, de Alonso Salazar, las crónicas de Alfredo Molano, de José Navia, de Alberto Salcedo, los reportajes de Germán Castro. Todos hacen parte de ese periodismo que está haciendo hoy lo que la literatura aún debe decantar.


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La suma de los detalles

Por: Ignacio Ramírez
Diario El Tiempo


"Llega "Con la luz que me queda basta" un nuevo volumen de cuentos firmado por John Junieles y tipificado por la inatajable ansiedad de relatarlo todo, desde la presencia de un abuelo que parece un faro barbudo para alumbrar los caminos de la vida, hasta el hostigante desasosiego de un ser que pronto cumplirá apenas treinta años y no obstante presiente que "Será un mal síntoma que uno le gusten Calvin y Hoobs, César Vallejo, el Correcaminos y Emily Dickinson", personajes todos de estas tiras cómicas en que al final de cada capítulo cotidiano se convierte la existencia. Da lo mismo haber nacido un día que Dios estuvo enfermo, que ponerle globitos a la vida desde el diálogo con un pícaro tigre de papel.

Ahí, en esa fusión sufriente y juguetona entre la realidad y la fantasía, es donde está la magia de lo que escribe el sucreño de las tres jotas, cuya materia prima para aferrarse a la palabra es la suma de los detalles invisibles de la cotidianidad que, en el fondo de los sueños de los escritores, bullen como elementos prodigiosos para recrear el universo desde el microcosmos, otorgarle al verbo la capacidad de convertirse en imagen y en territorio habitable por la población cómplice de los lectores, que rabiamos o nos regocijamos con los libros, con los seres y las historias que duermen y despiertan en sus páginas cada vez que cerramos o abrimos sus tapas de cartón.

En "Con la luz..." el trabajo narrativo de Junieles muestra un ritmo afanado como el acoso del tiempo en las ciudades, un enfrentamiento con el lenguaje igual al que afrontamos cada día en la tarea rica y dura de aprender a hablar y a escribir . Unos personajes que no se conforman con ser protagonistas y dejarse adornar por los adjetivos que les cuelgue el autor, sino que quieren contar sus historias desde la piel y el hueso en que las viven. Así se palpan en estos diecisiete cuentos que sin llegar a las cien páginas constituyen un libro para leer de un viaje y pensar, al final, que la palabra vive.


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Papeles para iniciar el juego y otros incendios

Por: Rómulo Bustos Aguirre
Escritor - Investigador colombiano

En Junieles registramos la presencia de la cotidianidad, del lenguaje y del ser solitario que puebla la urbe; impulso renovador dentro de una tradición regional que parece más tributaria del aliento de lo terrígeno.

La insularidad es uno de los rasgos del personaje. Descentrado, incierto, ausente de fe, "vestido de gris por la ciudad". Transita de los estrechos bordes de un poema a los andenes solitarios de un cuento. Lo atraviesan relámpagos agrarios, girones de la infancia; un dejo de nostalgia lo gravita. Pero es ante todo un animal urbano, la ciudad le ha marcado con su hierro. Podría topárselo el lector por alguna calle de Cartagena o quizás en Nueva York a donde, a veces lo empujan los sueños o el deseo. Este espacio ocasional, objeto del deseo del personaje, funciona como extensor o resonador del imaginario de lo urbano del que el escenario básico -Cartagena- más bien carece o es por lo menos incipiente. Tienen así mismo esta función la recurrencia a cierta neomitología consumista (Uma Thurman, Winona Ryder) o anticonsumista (James Dean, Dylan Thomas, Charles Bukowski, Silvia Plath) Hijo de su tiempo el escritor selecciona esas pulsaciones en que la provinciana Cartagena se abre a otro ritmo; más allá de la barriada popular y de la nostalgia señorial se abren cráteres de otro ritmo angustioso y cínico; la mirada del escritor explora, descubre o construye, en su ley esa otros imagen de Cartagena, cuyo precedente más inmediato lo podemos encontrar en el tramo final de la novela "Días así", de Raymundo Gomez Casseres con su sentido apocalípticamente anticipatorio, y un poco más atrás, en la fantasmagórica construcción del personaje de "Dos o tres inviernos" de Alberto Sierra.

