Una de las más importantes lecciones en el desarrollo de una gerencia caracterizada por dimensiones éticas es la necesidad de volver a creer en algo: en la familia, en el compromiso colaborativo, en los amigos, en uno mismo, en los derechos humanos, en la tolerancia, en la hermandad, en la posibilidad de ser uno a través del aprecio de los otros iguales ante mí. En el siglo XXI tenemos el desafío de ajustar las creencias a las ideas. En varias ocasiones, nuestras ideas son mucho mejores que nuestras creencias y de aquí que el reto es hacernos creíbles, especialmente para liderar procesos de cambio frente a los cuales no es fácil comprometer equilibrios y proyectos de futuro que no impliquen desfallecer a medio camino. Si hay algo que hoy en día debemos apreciar es encontrar a una persona que vive lo que realmente cree, encontrando así un antídoto y estímulo ético para vencer el autoritarismo y el falso orgullo que termina por socavar los proyectos de transformación.

Actualmente, la mayoría de las sociedades se caracteriza por generar ideas extraordinarias. La era de la información y el desarrollo tecnológico es en gran medida la era de las grandes ideas; sin embargo, será fundamental hacer un alto en el camino, dejar de inventar más ideas y empezar a vivir genuinamente aquellas en las que verdaderamente creemos. Ésta es la gran pauta para la educación y el liderazgo abierto hacia el cambio. Los alumnos de una escuela o universidad pueden llegar a estar atiborrados con miles de ideas pero si no ven que los adultos y líderes creen en lo que están predicando, entonces se produce una enorme hipocresía. Ofrecer lo que no se puede cumplir y pensar que el liderazgo es una extensión de la megalomanía, conduce a la parálisis donde todo es pura apariencia.

El liderazgo efectivamente humano y comprometedor puede triunfar mediante el retorno de la voluntad hacia la ética; es decir, hacia el cultivo de los valores entendidos como cualidades de las acciones, de las personas y de las cosas que las hacen atractivas. Cuando una acción, persona o institución tiene un valor positivo, resulta atractiva para nosotros. En cambio, cuando tiene un valor negativo, como la conducta discriminatoria, la farsa y la mentira para ocultar intereses latentes, es repugnante. Por ejemplo, podemos decir que cuando alguien dice de una institución que es justa, la está haciendo atractiva para la mayoría de las personas, y cuando dice que es injusta, la está haciendo repelente además de ilegítima. El liderazgo orientado por la ética y los valores se afinca en el atractivo de los mejores ejemplos, de las conductas honorables y los proyectos de esfuerzo en que vale la pena creer.

Los valores importan porque una vida humana sin valores no es una vida verdaderamente humana. Debemos rechazar aquella visión donde lo más importante en este mundo son los hechos, exigiendo erróneamente que en la escuela se enseñen hechos y solamente ciencia vaciada de valores y tímida de espíritu. Debemos insistir en la educación mediante los valores, reforzando la imaginación, educando la emoción, el corazón y la fantasía, evitando que nuestras vidas se conviertan en vidas absolutamente inhumanas como trata de hacernos creer el tipo de sociedad tecnificada de la globalización que desiguala todo, o aquellos tecnócratas que poseen un exagerado y triste sentido de superioridad

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