Cuenta el brit�nico Nigel West en su libro The Secret War for the Falklands (La guerra secreta por las Malvinas), publicado en 1998, que los principales  servicios de inteligencia del mundo fueron incapaces de anticipar que Argentina invadir�a las islas Malvinas en abril de 1982. Algo parecido a lo que sucedi� en 1990 cuando fueron incapaces de prever la invasi�n de Kuwait por parte de Irak.

Chile no fue una excepci�n. Tan s�lo cuatro d�as antes de la acci�n militar, el general Pinochet tuvo sobre su mesa un informe que advert�a de una inminente invasi�n de las islas Malvinas. El documento llevaba fecha de 3 de marzo de 1982 y hab�a tardado 27 d�as en llegar a su despacho. La raz�n era simple: en la reuni�n mensual de inteligencia celebrada el 1 de marzo se consider� la hip�tesis de una invasi�n, pero el jefe del Estado Mayor de la Defensa, almirante Ronald McIntyre, la descart� por descabellada. Sin embargo, un empleado civil no lo crey� as� y en tres d�as reuni� suficiente informaci�n como para tomar en serio la hip�tesis, pero su informe no mereci� la consideraci�n de sus superiores hasta que la invasi�n ya era evidente. 

Seg�n West, �se fue el �nico documento de un servicio de inteligencia mundial que consider� con precisi�n la invasi�n y su fecha. Ten�a el m�rito de basarse en informaci�n abierta, conocida por todo el mundo, lo cual habla de la perspicacia y talento de su autor. Este era un analista civil, subteniente de la Armada en reserva, ex estudiante de Veterinaria y profesor de Ciencia Pol�tica que se encargaba de los asuntos argentinos en la Direcci�n de Inteligencia de la Defensa Nacional. Su nombre: Emilio Meneses Ciuffardi.

Meneses, muy probablemente, es el mejor analista de defensa que ha dado Chile en los �ltimos 30 a�os. No se trata de ning�n �cucal�n� que se ha ca�do por la borda y su acierto a la hora de vaticinar la invasi�n de las islas Malvinas es ya legendario.

Por eso, su macizo art�culo publicado en El Mercurio del 11 de marzo de 2001, reclamando mayor transparencia y criticando el proceso de adquisici�n de aviones F-16 por parte de la FACh, no pod�a pasar inadvertido e hizo que muchas personas situadas en puestos importantes sintieran que se les mov�a el suelo. Algo parecido ocurri� hace unos a�os cuando Meneses se opuso a la adquisici�n de submarinos franceses por parte de la Armada en el llamado proyecto �Tridente�.

Pocos d�as despu�s de publicarse el art�culo sobre los aviones F-16, Emilio Meneses fue acusado por su colega Felipe Ag�ero Piwonka, quien ahora trabaja en la Universidad de Miami, de haberlo torturado en el Estadio Nacional en septiembre de 1973. Ag�ero cont� su historia a la revista Cosas y  no revel� el nombre de Meneses, pero s� lo hizo en una carta dirigida al jefe de �ste, Alfredo Rehren, director del Instituto de Ciencia Pol�tica de la Universidad Cat�lica, que se filtr� al diario electr�nico El Mostrador.

Meneses admiti� que como reservista de la Marina fue llamado a filas el 11 de septiembre de 1973 y destinado al Estadio Nacional para interrogar y clasificar detenidos. Pero niega haber realizado torturas. Incluso, afirma que se arriesg� a una corte marcial en tiempo de guerra por desobedecer �rdenes que le parecieron injustas.

Toda esta circunstancia es compleja y hace que mucha gente se cargue de prejuicios. Por un lado, est� el dolor de Felipe Ag�ero y la gravedad de la denuncia p�blica que ha realizado; por otro, el buen nombre de Emilio Meneses, quien est� suspendido de su empleo y en entredicho como persona.

Esta semana, adem�s, se ha sabido que 197 profesores chilenos y extranjeros han firmado una carta solidariz�ndose con Ag�ero y condenando a Meneses al ostracismo acad�mico. Nadie puede restarse de la solidaridad con Felipe Ag�ero, que al reclamar su condici�n de v�ctima la merece de por s�, pero no es de recibo que personas que forman parte del gobierno de Chile o de la elite universitaria ignoren el principio de inocencia y condenen a uno de sus colegas sin siquiera haber investigado lo sucedido. O Jos� Joaqu�n Brunner, Eugenio Lahera, Juan Gabriel Vald�s, Eugenio Tironi y Arturo Valenzuela -por mencionar a los m�s conocidos- saben m�s que nosotros sobre la conducta de Meneses en el Estadio Nacional y debieran hacer p�blicos esos hechos, o simplemente han olvidado los m�s elementales principios de la justicia. Lo que han conseguido es que ahora el caso desprenda  un insoportable tufillo a tribunal popular, a linchamiento o a ajuste de cuentas.