Otros resquicios, otros ángulos, otros ojos para mirar la otra Cartagena. En esa búsqueda están comprometidos otros jóvenes escritores locales interesados en una poética de lo urbano; pensamos de modo particular en la detonadora y brillante prosa de Efraim Medina Reyes, ostensiblemente imbuido del modelo bukowskiano.

En el caso de Junieles el acento dominante es un tono doloroso existencial que postula un vallejianismo de base ("Yo nací un día que Dios estuvo enfermo") , atravesado por el desenfadado aliento de Bukowski asumido en algunos tics en la costrucción del (¿los?) personaje (s) no en su escatologismo.

El Johnny de los poemas se urde sobre el motivo de la usurpación de un lugar y un nombre. El título del poema "Yo busco un nombre para un dolor" concentra su itinerario existencial, y el titulado "Por quien ladrán los perros", nos entrega la punta de la madeja:

"(...) mi hermano no llegó a nacer
y fue enterrado en el patio
que es hoy un lugar sagrado.

Luego vine yo y caí en la trampa
y me llamaron como a él
condenado a saber que cada gesto
y acto mío es inferior a él (...)"

Esta especie de "fantasía originaria", de "trauma de identidad" provee a los poemarios de un elemento anecdótico y dota al personaje de un desgarramiento asediado por la idea de fantasmalidad, de ser eco sombra de alguien. Ausente de sí en búsqueda o pregunta de su ser.

Quién es Junieles acaso una herida
que mana una sangre ajena.

La distancia de sí mismo, la distancia de los otros lo configuran. El amor y su ímpetu de completud asoma su rostro, pero siempre es el ademán de separación. La obsesión por el nombre parece estar elaborada sobre la crisis de la esencialidad nominativa, del vínculo sustancial, mágico, entre el nombre y la cosa característico de las culturas míticas.

Vuelvo a tu nombre
con la confianza que dan los años de
de vivir nombrándolo
vuelvo con la certeza de no encontrar
nombrado en él todo lo que eres.

La fractura del vínculo deviene así un signo de nuestra contemporaneidad, construyéndose una metáfora sobre la condición hueca, huérfana del habitante de la urbe.

A través de las ciudades de los hombres he viajado
buscando un sentido a mi existencia (...)

A través de las ciudades he perdido el encanto
y la confianza y me he vuelto adicto a los pájaros
de la noche.

En los textos en prosa el personaje se abre a otros matices ( se asoma al mundo del boxeo y de "la pandilla", se hace periodista) Prosigue en todo caso el juego de las autorreferencias, de ficcionalización del autor en la imagen del personaje, con la lejana resonancia del modelo borgiano (igualmente en el juego del yo y los probables o inevitables otros que lo asedian a que aludimos). Estos cruces de autor y personaje, en relación umbilical entre uno y otro, ese transparentarse - simularse en el personaje le confiere una fuerte unidad y sentido lírico al conjunto, así como la persistencia del personaje tanto en los poemas como en los cuentos insinúa un mundo, una unidad cuasinovelesca. Estos saltos de fronteras u oscilaciones de géneros están a la orden del día dentro de la sensibilidad estética contemporánea. Tampoco es imposible pensar que esa soterrada voluntad novelesca acabe imponiéndose o por lo menos buscándo su propio cauce y próximamente tengamos la oportunidad de leer la primera incursión de Johnny ( el autor o el personaje) en este exigente género. Por lo pronto tenemos este hermoso compacto lírico-novelesco que conforman su libro de cuentos y sus tres poemarios, papeles suficientes para iniciar el fuego, para inscribir el nombre de Junieles entre los más sugestivos de la más reciente literatura colombiana.


