| Por John M�ller Hace ya casi un a�o que Andr�s Mata Osorio, propietario de El Universal de Caracas, me pidi� que me hiciera cargo de poner en marcha una serie de cambios en su diario en el marco de una vasta reforma con implicaciones empresariales y period�sticas. Como yo tambi�n form� parte del equipo de consultores que la empresa Innovaci�n Period�stica reuni� para planificar esos cambios, he vivido la experiencia por casi todos los �ngulos posibles. El �nico �ngulo que yo no he vivido es el del propietario. Ese tendr�a que contarlo Mata, aunque me imagino los numerosos instantes de zozobra y depresi�n cuando las cosas no han marchado bien y, sobre todo, reconozco su valor, entusiasmo y visi�n de futuro a la hora de decidir cambiar muchas cosas que llevaban 87 a�os haci�ndose de determinada manera. Mi primer contacto con El Universal fue como consultor period�stico externo. Debo decir que, viniendo desde Espa�a y desenvolvi�ndome en un medio tremendamente competitivo como el de la prensa madrile�a, me horroriz� aquel diario jur�sico que se hac�a en Caracas. Su dise�o era detestable y el castellano que se usaba en sus p�ginas no lo entend�a. Tambi�n me molestaba much�simo la forma en que se presentaban las noticias. Muchas veces la noticia estaba en el pen�ltimo p�rrafo o el t�tulo no concordaba con el contenido. Hab�a otra multitud de detalles que denunciaban a gritos que algo andaba mal. No hab�a ninguna valoraci�n de la informaci�n gr�fica y la jerarquizaci�n de noticias no exist�a. Tambi�n debo decir que como consultor nunca llegu� a percibir en toda su dimensi�n los numerosos problemas y condicionantes locales que pod�an oponerse al cambio y que de alguna manera estaban detr�s de todos esos elementos que yo percib�a como gigantescos defectos. Despu�s de ver el entusiasmo de un grupo de j�venes periodistas venezolanos a quienes Marta Botero, Carlos Soria, Juan Antonio Giner, Barry Sussman y yo les dimos un cursillo de entrenamiento en agosto del a�o pasado, Andr�s Mata Osorio me tent� para quedarme en Caracas. Y yo, tras pensarlo casi un mes y convencer a mi esposa, acept�. El d�a que aterric� en Caracas, el diario daba cinco veces la misma foto en su edici�n de esa ma�ana. Dos d�as despu�s, tambi�n hab�a una foto repetida, pero esa s�lo estaba tres veces. Lo primero fue tomarme los primeros quince d�as para hablar con todo el mundo, conocer la estructura y saber c�mo diablos estaban produciendo ese diario. Entonces comenzaron a aparecer cuestiones incre�bles en las que no entrar� con mucho detalle, pero les garantizo que todos los problemas, defectos y errores que hab�a en el diario ten�an su justificaci�n en rancias costumbres, �rdenes malinterpretadas o tradiciones obsoletas. Para empezar, la redacci�n estaba escindida en cuatro grandes �reas, cada una al mando de un jefe de secci�n o departamento. Uno de ellos, que dirig�a la secci�n de Pol�tica, ejerc�a de "primus interpares" y era responsable de la confecci�n (dise�o) de la primera p�gina del diario. Otro gobernaba las secciones de Econom�a, Ciudad y Equipo de Investigaci�n. Otro era jefe de Deportes e H�pica y un cuarto comandaba la secci�n de Internacional y Cultura y sustitu�a al "primus interpares" en sus d�as de descanso. No exist�a ninguna instancia de coordinaci�n y muchos menos un esp�ritu de cooperaci�n entre ellos. Tampoco hab�a cr�tica, puesto que el menor comentario era visto como un ataque o intromisi�n en el �rea de otro. Al mismo tiempo, aunque de esto no tengo pruebas, era obvio que exist�a una feroz competencia por hacerse con la direcci�n del diario, al menos entre tres de ellos. Todo esto se tradujo en un p�simo ambiente en la redacci�n. Periodistas desmoralizados, sin instrucciones espec�ficas, malas costumbres profesionales, ausencia de una relaci�n de aprendizaje y cr�tica entre las capas inferiores de la redacci�n y sus superiores. Vamos, aquello era la perfecta incomunicaci�n dentro de un medio de comunicaci�n. Al mismo tiempo apareci� un documentito que cay� como una losa sobre cualquier proyecto de cambio: el convenio colectivo de la redacci�n, casi tan antiguo como el diario mismo, y convertido en objeto de veneraci�n sindical y gremial. Se establec�an all� cuestiones tan absurdas como los horarios de los periodistas de