| Hasta que no se acu�� el t�rmino "D�cimocuarta Regi�n" para referirse a los chilenos en el extranjero, nunca hubo una palabra precisa para designar a la di�spora chilena, ese mill�n largo de compatriotas que andan regados por el mundo y entre los cuales no me queda otra que contarme. Se puede criticar la dimensi�n preponderantemente pol�tica del t�rmino �ligada a la pretensi�n de dar el derecho a voto a los chilenos en el extranjero�, pero lo cierto es que se trata del primer apelativo neutral, amplio y acogedor que se ha acu�ado en Chile para los que estamos fuera. La impresentable conducta de nuestro r�gimen militar, que contribuy� como nadie a engrosar las filas de inmigrantes forzosos timbrando la infamante "L" en los pasaportes �con el mismo entusiasmo segregacionista con que se colgaron estrellas a los jud�os durante el nazismo�, hizo que durante muchos a�os todos los chilenos en el extranjero tuvieran que reconocerse como parte del "exilio", aunque no lo fueran. Se desconoc�a as� el rico abanico de motivaciones y casualidades que lleva a la gente a permanecer lejos de su patria. En Londres, en la BBC, conoc� a un chileno, de Valpara�so, que se hab�a ido all� persiguiendo a Los Beatles. En Madrid, a otro que trabaj� en un restaurante que puso aqu� Ra�l Matas (el Rapa Nui). Resulta asombrosa la cantidad de profesores chilenos de literatura que hay en las universidades de la costa Este de EE.UU. O los que trabajan en la Nasa. O los siete empresarios que dicen que el Presidente Lagos pill� en Silicon Valley. Ni hablar de la variada fauna que habita en Espa�a, donde destacaba la famosa banda de cogoteros de la L�nea 27 �el autob�s que recorre el Paseo de la Castellana� y que, seg�n la Polic�a espa�ola, hac�an gala "de una violencia inusitada para ser simples delincuentes callejeros". O de esa pandilla de refinados carteristas chilenos que todos los veranos pasan por Madrid camino de Italia y vuelven en septiembre o en octubre cargados de R�lex de oro. O aqu�l agente financiero de Park Avenue que idolatraba Nueva York y a su novio, un ex marine, pero que so�aba con vivir en una chacra en San Rosendo. El exilio, sin duda, sustituy� en los a�os 70 a la cacareada mentalidad patiperra y aventurera de los chilenos, tan viva en la prosa de escritores como Manuel Rojas, y que pertenece m�s bien a nuestra sociolog�a de los a�os 50 y 60. Para cualquiera, y no s�lo para los dem�grafos, no deja de resultar curioso que un pa�s tan chico y necesitado de poblaci�n tenga a tantos compatriotas regados por ah�. La "D�cimocuarta Regi�n", adem�s, reproduce con bastante exactitud lo que es Chile, con sus divisiones y mestizajes. Lo m�s sorprendente es que sin llegar a ser una colonia al modo tradicional �fuertemente unidas por la raza o la religi�n�, es un colectivo con un poderoso sentido de la identidad, como qued� de manifiesto en los Juegos Ol�mpicos de Sidney, donde parec�a que nuestra selecci�n jugaba de local. Incluso, hace unos a�os, circulaba por ah� un "test de chilenidad" que se aplicaba con especial inter�s a la segunda generaci�n nacida en el extranjero. El famoso examen inclu�a pruebas de completaci�n de oraciones del tipo "las longanizas son de...." (Chill�n) o "las papayas son de..." (La Serena) y hab�a que recitar la arenga de Prat completa. Pese a lo criticada que es nuestra gastronom�a debido a su pobreza y falta de creatividad frente a otras, los platos chilenos tienen la peculiaridad de embargar los cinco y hasta los seis sentidos. Su contundencia y enjundia los hace imborrables y eso los convierte en un elemento fundamental de la chilenidad. A tal punto es cierto este hecho que en una reuni�n celebrada hace un a�o en Espa�a entre el consulado y la colectividad chilena, los funcionarios �que