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Todo hombre tiene una historia que contar

Por: Juan Carlos Urango
Lingüista
Universidad de Cartagena de Indias


El diálogo solitario con el último libro de John Jairo Junieles, “Con la luz que me queda basta”, nos deja la sensación de que estamos frente a un texto lleno de vitalidad. Esto ocurre porque la posición vanguardista del autor parece sugerirle que la literatura, como ninguna otra actividad del hombre, debe desvincularse de la vida.

Como una pareja de baile de movimientos acoplados, la literatura y la vida marcan los mismos compases en Junieles, y esta propuesta ya se vislumbraba en sus obras anteriores, “Papeles para iniciar el fuego” y “Temeré por mí al final de estas líneas”.

Un aspecto del autor, que se reitera en “Con la luz...”, es la renuencia a creer en la parcelación del ser humano, o en la tradicional y arbitraria costumbre de clasificar sus actividades. Por eso, sus relatos no respetan la división genérica, no cree que el cuento es sólo cuento y la poesía sólo poesía. En él hay de todo, como en la vida, cuento, poesía, cine, música, crónica y reportaje. En fin, todas las maneras posibles de contar la experiencia humana. Y para ello, parte de una fórmula simple: todos los textos están erigidos sobre la más antigua forma del relato, y también la más vital: la anécdota.
Claro está, no puede pensarse que la obra es una suma de sucesos anecdóticos. Estos funcionan sólo como punto de partida. Lo demás es la integración de elementos recogidos en su paso por las salas de cine para deleitarse con las películas de Tarantino o de Scorsese; en los encuentros frecuentes con la música de Kurt Cobain; en las páginas siempre abiertas de Bukowski y de Capote; en las tertulias vespertinas con un anciano en Sincé, y, sobre todo, en el taller permanente en que se convierten las salas de redacción para un joven escritor. Tantos elementos presentes, hilados en todo momento (excepto en un relato) por un narrador protagonista, con un lenguaje sencillo pero con frases contundentes, tienen que producir una especia de collage. Y esto, es ubicarlo en las corrientes literarias que predominan en este final de siglo.

La obra está compuesta por diecisiete relatos, distribuidos en un poco más de ochenta páginas. Esta cifra indica la brevedad de los mismos. La razón es la ausencia de retórica en cada uno de ellos. A diferencia de un gran número de escritores que se explayan en disertaciones rebuscadas y en descripciones inmensurables, y al final se quedan en el manejo estético, sin importarles lo que van a contar, Junieles se dedica a fabular. Las escasas descripciones que se encuentran en “Con la luz...”, no van más allá de tres palabras y de allí que quede tanto espacio para la historia y cada una de las páginas traiga implícita una invitación a la lectura. Cada línea cuenta algo; y en este sentido sus palabras funcionan como una cámara cinematográfica que registra las acciones y las actitudes de los personajes sin detenerse mucho en la contemplación ornamental:

“...Después, por entre los curiosos logré ver algo. Creí hasta entonces que lo había vivido todo, pero no. Alan era un asco rojo bajo la sábana inmaculada. Regresé a la calle, afuera empezaba otro día en el paraíso. Creo que deseé por milésima vez en mi vida tener un perro que aguardara en mi habitación. Era un amanecer brillante con un cielo despejado, como si hubiera llovido, al menos dentro de una o dos personas.”
(El café de las esperas inútiles. Pag.51)

Elementos del cine
Aquí, donde se pueden encontrar los elementos cinematográficos de sus textos, es también donde su experiencia periodística le ha brindado los mejores aportes. Igualmente, es aquí donde Truman Capote puede reclamar los créditos que le corresponden por la influencia que pudo haber ejercido en este joven creador.