diferentes secciones. Era curioso que los de Internacional trabajaban un d�a y descansaban otro. Un art�culo era realmente de risa: ven�a a decir algo as� como que si un jefe encargaba a un determinado periodista un trabajo especial no pod�a exigirle que cubriera responsablemente la fuente informativa a la que estaba asignado. Ese convenio colectivo era el compendio de la negligencia, incompetencia e irresponsabilidad de quienes hab�an mandado por a�os en esa redacci�n desde el m�s alto nivel. El �ltimo art�culo que he citado exist�a (luego me lo explicar�an los sindicalistas) porque en una ocasi�n un jefe hab�a ordenado tareas especiales a un reportero y despu�s le dijo que estaba despedido porque no hab�a dado cobertura a las noticias de tribunales que era su sector informativo habitual. Obviamente, el reportero no ten�a el don de la ubicuidad, con lo cual hay que pensar que esa fue la absurda encerrona de un mal jefe. Y ante tal despotismo, la redacci�n se protegi� con una cl�usula sindical. Todo estos elementos hab�an terminado por conformar una redacci�n donde la ineptitud parec�a ser la norma y donde yo descubr� a mucha gente que quer�a hacer bien las cosas y sentirse orgullosa de su trabajo, pero no encontraban la forma de romper ese c�rculo vicioso. Lo primero fue reorganizar la plantilla de manera gradual. Hice varios nombramientos, comenc� a contratar a nuevos periodistas, cambie de asignaci�n a varios de ellos e intent� transmitirles nuevos criterios. Adem�s, se crearon instancias de coordinaci�n y resoluci�n de problemas. Una reuni�n de planificaci�n y cr�tica por la ma�ana y una para decidir la primera p�gina en la tarde. Acto seguido, proclam� una pol�tica de puertas abiertas intentando transmitirles as� la cultura de una redacci�n donde todos pueden hablar con todos, tratar cualquier problema porque no existen "tab�es" e intercambiar informaci�n que siempre termina enriqueciendo las historias. Aquellos primeros d�as, cada ma�ana hab�a un desmentido. Los periodistas ya ten�an un eufemismo para referirse a ellos y los llamaban "aclaraciones", pero en realidad eran desmentidos en toda la regla. A eso se sumaba la aut�ntica jungla idiom�tica en que estaban escritos los textos. Yo me acordaba en ese momento que con Marta Botero les hab�amos dicho hasta el cansancio que "la pir�mide invertida hab�a muerto" y muchos de ellos ten�an la osad�a de decir -cuando uno criticaba lo mal puestas que estaban las comas- que aquello era "nuevo periodismo". Me imagino que Truman Capote habr� dado varios respingos en su tumba. Como no hay peor error que el que no se repara, me arm� de valor y mand� a todos a escribir en pir�mide invertida con la mayor precisi�n ling��stica posible. En segundo lugar, para evitar el aventurerismo informativo, les dije claramente que no me importaba dar noticias exclusivas ("tubazos" le llaman en Venezuela). Me compromet� p�blicamente a no despedir a nadie por haber sido v�ctima de un "scoop" en su �rea informativa. Insist� en que prefer�a dar las noticias tarde, pero darlas plenamente confirmadas. As� se desincentiv� la famosa "cultura del tubazo" que tanto da�o y tantos desmentidos o "aclaraciones" provocaba, da�ando la credibilidad del diario. Un estudio de una compa��a de tabacos me ayud� en el siguiente paso. El informe se�alaba que el 85% de las informaciones del diario s�lo proced�an de una sola fuente. Pues, bueno, la contrastaci�n fue la siguiente norma y comenc� a rechazar todos los art�culos donde no se hab�a hablado (o por lo menos intentado hablar) con las partes implicadas. A estas alturas, la plantilla ya hab�a crecido en un 30%. Aunque tampoco es tan cierto que fuera as�, porque exist�an numerosos problemas empresariales que hicieron que no me pudiera enterar de cu�l era la plantilla contratada hasta que pasaron tres meses. As� y con todo, seis meses despu�s descubr� a gente que estaba en plantilla y no me lo hab�an comunicado. Fueron d�as en que uno abr�a el armario y aparec�a un contratado nuevo con el que no se contaba. Al final, la empresa, que al parecer ten�a contratados periodistas bajo diversas razones sociales para protegerse de una eventual acci�n sindical, decidi� unificar a toda la redacci�n en una sola empresa. All�, por fin, supe cu�l era mi plantilla y con