| A las v�ctimas, con la esperanza de que su tr�nsito por este holocausto nos deje algo mejor que la compasi�n "El mundo, tal como lo conocemos, ha dejado de existir". Estas palabras se atribuyen al papa Juan Pablo II cuando supo del ataque masivo sufrido el martes 11 de septiembre por Estados Unidos. Otras personas rezaron, muchas imploraron. Casi todos, incluso los que no estaban all�, pensaron que asist�an a un anticipo del apocalipsis patrocinado por la CNN. Algunos evocaron Pearl Harbour. Lo ocurrido pasar� a formar parte de la historia de la infamia, al igual que el pol�mico ataque ideado por Yamamoto. Pero ha sido mucho peor que Pearl Harbour. El archipi�lago est� a 3.800 kil�metros de la costa este y es apenas una extensi�n de EEUU, no su coraz�n pol�tico, militar y socioecon�mico. Este atentado es tambi�n la primera agresi�n masiva de un enemigo exterior en territorio continental de EEUU desde 1814. El skyline de Nueva York ha cambiado para siempre. Las dos torres gemelas del World Trade Center se han convertido en un sarc�fago de hierro y hormig�n para miles de personas. Otros edificios pr�ximos se han desplomado. Ya no forman parte de la sierra dentada que se recortaba contra el horizonte de la "capital" del mundo. Los s�mbolos de la globalizaci�n econ�mica se desplomaron en poco m�s de una hora, gravemente da�ados por el impacto de dos aviones de pasajeros guiados por pilotos suicidas. El mundo tard� 18 minutos exactos en darse cuenta de que lo que pod�a ser un espectacular accidente aeron�utico era en realidad un ataque coordinado contra los s�mbolos del poder de EEUU. Menos de una hora despu�s, la magnitud de la acci�n terrorista quedaba confirmada al estrellarse un Boeing 757 contra el muro oeste del Pent�gono, centro neur�lgico del poder militar. La serie de ataques no hab�a concluido. Treinta minutos m�s tarde, en Pennsylvania, el vuelo 93 de United Airlines con 45 pasajeros se precipitaba en un bosque. El avi�n hab�a variado su ruta y se dirig�a hac�a Washington. Tanto el Capitolio como la Casa Blanca, sus posibles blancos, fueron evacuados. A esas alturas, el mundo estaba at�nito e impotente. El precio del petr�leo subi� tres d�lares en una hora. Las bolsas comenzaron a caer como un domin� cuando se perdi� la infaltable referencia de Wall Street. Muchos bancos y las oficinas de algunos intermediarios financieros fueron destruidas. Morgan Stanley ocupaba, por ejemplo, 21 pisos y ten�a miles de empleados trabajando all�. Al igual que CNN, Hyundai, Kodak, Commerzbank, Xerox o el Banco Latinoamericano de Exportaci�n. Algunos de los hombres m�s respetados y mejor pagados de la Tierra, a los que Tom Wolfe bautiz� como masters of the Universe en su novela La hoguera de las Vanidades, se vieron obligados a un salto suicida al vac�o o murieron abrasados o aplastados. El talento y la creatividad humana que han sido sepultados es incalculable. La bolsa de Francfort no pudo concluir su sesi�n y la de Londres fue evacuada. La econom�a mundial comenz� a detenerse, ayuna de la energ�a que diariamente genera Nueva York. Las im�genes de la televisi�n eran irreales, parec�an sacadas de una superproducci�n de Hollywood. Pero a la sensaci�n de irrealidad, de estar viviendo un experimento al estilo de La Guerra de los Mundos de Orson Welles, le sucedi� muy pronto la constataci�n de la tragedia humana oculta tras la devastaci�n urbana y de la debilidad que presenta una sociedad democr�tica y abierta contra enemigos que act�an agazapados en la sombra. Hemos asistido al primer atentado terrorista de la era global. No s�lo por la coordinaci�n y amplitud de los recursos con que han contado los terroristas, sino porque lo hemos vivido en directo a trav�s de las im�genes cuidadosamente censuradas de la televisi�n norteamericana. Hasta el viernes no se hab�a visto ni un solo cad�ver, pese a que sabemos que miles de personas murieron amortajadas en las torres de cristal. Los centros de decisi�n