Otro de los aspectos interesantes de este libro es el rechazo a una literatura circunscrita a espacios geográficos específicos. No se puede tipificar la obra como estrictamente rural o urbana. Es más, da la sensación de que el autor hace todo lo posible para que tal tipificación no se dé. Los recuerdos más remotos del narrador protagonista se ubican en un espacio bucólico, dominado por la figura mítica del abuelo como único ser capaz de comprenderlo:

"...Él ( abuelo) era para mí cómplice propicio en aquella casa adversa donde pasé mi infancia"

(En los patios de América. Pag. 23)

Mientras que, por otro lado, su realidad se mueve inevitablemente entre las moles de concreto, las luces de neón y el discurrir pagano de una ciudad. Un ser humano que busca evadir su soledad en compañía de su gato, de un poco de licor, de su máquina de escribir, de las lecturas silenciosas en el cielorraso humedecido, y de su viejo televisor a blanco y negro. Este hombre que vive una suerte de soledad innata, que es el producto caprichoso de dos espacios en conflicto, es sólo un pretexto para manifestar que la tragedia o sublimación del hombre no responde a coordenadas ni a límites geográficos. Que su desgracia o su gloria le llega en Sincé o en Nueva York, en los dos metros de altura sobre el nivel del mar en Cartagena o a los de más de ocho mil del Everest.


Personajes en la luz

El manejo de los personajes es otro de los aciertos de este libro. No hay, en toda la obra, un solo personaje intrascendente. Y no lo hay porque el autor parte de la premisa de que todo hombre tiene su peculiaridad y, por tanto, una historia que contar. Estamos entonces, ante la presencia de hombres marginales que evidencian sus defectos y camuflan sus virtudes. Hombres pasionales que responden en la mayoría de los casos a los instintos y regulan sus relaciones con la irreverencia; que saben muy bien que todo tiempo pasado no fue, necesariamente, mejor y que del futuro no se sabe. Hombres que tienen sueños y deseos, pero que sucumben ante la realidad que se destapa más allá de sus párpados o que habita junto a sus vísceras. Con este panorama, se nos dibuja un mundo dominado por la ironía y con una perspectiva desacralizada. Por eso el alcohol, el cigarrillo, el cine, como una invitación a escapar. Hay que hacerlo de algún modo. Esta vez quien reclama los créditos es Charles Bukowski.

Ahora, cabe destacar que el carácter de los personajes está asociado al ritmo de la narración. Y éste, al tiempo, determina ( o está determinado por) la tensión de los relatos. No hay dudas de que una de las grandes preocupaciones de Junieles es el manejo del ritmo narrativo y aquí juega un papel primordial sus preferencias musicales. Cada personaje le imprime su propio ritmo a la narración, de acuerdo a la forma como haya asumido la vida.

Así, tenemos un ritmo intenso, como el rock de Cobain, ante los personajes desaforados como el protagonista:

"...Con la pandilla me inicié en el licor, fue un gran comienzo aquella botella de whisky robada en la rectoría del colegio. En mi casa estaban demasiado ocupados sobreviviendo como para enterarse de mis andanzas, era dueño de mi vida, quizás más que el propio Nacho..."

(Cómo paga el diablo a quien bien le sirve. Pag. 38)

También tenemos un ritmo de compases lentos, como un son de Alejo Durán, ante los personajes que vislumbran la vida desde una perspectiva más sosegada como el abuelo:

"El abuelo era minucioso para hacer cualquier cosa, ya se tratara de una caricia o de sacrificar a un animal, él procuraba hacerlo a fondo, hacía que la caricia fuera caricia y que el animal sufriera lo menos posible (...) Su relación con las cosas que le rodeaban era armoniosa, el abuelo jamás gritaba por alegre, triste o enojado que estuviera.

(Un día de pesca. Pag. 19)


La tensión de los relatos

Así también varía la tensión de los relatos. Hay algunos que son intensos, como la pelea entre dos fajadores que se lanzan puñetazos sin contemplaciones y al final quedan extenuados y sangrantes. No aflojan un instante, ni se permiten el lujo de las distensiones narrativas.

"...Él me lanzó un golpe al hígado y lo esquive pero enseguida se revolvió y me cazó en la cara. Caí como un rayo pero no estaba aturdido, el golpe en vez de adormecerme me había hecho ver cada cosa con más nitidez. Veía mi rival en una esquina neutral, a mi tío y a mi amiga silenciosa y expectantes, a los amigos de mi rival contando con el árbitro: ¡uno, dos... tres..."