qu� contaba. De paso creamos una nueva secci�n y distribuimos m�s racionalmente el trabajo, porque era il�gico que alguien controlara �reas tan sensibles como Econom�a y Local que proporcionan tanto trabajo y requieren de tanta seguridad a la hora de abordar sus temas. Despu�s me dediqu� a ofrecer charlas semanales a todas las secciones con el fin de entusiasmarles, ponerles en antecedentes de hacia d�nde iba el diario y difundir entre ellos algunos conceptos b�sicos que me parec�an imprescindibles para que el proyecto saliera adelante. Simult�neamente la empresa consigui� poner fin al convenio colectivo, pero inmediatamente el sindicato hizo valer sus derechos y plante� uno nuevo en el que exigi� mi presencia. Afortunadamente, la gente del sindicato se port� espl�ndidamente. Comprendieron el proyecto, le explicamos lo que quer�amos hacer y redactamos un nuevo convenio ya no basado en la desconfianza, sino en la mutua aceptaci�n de nuestros intereses. Debo decir que encontr� en estos sindicalistas una gran comprensi�n y disposici�n al di�logo, pese a que Venezuela ha pasado un a�o muy duro en el terreno econ�mico que ha golpeado a todos los grupos sociales. Hoy estamos cerca del D�a-D y la Hora-H y creo que aunque no hacemos todo como a mi gustar�a (y ya he llegado a la conclusi�n de que pasar�n dos generaciones antes de que lo hagamos), me da la impresi�n de que la puesta en marcha de los cambios que hemos planificado para El Universal ahora son posibles. Hemos arado muchas horas durante este a�o para conseguir que la tierra est� en disposici�n para hacer fructificar un diario renovado. Lo �nico que nos falta es ultimar el nuevo traje gr�fico que utilizar� este diario en su nueva etapa. Pero sobre la estructura organizativa que le hemos dado a la Redacci�n y sobre los principios que la inspiran, El Universal est� condenado a seguir evolucionando y mejorando cada d�a en precisi�n, redacci�n, presentaci�n y lealtad hacia sus lectores. Quisiera agregar unas reflexiones dispersas sobre esta experiencias que yo creo que pueden ayudarnos a todos: 1.- Las ense�anzas de S�crates: S�crates fue uno de mis fil�sofos favoritos en las primeras etapas. Una de las primeras distorsiones que percib� en la prensa venezolana y en sus periodistas eran las enormes ganas no de contar lo que hab�a sucedido, sino lo que ellos opinaban sobre lo que hab�a sucedido. Tambi�n ocurr�a que muchas veces uno preguntaba algo sobre lo que estaba sucediendo por ejemplo en un conflicto jur�dico y los periodistas, como si estuvieran obligados a saberlo todo, respond�an ellos elaborando complicadas teor�as legales de las que no ten�an idea sin molestarse por consultar a un especialista o experto que sin duda lo sab�a. Estas actitudes se han ido superando record�ndoles que la virtud del periodista ha de ser la misma que la de S�crates: admitir la ignorancia y preguntar a todo el mundo cuando no se sabe. 2.- La conspiraci�n del reba�o: Mis redactores me miraron con sorpresa cuando les pregunt� si en una rueda de prensa de alguien llamado, por ejemplo, Shalikashvili, se atrever�an a pedirle que deletreara su nombre. La mayor�a, con aire de suficiencia, dijo que jam�s se les ocurrir�a plantear una pregunta tan intranscendente. M�s tarde confesaron que sus compa�eros se burlar�an de ellos. El resultado de esa actitud de soberbia period�stica es que el pobre se�or Shalikashvili se llama, al d�a siguiente, Chalicasvili o Chalikasfli y a ninguno de nuestros periodistas les incomoda lo m�s m�nimo su mal proceder. Una de las razones de esta soberbia period�stica repotenciada es el reba�o gremial que se forma cuando uno o varios medios de comunicaci�n asignan fuentes informativas fijas a sus reporteros. Este procedimiento es inevitable para ordenar el trabajo, sobre todo en pa�ses donde la falta de una buena red de agencias noticiosas locales que suministran la informaci�n "de tr�mite" (ruedas de prensa, comunicados de ministerios, etc.), obliga a realizar la cobertura b�sica desde los peri�dicos. Sin embargo, ahora ya tenemos identificado este problema y me sentir� contento el d�a en que uno de mis reporteros pregunte su intrascendente nombre a un diplom�tico extranjero. 3.