y los servicios de inteligencia de la naci�n m�s poderosa del planeta fueron tomados por sorpresa. Debido al desconcierto y a la incapacidad de dimensionar la agresi�n, el presidente George Bush fue llevado a un b�nker en las monta�as de Nebraska (es el primer presidente que lo utiliza) y s�lo volvi� a la Casa Blanca por la noche. La ausencia del presidente contribuy� al ambiente de temor, caos y desamparo. Los atentados globales tienen efectos globales. Uno ha sido la constataci�n de la enorme vulnerabilidad del sistema econ�mico mundial, uno de cuyos centros nerviosos es Manhattan. Muchos analistas consideran que el colapso del coraz�n financiero de EEUU y las amenazas que se ciernen sobre el sector tur�stico, unidos al efecto de inestabilidad causado por la agresi�n (frenando el gasto familiar), pueden terminar de precipitar al mundo en la crisis econ�mica que venimos bordeando desde hace meses. Los mercados mundiales, de momento, resisten, intentando seguir pedaleando sin la ayuda de Wall Street. Pero las decisiones que se tomen de aqu� en adelante tendr�n consecuencias econ�micas. Pese a que el drama humano lo sobrevuela todo, el aspecto pol�tico tambi�n es digno de consideraci�n: los s�mbolos del poder de la naci�n l�der del planeta fueron incendiados en pocos minutos por terroristas desconocidos. �C�mo fue posible que un ataque de esa magnitud escapara a los agentes de los 14 servicios de seguridad que posee EEUU? �Y a los de sus aliados, incluido Israel? �Es cre�ble que los terroristas llevaran un a�o prepar�ndose y no se produjera ninguna filtraci�n? Los primeros indicios se�alan al terrorismo isl�mico como responsable del atentado. Los actores principales del conflicto de Oriente Medio, excepto Sadam Husein (pero con la presencia inusual de Ir�n), han condenado el ataque. Israel, por su parte, no puede disimular que lo ocurrido puede acabar validando la pol�tica radical de Ariel Sharon que ha hecho saltar por los aires los acuerdos de paz que trabajosamente hilvan� el padre del actual presidente norteamericano. La incapacidad de Bill Clinton y de George Bush Jr. por salvaguardar el �nico efecto positivo de la Guerra del Golfo -que fue la paz entre palestinos e israel�es- ha sido manifiesta. Sharon, en cambio, ha ido cumpliendo cada una de las profec�as que se hicieron tras el magnicidio de Isaac Rabin. Pero no parece que el n�cleo de la amenaza provenga esta vez de los defensores de la causa palestina, aunque en sus campamentos los ni�os y los j�venes celebraran. Todo indica que el fanatismo islamista, cuyo enfrentamiento con Occidente es pol�tico y cultural, ha sustituido en virulencia al problema palestino o, al menos, lo ha fagocitado en parte. Los riesgos de la religi�n Tras los notables acontecimientos de los a�os 90 que provocaron la desintegraci�n de la URSS y el Pacto de Varsovia, desapareci� la referencia real de la ideolog�a marxista. Como consecuencia de ello, el marxismo nacionalista con que se hab�a alimentado a las masas �rabes y que caracteriz� a los reg�menes de Oriente Medio en las d�cadas del 50 al 70, desapareci�. Ese vac�o comenz� a llenarlo la religi�n, el Islam, con el ejemplo fan�tico de la teocracia iran�. Primero entre los desheredados que rodean las capitales desde Argel hasta Damasco y posteriormente en los n�cleos ilustrados, el Islam fue recibido como una nueva utop�a. Hoy, no hay ning�n pa�s �rabe donde no existan radicales isl�micos. En algunas naciones como Argelia, Egipto o L�bano son poderosos y capaces de amenazar al Estado. En otros pa�ses, como Afganist�n, los radicales del Talib�n ya son el propio Estado gracias a la colaboraci�n de EEUU y la ex URSS que debilitaron las instituciones afganas jugando una partida de la Guerra Fr�a. Osama Bin Laden, el enemigo p�blico n�mero uno de EEUU y principal sospechoso del atentado del martes, es una criatura alimentada por Washington en la �poca en que capitaneaba a los muyahidines afganos contra los