Hurgando en unos viejos archivos de la prensa alemana, encontr� un relato notable sobre un episodio muy poco conocido del ascenso del nazismo al poder. Se trata de una historia sobre c�mo Adolf Hitler liquid� a un peque�o partido pol�tico a finales de 1932 para limpiarse el camino hacia la Canciller�a. El texto, con un lenguaje m�s propio de una novela, se public� en una hoja disidente en 1938 y es de autor desconocido.

En las elecciones de julio de 1932, el partido de Hitler fue el m�s votado de Alemania con un 40% de los sufragios. Pero el 6 de noviembre de 1932, en otras elecciones provocadas por la ca�da del gobierno de Von Papen, los nazis pierden dos millones de votos y dejan de ser el partido m�s fuerte. Los votos nazis se han escurrido hacia un peque�o partido, el PfD. Entre el 6 de noviembre y el 2 de diciembre de 1932, fecha en la que se produce la ruptura entre Hitler y Gregor Strasser, jefe de los �nazis de izquierda�, el m�ximo l�der nazi ordena la destrucci�n del PfD y pone el asunto en manos de dos de sus m�s fieles diputados.

El relato, seg�n una traducci�n libre m�a, es el siguiente: 



Adolf se paseaba inquieto por su despacho en la sede del partido. Desde el ventanal se puede ver la famosa Unter den Linden por donde discurre el ca�tico tr�fico de la capital, donde medran los vendedores de frutas y los de kino. En las paredes cuelgan los s�mbolos que durante a�os han seguido las masas, pero a los que en las �ltimas elecciones han comenzado a darle la espalda. Si no hubiese sido por su mano dura, por su visi�n estricta y fan�tica que tanto cuestionan los disidentes, el partido nunca habr�a recuperado la forma y la disciplina que muestra ahora.

Pero ha llegado la hora de dar un paso m�s en la marcha hacia el poder. Hay un peque�o partido, sin tradici�n ni ideolog�a, que le est� robando el electorado al partido de Adolf. Se trata del Partei f�r la Demokratie (PfD) que en las �ltimas elecciones supo aprovechar disciplinadamente sus candidaturas y que amenaza con frustrar el ascenso de los nacionalsocialistas al poder.

Adolf ha meditado largamente sobre el asunto y ha decidido que ha llegado la hora de yugular al PfD de manera definitiva. Dos de los diputados de su partido le han  puesto la soluci�n al alcance de la mano. Un contratista p�blico de Hannover, cansado de financiar clandestinamente al PfD, les ha pedido que destapen la olla y monten un esc�ndalo en los medios de comunicaci�n. Para eso les ha prometido papeles, cheques, vales vista y todo lo que fuera necesario.

Por eso, los diputados han sido invitados a venir al despacho del gran jefe esa ma�ana.

-�Tenemos los papeles? � pregunta Adolf secamente sin saludar a los diputados.

-Tenemos todo- contesta el diputado m�s gordo-. A los del PfD les hemos agarrado con los pantalones bajados...

-Muy bien. Esto funciona � dice Adolf con un brillo malicioso en sus ojillos-. A partir de ahora, esta operaci�n pasa a ser m�ximo secreto. Ustedes se encargar�n de hablar con los periodistas y contarles la historia. Tienen que hacer creer a los reporteros que est�n haciendo periodismo de investigaci�n.

-�Y eso c�mo se hace, mein F�hrer?- pregunta el diputado menos gordo.

-�Huevones! � grita Adolf perdiendo la compostura y dejando que su mech�n rebelde le caiga sobre los ojos-. Eso es muy f�cil. No se entrega el dossier entero, s�lo se entrega una parte y se dejan las cosas m�s f�ciles de confirmar para que los periodistas hagan un par de llamadas telef�nicas y descubran el pastel. As� creer�n que han hecho su trabajo.

-�Brillante, mein F�hrer!- exclaman los diputados nazis-. Est� claro que la providencia del Walhalla, las Walkirias y Sigfrido y los Nibelungos lo han puesto a usted aqu� para dirigir nuestros destinos y llevarnos a la gloria.

-Una vez que la opini�n p�blica sepa que el PfD no es m�s que una ristra de ladrones...- Adolf comienza a desvariar en voz alta mientras se pasea por el despacho- ...entonces podr� apretar al Canciller para que acabe con el trato de favor que el PfD recibe en el Reichstag. Tendr�n que echarlos de la cueva y s�lo cuando cumplan esas condiciones, el Canciller volver� a tener mi apoyo.

-�Otra vez brillante, mein F�hrer!- corean los diputados.

-�Antes no me sentar� a la mesa ni para comerme unas salchichas con chucrut�- grita casi fuera de s�.

Adolf  que ha ido dando vueltas por la habitaci�n a grandes zancadas y con las manos cogidas a la espalda, ensimismado y hablando sin parar sobre lo primero que se le viene a la cabeza, est� ahora de espaldas a los diputados, detr�s de su escritorio y mirando el s�mbolo del partido.

-Pero hay un pero...- truena Adolf enigm�tico.

-�Cu�l dicen los dos diputados?

-Si a ustedes los pillan en esto, s�lo queda un opci�n- dice mientras se da la vuelta para enfrentarlos con sus ojillos vidriosos.

-�Cu�l es esa opci�n?- pregunta el diputado m�s gordo.

-Tendr�n que decir que el partido no sab�a nada y el Tribunal de Disciplina los expulsar�... Y ustedes morir�n pollo.

-Pero...-el diputado menos gordo comienza a tartamudear-. Eso no es posible. Toda mi familia ha sido del partido desde tiempo inmemorial.

El diputado m�s gordo tambi�n quiere abrir la boca y protestar.

-Eso o la Luger- dice Adolf mientras abre un caj�n de su escritorio y saca una pistola negra que pone encima de la mesa.

Los diputados, que se han puesto l�vidos, se miran desconcertados.

-�Preferimos la expulsi�n!- contestan a coro.

-Muy bien- dice Adolf. As�, cuando todo se haya olvidado, siempre podremos rehabilitarlos y cuando hayamos conquistado el poder, los colocaremos en alguna embajada.

-�Gracias, mein F�hrer!- dicen los diputados mientras se consuelan pensando que Adolf no es tan malo y que es muy dif�cil que la operaci�n falle.

-Ahora v�yanse derechitos al hotel y empiecen a trabajar- instruye Adolf. Si todo les sale bien tengo una misi�n mucho m�s importante que encomendarles: el incendio del Reichstag. Pero de eso hablaremos m�s adelante.

Hasta aqu� la traducci�n.
Y despu�s, �incendiad el Reichstag!
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