- La maldici�n de la grabadora: Una de las tareas m�s arduas ha sido luchar contra la grabadora. He descubierto que en cuanto se enciende la luz roja que indica que la m�quina est� grabando, se apaga el cerebro del periodista. Muchos de nuestros periodistas practican lo que yo llamo "periodismo calist�nico". Es decir, reciben una orden, bajan corriendo las escaleras, montan en un veh�culo, llegan al Ministerio o edificio donde est� la "fuente", encienden la grabadora, apagan el cerebro mientras se dedican a forcejear con los dem�s brazos que sostienen micr�fonos y grabadoras luchando por estar m�s cerca del personaje que declara, apagan la grabadora, corren escaleras abajo, toman el auto de regreso al diario, suben a la carrera las escaleras y cuando entran por la puerta yo suelo preguntar: "�Y que dijo el ministro? Su respuesta es invariable: "Un momento que tengo que des-grabar". Bueno, poco a poco, hemos ido desterrando estas pr�cticas, pero resulta dif�cil que un cerebro oxidado y acostumbrado al m�nimo gasto de energ�a arranque como un motor perfectamente engrasado. Pero los resultados, cr�anmelo, son alentadores. 4.- La ruptura de la tradici�n: Uno de los problemas m�s graves en El Universal es, a mi juicio, la ruptura de la tradici�n profesional o de lo que yo tambi�n llamo la cultura de una redacci�n. Por m�ltiples razones, en el diario tenemos unos pocos supervivientes que bordean los 60 y m�s a�os, y un gran volumen de periodistas que no pasan de los 35 a 40 a�os. Claramente falta una generaci�n completa. Mientras un grupo afirma que los j�venes son ignorantes y mal preparados, los otros dicen que los viejos son unos saurios inmovilistas. Ni lo uno ni lo otro es verdad. De hecho, yo he hablado largas horas con los mayores y los criterios profesionales b�sicos, los principios de gesti�n de una redacci�n, son absolutamente conocidos por ellos. El problema es que no han sabido transmitir esos principios al resto de la redacci�n. Gran parte de nuestras energ�as est�n destinadas a intentar solucionar este problema. 5.- Una raz�n para existir: Es fundamental para crear confianza en una redacci�n establecer reglas claras. Al pasar de una estructura que podr�amos definir "de ordeno y mando" a una basada en la cooperaci�n, es necesario dialogar mucho y muy frecuentemente. Resulta absurdo que en un diario no se dialogue, no se reflexione o se razone sobre las cosas. He dicho a mis periodistas que no me importa que tomen una decisi�n equivocada si tienen al menos una raz�n v�lida o que ellos creyeron v�lida para haberla adoptado. As� los hemos obligado a pensar en su trabajo y discutir con argumentos en la mano. S� positivamente que la redacci�n se siente mucho m�s libre para abordar en el diario los diferentes temas que les inquietan y que ellos cre�an "censurados". 6.- No nos comunicamos: La cantidad de desviaciones y absurdos que he descubierto por la mala comprensi�n de una instrucci�n es incre�ble. Si el director o el propietario dice que "se debe ser cauteloso" con una determinada noticia, eso no significa que sobre esa cuesti�n no se puede publicar nada porque "al director le molesta". Afortunadamente, la imposici�n de criterios b�sicos, ayuda bastante a ir clarificando en que terreno se est� moviendo cada uno. Para el cambio ha sido fundamental comunicar continuamente con los redactores. Me he cansado de mandar memor�ndums indicando instrucciones precisas y apenas existe alg�n motivo para hacerlo, explicamos en las reuniones con los editores c�mo marcha el diario y para d�nde vamos, con la idea de que ellos lo expliquen a sus redactores subordinados. El plan de vuelo que seguir�amos fue lo primero que se explic�, pero el trabajo de refuerzo en las reuniones habituales de redacci�n es fundamental. 7.