Me Falta El Aire
pablo ferrer
Al artista le falta el aire. Lo sabe porque se lo grita el estómago, que como todo el mundo sabe es el espejo del alma: lo de la cara es un mito. El que hay –el aire- está viciado. A veces, más que aire, parece humo. Humo azulado y burlón, tan extendido que ya no hay dios que lo despegue de las paredes, ni de las mesas, ni de las caras de todos los que bailotean en medio del magma, buscando un sitio libre de rayos y centellas en un universo cimentado en el mazo de Thor. Y el artista se encuentra hablando mucho, pensando poco, recurriendo al humor estomacal mientras el acuoso –el humor- se resiste a entrar en danza con lágrimas reptiles. Se ha olvidado de llorar.
La sala se va despoblando de buenas y malas gentes y sólo quedan sus espectros, la huella de sus cuerpos y los restos de hiel esparcidos (a media altura, para toparse de bruces con ellos) por todas partes. Mañana, un día más, los desvaríos de cuatro babosos con poder fatuo merecerán la atención de cuatro fatuos con alma babosa. Mañana, y muchos mañanas, el orden del día tendrá el mismo genoma. Mañana, y pasado, y al otro, habrá que dar dos pasos adelante y uno atrás. Todo sea por el curioso afán de seguir respirando.
Le dicen al artista que en los círculos exteriores de la espiral que le traga ahora, el aire es más puro. La reflexión, más vana. La felicidad, menos utópica. Las tonterías, más sabias. El rencor, inútil. El abuso del gerundio, un nuevo placer cuasisexual. El futuro, nebuloso y apasionante, una oportunidad más.
Por si acaso todas esas frases son sólo frases, mañana irá al mercado. Allí venderá su musa antes de que le salgan arrugas. Ahora ya no las compran con arrugas.