soldados sovi�ticos. Se sospecha que por sus manos pasaron m�s de 3.000 millones de d�lares de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que nutrieron a la guerrilla afgana. Acusado de patrocinar el atentado con coche bomba contra las Torres Gemelas (26/02/93), Bin Laden fue expulsado de Sud�n en 1996 y el Talib�n lo cobij� en Jalalabad (Afganist�n), donde actualmente tiene su base de operaciones. En 1995, Bin Laden declar� su propia Yihad (Guerra Santa) contra EEUU. El efecto de la Yihad en los fieles isl�micos es incontrolable. Seg�n el Cor�n, aqu�l que pierde la vida atacando al enemigo bajo el amparo de una Yihad goza de la salvaci�n eterna junto al Profeta. La idea del combatiente suicida no es extra�a en la religi�n cristiana, aunque hoy nos repugne en Occidente. Hasta las Cruzadas estaba a�n vigente. Y su esp�ritu se mantuvo vivo en armas como la caballer�a y, posteriormente, en las unidades de comandos inventadas por los ingleses. Las teocracias afgana e iran� son un ejemplo del peligro que representan en determinados momentos las sociedades vertebradas por religiones, donde las libertades desaparecen para mayor gloria de un dios. Algo similar ocurre con los reg�menes nacionalistas, como se ha visto en los Balcanes. Ambos tipos, uno articulado en torno a la fe y el otro por un sentimiento patri�tico, siempre acaban desarrollando pol�ticas fan�ticas. Eso es un hecho de la causa. Estados Unidos est� muy lejos de ser una sociedad articulada por la fe o el nacionalismo. En realidad es un pa�s movido por intereses que han sido capaces de concatenarse de tal manera que han creado una naci�n extraordinaria y envidiada. Algunas pol�ticas de sus gobiernos pueden ser criticables, pero nadie puede negar que la sociedad norteamericana est� hoy firmemente anclada en la libertad, la tolerancia y el pluralismo. Al menos en EEUU se puede discrepar, cosa que no se puede hacer en Afganist�n o Ir�n. El 7 de diciembre de 1941, el ataque a Pearl Harbour zanj� uno de los grandes dilemas de la historia de EEUU. Tras la I Guerra Mundial, los aislacionistas, que ten�an tendencias aut�rquicas y despreciaban al resto del mundo por no saber resolver sus problemas, consiguieron frenar el desarrollo de la Sociedad de Naciones frente a quienes promov�an un papel m�s activo de EEUU en los asuntos mundiales. Todo eso cambi� con Pear Harbour. Roosevelt aprovech� la agresi�n para ponerse a la cabeza de las democracias. Y lo que comenz� como una contienda para derrotar a Jap�n y restaurar la libertad en Europa se convirti� en una lucha bipolar que dur� d�cadas y que desde 1991 ha desembocado en un mundo unipolar, donde EEUU ha sido la medida de todas las cosas. Los nuevos confines Al igual que en 1941, el martes pasado el pa�s se paraliz� de una manera sin precedentes. Los centros educativos suspendieron sus clases y 6.300 edificios federales fueron evacuados. La gente fue enviada a sus casas. La mayor�a de las personas hablaba de miedo y vulnerabilidad. Esta �ltima palabra ha marcado el mandato de George Bush Jr. Desde su ajustada elecci�n -que puso de manifiesto que el sistema electoral norteamericano era indigno de la primera democracia del planeta- hasta la evidencia de que el ciclo de crecimiento econ�mico se ha terminado, los signos que han visto los estadounidenses en estos meses s�lo son negativos. Todos ellos tienen un denominador com�n descrito instintivamente por los ciudadanos: vulnerabilidad. Vulnerable es el sistema electoral por parte de los "caciques" locales, vulnerable es el hombre com�n que se apunta en las crecientes listas de desempleados, vulnerable es la sociedad cuando sus aviones comerciales se convierten en mort�feros misiles que destruyen los �conos de su poder�o. Pero s�lo quien se ha sentido omnipotente puede encontrar novedosa la sensaci�n de vulnerabilidad. La idea de que el territorio continental norteamericano estaba libre de las amenazas del mundo exterior se