658  CONTRADICCIONES SOBRE EL VALOR DE LA VIDA

 

La vida es un valor sagrado: esto facilmente se acepta. Pero es interesante plantear una pregunta posterior: ¿no existen otros valores superiores -de servicio, de la sociedad, familiares, religiosos, etc.- a los cuales se pueda -o incluso se deba- sacrificar la vida?. El Papa afirma en toda su catequesis, y específica­mente en la Encíclica Evangelium Vitae (El evangelio de la vida) que la vida es un regalo del mismo Dios. De ahí que nunca exista un derecho a dañar, a destruir o impedir de modo intenciona­do la vida inocente, incluida la propia por supuesto.

 

El n. 57 de la citada Encíclica, lo dice de una manera que podríamos calificar de solemne: "Con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obis­pos de la Iglesia Católica, confirmo que la eliminación directa y volunta­ria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral". Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en su propio corazón, es corrobora­da por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal".


 

Una doctrina consistente y fuera de manipulaciones. Incluso en el tema de la pena de muerte, recomienda que se de al reo una "adecuada expiación de su crimen", sin necesidad de recurrir a la pena de muerte, aún reconociendo que puede ser lícito recurrir a ella en caso de "absoluta necesidad". Es decir -y esto es la coheren­cia interna de esta doctrina-, afirma que es lícita, puesto que reconoce el derecho a la autoridad civil de imponer la pena de muerte a criminales corrompi­dos, como ejercicio legítimo de la justicia retributiva: como un acto de justicia, no como comisión de un mal en aras de un bien superior. Y, al mismo tiempo, reconoce -recomienda-, como un legítimo progreso de la sociedad que, "hoy, gracias a la organiza­ción cada vez más adecuada de la instituci­ón penal, estos caso son muy raros, por no decir que inexistentes". Las consideraciones anteriores coinciden con el puro sentido común moral: se trata de una Encíclica que defiende los derechos del minusváli­do, del no nacido, del enfermo terminal, del anciano.

 

Su fuerza radica en una idea unitaria: la "confirmación precisa y firme del valor de la vidfa humana y de su carácter iunviola­ble". Y un reconocimiento de ello es  el concierto mundial de apoyo -una auténtica sinfonía de gozo ante esta defensa del Papa a la vida- ante lo que algunos ataques suenan como notas discordantes: baste recordar como el Papa era aclamado el año pasado como el hombre del año por la revista Time, por solo citar un ejemplo.

 

Y es que la doctrina que sostiene esta Encíclica es particular­mente sugestiva y coherente. Sin ir mas lejos, Gérad Defois comenta en Le Monde como Juan Pablo II desmonta el razo­namiento según el cual la ética pertenece al orden privado, lo que había conducido a algunos parlamentarios católicos a argumentar que a título personal se adhieren a las prescripciones de la Iglesia, pero en cuanto parlamentarios mantienen la opinión de la mayoría de los ciudada­nos. Y el Papa dice que no; anima a los responsa­bles políticos a que no se resignen a la promulgación de leyes 'inicuas' que vayan contra el bien y la moral, que son valores objetivos. Y razona que "la democracia no puede mitificarse convirtiéndola en un sustituti­vo de la moralidad. Fundamentalmen­te es un 'ordenamien­to' y, como tal, un instrumento y no un fin."

Si quiere tener contenido -consistencia-, la democracia debe referirse a esos valores "esenciales y originales" que dan fundamento a la existencia en común, que dan a la sociedad razones para vivir, para hacer vivir y vivir unos con otros.

Esta es la coherencia y, consiguientemente, la fuerza de esta encíc­lica: dar sentido a la vida de la persona y colaborar a la solidez de la vida social.

                                        José Joaquín Camacho

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