La historia personal de los pol�ticos chilenos est� llena de objetos contundentes y armas arrojadizas. M�s o menos el mismo d�a en que un cenicero sali� volando por la ventana de la oficina del intendente Patricio Vallesp�n, me contaron que una cosa parecida ocurri� durante el gobierno de Jorge Alessandri (1958-1964) y el protagonista fue el entonces ministro de Justicia, Enrique Ort�zar, quien m�s tarde redactar�a los borradores de la Constituci�n de 1980.

Alessandri no ocultaba su predilecci�n por Ort�zar y por eso era uno de los pocos ministros que ten�a despacho oficial en el palacio de La Moneda. Un buen d�a, la esposa del ministro, a cuyos o�dos hab�a llegado la especie de que �ste ten�a un "affaire" sentimental con una funcionaria, se present� en la oficina y armada con su paraguas las emprendi� contra ambos. La Moneda intent� silenciar el asunto, pero la historia lleg� a o�dos del conocido periodista Hern�n Millas que trabajaba en el diario "Clar�n" donde ten�a una columna que se llamaba "La Moneda de dos caras".

Millas public� el esc�ndalo de los "paraguazos" y Ort�zar, que negaba los hechos, fue durante varios d�as el protagonista del sarcasmo nacional y su relaci�n matrimonial fue objeto de las m�s diversas especulaciones.

Pero Ort�zar, con la anuencia de Alessandri, pens� que la venganza es un plato que se sirve fr�o y comenz� a redactar la famosa "Ley Mordaza" que ver�a la luz en 1964. La normativa consideraba como ofensa la publicaci�n de cualquier informaci�n o comentario que da�ara la dignidad, reputaci�n y credibilidad de las personas aunque se tratara de hechos veraces. De paso se limitaron severamente las informaciones de car�cter sensacionalista sobre cr�menes, la llamada "cr�nica roja".

Aunque la "Ley Mordaza" fue derogada por la Ley de Abusos de Publicidad de 1967, una parte importante de su filosof�a se mantiene vigente. El inter�s personal de Ort�zar por el asunto se ha infiltrado en la actual Constituci�n que recoge el derecho a la honra en el art�culo 19, n�mero cuatro. La introducci�n de este derecho novedoso en nuestra historia constitucional no fue defendida p�blicamente por Ort�zar en su momento (porque sab�a que todo el mundo se acordar�a de los "paraguazos"), sino por su alumno y amigo Jaime Guzm�n Err�zuriz.

Y es as� como este esc�ndalo ocurrido hace m�s de 40 a�os ha tenido un efecto jur�dico y pol�tico de enorme trascendencia en la vida de Chile. Por esta raz�n, no sabemos qu� puede ocurrir ahora con el incidente de los "corcheterazos" y "cenicerazos" en la Intendencia. Lo cierto es que al haberse producido da�os en la propiedad p�blica, la pelea era dif�cil de desmentir, pero si la Ley Ort�zar hubiera estado en vigor, Vallesp�n hubiera podido meter en la c�rcel a los periodistas de medio Chile.

De hecho eso fue lo que Enrique Ort�zar hizo con la redacci�n de "Clar�n". Me contaba Carlos Alberto Cornejo, un periodista que con apenas 14 a�os ya escrib�a de cine en ese desaparecido diario con el seud�nimo "Incinerador" y elaboraba los guiones de la tira c�mica "Lolita" que dibujaba Alberto Vivanco, que con la "Ley Mordaza" en la mano, el gobierno de Alessandri mand� a la c�rcel a todos los periodistas desde el director, el pol�mico Dar�o Saint-Marie, hasta el jefe de Deportes, a la saz�n "el pelao" Arellano y el jefe de rotativas. Porque Ort�zar introdujo en su normativa la famosa "cascada de responsabilidades" seg�n la cual, si no se pod�a identificar al autor de un art�culo, iba preso el director, y si no su segundo y as� hasta el jefe de talleres. En aquella ocasi�n, en "Clar�n" s�lo se salvaron dos personas: el jefe del archivo y el propio Carlos Alberto porque era menor de edad.

Aunque en Chile la doctrina de la ocultaci�n promovida por Ort�zar y sus amigos ha hecho escuela, sobre todo en los partidos de la derecha, lo cierto es que los hechos familiares y privados de las personas p�blicas adquieren relevancia cuando pueden mediatizar su desempe�o. Ah� esta, en los a�os 60, el famoso caso del ministro brit�nico de Defensa, John Profumo. Que el ministro enga�ara a su mujer no era de inter�s p�blico, pero si lo hac�a con una bella esp�a sovi�tica, la seguridad nacional estaba en peligro.

El caso de Patricio Vallesp�n es bastante m�s pedestre que el de Profumo. De hecho, si no fuera por la pelea en una repartici�n p�blica, su separaci�n matrimonial no tendr�a por qu� aparecer en la prensa ni interesar�a a nadie. Tambi�n parece exagerado sacar conclusiones sobre el desempe�o de Vallesp�n a partir de este incidente o cuestionar a todos los nuevos intendentes, en su mayor�a j�venes, que nombr� Ricardo Lagos en la �ltima remodelaci�n de su gobierno simplemente por su edad.

El intendente ha sido valiente asumiendo los hechos, guard�ndose el orgullo herido y evitando las reacciones hist�ricas de censura y ocultaci�n tan caracter�sticas de otras �pocas. Pero no se puede ocultar que la ciudadan�a, con toda l�gica, tiende a pensar que �l puede estar m�s preocupado de su vida privada que de los asuntos p�blicos. Si su despechada esposa quer�a marcar su carrera pol�tica, sin duda que lo consigui� con su mala punter�a a la hora de lanzar los ceniceros.
Paraguas y ceniceros:
de Ort�zar a Vallesp�n
Hosted by www.Geocities.ws

1