derrumb� estrepitosa y cruelmente. Esta certeza era tan rotunda que cuando hace tres semanas Osama Bin Laden advirti� de un ataque contra intereses norteamericanos e israel�es, los servicios de inteligencia temieron un ataque contra ellos en cualquier parte del mundo menos en el "santuario" norteamericano. De hecho, el viernes 7 se activ� una alarma global en todas las bases y dependencias situadas en el extranjero, pero no en Nueva York o Washington. En los �ltimos 20 a�os, EEUU se ha paseado militarmente por el globo sin pagar un precio intolerable. Ha invadido Grenada y Panam�, ha librado una guerra en Irak , y se ha desplegado militarmente en los Balcanes, en Centroam�rica, en Oriente Medio y hasta en Colombia. Al margen de sangrientos ataques en zonas perif�ricas (Kenia y Tanzania) o en nav�os (el destructor Cole atacado en Ad�n), ninguno de los actos de rechazo a su pol�tica que tuvo lugar en su territorio tuvo las proporciones del ocurrido el martes. De pronto, hasta el �ltimo granjero del Midwest ha tomado conciencia de que el terrorismo es global (antes se diger�a con palomitas de ma�z) y es capaz de amenazar las riberas de los r�os Hudson y Potomac. Adem�s, Washington vive ahora en la incertidumbre de que quiz�s no pueda desarrollar una represalia efectiva sobre los organizadores con los medios militares convencionales y nucleares que posee. El reverso, por lo tanto, de la vulnerabilidad expresada por tantos norteamericanos estos d�as, es realmente una toma de conciencia de que la voluntad de su gobierno puede ser contradecida de una manera intolerable para la sociedad, de que hay pol�ticas que pueden suponer el pago de un precio inaceptable. As�, la naci�n m�s poderosa de la Tierra ha comenzado a tomar conciencia, de una manera dolorosa, de sus propios confines. Este sentimiento, conjugado desde tesis aislacionistas, imperiales o cooperativas, condicionar� de manera efectiva la pol�tica exterior norteamericana en el futuro porque ni siquiera el escudo antimisiles, la apuesta estrat�gica de Bush, podr�a haber evitado los atentados de Nueva York y Washington. Una vieja forma de guerra George Bush afirm� que el ataque hab�a sido "un acto de guerra", pero no fue capaz de identificar al enemigo. The Guardian de Londres destacaba en su editorial del mi�rcoles que incluso los sorprendidos marineros norteamericanos que estaban en Pearl Harbour hace 60 a�os se dieron cuenta -al ver el sol naciente pintado en los aviones- qui�n les atacaba y supieron c�mo proceder. Esta vez han ca�do las dos Torres Gemelas y el Pent�gono, pero nadie sabe d�nde est� el enemigo. S�lo se le intuye. Se habla de una nueva forma de hacer la guerra. En realidad, se trata de la m�s vieja: la de Ca�n y Abel. Durante todo el siglo XX, el terrorismo se aprovech� de la confusi�n que exist�a para trazar la l�nea entre un asesinato y una operaci�n militar. Tras la I Guerra Mundial, el concepto clausewitziano de una guerra formal, con ej�rcitos perfectamente uniformados movi�ndose en un campo de batalla y sometidos a las leyes de la guerra, fue desdibuj�ndose. Los alemanes, formados en las ideas del militar prusiano, fueron los primeros en descubrir que en Rusia y en Francia hab�a otras formas de lucha. Esta guerra informal, que Clausewitz llamaba "primitiva", tiene unas consecuencias devastadoras para la poblaci�n civil y ni hablar de los derechos humanos. La tr�gica historia de la 2� Divisi�n SS Panzer Das Reich es un cl�sico al respecto. Apostada en el sur de Francia, la divisi�n recibe la orden de desplazarse a Normand�a debido a la invasi�n del D�a-D. La Resistencia francesa ten�a �rdenes de retrasar su avance. Y lo consiguieron. Cargados de ira por la bestial ejecuci�n de la guarnici�n alemana de Tulle, la Das Reich ejecut� a 98 hombres de esa aldea y, posteriormente, fusil� a todos los varones de Oradour sur Glane y quem� la iglesia del pueblo donde hab�an encerrado a todas las mujeres y los ni�os, provocando 642 