Domingos
de
Pudin de Pan
por Leo Susana
Me asomo a la puerta de la cocina. Pudin de pan. El olor llenaba la casa de mi abuela todos los domingos. Ahí estaban mis tías y primas junto a ella. Adoraba esos días; mi prima tenia una receta especial. El pan viejo sobre la nevera para luego guallarlo. A veces un poco de ron para darle un empujoncito. Era nuestro pudin de pan, como el de ninguna otra familia.
Pero lo increíble del día no era el pudin de pan, sino la alegría de mi abuela - la matriarca. Esta sola persona, pequeña, su existencia responsable por la vida de tantos seres, Sentada en su mecedora en la sala tomando café y contemplando su viaje por la vida ya casi a su fin.
Tenia 6 años de edad y mi abuela era el centro de mi universo, sus habichuelas blancas con carne, sus quipes, su jarro de chocolate con trozos de pan, su manera peculiar de hablar pues nunca perdió su acento... si pudiera volver y preguntarle a ella, decirle que me enseñe sobre nuestra cultura, nuestro idioma; Tal vez tendría un sentido mejor de mi formación y porque soy como soy.
Domingo. Las tías preparan la comida. Los primos salimos a jugar, juegos de niños. A matar lagartos, a hacer guerras de gomitas y cartón. Y siempre en el aire el olor de ese pudin. Me encanta el pudin de pan.
Una vez nos juntamos todos después que mi abuela murió, pero sabíamos que era falso. Ella era el pegamento que formaba la unión. Los rencores y frustraciones familiares quedaban en la puerta. Mi abuela era el filtro, el muro que separaba, la diplomática esencial. Después que murió las aguas turbias cubrían el entorno y llegaban hasta mas adentro de la costa normal. Las aguas turbias tomaban las aguas pacificas. Pequeño rencores crecían a ser grandes pleitos - la esencia de lo que nos hacia familia se pisoteaba con cada chisme errante, cada hipótesis atrevida.
Los primos no estabamos exempto. Cada uno nos parcialisamos con otro de nuestro mismo nido.
Riñas por dinero, disputas por cosas que hoy con el beneficio del recuerdo, nunca fueron equivalentes a esos domingos de pudin de pan. Nada podía reemplazar ese misterio de los domingos. Esa algarabía inminente que caía del cielo y esa angustia cuando se acercaba el atardecer y sabíamos que otra jornada familiar terminaba. Venia el lunes y la rutina de colegios y negocios.
El domingo nunca fue rutina aunque siempre estuvieron fijos ciertos elementos. La lotería en la radio, la recogida de agua, el silencio de la calle de vez en cuando rompido por algún motor errante. Había que hablar. había que sentarse y reírnos juntos y soñar los niños ser como sus padres. No habían distracciones de telecable o juegos electrónicos. Mientras mas maduro querías sentirte mas cerca te mantenías de los tíos para mostrar que estabamos a la par... claro, era una fantasía de adolescente.
Y mi abuela gozando su familia. Jugando a las barajas con sus nietos.
Porqué nos juntábamos donde mi abuela? Acaso ella era la mas fuerte?
Donde mi abuela había paz aunque hubiera guerra porque había respeto. Quizás si hubiese vivido un tiempo mas, caminos que unos tomaron no hubieran sido los mismos. Tal vez el pudin de pan que comiéramos fuera de una mano familiar y no de la panadería de la esquina.