TERRORISMO... Y... QUÉ HACER

El mes de septiembre, todos los medios informativos mundiales han dedicado ediciones especiales a los atentados del 11 de septiembre. El tema es interesante ante la advertencia de Stella Rimington, ex directora del Servicio de Inteligencia Británico, quien afirmaba, en un reciente artículo, lo siguiente: "La manera más eficaz de desbaratar los planes de los terroristas es negarles la publicidad que tanto anhelan... En sus reacciones públicas, los políticos deben usar palabras de desprecio en lugar de la retórica de la venganza". Observación inteligente, pero difícil de seguir.

Otros insisten, en que hay que ir a las causas -según ellos- del terrorismo, y señalan los planteamientos fanaticos religiosos, el odio acumulado durante generaciones hacia los poderosos occidentales, la creciente diferencia de renta y la certeza que tienen amplias zonas del mundo de que su cultura es despreciada como bárbara y primitiva por Occidente. Esto ya no es tan inteligente, pero conviene prestarle atención.

Lo religioso de por sí no origina violencia. Todo lo contrario. Basta razonar serenamente para percibir que el terrorismo no es la expresión de la religión -tampoco del islamismo-, sino su aberración. Es como condenar el fut, porque haya holligans salvajes...

Es verdad que la miseria pueda ser ocasión de violencia y que, en cualquier caso, es una injusticia flagrante la diferencia de renta entre Occidente y el Tercer Mundo. Pero existen muchos pobres en el mundo que no consideran que sea justo estrellarse en un avión contra un edificio lleno de norteamericanos. Pobre no significa fanático, ni engendra la maldad.

La actitud ante el terrorismo, a mi juicio -y soy deudor aquí de Juan Pablo II- se puede sintetizar en tres puntos.

El terrorismo es siempre reprobable. Es siempre una manifestación de crueldad inhumana, que nunca podrá resolver los conflictos entre seres humanos. Afirma el Papa: «El abuso, la violencia armada, la guerra son decisiones que siembran y generan sólo odio y muerte. Sólo la razón y el amor son medios válidos para superar y resolver los acuerdos entre las personas y los pueblos». «Cada persona humana tiene derecho al respeto de la propia vida y dignidad, que son bienes inviolables --recalcó--. Lo dice Dios, lo sanciona el derecho internacional, lo proclama la conciencia humana, lo exige la convivencia civil».

La respuesta a los atentados, exige a la comunidad internacional nuevas iniciativas políticas y económicas capaces de resolver las escandalosas situaciones de injusticia y de opresión. Estas situaciones crean condiciones favorables al deseo de venganza. También es claro, interesa repetirlo, que el ser pobre no engendra violencia, y menos la justifica. Ayudar a los pobres a salir de la pobreza es necesario, pero no haciendo de ellos unos modernos occidentales que no creen en nada, sin valores: eso si es torpe. Lo que crea la violencia es precisamente la falta de valores en las personas y, consiguientemente, en la sociedad que ellos constituyen.

Es necesario construir juntos una cultura global de solidaridad, que devuelva la esperanza en el futuro. Aunque ninguna situación de injusticia, ningún sentimiento de frustración, ninguna filosofía o religión pueden justificar el terrorismo, sin embargo, «cuando los derechos fundamentales son violados es fácil ser presa de las tentaciones del odio y de la violencia --sostiene el Papa--.

El enorme poder simbólico de la caída de las Torres Gemelas, que produce efectos desgarradores, debería llevarnos a un examen de conciencia sobre los valores que proyecta occidente hacia otras civilizaciones. Muchos de los así llamados "valores" de la civilización occidental actual no son sino "anti-valores". Basta fijarnos en la destrucción de la familia, la exaltación de la homosexualidad, la difusión de la pornografía, la inmoralidad creciente, el aborto, la violencia gratuita, la exclusión de Dios en la edificación de la sociedad. Solucionar esto es lo verdaderamente urgente para salir de la espiral de odio y de violencia. Y es tarea de cada uno de nosotros. Aquí, ahora.

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