| La �nica vez que el pr�ncipe Felipe de Borb�n, heredero de la Corona de Espa�a, se ha referido p�blica y oficialmente a su relaci�n sentimental con la modelo noruega Eva Saanum ha sido para informar a los espa�oles de que �sta se ha terminado. Desde que se conociera que Felipe de Borb�n sal�a con la joven modelo, una tupida red de intereses comenz� a orquestar una campa�a en contra de Saanum. La mayor�a de los enemigos de un posible matrimonio se declaraban fieles mon�rquicos de toda la vida. Y es que para los que somos hijos de rep�blicas, las dinast�as reinantes y los cortesanos que viven a su sombra, tienen usos y costumbres que desconocemos. La batalla organizada entre partidarios y detractores de un posible compromiso entre el pr�ncipe y la modelo ha durado meses y ha sido tan extempor�nea que al final terminaba por poner de manifiesto el anacronismo que supone la instituci�n mon�rquica en sociedades democr�ticas basadas en la soberan�a popular. Los mon�rquicos recalcitrantes se opon�an con un argumento aparentemente impecable: el pr�ncipe no pod�a casarse con una plebeya porque una norma dictada por su antecesor Carlos III establec�a que todo aqu�l miembro de la dinast�a que realizara un �matrimonio desigual� -con una persona de rango inferior- deb�a ser apartado inmediatamente de la l�nea sucesoria. Esta norma, conocida como la pragm�tica de Carlos III, sirvi� para asegurar los derechos sucesorios del actual rey, ya que gracias a ella su padre, don Juan, quien no era el primog�nito de Alfonso XIII, se convirti� en jefe de la Casa Real y transmisor de los derechos din�sticos, ya que sus hermanos mayores (los t�os de Juan Carlos I) se casaron con plebeyas. La consecuencia l�gica, seg�n los mon�rquicos, es que los derechos de Felipe de Borb�n pod�an verse cuestionados si se casaba con una plebeya al no estar clara la derogaci�n de la famosa pragm�tica. Otro grupo que se declaraba mon�rquico, se mostraba a favor de la boda, argumentando que la �poca en que los pr�ncipes se casaban con �profesionales� de la monarqu�a y sin amor hab�a tocado a su fin. Pero si los matrimonios reales sin amor hab�an llegado a su fin, tambi�n hab�a llegado la monarqu�a. Muchos espa�oles afirmaban, no sin iron�a, que si el pr�ncipe quer�a casarse como cualquier ciudadano com�n, lo que deb�a hacer era convertirse en un ciudadano com�n y abdicar de su alto cargo. La gran mayor�a de la poblaci�n era indiferente a la boda real y le importaba un comino que la futura reina de Espa�a fuera modelo, plebeya, hija de divorciados y noruega. Tal indiferencia, sin embargo, no se compadece con el enorme inter�s que despert� el viernes el anuncio de la ruptura de una relaci�n sentimental que nunca hab�a sido anunciada. El problema que queda latente es que la opini�n p�blica piensa firmemente que las presiones de los cortesanos sobre el pr�ncipe han tenido �xito y de que �ste ha tenido que canjear sus sentimientos por la estabilidad institucional. Alguien dec�a el viernes que tras esta decisi�n �el pr�ncipe ha madurado definitivamente�. La madurez, como se ve, s�lo es elogiada cuando se trata de adaptarse a los convencionalismos existentes. Don Felipe de Borb�n ha probado el primer trago amargo que produce ser el continuador en un mundo moderno de una instituci�n anacr�nica. Su padre, el rey Juan Carlos I, ha demostrado una gran habilidad para acrecentar el poder de la monarqu�a por la v�a de la legitimidad por la eficacia. Su consagraci�n se produjo cuando abort� el golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Gracias a eso, ha logrado que muchos espa�oles con simpat�as republicanas se declararan si no mon�rquicos, al menos �juancarlistas�. El desaf�o del pr�ncipe, ahora, es convertirlos en �felipistas�. |
| El pr�ncipe y la modelo |