LIBERTAD Y VERDAD: TOLERANCIA

 

Siempre hay alguien que, al llegar a una reunión, parece pregun­tar: de qué están hablando, que yo me opongo. Esta tendencia, es una realidad que, de uno u otro modo, todos tenemos dentro.

Parece que esto se acentúa cuando se tienen ideas firmes sobre algún asunto. Pero en realidad no es así: el problema no está en estar seguro de algo; por el contrario, sólo quien está seguro de algo puede respetar otras ideas. El que no está seguro de nada, ciertamente no armará ningún problema, pero no aportará nada a los demás. La dificultad está en no respetar a los demás (a la persona y a su libertad), en no ser tolerante con lo que uno considera equivocado. Hay algunos que consideran que los peores episodios de intolerancia se han dado por motivos religiosos, y suele a veces señalarse, con sospechosa ligereza, el campo católico.

No hay duda que hubo católicos que pensaron que todo lo que se oponía a la unidad cultural o religiosa constituía una amenaza a la convivencia social y, que por lo tanto, debía ser reprimido incluso por la violencia. Pero no ha habido nunca ningún problema en admitir que esto es un error. Porque, quienes eso hicieron, fue a costa de ser católicos, yendo en contra de la verdadera doctrina profesada en la Iglesia.

Pero la mayor parte de las intolerancias, y las peores, han venido de campos ajenos a la doctrina católica. Vittorio Messori, autor del best seller sobre el Papa, hace notar que un solo mes del terror de la Revolución Francesa o un sólo día de las purgas de Stalin, hicieron incomparablemente más víctimas que todos los siglos de la inquisición. Aunque -esto no lo dice él-, probablemen­te se lleve el record los incontables crímenes que se cometen actualmente -en el día de hoy- por aborto de nuevas criaturas en todo el mundo.

Recientemente quienes más daño hicieron -y todavía siguen algunos- fueron los marxistas, que elevaron a dogma las teorías filosóficas de Hegel: de la contrapo­sición, de la confrontación -decían- (la lucha de clases era sólo un botón de muestra), surge la síntesis, la verdad. Quizá en parte tuvieron éxito porque todos tenemos esa

mala inclinación.  Los marxistas tardaron 60 años en darse cuenta del error, pero la tendencia sigue, ya sin ese pelaje político: hace falta denunciar, confrontar, para que salga la 'verdad'. Pero esto es falso y malo: del pleito, sólo sale pleito.

En días pasados fueron elevados a categoría de santos unas personas absolutamente desconocidas, al menos para mí. Se trata de Jean-Baptiste Souzy y 63 compañe­ros suyos. Es una historia patética. En plena revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad y culto a la toleran­cia...) una de las reformas que hicieron, intrometién­dose en la libertad de las conciencias, fue exigir un juramento a los sacerdotes y religiosos, que atentaba a su fidelidad a la Iglesia. Muchos se negaron. Se produjo una verdadera persecución. En la primavera de 1794, 829 eclesiasticos (algunos de más de 80 años) fueron embarcados en dos viejos barcos negreros, que permanecieron frente a la isla der Aix. Vivieron un verdadero infierno sometidos a todo tipo de brutalida­des. Como consecuencia, despues de diez meses, habían fallecido 547 personas. Sin entrar en más detalles y centrándonos en el tema que nos ocupa: toda plegaria o signos religiosos les estaban prohibi­dos. En nombre de la tolerancia.

En nuestra época el problema podría ser mas frecuentemente de otro signo. Se tiene miedo a las opiniones 'firmes'. La solución, se piensa, está en negar la verdad etico-religiosas (para 'superar' errores del pasado) o arrinconarla en el ámbito de las opiniones privadas. A veces se presenta esta postura como base de la convi­vencia pacífica, y se ve como un peligro para  la conviven­cia demócratica a las personas que están convencidas de conocer la verdad: son 'por decreto' sospechosos de intolerancia. Pero no es así. Vale la pena pérfilar dos puntos a este respecto.

En primer lugar: que si no hay una verdad última que defender, que guíe la convi­vencia humana, hay mayor peligro de ser instrumen­talizado para fines de poder.

Y segundo: es cierto que se han cometido crímenes en nombre de la 'verdad', pero no menos graves y radicales negaciones de la libertad  se han cometido y se siguen cometiendo también en nombre del 'relativismo ético'. Aquí se inserta la afirmación de Juan Pablo II de hace pocos meses: "Cuando una mayoría parlamentaria o social decreta la legitimidad de la eliminacipón de la vida humana no nacida, aunque sea con ciertas condiciones, ¿acaso no adopta una decisión 'tiránica' respecto al ser humano más débil e indefenso?"

Y quizá una última consideración. No hay que tener miedo a exponer la verdad. Por el contrario, es una obligación mostrarla, pues cuando se difunde la verdad se defiende la libertad. Difundir y promover las verdades ético-religiosas (cristianas) sobre las que se basó y está basada nuestra sociedad, es un bien para la sociedad misma.

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