881 LA TELEVISION BAJO EL
PUNTO DE MIRA
En los Estados Unidos la TV ha estado bajo el punto de mira de la
opinión pública. William Bennett, Secretario de Educación en tiempos de Reagan,
y Joseph Lieberman, senador demócrata, encabezan la campaña contra los talk
shows más desgarrados. En esos programas se relatan y recrean situaciones
macabras o problemas íntimos ante millones de espectadores, y se busca el
enfrentamiento entre los invitados. Intentan que los anunciantes dejen de
financiar estos programas, aunque no exculpan a productores, invitados y a los
mismos telespectadores. Bennett ya participó hace meses en otra campaña similar
contra la música rap con letras infames. El tema de los talk shows
saltó a la luz pública recientemente cuando un participante en un programa
asesinó tres días después a otro invitado sorpresa, un vecino homosexual que se
le había declarado.
En medios europeos tuvo un resonante eco un ensayo, sobre este tema,
del filósofo alemán Karl Popper, publicado en el Frankfurter Rundschau. Tuve
acceso a él, y me impresionó. Al menos es muy sugestivo, hace pensar...Intento
resumir algunas de sus ideas.
Todos estamos preocupados por el tiempo que los niños están dedicando
a la TV, pero, honradamente, no se les puede reñir a los niños: no es culpa
suya si el mundo se ve falsificado por la TV. Y no se ve probable que ésta se
convierta en un medio de comunicación
aceptable para la educación y formación social de los niños.
La razón que da es simple: el nivel va descendiendo porque las
emisoras tienen que emitir cada vez con
más frecuencia programas de fácil producción y meramente sensacionalistas para
interesar al público y vencer la competencia de los otros canales. Y programas
con estas característicos, rara vez son de calidad, por principio.
Suelen los productores de estos programas alegar que dan lo que al
público le gusta ver hoy en día. Aparte de otras razones muy válidas de orden
ético, aduce el ensayista que del hecho de que sea aceptado un programa indica
simplemente que es el que más gusta de
entre los ofrecidos, pero no se sigue qué es lo que debería haberse
ofrecido, ni el que hubiera elegido el público si se le hubiera
ofrecido otra cosa...
También aducen los productores los principios de la democracia,
debe seguirse dando lo popular.
Pero esto no es así. Una sociedad rectamente democrática no va dando
las cosas cada vez de peor calidad porque la gente así lo quiere". Visto así, todos tendríamos que irnos al
diablo. Esto es un principio populista. Por el contrario, una de las metas
declaradas de una sociedad democrática es elevar sin cesar el nivel cultural
del pueblo. Cuanto más se ofrece de sexo, violencia y sensaciones, tanto más se
educa a los seres humanos para exigir dosis cada vez más intensas. Hay un número
considerable de criminales que aducen abiertamente haberse inspirado -o movido
compulsivamente- por delitos vistos en TV. Recuerda aquí el caso tristemente
famoso de los dos niños asesinos de otro niño, en Liverpool, en febrero de
1993.
Enviamos los niños a la escuela para que, en un entorno adecuado,
puedan -entre otras cosas- prepararse debidamente para sus futuras tareas como
ciudadanos. Pero el problema es que la
TV forma parte y muy importante de este entorno actual de los niños. La TV,
entre otras cosas, produce violencia y la lleva hasta donde no hubiera uno
nunca imaginado.
Volvemos a la pregunta: ¿qué hacer?. Muchos piensan que no hay nada
que hacer, ya que la censura es incompatible con la democracia.
Karl Popper propone una línea de solución que se basa en el modelo de
los médicos. Cuando un médico dentro
del ejercicio de su profesión comete un delito contra un paciente, hace una mala
práctica, independientemente de las responsabilidades penales, intervienen
los mismos médicos: el Colegio médico puede retirar la licencia para ejercer. Y
todos vemos esto razonable. La línea de solución es que se cree un organismo
similar para el campo de la televisión.
Quien tenga algo que ver con los programas televisivos debiera tener una
preparación profesional -y ética, que forma parte de la profesión- y una
especie de licencia, que podría serle retirada si contraviene determinados
principios. Es decir, una especia de tribunal de honor, con capacidad
decisoria. Por supuesto, independiente del gobierno de turno.
Este planteamiento suena sorprendente, pero tiene varios puntos muy
dignos de tener en cuenta.
Primero, pone de relieve que la TV tiene un papel público: es como los
educadores. O como el servicio de agua potable: suponiendo que fuera una empresa
privada, no bastaría decir que si no la quiere no la tome. Es un servicio que
la sociedad, por el camino más oportuno, puede y debe asegurarse
que es correcto. Esto es novedoso: muchos profesionales de la TV no se han
dado cuenta del papel educador -o 'deseducador', quieran o no- que tienen
necesariamente en el público.
Y, que desde un punto de vista precisamente democrático, afrontar este
problema es de la máxima urgencia. Un
poder social como este, fuera de control -del debido orden-, es una
fuerza demoledora de la misma democracia. La televisión -educadora de sus
ciudanos- se ha convertido en un poder demasiado fuerte para la misma
democracia, que no sobrevivirá si ésta no aborda urgentemente este problema.