| The Washington Post titulaba as� -"el retorno del Gobierno"- un comentario editorial en el que analizaba las �ltimas medidas de George Bush. En realidad, cuando los estadounidenses hablan del Gobierno se refieren a lo que nosotros llamamos el Estado, mientras que para el Ejecutivo de turno que est� al frente del pa�s emplean el t�rmino Administraci�n. Aunque el comentario es anterior al anuncio del presidente Bush de un plan de relanzamiento econ�mico valorado en 75.000 millones de d�lares, el titulo ya era suficientemente expresivo de lo que ha comenzando a suceder en EEUU: en menos de un mes contado desde el atentado del 11 de septiembre, el sector p�blico norteamericano se ha expandido vertiginosamente. Al plan de reactivaci�n econ�mica valorado en 75.000 millones de d�lares hay que unir los 40.000 millones aprobados en semanas precedentes para la reconstrucci�n de Nueva York, y los 15.000 millones que se dar�n a las aerol�neas para paliar los costes de las nuevas medidas de seguridad. A eso hay que unir los fondos extras que se han movilizado para reforzar las agencias de seguridad y el coste que supone el despliegue militar y el aumento de las reservas estrat�gicas de petr�leo. Se estima que estos recursos suponen entre el 1% y el 1,5% del Producto Interior Bruto (PIB) de EEUU. En la patria del neoliberalismo y de la iniciativa privada vemos c�mo en un abrir y cerrar de ojos el Estado saca pecho. �Es �sta una situaci�n coyuntural o un cambio de tendencia? Desde los a�os 80 hemos vivido en un mundo dominado por el fervor liberal, donde lo que manda es la competitividad, la desregulaci�n de los mercados y sus numerosas variantes -deslocalizaci�n, subcontrataci�n, etc.-, b�sicamente porque esa era la doctrina exportada por EEUU. Alumnos aventajados como Chile y algunos pa�ses asi�ticos, que sirvieron como conejillos de indias de algunas aplicaciones concretas de esta filosof�a, experimentaron cambios notables. Otros pa�ses, fundamentalmente de la Uni�n Europea (a excepci�n del Reino Unido) han sido menos permeables a estas influencias, pero tambi�n las han experimentado. Este liberalismo tambi�n nos ha permitido difrutar, sobre todo despu�s de la desintegraci�n de la URSS y la desaparici�n formal de la Guerra Fr�a, de la m�s extrema libertad de movimientos por todo el globo y apreciar el avance de instituciones democr�ticas all� donde antes hab�a dictaduras o sistemas totalitarios. No cabe duda de que, en los a�os 90, las libertades individuales se ampliaron notablemente en relaci�n al mundo que ten�amos antes. La que EEUU llama su "nueva guerra" vendr� a cambiar todo esto. Los economistas que en el pasado habr�an denunciado airadamente el aumento del gasto p�blico, se consuelan afirmando que estamos antes pol�ticas antic�clicas com�nmente aceptadas. Tampoco encuentran las aristas para abordar cr�ticamente lo que est� ocurriendo ya que la defensa y la seguridad, hasta en las m�s extremas concepciones neoliberales, siempre han sido tareas privativas del Estado. Pero lo cierto es que de esta masiva transferencia de recursos que se est� produciendo del sector privado al p�blico, una gran parte se quedar� por largo tiempo en manos del Estado porque la "nueva guerra" contra el terrorismo no concluir� en uno, cinco o diez a�os ni terminar� con la firma de la rendici�n de una de las partes sobre la cubierta de un acorazado. La "nueva guerra" tiene visos de convertirse en guerra infinita contra el terrorismo y por lo tanto los gastos que ocasione los tendremos que financiar infinitamente. Osama Bin Laden y su organizaci�n podr�n ser destruidos en un primer envite, pero ya hay cientos de candidatos a ocupar el puesto de Bin Laden. Esta s�bita expansi�n de lo p�blico registrada en EEUU no s�lo tiene que ver con el drenaje de recursos econ�micos, sino tambi�n con una transferencia de parte de nuestras libertades individuales que ha quedado a merced del escrutinio estatal. En nombre de la seguridad, los Estados hoy ejercen un control mucho m�s estrecho sobre los ciudadanos. Y tampoco parece que esas parcelas de libertad incautadas o que han ca�do bajo sospecha las vayamos a recuperar en poco tiempo. El Estado es un gestor bastante desacreditado. Conocemos bien sus ineficiencias y las injusticias que se cometen por las interferencias pol�ticas. Sabemos tambi�n que su hegemon�a puede llegar a ahogar a la sociedad civil y burocratizarla hasta extremos insufribles. Ha sido un fracaso del Estado norteamericano (en concreto de sus agencias de seguridad) el que ha permitido que se produjeran los atentados del 11 de septiembre. Parad�jicamente, nuestro mundo s�lo es capaz de responder a este fracaso reforzando el papel del Estado, dotando de m�s recursos a esos funcionarios que ya hicieron mal las cosas. Adem�s, asistimos estos d�as a una exhibici�n obscena de nuevos horrores donde los m�s altos responsables de los diversos gobiernos occidentales se dedican a espantar a sus ciudadanos vaticinando holocaustos biol�gicos, qu�micos y nucleares, asumiendo un papel que antes parec�a reservado a pitonisas y agoreros. �Querr�n que tambi�n les cedamos nuestra libertad a tener miedo? �Debemos entregar al Estado tambi�n el control de las hormonas que segregan nuestra adrenalina? Estamos sin duda en la fase de satanizaci�n del adversario y de construcci�n del mismo. Equivale a la famosa propaganda que dec�a que Sadam Husein dispon�a del cuarto ej�rcito del mundo. El mismo ej�rcito de desharrapados que sali� corriendo por la autopista de Basora . EEUU se ha dedicado esta semana a explicar a sus amigos y aliados las pruebas que tiene (o que no tiene) de que Bin Laden es el responsable de los atentados. En ellas se limita a asegurar que las pruebas directas no las puede ofrecer porque pondr�a en peligro sus servicios de seguridad. Frente a la indisimulada rendici�n de los gobiernos europeos ante tan escasa evidencia, que fue acogida con entusiasmo y convicci�n por ejecutivos como el brit�nico, el franc�s o el espa�ol, la reacci�n del gobierno chileno fue fina y pol�ticamente acertada: se limit� a se�alar que las supuestas pruebas eran "un relato convicente". No cabe mejor descripci�n. Europa, de momento, ha querido creerse las pruebas y se muestra dispuesta a hacer cualquier cosa por ellas. La opini�n p�blica intuye que aqu� hay un acto de fe de sus gobiernos m�s que una decisi�n basada en la raz�n. �No habremos emprendido est�pidamente el camino de la visi�n fat�dica descrita por Aldous Huxley en Un mundo feliz ? |
| El retorno del Estado |