| La experiencia ense�a que hay sectores de una econom�a que no pueden ser observados con la visi�n unilateral del tecn�crata. La agricultura, como la miner�a o la pesca tradicional, es uno de ellos. Cuando se pide adecuar estos sectores ante realidades cambiantes no hablamos de reconvertir una f�brica que produce televisores en otra de microchips, sino que estamos modificando radicalmente toda una forma de vida con sus propias ramificaciones econ�micas y culturales. Un ejemplo doloroso fue lo ocurrido con los mineros de Lota hace unos a�os, cuando su carb�n dej� de ser competitivo. Otro sucede ahora con la crisis de los productores de leche. La agricultura, la pesca y la miner�a son tres sectores que se han visto sometidos a importantes tensiones por la econom�a moderna. La globalizaci�n ha permitido descubrir regiones que antes no estaban en los mapas y que ahora tienen acceso a los mercados mundiales con productos en los que gozan de ventajas comparativas que los dem�s realmente no ten�an o han perdido. No es dif�cil vaticinar que estos sectores seguir�n sufriendo a costa de la creciente interconexi�n mundial y ser�n foco permanente de conflictos. No debe extra�ar, por eso, que uno de los l�deres antiglobalizaci�n sea el famoso Jos� Bov�, el dirigente de los agricultores franceses que incendia restaurantes McDonald�s y suelta chanchos por las calles de Bruselas. La globalizaci�n ha generado esta singular convergencia entre los anticapitalistas de izquierda y los agricultores de derecha que sienten que tienen un enemigo com�n. Si no me creen, vean las palabras del "antiglobalizado" l�der agr�cola Fernando Becker, futuro candidato de Renovaci�n Nacional, quien agradec�a el "apoyo irrestricto" de la CUT y del PC a las movilizaciones de los lecheros "porque estamos hablando el mismo idioma" (El Diario Austral. 03.08.2001). Dan ganas de gritar: �Becker y Mar�n, unidos hasta el fin! o �Becker y Bov�, unidos y que ju�! Pero dejemos mi desorden mental, causado por las folcl�ricas actitudes locales, y volvamos al an�lisis. La manera de encarar el desaf�o de la globalizaci�n tiene dos extremos. Uno es la f�rmula garantista de Europa Occidental, basada en suavizar el impacto de las reformas mediante ayudas, becas, subsidios y formaci�n, con el prop�sito de transformar a los antiguos campesinos, mineros o pescadores en obreros, profesionales o jubilados. El esfuerzo lo soporta la sociedad en su conjunto a trav�s de los impuestos. Este proceso hoy es especialmente visible en la agricultura europea, donde se ha transformado, con fuertes ayudas econ�micas, a los antiguos campesinos en empresarios hosteleros fomentando el turismo rural. Esto no s�lo permite garantizar una forma de vida a personas que no desean abandonar su entorno, sino que asegura la pervivencia de una cultura que de otro modo desaparecer�a y que se estima valiosa de conservar. Mientras este proceso concluye y el mercado se ajusta -lo cual puede tomar a�os y hasta d�cadas-, perviven los subsidios, las bandas de precios, los aranceles espec�ficos, los fondos de estabilizaci�n y otras regulaciones. Hay subsidios directos a la producci�n, pero tambi�n indirectos (combustibles m�s baratos para los agricultores, por ejemplo) y hay subsidios agr�colas disfrazados hasta de asociaciones culturales y clubes deportivos. Todo el mundo sabe que esta generosa pol�tica europea es un r�o revuelto en el que pescan los productores ineficientes, los avispados de turno (que, por ejemplo, venden su cuota l�ctea y matan las vacas para carne) y los funcionarios corruptos. Pero la pol�tica sigue all�. �Por qu�? Al margen de consideraciones estrat�gicas y sociales, porque el sector agr�cola pasa con gran rapidez de la protesta leg�tima al exceso violento. Europa, en definitiva, compra paz social a cambio de subsidios. Una postura ego�sta porque, en un mundo interconectado, el subsidio que adormece al agricultor europeo es el que hace levantarse encolerizado al de otro lugar del mundo. El otro sistema de reconversi�n es el propuesto por el neoliberalismo, aquel donde cada uno se rasca con sus propias u�as, y es el que dice haber aplicado Nueva Zelandia desde 1985 cuando se retiraron todos los subsidios agropecuarios. Lo ocurrido con los productores de leche en Osorno esta semana debe ser analizado en este marco. Loncoleche, una de las tres principales centrales lecheras del pa�s, decidi� unilateralmente rebajar en 18 pesos el precio de compra del litro de leche. Antes pagaba 118 pesos. Adem�s, seg�n los agricultores, lo hizo con nocturnidad y sin avisar. Cuatro d�as despu�s, Nestl� y Soprole dieron a conocer una decisi�n similar. Tanto la forma como el fondo del asunto otorgan legitimidad a las protestas y al malestar que reina entre los agricultores. El precio de la leche, en t�rminos reales, ha venido cayendo sistem�ticamente desde hace 12 a�os. Seg�n la Odepa. si en 1989 el precio promedio en la X regi�n era de 156,06 pesos por litro, en 1999 era de 96,59 pesos. En el a�o 2000 se rompi� la tendencia y el precio subi� a 103,52 pesos debido al alza internacional de la leche y a la presi�n gremial. Ahora, se ha vuelto a revertir la tendencia. El problema es que el sistema de fijaci�n de