(El vaquero solitario. Pag.32)

Hay otros menos tensos, como el combate entre dos estilistas, que en medio de los pasos dan golpes certeros que van minando la resistencia del rival, y al final, propinan el golpe de gracia. Este tipo de relatos tienen momentos distensos en los que se permiten algunas libertades poéticas:

"Nos vimos, puede ver las huellas de la infancia en sus pupilas. Mi corazón cazador saltó: yo sé querida Nani que también tienes frío ( y eso es un lugar común) que sufres de melancolía, que más allá de la luz eres una mujer temblando. Algunos dicen que mereces el Oscar por cada gesto tuyo hecho ante la cámara, yo vislumbro otras escenas, algunas risas y mucha amargura, afectos frustrados y mentiras envueltas en papel Blomingdale's"
(Con la luz que me queda basta. Pag. 75)

Ambas situaciones son necesarias, sobre todo para una obra que, a pesar de que está concebida como una colección de cuentos, conservan una estructura unitaria, como una novela corta dividida en varios capítulos. El narrador-protagonista es el mismo, salvo en el caso de "El asesino", donde se cambia a un narrador omnisciente. Los personajes se repiten en varios textos; donde algunas situaciones se reiteran en dos o más relatos, como por ejemplo, el oficio periodístico del protagonista y su nombre tomado de un hermano muerto, donde el tono y la perspectiva varía muy poco, entre otros aspectos. Todo esto hace necesaria la existencia de los momentos de distensiones ya comentados para darle oportunidad de respiro al lector.

Lógicamente no se puede pasar por alto los aportes que el periodismo hace a la obra de Junieles. Aquí es posible encontrar la llamada literatura de no ficción, que no es otra cosa que hacer confluir bajo un mismo objetivo la minuciosidad y el realismo del reportaje, con la libertad creativa de la literatura. Eso hace el autor. Allí está la sociedad con toda la carga de valores y antivalores, cada vez más desnuda, paranoica. Contando sus muertos, sus borrachos, sus pandillas y sus prostitutas.

"Una noche llamó un asesino que quería enviar condolencias a los familiares de sus víctimas y un saludo a los que pronto morirían en sus manos. Su frase favorita era: ya saben deben levantar la cara para que queden bien degollados. Yo traté de sacarle cosas, pero me dijo que los locutores estaban entre sus víctimas favoritas. El asesino hablaba con gran estilo y era una persona sumamente culta. Estuvo lanzando amenazas contra el mundo de hoy, aveces recitaba un poema de Borges o de Shakespeare."

(Sólo una voz al teléfono. Pag. 45 y 46)

Anécdota y fábula

Y allí está el escritor con su pluma, buscando la anécdota para hacer la fábula; rastreando a los desechables para eternizarlos; para que no aparezcan en el periódico como una estadística más de la página roja, sino como un ser humano que tiene sus motivaciones sus ilusiones, y que en la mayoría de las ocasiones no tienen una oportunidad diferente a un cuadrilátero de dieciséis sogas, o a una cárcel de doce barrotes, o a una tumba, sin epitafio y bajo la repugnante denominación de NN.

Quizás la continua reflexión del protagonista frente a su propia realidad, hace caer a Junieles en relatos que usan fórmula más o menos repetida. Le va mucho mejor cuando recrea las anécdotas que cuando se dedica a sentar posiciones ideológicas en la soledad de su habitación. Esta situación hace que dos o tres de sus textos no tengan la fuerza suficiente para cautivar al lector. Sin embargo, no podemos pensar en una obra perfecta en un autor que, a pesar de sus tres libros, apenas llega a los veintiséis años y cada una de ellos es una superación de lo anterior.

En últimas, ("Con la luz...) corresponde a una visión del mundo que pretende vincular la literatura con la cotidianidad, que huye del afán esteticista y ornamental de muchos escritores, y finalmente, pone de manifiesto que tanto la literatura como la vida es una suma de elementos diversos que se unen en un libro o en un hombre para mostrar que la universidad no es más que un conjunto de peculiaridades.


