RELATIVISMO, VIRUS PARA LA SOCIEDAD

    Un escultor de mármol, antes de hacer la escultura, ordinaria­men­te hace un modelo pre­vio. Cuentan de Miguel Ángel que se ponía a trabajar direc­ta­mente en el bloque de mármol y decía: Es que ahí está la esta­tua, yo no tengo más que sacarla. Así esculpió el David.

    De alguna forma así sucede con la verdad: ahí está. Uno no hace más que descubrirla, no la crea. Esta lo hace uno natural­mente. Conocer la verdad es un anhelo radi­cal del corazón del hombre, y coincide con la realidad de la vida: todo hombre, a no ser que tuerza artificialmente la natu­raleza, se ve impulsado a conocer la verdad.

    Siempre ha sido así, aunque también es clásica -de la litera­tura clásica- aquel dicho: "en este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo depende del color del cristal con que se mira". Suena simpático, pero es una falsedad radical que la humanidad no ha seguido, afortunadamente. El impulso hacia lo ver­dadero, por el contrario, ha originado el progreso de las cien­cias, de la técnica, de la cultura en general.

    Esto sirve vige para la vida práctica: nadie se le ocurre calcular un puente en base a lo que a uno le parece, apelando a que, opi­nión por opinión, todas valen lo mismo. Porque estamos convenci­dos de que hay realidad objetiva, situada fuera de nues­tro en­tendi­miento. Y que esta realidad tiene unas leyes que no depen­den de mi opinión. Esto  es premisa indispensable para poder tener progre­so en cualquier rama del saber.

    Esa línea de pensamien­to, que sirve para los puentes, sirve para las verdades de orden moral. Allí hay también verdades obje­tivas, leyes que señalan el comportamien­to propio de la naturale­za huma­na; uno puede -es su derecho- opinar lo que desee; pero hay que estar convencido de que esas verdades están ahí, fuera de uno, y se trata de des­cubrirlas. De esta pos­tura, del deseo de descu­brir las verda­des objetivas de orden moral, ha dependido en gran parte el progreso de la humanidad: dan líneas de conducta para ser­ mejo­res, más li­bres, más humanos.

    Tenemos documentos históricos, que ilustran gráfica­mente esta postura: el caso del Procurador Romano en Judea, Pon­cio Pilato. En el interrogatorio a Jesús hace una pregunta: ¿Y qué es la ver­dad?. Y no espera respuesta, no parece que le inte­resara. Es el ejemplo perfecto del relativista. También, de al­guien que no hizo nada -no consta al menos-, probablemente por ser hombre a quien no le importaba la verdad. Así también murió la sociedad romana de la que él era un buen representante.

    Se insiste, y con razón, que las sociedades libres se forjan si existe este deseo de buscar la verdad objetiva; y condición necesaria es que exista una información verdadera en los medios de comunicación. Quería poner de relieve sólo dos puntos relacio­nados con este tema, tal como lo veo.

    La mentira puede frecuentemente camuflarse en la desinforma­ción, es decir, omitiendo un aspecto, ocultando un hecho que influye decisivamente en la valoración de la realidad. Son verda­des a medias, que, por tanto, no son la verdad, son menti­ras.

    El otro aspecto es que en la difusión de noticias, el derecho no es incondicional. No todos tenemos derecho a saber todo; aun­que a uno le guste, aunque algunos lo paguen. En el reciente caso de Diana hay una muestra trágica; y todo esto siempre fue así, aunque no hubiera muer­to.

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