1033          INTERNET, TELEBASURA Y DEFENSA DE LA SOCIEDAD

 

Todos hemos visto u oído algo sobre Internet: un sistema de comuni­cación por computadoras tan global, que permitirá, dicen los expertos, que en un futuro inmediato podamos hacer, desde nuestro hogar, lo que desee­mos: padres que "teletrabajan" desde la casa; hijos que estudian desde la computadora y quizá ni acudan al colegio o a la Universidad; amas de casa que hacen las compras en supermercados "virtual­es" (sin sede física, pero en los que "se verá" perfectamente lo que nos ofrecen...); tendremos todos los servicios de Banco desde la misma computado­ra...

 

Lo que sí es ya una realidad es que en algunos países, como los Estados Unidos (y nos está viniendo nosotros...), se están plan­teando la potencial peligrosidad que ya este sistema de vida tiene para los más jóvenes: desde pornografía, que llega (vía Inter­net), sin  el más mínimo control de los padres; dependencia de foros de conversación -un muchacho puede estar "hablando" con otro en Aus­tralia, "de lo que sea"...-; peligro de fomentar el indivi­dualismo frente al entorno familiar, etc.

 

No estamos hablando de teorías, sino de una realidad que nos afecta a todos. Ciñéndonos ahora al campo específico de la televisión, el Congreso de los Estados Unidos ha aprobado ya una disposición que obliga a los fabricantes de televisores a incluir un chip V (anti­violencia), que permite que los niños no puedan ver ciertos pro­gramas clasificados como violentos, aunque los padres no estén presentes.

 

Es hora de que en Guatemala nos preocupemos seriamente del proble­ma. No hablamos sólo del cable sino de cualquier canal nacional de la TV, donde campean anuncios y programas que promocionan la vio­lencia y el sexo a cualquier hora, incluso en franjas consideradas como infan­tiles. El problema es real porque, según indican los estu­dios  y el mismo sentido común -no hace falta grandes estudios para ver esto-, una juventud que crece influida por programas vio­lentos o sucios, esta­rá más proclive a actuar así: de jóvenes y cuando sean adultos. Y de todas formas debe recordarse que estos  programas tienen efectos ­en cual­quier persona: en los adul­tos es menor, pero que de todas formas su efecto dañino es muy grande.

 

El tema de fondo es quién es el que debe poner remedio a esto. Porque todas las personas responsables suelen verlo como una nece­sidad para salvaguardar el orden social establecido. Dicho de mane­ra sencilla: para que los que vengan detrás de nosotros tengan un mundo decente.

 

Y se señalan tres responsables en este tema.

El primero, en el que se cae más fácilmente, es el Estado. Porque el Estado sí puede y debe intervenir en determinados asuntos y en determinados nive­les. Nadie duda, por ejemplo, que el Estado deba marcar un nivel de salubridad para las medicinas o para los alimen­tos. No bastaría decir que si no les gusta una medicina adulterada, que no la consu­man. El Estado sí puede y debe vigilar y marcar unos ciertos parámetros, un mínimo de morali­dad en los pro­gramas que emite la TV. Actualmente la TV es ya un servicio pú­blico: se nece­si­ta (lo exi­ge la salud pública) que

 

tenga un mínimo de salud moral.

Pasamos ahora a los segundos responsables de esa salud pública. Son los dueños de los canales o quienes hacen o dis­tribu­yen (o pagan) los pro­gramas. No basta decir que "eso es lo que la gente quiere". Regre­sando a los niños -que insisto es donde se ve el problema de modo más paté­tico, pero es sólo la punta del ice­berg- no basta con re­ñirles por que se pasen el día delante del televisor. El problema está en que pareciera que las emisoras tienen que emitir cada vez más progra­mas de baja calidad y sensacionalistas para interesar al público. En la prác­tica no compiten precisamente por producir pro­gra­mas con sólida calidad moral o que transmitan a los niños la ética de la vida. Pero lo anterior es un planteamiento  tramposo: debe haber una solución.

 

La solución -es de Karl Poper, el filósofo de la "sociedad abier­ta", en un artículo aparecido en Frankfurter Rundschau en septiem­bre de 1994, poco antes de su muerte- está interesando pro­fundamen­te en las sociedades más desarrolladas. Se basa en el modelo de los médicos y puede concretarse de muy diversas formas. Estos (los médicos) poseen un poder enorme sobre la vida y la muerte. En todos los países civili­zados hay un organismo por la que ellos se contro­lan a si mismos. Si un médico no "trabaja bien", si no trata ética­mente a los pa­cientes, ese organismo les prohíbe trabajar. Es una defensa de la misma sociedad -no sólo del "gremio médico"-,  que, por medio de ese organismo, se asegura la defensa de sí misma. En resumidas cuentas, quien tenga algo que ver con la producción tele­visiva, debiera obtener -siem­pre según Karl Poper- una especie de licen­cia -dada por ese orga­nismo, que implicaría una formación ético-profe­sional y un examen- que podría serle retirada si contraviene determinados pr­in­ci­pios. Lógi­camente, los principios éticos de la sociedad. Si él quiere ser un sinvergüenza en su vida privada, no puede proyec­tarlo en su trabajo televisivo. Es cambiar de mentali­dad: una per­sona que in­terviene en la televisión está vinculada, quie­ra o no quiera, a procesos educa­tivos que afectan a la tota­lidad de la poblaci­ón. Todos, comenzando con los que intervienen en los programas televi­sivos, debemos tener claro que la for­mación cultural y ética  es imprescindible en toda sociedad civili­zada; y que los ciudada­nos de tal sociedad, es de­cir, los ciudada­nos que se comportan de manera civilizada, no son producto del azar, sino resultado de un proceso educa­tivo. 

 

Esto se debe exi­gir. No es simple cuestión de ser o no buena gen­te. Es una obli­gación que tienen, como la empresa que proporciona el agua a los ciudadanos, tiene obligación de que el de agua sea pota­ble. Todos recordamos  el caso de dos muchachos de diez y medio años de edad, que en febrero de 1993 asesinaron en Liverpool, sin motivo alguno, a un niño de dos años. Algo que de­sencadenó una oleada de horror y comenzaron profundos estudios. Muchos apuntan a responsa­bilizar de todo ello a la TV salvaje.

De los padres, principales interesados y responsables de este tema, se podrá hablar en otra ocasión.

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