La soluci�n es que la Justicia establezca la verdad, tal como lo ha sugerido en otros casos el presidente Lagos. Pero Ag�ero ha dicho que no present� una denuncia judicial contra Meneses, �porque me pareci� que una querella es una cuesti�n que se alarga y se complica, y que es muy dif�cil de probar legalmente�.  Es una afirmaci�n ciertamente irresponsable ante la gravedad de la imputaci�n, ya que deja inerme al acusado. Meneses, por su parte, dijo que prescind�a de una acci�n judicial para contribuir a la reconciliaci�n nacional, reacci�n que sembr� m�s dudas sobre su propia actuaci�n.

Como ciudadano, sin embargo, tengo mucho inter�s en que tanto Ag�ero como Meneses vayan a los tribunales y reciban una reparaci�n si han sido objeto de un da�o o de un delito cometido ahora o hace 28 a�os.

Pero antes de que se resuelva el dilema de esta denuncia, Chile habr� puesto fin al proceso de adquisici�n de nuevos aviones para la FACh y las objeciones que Meneses plante� a la compra de los F-16  no habr�n sido rebatidas. La denuncia de Ag�ero ha desacreditado a Meneses y lo ha apartado del debate p�blico. Nada de lo que diga es ahora cre�ble y la posici�n que defend�a qued� devaluada. Detr�s de esta polvareda se han escondido sus contradictores que no se han molestado en contestar ya que lo consideran �c�vicamente muerto�.

No cabe duda de que Meneses tiene hasta la coronilla a buena parte de los altos mandos de las Fuerzas Armadas y a los expertos del Gobierno con sus continuas exigencias de que las adquisiciones de material b�lico sean coherentes con una pol�tica de defensa preestablecida y, sobre todo, que sean transparentes ante la opini�n p�blica. Eso forma parte de la normalidad democr�tica.

Un par de d�as antes de ser acusado, el Ministerio de Defensa hab�a decidido marginar a Meneses del proceso de elaboraci�n del Libro de Defensa, cuyos trabajos se iniciaron en marzo a bordo del transporte �Aquiles�. La explicaci�n del ministro Mario Fern�ndez fue impropia de un sistema democr�tico pese a estar revestida de un lenguaje enga�oso: �Tengo todo el derecho de invitar a quienes yo entiendo que van a aportarme constructivamente a cumplir mi tarea. Yo respeto al profesor Meneses, pero creo que su opini�n sobre el F-16 se aparta del debate constructivo�.

En fin, creo que, seg�n sus propias palabras, el ministro no tiene la m�s m�nima intenci�n de escuchar opiniones cr�ticas y diversas, por muy molestas que sean, como corresponder�a a un sistema pol�tico abierto. Ejerciendo su derecho a invitar, demuestra que no gobierna para todos los chilenos, sino para quienes ejerce de anfitri�n. Si de aqu� se puede extraer alguna impresi�n, �sta es que el mundo que rodea al Ministerio de Defensa est� plagado de intereses y de gente que se mueve ampar�ndose en supuestos secretos, donde no hay lugar para el escrutinio democr�tico. La neutralizaci�n, por las razones que sean, de un formidable contradictor no enriquece, sino que empobrece el debate.

Dos semanas antes de que estallara el �caso Meneses�, un funcionario del Ministerio de Defensa me confes� que no deseaba manifestarse cr�ticamente respecto a la compra de los F-16. �No quiero que me pase lo que le va a pasar a Meneses�, dijo. Desconozco si se refer�a al hecho de que el ministro le iba a dejar fuera del �Aquiles� o a otra cosa.

Al margen de la tragedia personal de Ag�ero y de Meneses, lo peor de todo esto es que Chile sigue sin establecer una pol�tica de defensa democr�tica, acorde con sus posibilidades econ�micas y sus objetivos pol�ticos de largo plazo.

Cada vez que oigo que Chile necesita los F-16 porque en el futuro podr�a contar con un misil AMRAAM o equivalente, no puedo dejar de sonreir por muchas medallas que tenga quien lo dice. Tal extremo es imposible si no pertenecemos a una alianza pol�tica o militar de las llamada de �tipo fuerte�.  Y si nos inscribi�ramos en una, pierdan cuidado, nuestros aliados no tardar�an nada en convertirnos en el pa�s mejor armado del planeta.
Los militares pueden querer contar con toda la  tecnolog�a que ven en las ferias de armamento, pero no pueden dejar de considerar la realidad geopol�tica del pa�s. Y el ministro de Defensa deber�a ser el primero en entender esto antes de autorizar esta danza de millones que hipotecar� a la FACh por varias d�cadas.
El caso Meneses
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