SOLIDARIDAD: ES LUJO żO NECESIDAD?
Publicado el 10 noviembre 2001
Hace poco me tropecé con un titular que decía "vamos de mal en peor". Supongo que derramaba bilis. Son ordinariamente de los que tienen como slogan aquel dicho: en tiempos de guerra, todo hoyo es trinchera... O aquella más elegante de Luis XV, anterior a la Revolución francesa: después de mi, el diluvio. Pero no tienen razón. Se hacen daño y hacen daño a todos. Son los eternos pesimistas inconformes, que, quizá sin pretenderlo, pueden amargarnos la vida... si nos dejamos.
Hablamos de solidaridad, que algunos piensan que es un invento de los débiles para lograr salir adelante en un mundo sumamente competitivo. Muy expresivo fue Paul Newman, actor famoso de otros tiempos. Cuando le preguntaron sobre el ser humano contestó: «Einstein dijo que la era atómica lo ha cambiado todo menos la manera de seguir pensando. Como pensamos, somos humanos. y como no estamos solos en el mundo, no ser solidario me parece simplemente repugnante". Centremos el punto: solidaridad, necesaria.
Pero que tenemos que aterrizar en las personas. Como alguien señalaba, no hay sociedad nueva, si no hay hombres nuevos. Concretemos dos puntos.
La empresa. Baste una cita autorizada: Pedro Mateache, socio director de la empresa de consultoría estratégica McKinsey & Company, defendió en la Universidad de Navarra el valor de la solidaridad en la actividad empresarial, en una conferencia en que sostuvo que humanizar la economía beneficia primero a la propia empresa. "Una empresa socialmente responsable es la que no se limita a ser una mera explotación económica, sino que procura que sus productos y servicios contribuyan al bienestar de la sociedad".
Además, el experto advirtió de que dejar la acción social de la empresa provocaría un efecto de rechazo de los potenciales consumidores o incluso inversores, quienes someterían progresivamente a las compañías a una "especie de escrutinio" sobre el calibre ético de sus actuaciones en el mercado. El directivo aseveró que esa toma de conciencia de los ciudadanos se basa en el hecho de que los entes empresariales "gozan cada día de más presencia e influencia y se han convertido en uno de los principales protagonistas de la sociedad occidental".
Poco antes, otro empresario, Manuel Soto, Presidente de Arthur Andersen Europa, añadía algo que nos afecta a todos, y da pié al segundo y último punto que quería tocar. Decía que no basta con que los ciudadanos se quejen amargamente del mal comportamiento de una empresa. También sería pura hipocresía que delegasen exclusivamente a la ley la fijación de la pena. Resulta mil veces más eficaz que utilicen su libertad como consumidores para dejar de demandar temporal o definitivamente los productos o servicios de las empresas que actúan de forma poco ética o solidaria. Esto es parte de la solidaridad de cada uno de nosotros: la capacidad de reaccionar, el no al conformismo de los pesimistas.
El enemigo más inmediato para la sociedad es la falta de solidaridad. Para ello, hay que evitar la pereza, hay que sacudir la pasividad, despertar las fuerzas cansadas y formar ciudadanos dispuestos a construir una sociedad más justa.
Volvamos al comienzo. Cuando sentimos que falta la base en la que debería apoyarse el justo orden social y la convivencia pacífica entre los pueblos, tenemos que estar convencidos que los grandes cambios sociales son fruto de la acción solidaria de las personas singulares. Estar convencidos de la eficacia de poner al servicio de los demás un trabajo bien hecho, de pensar en función del vecindario, los colegas, los amigos; es decir, estar conscientes de que todas nuestras actuaciones tienen influencia en nuestros conciudadanos: siempre. Tenemos la sociedad que nos dejamos imponer.
Así podemos apuntalar, cada uno de nosotros, esta civilización que se tambalea por la pérdida de recursos morales que son su fundamento.