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J.J. Junieles: Retrato del artista sin patio

Por : Osvaldo Rodríguez
Lingüista-Universidad de Cartagena de Indias

"Una llave mala que gotea en la noche y suena como una fuga de Bach, esa es la voz de Dios en el apartamento. Aquí, en un barrio lejos del centro, aquí donde todavía llegan los circos viejos". Así es el tono de John Jairo Junieles, parece quedarse sin huellas, las deja todas en el teclado. Palabras oscuras saltan a la luz de la página y evocan imágenes. Sabe que las palabras mejores son aquellas que no se dicen, y que cuando se dicen, deben ser como esos viejos vestidos de baño que ocultaban mucho.

Una obra hecha con trozos de espejo donde se refleja un ser que deambula entre edificios recordando naranjos sembrados en patios de infancia. Buceo de aguas profundas por las capas de cebolla de los seres lastrados y felices que somos, aislados muchos por no sé que distancia insalvable de incomunicación, por ese abismo receloso que escinde de modo irresoluble a las personas: flores extrañas de toda obra que aspire a ser interesante.

Los personajes de este escritor ¿héroes?, ¿antihéroes?, cada lector lo decidirá, se caracterizan por tener problemas de tipo religioso. Sus patologías --algo de abuso de noche, algo de meterse en líos más o menos a voluntad-- nacen, creo yo, de la incómoda sensación de que Dios existe, pero no para ellos.

Señas particulares

Como cualquier hombre también él es un acertijo sin resolver. Aveces metal, a veces aire. Sus señas elementales hablan de alguien nacido en Sincé-Sucre en 1970, que prestó su servicio militar en el periodismo, primero en el desaparecido El Periódico de Cartagena y luego en la Unidad Investigativa de El Universal. Autor de: Papeles para iniciar el fuego, poesía 1993, Temeré por mí al final de estas líneas, prosa poética 1995, Con la luz que me queda basta, Editorial Lealon, Medellín, 1996; “Canciones de un barrio en la frontera” Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá, 2002, y “El temblor del kamikaze” cuentos, 2003.

Ha obtenido el Premio Metropolitano de Cuento de Universidad Metropolitana, de Barranquilla, así como el Premio Nacional de Cuento Universidad Externado, Bogotá 1995. Con "Toma mi mano mientras suena el trueno" poesía, el Premio Departamental de Literatura del Ministerio de Cultura 1998. Ha sido antologado en “Dos veces bueno” Antología del Cuento Breve Latinoamericano. Buenos Aires, Argentina 1997; y en “Oscuro es el canto de la lluvia” Antología de Nueva Poesía Colombiana, Alianza Colombo Francesa-Bogotá, 1997. Ha participado también en los talleres de periodismo de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, y fue periodista por cinco años de la oficina de prensa del Festival Internacional de Cine de Cartagena.

Junieles nos dice: "Provengo de una familia de pueblo que, como muchas, se trasplantaron a una ciudad buscando mejores vidas, o por lo menos, muertes más ordenadas. Creo que mi abuelo fue decisivo en mí, me influenció mucho su verbo, su actitud para contar historias. Como estaba ciego le leía a diario las cosas que le interesaban: almanaques Bristol, recetas de libros de medicina homeopática, y diario El Espectador. Su mano temblaba tanto que desde los seis años aprendí a encenderle los tabacos".

Uno de los asuntos que reclama atención en el incipiente trabajo de Junieles, es esa cierta unidad y consistencia que lo hacen ya, por lo menos, merecedor de un comentario aproximadamente crítico.

El vuelo de los insectos disecados

El autor forja tramas y gobierna emociones desde una perspectiva omnisciente, aun cuando se desarrolle en primera persona gran parte de su obra. Por otro lado, los caminos que para bien o mal escoge el escritor, son aquellos en que hay espacios planos, un discurso en línea recta en el que no existen recodos para descansar y distraer la mirada, momentos narrativos en los que el sol parece rajar las piedras para sacar los pájaros que encierran.

