| A Jaime Lopetegui Adams No recuerdo si era la Campa�a del Sobre de 1979 o de 1980. Los cadetes de la Segunda Compa��a iban por unas casas situadas en Zenteno, cerca de la Cl�nica Alemana, recogiendo los sobres que hab�an repartido la semana anterior. En una modesta vivienda los atendi� una mujer que sali� a la puerta sec�ndose las manos en su delantal. -Venimos a recoger el sobre, se�ora- dijo un joven cadete, sonriendo dentro de su cotona de cuero reci�n lustrada la noche anterior. La mujer puso cara de sorpresa y se march� al interior de su casa. A los pocos minutos volvi� con el sobre todav�a abierto mientras rebuscaba en sus bolsillos. -Me lo tengo que llevar cerrado, se�ora, son las reglas- repuso el bomberito. -Es que no tengo ni una chaucha para darles- dijo la mujer. -No se preocupe, es una aportaci�n voluntaria- le dijo el muchacho. -Espeeeerese un momentito- dijo y se volvi� a meter en la casa. Al rato volvi� a aparecer en su puerta, sonriente y alarg� el sobre hacia el cadete, �ste le dio las gracias y sigui� su recorrido. Cuando el aspirante a bombero se reuni� con sus compa�eros, se dio cuenta de que el de la mujer segu�a abierto. -�Chutas, la vieja me dio el sobre abierto!- le dijo a sus colegas. Ustedes son testigos de que ahora mismo lo voy a cerrar. Entre risas y bromas, el cadete levant� el borde del sobre para llev�rselo a los labios y en una fracci�n de segundo pudo ver que adentro no hab�a billetes ni monedas. Lleno de curiosidad, cogi� el trozo de papel y observ� su contenido: era una estampita de la Virgen del Carmen que por detr�s llevaba una oraci�n y un texto manuscrito con mala letra: �Perd�nenme esta vez. S�lo puedo darles las gracias y esta virgencita para que los proteja�. No s� qu� habr� sido de aquella buena mujer, ni de la estampita. Respecto al contenido del sobre, nunca m�s se habl�. Como tampoco se hablaba de los donativos de nadie, porque es una broma de mal gusto ese dicho de que los bomberos les toman el peso a los sobres y van dejando �marcadas� las casas que no los ayudan como si fueran los enviados de Poncio Pilatos buscando a los ni�os reci�n nacidos. Pero esa mujer comprend�a perfectamente que hab�a algo sobrenatural en la existencia de los bomberos voluntarios en un mundo tan lleno de intereses. Y a falta de dinero, les regal� su estampita m�s querida. Cualquiera que haya requerido sus servicios y se haya visto en un aut�ntico aprieto no podr� poner en duda que los bomberos son �ngeles de la civilidad, con cascos y con botas. Un �ngel de la Cuarta Compa��a me salv� a m� una vez de una grave intoxicaci�n por humo en un incendio cerca del puente Rahue. He visto a empleados de banco, mec�nicos con las manos engrasadas, aburridos contadores y profesores aturdidos convertirse en �ngeles al o�r el sonido de la sirena de alarma. Los he visto volar por las calles, con alas en los pies, para llegar a sus cuarteles y montarse en sus m�quinas salvadoras para acudir a un siniestro. En fin, he visto �ngeles con cotonas de cuero negras que usaban escalas para salvar a un ni�o, a una mujer o a un anciano. Y a otros que se met�an en aut�nticos infiernos de fuego y humo armados con un puro chorro de agua para intentar atacar el foco de un incendio y salvar una casa de madera convertida en una antorcha. Tambi�n he visto carros bombas meterse en sitios incre�bles para apagar un incendio de donde despu�s ha sido imposible sacarlos por sus propios medios. Es obvio que s�lo un �ngel pudo llevarlos hasta all�. No hay sitio m�s fr�o que un incendio una vez apagado. Cuando ya todo ha terminado, el infierno de fuego y llamas se transforma en un lugar h�medo, solitario y fr�o. All�, en ese escenario, comienza la progresiva transmutaci�n del �ngel en hombre ordinario. A veces se les escapa una l�grima pensando que si hubieran llegado un segundo antes, lo habr�an salvado todo. Y esa es la prueba de que se van convirtiendo en humanos. Cansados, a veces magullados, con sus alas mojadas y con cenizas hasta en las orejas, los bomberos recogen ordenadamente su material y se retiran a sus cuarteles donde dejan todo dispuesto para la siguiente ocasi�n en que tengan que ejercer de �ngeles. A veces ocurre que alguno de estos �ngeles, por su exceso de generosidad, no alcanza a convertirse en hombre a tiempo y se queda hecho �ngel para la eternidad. Esos son los que los bomberos llaman �m�rtires� y que se quedan para siempre en la lista de la gloria. Afortunadamente, la mayor�a vuelve a sus quehaceres. Vuelve a ser empleado de banco, mec�nico, contador o profesor. Y sus vecinos los miran extra�ados porque no entienden que esos hombres y mujeres ordinarios dediquen sus horas libres a una organizaci�n que no les paga, que s�lo les da un reconocimiento cada cinco a�os y que les pide que cada vez que suena una sirena se conviertan en �ngeles de la guarda. Hace 136 a�os, nuestros antepasados se vieron ante la necesidad de organizarse colectivamente para protegerse ante un peligro cierto: el fuego y la desgracia. No ten�an presupuesto, s�lo la buena voluntad de unos vecinos. Afortunadamente, ese esp�ritu solidario se ha mantenido vivo y al irse transmitiendo de generaci�n en generaci�n ha terminado por perfilar una de las organizaciones voluntarias m�s exitosas del mundo. A lo largo de todo ese tiempo alg�n diablillo se ha colado en sus filas. Pero han sido casos irrelevantes que simplemente han venido a recordar que ninguna obra humana, por excelente que sea, est� libre del error. Hoy hay un debate sobre la supuesta necesidad de que nuestros bomberos sean pagados. Este punto es defendido particularmente por quienes no pueden entender que existan relaciones humanas que no se basan en el enriquecimiento. He tenido la ocasi�n de ver actuar a servicios de bomberos profesionales y puedo afirmar que ni son m�s eficaces ni trabajan con mayor dedicaci�n que el nuestro. Afortunadamente, nuestros bomberos salvan su prestigio casi a diario y nos demuestran que ellos -que son el pueblo armado con mangueras, hachas y escalas- siguen siendo una expresi�n de solidaridad de la comunidad y una de nuestras mejores tradiciones nacionales. Para seguir cuidando y acrecentando esta tradici�n, s�lo nos piden una cosa: que les facilitemos los medios para trabajar. Como los fabricantes de mangueras, escalas y carros bomba no aceptan oraciones, agradecimientos ni estampitas a cambio de sus productos, es necesario proporcionarles una ayuda econ�mica para que sigan haciendo milagros y para que una de las pocas cosas de las que podemos sentirnos orgullosos en Chile siga existiendo. Ayer, un voluntario o voluntaria a quien no le importa destinar una tarde de su descanso a repartir sobres, habr� pasado por su casa para dejarle el que corresponde a la campa�a del a�o 2001. Ll�nelo con el coraz�n en la mano. H�game caso, esa persona es lo m�s parecido a un �ngel que ver� en toda su vida. |
| Del car�cter sobrenatural de los bomberos |