precios es poco transparente y hay diferencias de hasta un 80% dependiendo del poder de negociaci�n de cada proveedor. Esto valida la cr�tica de los productores de que las centrales lecheras incurren en presuntas pr�cticas monops�nicas (muchos vendedores pero un solo comprador), lo cual les permite poner de rodillas a los agricultores. El monopsonio distorsiona gravemente el mercado y la sociedad, sobre todo porque, si nos atenemos a las reflexiones anteriores, toda una forma de vida est� a merced de un poder hegem�nico. Cualquier error de c�lculo de quienes controlan el poder de compra en el manejo de sus empresas repercute directamente en el productor. Estas consideraciones hacen comprensible la gravedad que el hombre y la mujer que viven de la lecher�a atribuyen al problema. Pero de ninguna manera nos permiten ser tolerantes con acciones violentas y agresivas como la toma de la planta de Loncoleche ocurrida esta semana y con la vejaci�n p�blica a la que fue sometido, el lunes, el ministro de Agricultura, el embajador y otros representantes de Nueva Zelandia a las puertas del Club Osorno donde ofrec�an un c�ctel de agradecimiento por haber sido invitados a la ciudad. Quiz�s este �ltimo incidente es el que, por su proyecci�n medi�tica y pol�tica, ha revestido m�s gravedad. Continuamente los agricultores osorninos afirman con rotundidad que est�n en condiciones de competir con cualquiera siempre que desaparezcan los subsidios y aranceles que inciden habitualmente sobre el precio internacional de la leche. Yo les creo y pienso que son capaces de hacerlo porque lo han demostrado en a�os anteriores. Por eso no entiendo que cuando un grupo neozeland�s llega a la ciudad a jactarse de que su agricultura es competitiva y no est� subsidiada (o sea que no es f�cil encuadrarla entre nuestros "enemigos" tradicionales), los agricultores prefieran demostrar lo h�biles que son en el lanzamiento del huevo en vez de averiguar d�nde est� el secreto de tanta maravilla. Los neozelandeses no vinieron porque Osorno sea el ombligo del mundo. Despu�s de �mprobas gestiones, que a cualquiera habr�an desanimado, El Diario Austral logr� que aceptaran venir a Osorno a participar en un seminario destinado a intercambiar experiencias sobre agricultura y ganader�a. Se trataba de participar en una instancia de di�logo y conocimiento, no de exponer a nadie al escarnio p�blico. Los neozelandeses buscaban socios estrat�gicos y no enemigos con pinturas de guerra. Nadie cuestiona la libertad de los agricultores de manifestarse frente a quien deseen. Pero no tienen derecho a impedir el paso a las personas en lugares p�blicos, a insultarlas groseramente y menos a tapizarlas de huevos. He visto fotos de lo ocurrido y mi sorpresa ha sido enorme al descubrir en medio de la turba agresora a destacados agricultores, algunos de los cuales ostentan los mejores apellidos de la zona. La conducta de algunos de ellos (personas que uno piensa que saben manejar el tenedor y el cuchillo) fue grosera y violenta. Otros han preferido excusarse asegurando que las muchedumbres son incontrolables. Lo mismo adujeron sus l�deres que miraban lo que ocurr�a desde detr�s de los cristales del Club Osorno, tom�ndose un pisco sour con los neozelandeses y poni�ndoles caras c�nicas. Vano argumento, puesto que todos dieron carta de naturaleza a los violentos con su sola presencia. Si hubieran tenido un poco de decencia unos habr�an optado por retirarse y dejar en evidencia a los que vejaban a un diplom�tico extranjero y los dem�s habr�an llamado al orden a sus representados. Dram�tica es tambi�n la prescindencia de la que hacen gala nuestras autoridades. Tuvo que ser el director de este peri�dico quien interviniera, jug�ndose el pellejo, para calmar a los manifestantes y evitar que el embajador neozeland�s fuera agredido y se produjera un esc�ndalo internacional. Sab�a que Alex Trautmann estaba inaugurando un nuevo estilo en la direcci�n de este diario, pero nunca imagin� que despu�s de tantos a�os en que los directores de medios iban a Capuchinos por la Ley de Seguridad Interior del Estado, �l iba a tener que estrenar un nuevo estilo de director antimotines que se juega su f�sico para imponer la racionalidad. Muchos dir�n que los agricultores osorninos son as�, �ahuasados�, pero los neozelandeses se habr�n ido con la idea de que los osorninos son descorteses, groseros, violentos y que no tienen ganas de aprender cosas nuevas. Seguro, adem�s, que se fueron pensando que las inexorables leyes del mercado pondr�n a cada uno en su sitio. O sea que en cada esquina de los mercados mundiales habr� un productor neozeland�s esperando para agarrar a los productores chilenos de a uno en uno y estrellarle en la cara los huevos de una mayor competitividad. La incre�ble torpeza de los agricultores osorninos al arruinar las instancias de di�logo termina por conceder una peque�a victoria a quienes pretenden perpetuar su hegemon�a desde las centrales lecheras. Ellos saben que si se trata de entenderse a palos, m�s palos da el hambre. Por eso, los agricultores deben entender que, en un conflicto de este tipo, no s�lo vale tener la raz�n. Tambi�n hay que conservarla. |
| Cuando los agricultores pierden la raz�n |