muertes. Heinz Lammerding, comandante de la divisi�n, explicar�a m�s tarde, tras ser condenado en ausencia en Francia, que a los soldados alemanes les era imposible distinguir entre un inocente civil y un miembro de la Resistencia. Sucesos similares ocurrieron despu�s en la guerra de Indochina, Argelia y Vietnam, siendo el m�s emblem�tico la masacre de la aldea de My Lai por la compa��a Charlie del teniente William Calley. A medida que los combatientes irregulares se han mimetizado con la poblaci�n inocente, sus acciones han ganado en letalidad y las libertades y los derechos de las personas se han resentido. No hablamos s�lo de los de las v�ctimas, que desgraciadamente lo han perdido todo, sino del resto de la sociedad que tambi�n sufre las consecuencias al ser sometida a nuevos controles policiales, a cacheos, a la vigilancia de c�maras o al paso obligado por arcos detectores de metales que transforman a todos en sospechosos. Muchos se limitan a ver estos controles como prudentes medidas de seguridad. Eso mientras no se conviertan en v�ctimas de los frecuentes excesos que se cometen en nombre de la seguridad colectiva. La verdad es que el incremento de la represi�n legal es una peque�a derrota para el patrimonio de la libertad de una sociedad. Esta no s�lo debe gastar en financiar esas medidas, sino que se ve obligada a recortar los bordes de sus derechos. Y eso tambi�n es una victoria de los terroristas sobre la sociedad. Capital de esperanzas No es posible mirar con decencia el futuro si no se comparte el luto por la horrible carnicer�a perpetrada en Nueva York y Washington. Las caracter�sticas del drama humano que se produjo el martes, de esa tragedia de poco m�s de una hora, no puede mover a m�s consideraciones que a la compasi�n. Los detalles que comienzan a conocerse tienen ribetes de holocausto. Los edificios, por muy altos y perfectos que sean, no tienen el m�s m�nimo valor si no fuera porque dentro hab�a miles de personas con sue�os, esperanzas e ilusiones. Me quedo con la dolorosa imagen de esos ni�os abandonados en un colegio neoyorquino. Sus padres, que trabajaban juntos en las Torres Gemelas, pasaron a dejarlos temprano por la ma�ana y nunca volvieron a buscarlos. Era ya muy tarde cuando sus maestros se dieron cuenta d�nde trabajaban los padres. Imagino su curiosidad infantil primero, su soledad despu�s y su inconsolable dolor m�s tarde. Al igual que las generaciones que crecieron viendo la fotograf�a del USS Arizona hundi�ndose como un gigantesco animal herido tras una cortina de humo en la rada de Pearl Harbour, ellos crecer�n con la imagen de los rascacielos humeantes de Nueva York en esa ballena de tierra que es Manhattan y que fue arponeada por los terroristas. Nueva York no es Estados Unidos. Es la capital del mundo. Un sitio donde todo el mundo se siente extranjero y, por lo mismo, todos son de all�. Si es algo es capital de esperanzas. A Broadway van los actores provincianos a consagrarse. A sus galer�as van los artistas so�ando con la gloria. A sus bolsas, los j�venes brokers buscando hacerse ricos. A Central Park, los enamorados buscando cobijo. A Ellis Island fueron los inmigrantes europeos que huyeron de la miseria o de la guerra. Ninguno de los surrealistas versos de Poeta en Nueva York de Federico Garc�a Lorca siquiera se acerc� a la fantasmagor�a que presenciamos el martes. �Qu� habr�a dicho Federico al ver esto? Quiz�s nunca hubiera escrito como surrealista pues le habr�a parecido puro costumbrismo. [email protected] |
| El primer atentado global |
| La aurora llega y nadie la recibe en su boca porque all� no hay ma�ana ni esperanza posible (...) La luz es sepultada por cadenas y ruidos en imp�dico reto de ciencia sin ra�ces. Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como reci�n salidas de un naufragio de sangre. ("Calles y sue�os. La aurora". De Poeta en Nueva York de Federico Garc�a Lorca) |
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