- La esencia de un peri�dico: Reformar un diario no es tan f�cil como crear uno nuevo, sobre todo si se trata del peri�dico con m�s tradici�n y solera de un pa�s y que todo el mundo percibe como "conservador". Debo decir aqu� que esa percepci�n nos fall� durante la fase de consultor�a pues se hicieron propuestas realmente audaces que con el paso del tiempo me parecen impracticables. Yo he participado en la fundaci�n de dos diarios en mi vida y nunca fue tan dif�cil como en este proceso de reforma de uno que ya estaba fundado hace 87 a�os. Las inercias que existen y las decisiones dif�ciles que se deben adoptar complican todo el proceso. Yo creo que si uno es capaz de captar la esencia de las cosas, el �xito tiene que sonre�rle. El Universal es un diario conservador, del "establishment", que es percibido como un estupendo veh�culo comercial y publicitario. En realidad, est� llamado a ser el gran diario de Venezuela, esa es su vocaci�n. Ninguna reforma puede apartarse de ese camino. Al contrario, debe revitalizar esos puntos fuertes y aprovecharlos para asentar las cabezas de playa de cualquier innovaci�n. El Universal, por ejemplo, no puede ser una revista pop, pero si puede regalar una cada semana. Conocer la esencia de las cosas no significa someterse a los intereses espurios que intentan bloquear el cambio. Conocer la esencia de las cosas significa que en la medida que nuestra informaci�n sea m�s solvente, m�s contrastada, m�s interesante, mejor escrita, mejor ilustrada, nuestros puntos fuertes se ver�n repotenciados. Y si logramos crear un estilo propio con el que tratar las nuevas tem�ticas que hoy se aprecian s�lo de modo incipiente en el diario, sin duda que podremos contentar a nuestros lectores de siempre y captar a otros nuevos. A mi juicio, la esencia de un diario es informar de la manera m�s responsable posible. Aqu� no caben los intereses empresariales ni pol�ticos. 8.- El desaf�o tecnol�gico: Al llegar a El Universal, exist�a una red inform�tica basada en el antiguo sistema Atex. Yo cre� que la redacci�n escrib�a y montaba en p�gina directamente. Cual fue mi sorpresa al comprobar que en realidad las usaban como m�quinas de escribir y no se montaba nada electr�nicamente, sino que las cr�nicas se enviaban a una impresora y el procedimiento segu�a la rutina del siglo pasado. Pagu� el noviciado una noche que quise cambiar un subt�tulo en la primera p�gina. Ese cambio que en El Mundo de Madrid no hubiera tomado m�s de un minuto, en El Universal tom� casi una hora. A esto se sumaba el hecho de que como los periodistas no quer�an trabajar en el Atex, los expertos inform�ticos s�lo ten�an dise�ada una peque�a red que daba servicios al taller de montaje y composici�n, y a publicidad. Adem�s, nadie sab�a a ciencia cierta c�mo funcionaba el sistema Atex ni qu� pod�amos hacer con �l. Todo se complicaba por las noticias de que Atex era una empresa en decadencia y no se encontraban instructores ni repuestos. Afortunadamente, el nuevo editor gr�fico del peri�dico se meti� a fondo en el problema y descubri� una manera a trav�s de la cual pod�amos comenzar a hacer p�ginas en ese rudimentario sistema. Apenas comenzamos a incorporar secciones, todos los fusibles saltaron y aquello se convirti� en un permanente tira y afloja entre el Departamento de Sistemas Inform�ticos y la Redacci�n. Ahora tenemos casi todas las secciones del peri�dico introducidas en Atex. Hemos sufrido lo indecible con desperfectos, ca�das del sistema, cortocircuitos, un interface nada amable y primitivo, pero parece que por fin el Departamento de Sistemas parece haber entendido lo que hay que hacer. Todav�a seguimos teniendo problemas, pero creo sinceramente que la parte m�s dura ya la hemos superado. Debo elogiar la capacidad de adaptaci�n de unos periodistas que durante siete a�os tuvieron el Atex arrinconado en los talleres y que, sin embargo, convencidos con buenos argumentos, se volcaron absolutamente en pos de un trabajo bastante arduo en un tiempo r�cord. 9.- Rectificar es de sabios: Ya habl� del eufemismo de las "aclaraciones". Un buen d�a, comuniqu� a la redacci�n que �stas se hab�an acabado, as� como se hab�an acabado las "entrevistas-compensatorias" con las que se pretend�a contentar a gente que por un mala conducta informativa hab�an resultado agraviados o su versi�n no hab�a sido consultada. A cambio, creamos una secci�n de Fe de Errores donde reconocemos hidalgamente nuestras equivocaciones. Curiosamente, los periodistas nunca se han quejado de la existencia de esta secci�n. Los que se quejaron fueron gerentes y vicepresidentes de otras �reas del diario que argumentaron que esa secci�n (que en algunas �pocas est� especialmente nutrida) desprestigiaba al diario. Seguramente ellos prefer�an seguir con la tradici�n de la prensa caraque�a actual consistente en no rectificar nunca sus "exclusivas" ("Tubazos", que luego resultan