esperaban que se demandara el derecho a voto y otras minucias� descubrieron con estupor que un grupo protestaba porque no se pod�a encontrar chancaca en Madrid y as� no hay caso de que se hagan alfajores en septiembre. Hace unos a�os, movido por reflexiones parecidas a estas, descubr� el problema que plantea el curanto chilote en el llamado Primer Mundo. Con todas las dificultades que puedan existir para encontrar los ingredientes, la cazuela, el ceviche, los porotos granados y las empanadas se pueden cocinar en cualquier parte. Pero el curanto, no. Posiblemente sea el plato chileno m�s dif�cil de reproducir en un "loft" neoyorquino o en una ajardinada casita alemana. En Europa, al menos, no se pueden hacer hoyos en cualquier parte con toda liberalidad. Si no te piden una licencia de obras de la municipalidad se creen que est�s buscando petr�leo o, lo que es peor, te corren a gorrazos por destrozar los rosales. La soluci�n, obviamente, es el pul�may, el curanto en olla, bastante tradicional y conocido desde Valdivia a Chilo�. Con todo, no s�lo se trata de poner una olla donde hab�a un hoyo, sino que hay que hacer una interpretaci�n t�cnica de los ingredientes puesto que en Londres, Berl�n o Washington no es f�cil encontrar picorocos y otras exquisiteces. En fin, que ya puestos a la tarea de socorrer culinariamente a los chilenos en el extranjero, elabor� en 1996 un poema�receta que envi� a una lista chilena en Internet. Nunca le di mayor importancia al texto, porque era fruto de un momento de buen humor. Pero la semana pasada me vi sorprendido al descubrir que hay sitios en la red (como el de http://hem.spray.se/harold.durand/meals.html) donde la vuelven a publicar y dicen que es de un autor an�nimo. As� es que para abrir el apetito y evitar a los piratas que viven de desconocer el trabajo ajeno, ah� va esta receta�palla del infrascrito, algunos de cuyos versos fueron mejorados por el profesor santiaguino Lucho Cifuentes. |
| Tribulaciones de los de fuera |
| Antes de hacer curanto, y lo primero es lo primero, tenemos que conseguirnos un "fondo" muy cuartelero. Ponga a fre�r cebolla, cortada en finos cuadritos, en una taza de aceite, pa' preparar un sofrito. Agregue una pizca de ajo, pimienta y aj� de color, cali�ntelo a fuego r�pido, para mezclar su sabor. Cuando esto ya est� listo, ponga el fuego lo m�s bajo, y antes que se pase el ajo agr�guele los mariscos. Han de ser mariscos duros, que tienen concha a montones, picorocos, almejas, tacas, cholgas y mejillones. Si no encuentra nada igual, intente ser creativo, ponga unas cuantas jaibas y quiz�s un langostino. Cuando el fondo este cubierto, tape con hoja 'e repollo, preparando una camita para recibir al pollo. Tambi�n chancho ahumado, en forma de costillar, y unas cuantas longanizas, �me voy a rechupetear! |
| Oda al curanto en olla |
| Otra vez ponga el repollo pa' preparar el tercer piso donde ponemos el pescado que da sabor a este guiso. Debe ser de carnes duras, resistente a la cocci�n, algo como rape o merluza, toyo, mero o emperador. Roc�e con vino blanco, todos estos elementos, con la olla medio tapada coc�nelos a fuego lento. Transcurrida ya una hora, agr�guele las papitas, deben estar bien lavadas, pero con su cascarita. Entonces t�pelo re' bien, para que con ese vapor, se vayan cociendo las papas, con el aroma interior. Cuando parezca prudente, proceda a pinchar las papas, si parece que est�n buenas, saque el fondo de la flama. Ahora queda gran tarea, que es servir este curanto, se van quitando las capas, y el caldo vamos colando. Mar y tierra se abrazaron, en este plato primitivo, que inventaron los chilotes, para el gozo colectivo. Ya est� listo este pul�may, un plato de mucho vicio, que yo he querido llamar: curanto para el exilio. |