Cómo hacer, se pregunta Nabocov, para que la "mariposa de la realidad" no pierda colores al escribirla, el escritor taxidermista hará que una mariposa parezca poder levantar vuelo aunque la atraviese un alfiler, es decir, que después de pasar del plano del vivir no se pierda al pasar al plano del leer. Es la intención de relatar lo que hace interesantes sus trabajos. El prefiere la anécdota, la palabra que nombra cosas sin mayores rodeos.

En el mundo actual la palabra tiende a ser banal, maquillaje de realidad social. La palabra que usamos ( y abusamos, y trucamos ) ya no nos refleja. Siempre es bueno entonces encontrarse con un lenguaje, en muchos momentos, en otros no, corriente de aire fresco en medio de todo aquello. Junieles logra eso en el sentido que fluye con niveles de levedad en el sentido que se sugiere en "Seis propuestas para el próximo milenio" de Italo Calvino, y encontrar eso en una obra breve es interesante.

Uno lo lee y entiende que el efecto del lenguaje para este creador es asunto de fidelidad consigo mismo y con el mundo nombrado. Algunas de las particularidades de este estilo, sobre todo en la prosa, es la de ser elemento extraño, casi desterrada, la llamada frase incidental, aclarativa, entre guiones o paréntesis que interrumpen el ritmo. Esto confiere mayor agilidad al lenguaje. Su frase no abusa del adjetivo y hay abundancia de verbos, algo clave para un ritmo dinámico.

Limpieza verbal, laxitud, concentración de una historia en un mínimo de tiempo que es lo que da a los cuentos su carácter exaltado. En la prosa de "Con la luz que me queda basta" primera edición de su libro de cuentos. Junieles es discípulo consciente o no de Capote, Carver, Bukowski, Cabrera Infante, Puig; o últimamente, según él, Rubem Fonseca.

Antes que un misterio con trucos prefiere la simplicidad de un hecho trivial, hilvana las historias con cierta dosis de tensión y descubre dimensiones ocultas de la cotidianidad. Se mueve de manera sutil por los vericuetos del hombre común y corriente y nos muestra sus grandezas al hacer frente a sus miserias. Desde luego, como otro elemento no debe dejarse al margen la influencia del cine. Así pues, debe observarse como se desenvuelven las oraciones convirtiéndose en una sucesión de cuadros que a su vez generan párrafos que vienen a ser secuencias. Puede observarse en algunos de sus mejores relatos el uso del "long shot" y el "Close up", que alejan y acercan el plano de la escena con el cambio del tiempo verbal. Veamos:

"Vivo en una casa donde también viven dos tías (...) La casa tenía una atmósfera densa llena de secretitos y viejos resentimientos (...)

Pero agréguese a lo dicho, que más que describir, se observa que la palabra busca registrar imágenes, asimilándose de este modo a una cámara que incluso quiere visualizar sensaciones.

"Estoy en una habitación oscura, me encuentro agachado en un rincón escuchando la voz del abuelo que desde la cama pregunta por su caballo".

Resulta básico para el movimiento ligero de la frase el tono conversacional en el cual se desarrollan algunos de sus poemas y cuentos, en los que se acostumbra a pasar de la primera persona singular al pronombre indefinido "uno"; o de la primera voz a la segunda, resultando de ello una especie de diálogo en que el lector de alguna manera se siente envuelto.

"Cuando eres un muchacho, cuando tienes sólo catorce años, se puede ser de verdad un estúpido... creer que uno lo sabe todo y ya está listo para dejar las viejas reglas y aventurarse por los corredores oscuros. Yo era un estúpido (...)

Obsérvese las partes subrayadas a propósito para indicar como en aproximadamente seis líneas se cambia de un "tú" a un "uno" y luego a un "yo" (segunda persona singular, pronombre indefinido y primera persona singular). Se puede ver así que la voz que narra es una voz activa que no pierde dinámica aunque hable de parajes interiores.


