Sigo la pol�mica sobre la obra "Prat" de Manuela Infante y veo que hay tanto ruido y humo que, una vez m�s, como ya ocurriera el 21 de mayo de 1879, el grueso de la mariner�a no acompa�ar� al h�roe en su incursi�n sobre la cubierta del "Hu�scar".

Leo la versi�n de la obra completa que publica "La Segunda" cuyo tama�o no excede al de un sketch y me parece un texto bastante inane. Habr�a que ver la obra montada para hacer un juicio m�s certero, pero la primera impresi�n es que es teatro surrealista bastante menor, sin rozar siquiera la fuerza de autores como Jorge D�az o Ionesco. Incluso la forma de abordar el dilema del h�roe, un tema de gran enjundia para la literatura, es superficial. Pero la obra, gracias al marketing grandilocuente y patriotero de los almirantes en retiro, ser� un gran �xito.

He tenido varias visiones de Prat. La heroica de libro de texto escolar en la infancia. La del dilema �tico y moral de Prat que se estudia en la universidad. Un tiempo llegu� a la conclusi�n de que con su deber no m�s cumpli� ya que el abordaje de las naves enemigas estaba en los manuales de la guerra naval de la �poca. Al final he llegado a la conclusi�n de que Prat era un hombre muy com�n, porque los h�roes no mueren como h�roes, s�lo los hombres comunes lo hacen.

Hay muchos indicios de que al igual que en la famosa pelea de Lord Cochrane con el almirantazgo brit�nico, Prat no estaba a gusto con los jefazos de la Armada que no reconoc�an ni sus m�ritos ni los de su generaci�n. El intransigente almirante Juan Williams Rebolledo no s�lo le llamaba "marino-literato", sino que le negaba los destinos que hacen feliz a un marino. Adem�s, el sueldo era poco y Prat se ve�a obligado a controlar f�rreamente los gastos para sacar adelante a su familia. Williams y su camarilla muy posiblemente recelaban de la decisi�n de Prat de estudiar derecho (fue el primer marino que obtuvo un t�tulo universitario), lo que le abr�a un mundo de relaciones pol�ticas y sociales muy importantes. All� hay al menos tres datos que muestran su inter�s por la pol�tica y sus relaciones con ella: la tesis de grado de Prat con sus observaciones a la Ley Electoral de 1874, su asesor�a en la redacci�n de la Ley de Navegaci�n de 1878, y su actuaci�n como esp�a en Argentina por petici�n expresa del Gobierno chileno.

Descolgado de la escuadra que ha zarpado al norte, Prat logra meterse como secretario del ministro de Guerra en campa�a Rafael Sotomayor �un pol�tico� y llega as� al escenario b�lico, del que hab�a quedado marginado. All�, a Williams Rebolledo no le queda otra que darle un mando, la "Covadonga", el barco m�s chico de la flota.

No es ninguna locura pensar que de no haber cambiado mucho las cosas en la Armada, Prat hubiera acabado dedic�ndose al ejercicio de la abogac�a e incursionando en pol�tica de la mano de los liberales.

�De d�nde ven�a esta animosidad de los almirantes con Prat? A �l le correspondi� defender a su amigo Luis Uribe Orrego por los delitos de desobediencia y desacato (se hab�a casado con una viuda en Inglaterra sin consentimiento de sus jefes). Prat prob� que Uribe era inocente demostrando los procedimientos arbitrarios del almirante Jos� Anacleto Go�i Prieto. �Qu� pensar�a el alto mando naval de este abogado listillo que libraba a un simple teniente de la ira de un almirante?

No era Prat, entonces, la encarnaci�n de r�gidos modales militares como los que posteriormente se introducir�an en Chile, sino que era bastante "paisa". Como en las mejores historias, nadie pensaba que all� se ocultaba un h�roe.

El combate naval de Iquique fue un enfrentamiento extra�o. Nada doctrinal. En s�lo 17 a�os, el per�odo que va de la batalla de Lepanto (1571) a la derrota de la Armada Invencible (1588), la t�ctica naval sufri� un cambio radical. Mientras en Lepanto se luch� al abordaje, que era la t�cnica milenaria, la Armada de Felipe II fue liquidada a ca�onazos. Esto estableci� una diferencia esencial entre la doctrina naval espa�ola y la brit�nica, las dos potencias mar�timas m�s importantes de ese tiempo. Mientras la espa�ola mantuvo el concepto de la fortaleza flotante, con tropas embarcadas, armas antipersonales y espolones, los ingleses basaron toda su fuerza en los ca�ones. Lord Cochrane y su afici�n por los abordajes y los golpes de mano era, de hecho, un elemento extra�o en la marina brit�nica del siglo XIX.

Prat sab�a que la contienda era desigual y as� lo dijo a su gente. Lo que no dijo es que la ilusi�n de la victoria rond� su mente. "Si viene el 'Hu�scar', �lo abordo!", habr�a dicho la noche anterior. No estaba patri�ticamente loco, ese era el �nico procedimiento posible. Un abordaje masivo habr�a desencadenado una fenomenal lucha en el barco peruano y all� las posibilidades eran 50/50. Estaba en los manuales.

Estoy convencido de que Prat nunca dud� si saltar o no que es el t�pico debate popular en Chile. Tampoco creo que hiciera muchas reflexiones morales sobre la vida o la muerte. Salt� profundamente convencido de que era su �nica posibilidad de vencer. Y de hecho esa posibilidad no era banal, aunque hoy parezca incre�ble. Salvo Aldea y Ugarte, ninguno de los dem�s chilenos lo sigui�. Y esa soledad es la que convirti� en mito su hero�smo, porque a nadie se le oculta que esos marineros despistados o ateridos de miedo que no saltaron somos, en realidad, todos los chilenos de ayer y de siempre. Serrano y doce m�s lo intentaron arreglar en el segundo espolonazo, pero hac�a falta una treintena de hombres para un abordaje con posibilidades de �xito.

Es esta soledad de Prat en el momento clave el que le ha pasado una factura moral al pa�s desde hace decenios y en �l se asienta la fuerza popular de su leyenda. Por eso se hacen chistes sobre el abordaje, intentando minimizar la verg�enza que nos produce que le dej�ramos casi solo.

Las necesidades de la pol�tica y de la guerra crearon una formidable campa�a publicitaria en torno a Prat. Lo convirtieron en bander�n de enganche de las tropas que luchaban en el norte. Y su poderoso mito, ya domesticado por los grandes intereses y transmutado en leyenda pol�ticamente correcta, comenz� a crecer y a ense�arse en las escuelas y a transformarse en patrimonio de los mismos que antes quer�an mal a Prat.

Su viuda, en cambio, planteaba en su carta a Grau, que estaba segura que de haber podido, el almirante peruano habr�a impedido la muerte de Prat y "habr�a ahorrado un sacrificio tan est�ril para su Patria como desastroso para mi coraz�n". �Est�ril? �Habr�n acusado de antipatriota a do�a Carmela Carvajal? Claro, ella no pod�a verlo de otra forma, porque el h�roe era ese hombre que dorm�a en su cama y que era el padre de sus hijos. Un hombre com�n. Porque s�lo los hombres comunes son capaces de revestirse de hero�smo.
La soledad de Prat
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