630     LAS PARADOJAS DE UNA SOCIEDAD POSTMODERNA

 

Recientemente John Leo, en U.S. News & World Report criticaba la

tendencia a dar por buena la fecundación artificial para engendrar

niños condenados a no tener padre. Lo que en principio parecía presentarse como una defensa de la intimidad y de los derechos individuales, concretamente del derecho de la mujer al control de su propio cuerpo sin necesidad de un hombre, acaba siendo cuestio­nado en nombre de los mismos derechos individuales: ¿Por qué ha de ser bueno socialmente que haya un mercado libre para la producción de niños sin padres? Porque, hace notar, los estudios coinciden en señalar que los niños sin padres, en conjunto, están en peor situación ante la vida (tienen mayor probabilidad de tener bajos rendimientos académicos, de caer en la drogadicción y en el alcoho­lis­mo), con independencia de la raza y la clase social.

En Gran Bretaña recientemente, varios grupos han organizado una campaña para protestar contra las crueles condiciones con que son transportados los animales destinados al rastro. Durante semanas han desfilado con pancartas y han puesto anuncios en la prensa con impresionantes fotografías de animales maltratados. Nadie ha discutido el derecho a realizar esta campaña, sea cuales fueran las ideas de cada uno. Sin embargo, pocos días después, el Tribunal Supremo ha dado una sentencia en la que condena a un militante pro-vida por exhibir a las puertas de una clínica abortista una pancarta con fotografías de fetos abortados. No porque fueran falsas las fotografías, sino porque considera 'ilegal' mostrar esas fotogra­fías tan cerca de la clínica: pueden ser lesivos a los derechos de los que trabajan en esas clínicas abortistas, olvidando que están asesinando criaturas.

Hace poco un despacho de la agencia EFE comenta cómo el gobierno británico había aconsejado hacer más lentos los procesos de divorvio en Gran Bretaña. Para ello el Ministerio de Justicia ha elaborado un 'Libro Blanco' donde instaura, entre otras medi­das,


sesiones informativas obligato­rias destinadas a la pareja que desea divorciarse, en las que psicólogos y especialistas en cuestiones conyugales exponen a la pareja las ventajas de conservar el lazo conyugal. En ese despacho de prensa no se plantea algo que caería por su propio peso: legalizan la ruptura del vínculo para después aconsejar que 'mejor no'. Me recuerda a un amigo que, sin saber de fut se metió a arbitrar. Ante las protestas de ambos equipos por haber señalado como mala una jugada más que dudosa, resolvió: "está bien, hagan el penalty, pero 'suavecito'.  

Todo lo anterior me vino a la cabeza leyendo la encíclica Evange­lium Vitae (El Evangelio de la Vida) de Juan Pablo II, que realmente es un canto a la vida y tiene en sí una solución a todos estos problemas. En ella señala el Papa que gran parte de los problemas que padece la sociedad actual se deben al relativismo ético, que afirma que no hay nada que sea bueno o malo objetiva­men­te, todo es relativo. Porque sucede que cuando el hombre se olvida de la ley objetiva moral puesta por Dios, cuando una sociedad abandona la ley natural, inscrita en el corazón de todo hombre por Dios, que es el 'ordena­dor', el que pone las 'reglas de juego' para que las criaturas que El ha hecho 'funcio­nen' bien, incluso en sociedad, y sean felices, entonces "el mismo ordenamiento democrá­tico se tambalea en sus fundamentos, reducién­dose a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contra­puestos".  Y concluye el Papa así su argumentación: en este caso, "la regulación de intereses se produce con frecuencia en beneficio de los más fuertes, que tienen mayor capacidad para maniobrar no sólo las palancas del poder, sino incluso la forma­ción del consenso. En una situación así, la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía".

                                      José Joaquín Camacho

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