El patinador sobre las piedras

En la obra inicial comprendida en los tres libros, se encuentran dos polos referenciales fundamentales que, más que ser una rigurosa antilogía, parecen complementarse. El primero de ellos corresponde al espacio rural y se siente en la obra como una honda ausencia que propicia el recuerdo. Este espacio se halla relacionado con la inocencia, La infancia feliz al lado de un abuelo sabio bajo cuya sombra providencial se siente seguro. Pero este estado de paraíso primordial, se interrumpe de súbito con un viaje de mudanza del niño con sus padres a la ciudad. Este es el otro polo, el espacio urbano, el cual se percibe como una presencia llena de luces y vida agitada; una presencia castrante que acaba para siempre con la inocencia del personaje infantil, abriéndole las puertas a otra realidad más abrupta y desequilibrada, donde padecerá por primera vez el desamparo y conocerá el refugio de la soledad.

Aquí pues, se tiene la correlación central de la obra de este autor: Patio-ciudad, presencia-ausencia. La referencia a estos dos mundos es perceptible tanto en su poesía como en su narrativa; así se registra en el cuento "Hombre viejo en un cuarto oscuro":

"... después mi madre entra y me saca de allí, la habitación se borra y deja lugar a un autobús que avanza hacia mundos llenos de luces, confusos y apresurados..."

Hacia cada uno de estos mundos existe una actitud distinta. Mientras que con la ciudad la actitud es de defensa y vacío, hacia el pueblo que un día fue abandonado y donde queda el patio de la infancia la actitud es de nostalgia. A este mundo de colinas azules es a donde los personajes de Junieles siempre viajan y al que trata de recuperar en vano con la red de la memoria y las palabras:


"Un pueblo al que dejaste y luego, ahora cuando alcanzas cierto nivel de equilibrio para mirar tu vida, descubres ya tarde, ya perdido, que no fue tan malo."

Sin embargo no se trata en absoluto de una actitud de evasión, de huida de una "realidad asqueante", los personajes saben asumir que son seres productos de una mixtura.

"después de todo siempre has sido un tipo de extremos: la gran ciudad y las grandes luces, el pequeño patio y sus luciérnagas, y en eso no tienes la culpa"

Más bien, en vez de huida, se trataría de una búsqueda, la búsqueda a trompada íntima de la identidad. Aunque no falta, respetando la autonomía del creador, que hubiera más color local por aquí o por allá, menos poses de perdonavidas y más patio, más patio, más intimismo como:

"Y si yo no logro ir más allá y empezar todo de nuevo, sino logro desvanecer esa mancha, nunca sabré quien soy en realidad".

Tal vez esta búsqueda queda más claramente expresada en el bello poema "Para que no lo borre el tiempo".

"La idea es recuperarse/ ir encontrándose de a poco/ buscando en cada cosa/
a los seres que a uno guardan"

En fin la de Junieles es una obra que muestra una inicial consistencia, cierta unidad de estilo y temática a través de las obras, y una densidad en varios momentos afortunada. Relatos en donde no sabemos, si para riqueza o pobreza de la obra (me inclino a lo segundo), la mujer no cumple mayor función sino la de ser objeto de amor y deseo. Parece decirnos que la mujer, más que formar parte del universo, del mundo; ella es la salvaguarda de las verdades elementales de la naturaleza humana; el hombre, por su parte, es sólo quien intenta llegar a ser algún día parte del universo, como si tuviera que ganarse su pertenencia real.

Todos estos aspectos ojalá evolucionen hacia otros ángulos de luz en "Hombres solos en la fila del cine" su novela inédita que ya se anuncia.

Su trabajo parece concluir que la felicidad está, tanto en el momento en que se vive, como en el momento en que se evoca. Como el mismo autor lo expresa "...yo también tengo una película que vi de niño, me gustó mucho, conservo imágenes borrosas, pero no recuerdo siquiera su nombre, la tengo pérdida en la memoria, pero la busco, y sé que lo seguiré haciendo, una y otra vez, como cuando despiertas y tratas de recordar un sueño."


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