675            LA CRISIS MORAL DE LAS DEMOCRACIAS

 

"El valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna". Esta advertencia de Juan Pablo II en la Encíclica Evangelium Vitae (El evangelio de la vida) no es palabra vacía: hoy en día está ampliamente extendida la idea de que las sociedades democrá­ti­cas atraviesan una crisis de valores.

En esta línea el reciente Simposium Internacional organizado en Italia por The Phoenix Institute y la Fundación Konrad Ade­nauer, plateó varias preguntas que es útil considerar: ¿Están degenerando, desde un  punto de vista ético, las democra­cias? ¿Es un problema independiente del sistema democrático o fomentado de algún modo por éste? ¿Los insatisfactorios resultados morales privan de legitimi­dad a las democracias? ¿Que hacer para rectificar? Temas de gran complejidad, y que de algún modo nos afectan a todos.

Todo se puede reducir a preguntar: ¿el permisi­vis­mo -todo está permitido en la sociedad-, es una consecuencia necesaria del pluralis­mo, que es a su vez una de las característi­cas de fondo de cualquier sistema democráti­co moderno?. Y la pregunta que surgiría de inmediato: ¿el deseo de poner freno al permisi­vismo  no pone en peligro el pluralismo?.

En concreto se plantea si el concepto de que una sociedad sea pluralis­ta sigue siendo moralmente defendible cuando aprueba, por procedi­mien­tos democrá­ticios, leyes contrarias a los principios éticos, en particular las que permiten el aborto o la eutanasia.

Y la respuesta es que sí. La razón es que si se admite que las normas de la ley natural pueden ser conocidas por la razón, no hay base para sostener que se asegura mejor su traducción a ley positiva mediante la imposición desde arriba (es decir, renunciando a ser una sociedad pluralista, democrática). Por el contrario todo ello puede asegurase -y de una manera más profunda-  mediante un  proceso democrático de argumen­tación y debate conducente a una decisión de la mayoría.

Y este planteamiento -el de la libertad-, lleva necesariamente a la responsabilidad personal. Conseguir leyes positivas coherentes con la ley natural es tarea de todos y cada uno. El Papa en la Evangelium Vitae lo expone con nitidez: "Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y origina­rios, que derivan de la verdad misma del ser humano y  expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún Estado nunca puede crear, modificar o destruir, sino que debe reconocer, respetar y promover".

En el simposium que se citaba al comienzo,  Michael Novak (Ameri­can Enterprise Instute) concluía que mantener sociedades libres exige una batalla constante. Señala que tenemos que aprender nuevamente a pensar  sobre estas materias, y a razonar sobre ellas pública­mente, con civismo y con la seriedad moral de los que saben que la superviven­cia de la libertad depende de su resultado. La sociedad libre es moral, afirma, o no es sociedad de ningún modo.

Este es el gran compromiso de defensa de la vida; y esto correspon­de a todo hombre de buena voluntad: supone "una paciente y valiente obra educativa que apremie a todos y a cada uno hacerse cargo del peso de lo demás; exige una continua promoción de vocaciones al servicio". Y pide que esta defensa abarque una defensa de la vida en toda su aplitud: "no se pueden tolerar unilateralis­mos y discriminaciones, porque la vida humana es sagrada e inviolable en todas sus fases y situacio­nes. Es un bien indivisi­ble. Por tanto, se trata de hacerse cargo de toda la vida y de la vida de todos".

Quizá éste sea uno de los mensajes que más comprometen al leer esta encíclica, que es un canto a la vida y a los mas nobles valores de siempre: que a todos nos corresponde configurar la sociedad de acuerdo a los valores éticos cristianos. Esto es de todos de todos, sin delegar las responsabilidades o cargar las  culpas en las estructu­ras. Saber proteger y apreciar los valores fami­liares y cristianos que conservamos en nuestra sociedad es tarea de todos.

                                          José Joaquín Camacho

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