MENOS LAMENTOS ESTÉRILES Y MÁS SOLIDARIDAD
Está de moda quejarse. Casi se considera mal el que uno vea algo en positivo. Es aquel viejo chiste –algunos lo cuentan del Presidente Portillo-, cuando le preguntaron a uno qué pensaba acerca de una determinada actuación de un presidente. Se quedó algo cortado, tomó al otro del brazo, y bien alejado de todos le comentó en voz muy baja: "pues... sabes que no perece del todo mal...".
Aunque no cabe duda que hay cosas que van mal, se las debe poner de relieve conscientes de que se puede hacer mucho por arreglarlas, y desde el campo del ciudadano corriente. Uno de esos temas en el que todos debemos contribuir, es el de difundir la cultura de la solidaridad: a todos los niveles.
Cuentan que cuando Octavio Paz recibió en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura hizo un diagnóstico de las sociedades democráticas y desarrolladas, que han alcanzado una prosperidad envidiable, pero que están poseídas por el frenesí de producir más para consumir más, y tienden a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. « Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales. Tenemos el deber de criticar nuestras sociedades para perfeccionar el mundo.» Es decir, criticar, pero para mejorar. Y aportar positivamente: si no, no tenemos derecho a quejarnos.
Los ciudadanos pueden hacer y mucho. A un ejemplo de ello se refería recientemente Manuel Soto, Presidente de Arthur Andersen "Las empresas, especialmente las multinacionales, deben asumir su papel de líderes en el compromiso no sólo con el bienestar y el progreso de las personas con las que se relacionan (accionistas, clientes, proveedores, etc.), sino también con la sociedad en general". Hay que evitar la comodidad de delegar sólo en la ley "No basta con que los ciudadanos se quejen amargamente del mal comportamiento de una empresa o que deleguen exclusivamente a la ley la fijación de la pena. Resulta mil veces más eficaz que utilicen su libertad como consumidores para dejar de comprar temporal o definitivamente los productos o servicios de las empresas que actúan de forma poco ética o solidaria". Estas palabras muestran el convencimiento de que la sociedad actual la hacemos nosotros; y muy especialmente cuando se trata de crear una cultura de solidaridad. Eso no es algo que dependa sólo del Estado, sino de cada uno de nosotros.
Esta idea de la solidaridad la expresa bellamente un hombre que siente que se está muriendo: Gabriel García Márquez. Se ha retirado de la vida pública por razones de salud: cáncer linfático y ha enviado una carta de despedida. Una frase –que va a nuestro tema- dice así: «He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse».
Basta de lamentos estériles ni de posturas negativas a ultranza. Hay que dedicarse «solidariamente» a apuntalar esta civilización que se tambalea por la pérdida de recursos morales que son su fundamento. Es necesario, en efecto, volver a pensar en la solidaridad como regla de oro de nuestra actuación hasta lograr que nuestras relaciones personales, las de todos los días, mejoren en calidad, destruyendo los muros que nos separen. Juan Pablo II lo recordaba magistralmente hace unos meses. Es necesario, decía, promover una cultura de la acogida, del respeto, de la capacidad de compartir, recordando que «el hombre no puede encontrarse plenamente consigo mismo si no es a través de la entrega sincera de sí mismo». «De este modo --concluía--, la solidaridad se convierte en el nuevo nombre que se da a la paz, el criterio de toda organización civil inspirada en la justicia, fundamento de toda democracia política que no quiera acabar siendo pura retórica».