falsos o medias verdades). Yo, sinceramente, no podr�a dormir tranquilo. He visto competidores que han cumplido una semana entera publicando informaciones incorrectas cada d�a. Ellos reciben desmentidos y rectificaciones como las recibimos nosotros, pero no las publican. Y si meten la pata en grande, entonces acuden al expediente nada profesional de compensar con una entrevista al agraviado. Un d�a nosotros metimos la pata a lo bestia. El editor de econom�a y el jefe de informaci�n intentaban publicar un t�tulo llamativo basado en unas declaraciones del ministro de Cordipl�n, Teodoro Petkoff, la nueva "estrella" del gabinete del presidente Rafael Caldera. Al final, de tanto "sacarle punta" a las declaraciones de Petkoff terminaron publicando un t�tulo completamente manipulado, que iba entre comillas, que mezclaba ideas de dos p�rrafos diferentes y que, para colmo de males, iba valorado como segundo tema del peri�dico. Aquella noche yo no vi la primera p�gina y al d�a siguiente, nada m�s ver el t�tulo y recordando c�mo hab�a sido explicado el tema en la reuni�n de primera p�gina, tuve claro que ser�a un d�a dif�cil. Me le� la cr�nica y no encontr� el t�tulo en ninguna parte Justo cuando pensaba como deshacer el entuerto, el ministro llam� y muy claramente plante� lo ocurrido. No pidi� nada, pero yo le ofrec� rectificar, puesto que me parec�a la �nica forma de corregir el mal causado. Habl� con mis jefes de informaci�n y prepar� una rectificaci�n que pusimos destacada en la primera p�gina. Muchos se resistieron y les pareci� exagerado proceder de esa manera. Pero insist�. Esta decisi�n provoc� conmoci�n en la prensa local. Creo que fueron m�s las felicitaciones y cartas de adhesi�n que recibimos en esa semana que las cr�ticas. Un mes despu�s y para que vean que todos estos cuentos tienen un final feliz, El Universal recibi� el Premio Nacional de Periodismo y el jurado, en su veredicto, cit�, entre otros esfuerzos, nuestra rectificaci�n en primera p�gina como un ejemplo a seguir. Creo que ese fue un justo premio a un hecho muy simple: nuestra vocaci�n por transmitir la verdad de las cosas tal como es. La �nica forma de garantizar a los lectores que sentimos una preocupaci�n casi ontol�gica por la verdad es saber rectificar a tiempo sin que a nadie se le caigan los anillos. 10.- La excusa de la pol�tica editorial: Cuando llegu� al diario, la primera pregunta que surgi� en la asamblea de redacci�n en que Andr�s Mata Osorio me present� a los periodistas fue si yo iba a cambiar la l�nea editorial. Yo me qued� traspuesto, porque El Universal no tiene editorial, quiz�s si mi interlocutor hubiera preguntado por la l�nea de publicaciones o la pauta informativa lo hubiese entendido, pero �la l�nea editorial! Despu�s descubr� que la l�nea editorial era la gran excusa de todo el mundo para seguir haci�ndolo mal. Era una forma de traspasar a la empresa las culpas de su frustraci�n personal o la baja calidad del producto. La �nica forma de destruir este argumento venenoso y paralizante es hacer reflexionar a la gente y preguntar qu� tiene que ver la l�nea editorial con los textos mal escritos, mal titulados, las fotograf�as desenfocadas, los gr�ficos incorrectos, las afirmaciones inexactas, la falta de contrastaci�n y la pobreza informativa. Quisiera decir, por �ltimo, que los periodistas de El Universal se han convencido de que el cambio no es un mero cambio de dise�o o de contenidos informativos. Si esta aventura sale adelante ser� porque se han convencido de que cualquier cambio siempre pasa por el individuo, por ellos mismos individualmente considerados. No existen realmente los cambios colectivos impuestos desde arriba por muy ilustrados que sean los dirigentes. El cambio es una opci�n personal. Cada uno debe convencerse de que sus informaciones pueden ser mejores, m�s correctas, mejor escritas, m�s profundas. Que sus fotograf�as pueden ser t�cnicamente mejores. Que sus dise�os pueden ser m�s claros y arm�nicos. Recuerdo que Albert Camus dec�a en La Peste que el problema es que "la peste la lleva cada uno dentro de s�". Pues aqu� ocurre lo mismo, el cambio est� en cada uno de mis periodistas. Y si resulta ser� exclusivamente m�rito de ellos. Caracas, septiembre de 1996 |
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